Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Japón como modelo post-capitalista | Morris Berman

En mi primera conferencia abordé el tema de cómo menos es más: cómo la ausencia, la austeridad y la minimización se encuentran insertados en el adn japonés. Si bien Japón fue destruido por la bomba atómica en 1945, también fue bastante dañado por una bomba psíquica durante la posterior ocupación estadunidense. La imposición de los valores americanos, en particular de una sociedad de consumo que no tenía más propósito que acumular coches y lavadoras, generó una enorme crisis en la identidad japonesa. Esa confusión sobre lo que constituye el verdadero Japón es un debate que aún sigue vigente en la sociedad japonesa.

Pues parecen existir dos japones. El dominante, a juzgar por las últimas dos elecciones, en apariencia favorece la energía nuclear y la expansión económica, no obstante el desastre de Fukushima de 2011 y las consecuencias sociales negativas que ha producido el capitalismo japonés. La voz alternativa se encuentra interesada en alejarse de estas tendencias, a favor de la vida más simple sobre la que hablé en mi primera conferencia. En este momento, la primera opción se encuentra triunfando: la pregunta es cuánto tiempo más puede esto ser perseguido. ¿Puede Japón, o incluso el mundo, tolerar otro Fukushima? Me parece dudoso pensar que sí.

Lo siguiente es sólo una especulación sobre el futuro de Japón y de la sociedad capitalista de consumo en términos generales. No es una predicción, y es probable que me equivoque. Pero me parece que es una especulación interesante, provocadora, que varios especialistas en Japón han mencionado como posibilidad. Básicamente, el argumento es que estamos viviendo la progresiva desintegración del capitalismo, y que de manera concomitante emerge un modelo de sociedad alternativo, sustentable, de crecimiento cero. Lo he llamado el Proceso Dual, y mi argumento específico es que dada su peculiar historia, Japón podría encontrarse a la vanguardia de esta transformación.

Retrocedamos un poco para mirar las cosas en su conjunto. El mejor diagnóstico que conozco sobre el cambio histórico global es el de la escuela de Análisis de Sistemas Mundiales, que incluye a pensadores como Immanuel Wallerstein y Christopher Chase-Dunn. Su argumento es que el «arco» del capitalismo abarca aproximadamente seiscientos años. Surgió en el año 1500 en Europa del norte, experimentó una gran aceleración gracias a la industrialización británica y estadunidense, y ahora —pues ninguna civilización ni formación socioeconómica dura para siempre— se encuentra en el proceso de declive. Según esta escuela de pensamiento, para el año 2100 podemos esperar que el mundo que habitamos sea muy distinto. Desde luego, cómo será es lo que muchas personas intentamos descifrar.

No resulta sorprendente que Estados Unidos tomara rápidamente la delantera del desarrollo capitalista, o que a cien años de haber sido fundado como nación, y de la publicación de la obra clásica de Adam Smith, La riqueza de las naciones, Estados Unidos produjera una tercera parte de los bienes manufacturados del mundo. Me parece que se debe a que había dos visiones del mundo, o ideologías, entretejidas entre sí, que se encontraban enterradas en lo más profundo de la psique americana desde finales del siglo xvi: una es el individualismo radical; la otra es el concepto de una frontera ilimitada. La primera, contenida en el libro de Adam Smith, postula que si cada individuo persigue su propio interés, la «mano invisible» del mercado generará crecimiento económico. La tesis de la frontera trató originalmente sobre la expansión geográfica de Estados Unidos, es decir, las trece colonias, y posteriormente se amplió para incluir a la economía y la expansión tecnológica. Es posible apreciar la manera tan adecuada en que estos dos sistemas de creencias operan para producir un cierto tipo de sociedad, poderosa en lo material, y en última instancia imperialista, pues se considera que la frontera incluye al planeta entero, e incluso al espacio sideral, pues la bandera estadunidense se encuentra plantada en la Luna, y en su momento lo estará en Marte, Júpiter y la siguiente galaxia, cuyo nombre se me escapa.

