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Eduardo Rabasa

Uno de los rasgos de las sociedades latinoamericanas que más seduce —y desquicia— a los observadores externos a ellas consiste en que las reglas socioculturales que más o menos las estructuran parecen estar determinadas por cualquier tipo de criterios menos los racionales. Así, donde en otras sociedades las distinciones, jerarquías, posibilidades de movilidad y varios elementos más pueden explicarse con relativa precisión a partir de razones hasta cierto punto previsibles, en la realidad latinoamericana pareciera primar una insondable mezcla de tradición, arbitrio, azar, que si bien para sus habitantes se convierte en un código habitual, no por ello deja de ser extremadamente pintoresco, así como por momentos brutal y cruel, en particular para la inmensa mayoría que desde hace siglos ocupa los estratos inferiores de dicho (des)orden. Es, en suma, como si todos estuviéramos viviendo al interior de una gigantesca telenovela, donde la parodia y lo rocambolesco se han instaurado irremediablemente como norma cotidiana.

 

arteORNAMENTO

 

Quizá por ello buena parte de la narrativa de la región tiene una propensión a lo barroco, una vocación estilística recargada, en ocasiones un tanto impenetrable, correlato literario de una realidad atiborrada de elementos disfuncionales. En ese sentido, la escritura del colombiano Juan Cárdenas resulta bastante atípica, pues además de desplegarse principalmente a través de una elegancia bastante límpida, incorpora otro elemento decisivo, que tampoco puede considerarse como uno de los rasgos habituales, hablando en términos generales, de la tradición literaria circundante: un humor ácido que lo emparenta con escritores tan particulares como César Aira, o incluso con algunos libros de Mario Bellatin.

 

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Ornamento, su más reciente novela, cuenta la historia de un científico que trabaja en el laboratorio de una compañía farmacéutica, que realiza un experimento con cuatro jóvenes hasta encontrar la droga perfecta, exclusiva para mujeres, una pastilla que, en palabras de una de ellas, la número 4: «Es una droga peligrosa porque te da lo que necesitas, siempre, una droga inteligente que suple las necesidades, satisface los deseos. Puede hacer feliz a cualquiera. Y no deja ningún efecto secundario, ni dolor de cabeza, nada».

 

Tan pronto la droga es lanzada al mercado se vende por millares, pues además su precio es accesible, por lo que mujeres de todas las capas sociales se lanzan a comprar esa promesa de felicidad instantánea. Como bien dice el protagonista, sus alcances son tales que promete incluso materializar la utopía consumista en donde el bienestar tiene precio, se vende en la farmacia de la esquina, y se encuentra disponible al menos para la mitad de la población: «Y si es cierto que mi nueva droga no conoce distingos de clase, nivel adquisitivo o educativo entre las consumidoras, eso quiere decir que es posible una cierta idea de democracia basada en el consumo».

La mujer del científico es una renombrada artista conceptual que cuestiona la noción misma de obra: «No hay obras. Apenas una materia sutil insuflada de materialidad, o sea de movimiento, a partir de un gesto elemental vaciado de cualquier significado, a veces incluso una pieza se confunde con la siguiente (…) Se trata de una inacción, de un negarse a hacer. Un palito, un hilo, un retazo de un solo color». Cuando su marido lleva a número 4 a la inauguración de su más reciente exposición, comienza una tórrida relación a tres bandas que llevará a número 4 a vivir con ellos felizmente durante una temporada de desenfreno erótico, puntuado por la droga que mantiene a ambas mujeres en una especie de éxtasis perpetuo. A partir de ese momento, fiel a su inquebrantable vocación paródica, Juan Cárdenas comienza a anudar en torno a sus personajes el hilo de la fatalidad en la que se encuentran trenzados de manera irremediable.

 

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En una de sus múltiples lecturas posibles, Ornamento es una novela sobre la imposibilidad. Al apoyarse en periódicas descripciones del desigual entorno urbano en el que se desarrolla la trama —«Una hora después el taxi sube por una cuesta muy empinada, hacia uno de esos barrios que queda encaramado en la ladera de los cerros orientales, un solo apretuje de casas viejas y ruinas habitadas por eso que mi padre llamaba la guacherna y que yo solía imaginarme como un espanto o una criatura fabulosa»—, Cárdenas parecería sugerir que ante un trasfondo tan desolado las cosas no podrían —no pueden— ser de otra manera, pero su maestría consiste en llevarnos como lectores a la zona más profunda de los límites de los anhelos de cada uno de los personajes, con lo cual cada nueva decepción adquiere un talante más devastador.

