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El último filme mudo de Charles Chaplin se estrenó en febrero de 1936 en Nueva York. Se trataba de Tiempos modernos y también iba a ser la última película en la que veríamos a Charlot, el personaje del vagabundo. La historia que se narra en la película es bien conocida. Charlot está empleado en una fábrica y trabaja apretando tuercas; siempre el mismo movimiento, sin descanso. Esto acaba desquiciándolo y conduciéndolo a un psiquiátrico. Cuando consigue salir de allí, se mezcla sin querer con los asistentes a una manifestación comunista y es detenido y encarcelado. En la cárcel, y de un modo también involuntario, contribuye a detener un motín y como premio es excarcelado. Una vez en la calle y sin trabajo, conoce a una joven huérfana y se propone encontrar un empleo que les permita vivir. Consigue un trabajo como camarero en el que también tiene que cantar. Je cherche après Titine, una canción cómica de Léo Daniderff, será su debut, pero desconoce la letra. La muchacha se la escribe en los puños de la camisa. Todo parece perfecto, hasta que los movimientos de baile con los que empieza la pieza le hacen perder lo escrito. Después de unos segundos de dubitación, empieza a entonar la canción inventándose la letra. Los comensales están encantados con la interpretación, los gestos de Charlot suplen con creces la falta de sentido de lo que está cantando y hace que no se den cuenta. La canción se convertirá en un éxito fuera de las pantallas y conocerá una segunda vida.

Es significativo que sea esta película la que termine con la figura de Charlot, el vagabundo que, difícilmente, podía integrarse al trabajo en cadena de esa fábrica en la que ni siquiera sabemos lo que se fabrica. Llama la atención también, que tanto el encarcelamiento como su salida de prisión sean desencadenados por actos involuntarios; por una manera de estar sin estar. Finalmente, es reseñable que la letra improvisada de la canción, una mezcla de italiano y francés, pase desapercibida primero por los asistentes al local, y se convierta después en un gran éxito.

La despedida del vagabundo es la de un mundo, 1936, en el que la máquina y el paro compartían protagonismo. Unos años antes, en 1931, Chaplin declaraba a un periodista que el paro era el problema esencial, que las máquinas deberían hacer el bien de la humanidad en vez de provocar esa tragedia.

Las máquinas no procuran el bienestar de la humanidad porque se hace a los hombres concurrir con las máquinas. El culpable de esta situación puede ser, para algunos, el Capital. Sin embargo, no está tan claro y, por ello, es pertinente recordar también, en nuestros tiempos, las palabras de Paul Lafargue en El derecho a la pereza (1880): «la pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora en instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los empobrece».

La pasión por el trabajo de la clase obrera, esa extraña locura, es la causante de esa perversión que, en la película de Chaplin, lleva al vagabundo al psiquiátrico. Produciendo sin descanso, piensa Lafargue, los trabajadores conducen a la sociedad a las crisis de superproducción que tienen como contrapartida más paro. Al personaje de Chaplin le va mejor estar sin estar del todo.

Lafargue nos recuerda, además, que en el primer congreso de beneficencia realizado en Bruselas en 1857, un fabricante explicaba entre aplausos que su más noble satisfacción fue haber introducido algunas distracciones para los niños. Les enseñaron a cantar mientras trabajaban, lo que además les daba el suficiente coraje para aguantar las doce horas que necesitaban para proveer su existencia.

Frente a esas canciones, la voz de Charlot cantando un texto incomprensible bien podría ser una invitación a entonar de nuevo el texto de Lafargue.

Carmen Pardo

Carmen Pardo

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