En lo que respecta a estos dos temas, Japón no podría situarse en un punto más alejado. La sociedad japonesa exhibe una profunda orientación grupal, y la expresión individual se desalienta fuertemente. Como lo he mencionado en otras partes, a los japoneses les gusta afirmar que «El clavo que sobresale resulta aplastado», en tanto la expresión correspondiente en Estados Unidos es «A la rueda que chirría se le pone el aceite». De manera que no es por accidente que en Japón el 32% de la gente utilice el transporte público, en tanto en Estados Unidos sólo lo hace el 1% de la población. Este tipo de cifras resultan sumamente reveladoras.

En cuanto a la mentalidad de la frontera, el patrón japonés también es bastante distinto. A partir de los siglos vi y vii, ha consistido en abrir el país a la influencia exterior (comúnmente, China), absorber lo más posible, y después apagar la luz, cerrar las puertas —sakoku en japonés— y digerir lo absorbido durante los siguientes dos o tres siglos, insertando el material extranjero en las tradiciones nativas. Lejos de recorrer una trayectoria de expansión económica o tecnológica, Japón se situó en un estado estacionario, o feudal, durante buena parte de su historia, hasta el año 1868, cuando se produjo la Restauración Meiji. Fue en ese momento cuando Japón decidió «emparejarse» con Occidente, lo cual en última instancia condujo a la fatídica confrontación con Estados Unidos que discutí en la conferencia anterior.

Que el capitalismo se desmorona es bastante evidente, incluso antes del colapso de 2008. La filosofía del individualismo radical tiene consecuencias que son bastante desestabilizadoras. Por ejemplo, en Estados Unidos las veinte personas más ricas son dueñas de una riqueza mayor a la del 50% de la población. La competencia por sobrevivir ha convertido a la nación en un campo armado, dividido en buena parte por cuestiones raciales, pues la población negra es el sector poblacional que enfrenta mayores desventajas. Casi 20% de la población se encuentra desempleada; 40% se encuentra a una sola paga faltante del desastre financiero, y el hambre es un problema bastante presente en Estados Unidos. Tenemos también la tasa de homicidios más alta del mundo; a diario se produce una masacre de cuatro o más personas. En varios estados, la caridad es ilegal: uno puede ser arrestado por dar de comer a un indigente. Parece ser que a Adam Smith se le olvidó decirnos que la «mano invisible» es bastante cruel; o, como alguna vez alguien dijera, «la mano invisible nunca recoge el cheque».

En lo que respecta a la frontera interminable, nos encontramos alcanzando el límite en términos de recursos naturales —el petróleo, en particular— y del cambio climático. El impacto del capitalismo sobre el medio ambiente ha sido devastador; es imposible que en el proceso de asesinar al planeta, y la diversidad de la vida, esperemos sobrevivir nosotros mismos. No se puede tener una expansión infinita en un mundo finito, aunque los Estados Unidos, junto con varios países más, parecen determinados a seguirlo intentando.

Permítanme retomar por unos instantes el tema del individualismo radical: en términos psicológicos, ha convertido a Estados Unidos en un país muy solitario. Somos el lugar con más hogares de una sola persona, y consumimos el 67% de los antidepresivos, a pesar de tener únicamente el 5% de la población mundial. Es difícil creer las estadísticas sobre la depresión, el consumo de drogas, el alcoholismo, el suicidio, la adicción a los teléfonos celulares, el divorcio y cuestiones del estilo. Estos factores también desestabilizan a la sociedad.

La americanización de Japón, y la imposición del capitalismo neoliberal han también tenido consecuencias trágicas. Más de ochocientos cincuenta mil japoneses de entre quince y treinta y cuatro años deambulan por las calles sin nada qué hacer. Más de un millón de jóvenes japoneses, llamados hikikomori, se encierran en su habitación por periodos de hasta diez años y se niegan a salir. Cada año se suicidan alrededor de treinta mil japoneses, y es el país con el mayor número de pacientes internados con problemas mentales. Existen varias «agencias de apapachos» en Japón, donde se les puede pagar para que te abracen durante varias horas, si te sientes desesperadamente solo.