 

De ese modo, la creación de una droga tan maravillosa vuelve inviable su consumo, pues genera hordas de mujeres armadas con palos y machetes, dispuestas a saquear los depósitos con tal de procurarse siempre una nueva dosis más. Pero ya no hay vuelta a la inocencia original, pues una vez que conocen su existencia, la falta de la droga incrementa exponencialmente la grisura de la realidad cotidiana.

 

juanCardenasMención particular merece la mujer a la que durante toda la novela conocemos únicamente como número 4, que me parece de lejos el personaje más fascinante, entrañable y complejo de los que pueblan Ornamento. Desde sus primeras pruebas con la droga, número 4 se embarca en unos delirantes monólogos mediante los cuales conocemos que es la hija de una mujer obsesionada con su belleza, que se ha hecho tantas cirugías como es posible, de modo que incluso en su edad madura sigue pareciendo una muñeca (y que se ha empeñado en endilgarle desde pequeña a su hija la misma condena vitalicia). Número 4 debe untarle una crema para combatir los efectos secundarios en la piel, producidos por una de sus operaciones, y en uno de esos delirios inducidos por la droga, fantasea con ir borrando a su madre conforme va untándole la crema, deteniéndose cuando la madre es pura boca —«La boca habla: no pare, qué rico, me gusta, únteme más cremita, no sea mala»—, en una escena que recuerda a aquella de El maestro y margarita en donde las artes negras de Voland convierten a un hombre tan sólo en un traje parlanchín que continúa diligente con las labores de su oficina.

 

En un gesto que pareciera reivindicar a todas las mujeres que han sido educadas para ser un trofeo codiciado, cuya vida consistiera en aparecer lo más deseable posible para atraer al mejor postor, número 4 llevará al límite el deseo de su madre, fusionando sus personas y sus destinos como una espeluznante consecuencia lógica de toda la violencia recibida bajo el nombre de educación, a lo largo de una vida entera.

 

En algún momento nos enteramos de que la madre-muñeca inició sexualmente a número 4 cuando tenía 14 años, ofreciéndosela a su marido, es decir, el padrastro de la chica —«Mi madre propició el encuentro, me dijo que debía prepararme para ser una mujer de verdad, ella misma le mintió a mi padre para que el hombre engominado pudiera llevarme a su casa»—: en un brillante monólogo, número 4 narra con parsimonia el efecto acumulado de tantos preceptos y exigencias maternas que la destinaran a convertirse en una copia, siempre inferior, de su propia madre. En un gesto que pareciera reivindicar a todas las mujeres que han sido educadas para ser un trofeo codiciado, cuya vida consistiera en aparecer lo más deseable posible para atraer al mejor postor, número 4 llevará al límite el deseo de su madre, fusionando sus personas y sus destinos como una espeluznante consecuencia lógica de toda la violencia recibida bajo el nombre de educación, a lo largo de una vida entera. Con el gesto radical de número 4, Cárdenas pareciera indicar que no existe otra manera de romper el destino cíclico de las élites latinoamericanas, que transmiten de generación en generación las normas de conducta que aseguran la conservación a perpetuidad de su posición privilegiada, en sociedades estructuradas a partir de sus ingentes desigualdades.

 

Y quizá la mayor imposibilidad de todas, la que funciona como bisagra que le da cohesión a las demás, sea la del protagonista, quien vive el dilema de poseer una conciencia demasiado lúcida como para darse cuenta de que su existencia es un gran callejón sin salida que se topa con pared en múltiples direcciones, aparejada con una voluntad lo suficientemente plastificada como para dejarse llevar por la comodidad de una vida de estatus y privilegios.

 

En esta novela, narrada por un personaje que se contenta con encogerse de hombros ante los giros que la enrevesada realidad le depara a cada vuelta, Juan Cárdenas nos ofrece una visión de conjunto potente, íntima, descabellada e implacable, de un fragmento caótico dentro de ese todo más caótico llamado América Latina, donde los distintos tipos de ornamento se han incrustado a tal grado bajo la piel de los habitantes que deciden el destino colectivo, que resulta ya imposible saber dónde comienza la apariencia y dónde lo que en teoría debería encontrarse debajo de ella.

 

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Ornamento
Juan Cárdenas
Periférica • 2015 • 176 páginas

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