Es por todas estas razones, entre otras, que la escuela de Análisis de Sistemas Mundiales considera que el capitalismo no durará hasta el fin de siglo, ni en Estados Unidos ni en Japón ni en ningún otro lugar. Es un sistema bastante frágil, y la evidencia de su desmoronamiento a muchos niveles es bastante evidente. Desgraciadamente para los Estados Unidos, es un país que nació burgués; a diferencia de Japón o de Europa, en realidad no cuenta en su historia con un estilo de vida diferente, así que no tiene nada en lo que apoyarse. Realmente, lo único que se conoce es el individualismo radical y la expansión ilimitada: el Sueño Americano; y como ese sueño ya no puede respaldar su promesa, los estadunidenses se encuentran cada vez más desesperados e iracundos, como parecería sugerir la inmensa popularidad de un demagogo como Donald Trump. En términos generales, su mensaje para la gente es que han sido traicionados, y tiene toda la razón.

La otra forma de vida a la que Japón tiene acceso es la que mencioné con anterioridad; sakoku. Entre 1853 y 1635, cuando la marina de Estados Unidos los obligó a la apertura comercial, bajo amenaza de un ataque, Japón fue una sociedad cerrada. Esta etapa se conoce como el Periodo Edo, o el Shogunato Tokugawa, que se trataba de una sociedad amigable en términos medioambientales, sustentable. Su ética comunitaria y su economía de crecimiento casi cero, condujo a siglos de paz y prosperidad. Desde aproximadamente 1657, Japón procuró las cosechas orgánicas, el manejo forestal, la pesca comercial, las economías locales, la industria del algodón y una cultura de reciclaje que reutilizaba prácticamente todo. También se convirtió en un país de crecimiento poblacional nulo durante doscientos años. A lo largo de ese periodo, se frenó la deforestación, las tierras cultivables se volvieron más productivas, e incrementaron los niveles de vida. Así que Townsend Harris, el primer cónsul general de Estados Unidos para Japón (1856-61) escribió en su diario: «Todos están gordos, bien vestidos y se ven felices, pero se encuentra también ausente cualquier apariencia de riqueza o de pobreza… un estado de cosas que quizá represente la verdadera felicidad de un pueblo… Es más parecido a una etapa dorada de simplicidad y honestidad de lo que jamás haya visto en cualquier país».

La cultura del reciclaje era crucial para la autosuficiencia. Compradores especializados juntaban la cera que caía de las velas, utilizaban fibras de papel, así como la ceniza del carbón quemado como fertilizante. Los reparadores utilizaban viejas ollas y sartenes; la cerámica rota era recompuesta. Los desechos humanos también se reciclaban como fertilizante. La agricultura producía grandes cosechas en pedazos de tierra pequeños. F. H. King, un profesor de agronomía de la Universidad de Wisconsin, viajó a Japón en 1909 y escribió sobre estos métodos en su libro, Farmers of Forty Centuries [Granjeros de cuatro siglos]. Advirtió que no había desperdicio en la cultura asiática. Las construcciones y los productos se hacían de forma que duraran; no era una sociedad del desperdicio. Los samuráis tenían jardines urbanos, usaban el mínimo de calefacción y papel reciclado. En general, el orden social veía con malos ojos el oportunismo, el trepar socialmente, la acumulación de riqueza y el consumo ostentoso. En vez de organizarse en torno al conflicto y la ambición desnuda, como sucedía en Estados Unidos, el Japón de la Era Edo valoraba la cohesión social y la cooperación. En cuanto a la expansión, se ha estimado que la tasa de crecimiento económico durante el sakoku fue de alrededor de 0.3%.

Los objetos se reparaban con cuidado hasta que ya no pudieran ser utilizados. La ciudad Edo tenía algo así como cuatro mil comerciantes de ropa vieja. La mentalidad contemplaba la plena utilización de los recursos escasos. Era una sociedad de jardines urbanos, interacción comunitaria, baños públicos baratos, reparadores itinerantes y vendedores ambulantes de comida preparada, así como de artesanías de muy alta calidad, hechas tanto para ricos como para pobres. Y existía una atención constante al detalle estético, un rasgo muy importante para los japoneses.

En general, la cultura Edo era una entidad floreciente: las escuelas de los templos educaban a los niños campesinos, y la tasa de alfabetización era del 50% para los hombres y el 20% para las mujeres, quizá la más elevada de cualquier país del mundo en esa época. Se desarrolló una vibrante cultura impresa: las tres principales ciudades japonesas tenían más de mil quinientas librerías. La técnica de impresión sobre bloques de madera que se conoce como Ukiyo-e era asombrosa, y tuvo una profunda influencia en artistas occidentales como Degas y Van Gogh. Y existía el ikibana, kabuki, bunraku y una arquitectura fabulosa (que después influenció a Frank Lloyd Wright).

En otras palabras, la vida austera no tiene por qué ser miserable. Es improbable que Estados Unidos adopte los principios de la economía budista, pero es posible para el caso de Japón. La pregunta es, ¿cuáles son las fuentes para respaldar lo que se podría llamar la contracultura japonesa?

La primera es psicológica: si bien Japón se entregó a la americanización después de la guerra, también la resintió, en tanto fue un estilo de vida que se les impuso. Los principales escritores japoneses, notablemente Yukio Mishima, a menudo argumentaban que copiar el capitalismo estadunidense había destruido el alma japonesa, su identidad, y que el precio de una sociedad de consumo había sido demasiado elevado desde un punto de vista espiritual. Yasunari Kawabata, en su discurso de aceptación del premio Nobel, en 1968, habló sobre la belleza y simplicidad de la tradición zen, sobre los espacios vacíos en la pintura japonesa, y sobre la riqueza del espíritu japonés. Este argumento, que versa sobre la necesidad de preservar los valores japoneses tradicionales, en contraposición con la americanización, continúa siendo una corriente secundaria importante dentro de la vida japonesa. El famoso escritor contemporáneo, Haruki Murakami, por ejemplo, ha denunciado el intento de la cultura dominante de obligar a todo el mundo a participar del modelo consumista, lo que ocasiona que la juventud japonesa sienta que no tiene adónde ir. Así que deciden excluirse, convertirse en hikikomori, o suicidarse.

Podemos encontrar un ejemplo dramático de esta corriente secundaria psicológica en la recepción que tuvo la película de Tom Cruise, de 2003, El último samurái, que trata sobre la rebelión Satsuma de 1877, liderada por Takamori Saigo, cuando el Japón tradicional ofreció su última resistencia contra el nuevo orden capitalista. En blogs, en la televisión, radio, periódicos y por todo el país, se produjo una gran conmoción emocional, que afirmaba que «éste es el verdadero Japón, esto somos nosotros». De hecho, Saigo continúa siendo una figura muy popular en Japón, un héroe de verdad que murió por sus creencias. En su libro The Japanese [Los japoneses], Jack Seward escribe que «debajo de la superficie cambiante del carácter nacional japonés yace una base constante, difícil de cambiar, en cuyo centro se encuentra su devoción por su propia cultura y sus valores». O, como lo dijo otro estudioso de Japón, «las raíces de la economía de consumo son poco profundas en Japón». Para finales de la década de 1970, un psiquiatra japonés declaró que los japoneses eran esquizofrénicos, pues tenían una coraza americana y un núcleo japonés.

Entretanto los japoneses, principalmente los jóvenes, se mueven en una dirección contracultural. En ocasiones se les ha llamado la «generación satori». Regresan a la tierra, estudian pesca o artesanía tradicional o aprenden a hacer mermelada. Hablan en términos de valores alternativos, y un joven al que entrevisté me dijo que su padre era parte de una red de personas que pensaban que su estilo de vida se volvería más popular conforme el capitalismo se esfumaba. Quisiera señalar que si bien yo no puse estas palabras en su boca, es una descripción exacta de lo que he llamado el Proceso Dual. Adicionalmente, desde hace varios años Japón ha experimentado con monedas alternativas y con fuentes de energía alternativas.

Supongo que es posible que Japón podría volver al feudalismo de la era Tokugawa, pero yo creo que la historia es más una espiral que un círculo. Creo que ahora que vivimos en la época moderna, sabemos demasiado como para simplemente regresar al pasado. Sin embargo, el futuro que sugiero probablemente implicaría recuperar la sabiduría, y algunos de los rasgos perdidos, de sociedades premodernas; y dada su historia, Japón podría encontrarse en una posición particular para realizar lo anterior. Como ya mencioné, vivir con menos no tiene por qué ser deprimente. Si se hace de la manera correcta, puede tratarse de una forma de vida vibrante, basada en lo artístico y la gracia; como resultado, podría ser mucho menos vertiginoso y, francamente, mucho menos demencial, que lo que vivimos hoy en día. •

Traducción de Pablo Duarte

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*