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Nunca te declares fan número uno de una banda, no importa cuánto la ames, siempre existirá alguien que le profese más fervor que tú.

Me sentí muy chingón al ingresar al Hollywood Forever Cementery. Había salido de mi departamento hacia el aeropuerto veinticuatro horas antes. Abordé un vuelo Torreón-Tijuana. Crucé la frontera a la mañana siguiente por el Chaparral. Por una deformación académica, siempre que piso San Diego tarareo mentalmente «Contrabando y traición». En San Ysidro tomé una camionetita que por quince dólares me depositó en el downtown de Los Ángeles. Todo con el noble propósito de visitar la tumba de Johnny Ramone.

Siempre había querido visitar la tumba del guitarro de los Ramones, pero mis relaciones autodestructivas me mantenían bastante ocupado. Si alguna vez tuvo un pináculo la serie Californication, fue la segunda temporada. Debutó a un personaje entrañable, al que me gustaría dedicarle alguna vez una ficción, Lew Ashby, un trasunto de Rick Rubin. En el capítulo de su funeral aparece la tumba de Johnny Ramone. Y yo babeaba sentado en el mequeado (por mí) sillón de mi sala. Cómo era posible que ya haya aparecido en Netflix y yo todavía no la conociera.

Me decidí a realizar el peregrinaje por la relectura de Killing Yourself to Live de Chuck Klosterman. Un viaje sentimental por lugares en el Chuco donde murieron estrellas de rock. Me encantaría presumir que cuando el transporte me depositó en la Main y 7 me bajé como Axl Rose en el video de «Welcome to the Jungle», pero honestamente el downtown tiene poco de glamour. Está más cercano del Mercado Alianza de mi ciudad que del Hollywood Sign.

Me esperaba en su Land Rover mi compa Juan Carlos Razo. Generoso como siempre, me invitó a comer al Fogo de Chao. Ahí me presentó a Juan Rivera, hermano de Jenny. Un bato medio chisqueao que comía solo. Si lo googlean se enterarán que es protagonista de una saga familiar de esas que se dan en Games of Thrones. Broncas con la ley, disputas con su hermano Lupillo, drogas, armas, lo que dicta cualquier corrido. Pero el bato se portó muy amable y educado.

Para limpiarnos el paladar (de semejante atracón que nos dimos de carne), pasamos al Museo del Grammy. Guachamos una expo dedicada a John Coltrane y otra a los macizos Cheech & Chong por los cuarenta años de Up in Smoke. Ya que nos jartamos de memorabilia, tomamos Santa Mónica Boulevard y llegamos al panteón.

Los Ramones son una banda que me han acompañado siempre. Hay una lección de vida en su circunstancia. Eran unos cabrones que esnifaban pegamento y llegaron a ser la mejor banda de rock del mundo, sí, mejores que los Beatles. Los Ramones son mi rivotril. Siempre que me bajonéo los escucho hasta salir de mi atolladero emocional. Johnny es una figura que siempre me ha producido fascinación. Leí Commando, su autobiografía. Pero lo conocí mejor por la bio de Marky Ramone. Era controvertido hasta lo irreconocible. Hubiera sido interesante conocer su opinión sobre Trump.

Después de un par de vueltas dimos con el sepulcro. Es una estatua de casi cuerpo entero de él en la típica pose que adoptaba cuanto tocaba. Al frente hay una placa con su nombre. Y en los tres costados hay frases talladas en piedra de Eddie Vedder, Rob Zombie et al. La de John Frusciante dice: «As good a friend as there ever was». Me saqué la foto de rigor y antes de marcharme sucedió un milagro. Dando la vuelta por una de las avenidas del cementerio apareció una banda de punks de negro de pies a cabeza y con crestas de color rojo.

Eran una banda que había viajado desde Francia para conocer el sitio de descanso eterno de su ídolo. Y yo que me ufanaba de haber venido de Torreón. No estaban grabando un video. Sólo habían acudido a hincarse y mostrar sus respetos. Es algo que sólo el amor por el rock produce. Uno de ellos era de Monterrey. Era el guía del grupo. Detrás de la tumba había un estanque. Y un árbol a un lado proyectaba una sombra inmensa. Demasiada quietud para uno de los miembros de una de las bandas que más alborotaron en la tierra.

Para mí Johnny es uno de los mejores guitarristas de la historia. No era un virtuoso. Pero creó un sonido único. Y aunque en las revistas especializadas nunca va a ocupar los primeros lugares dentro de los conteos de guitarristas, siento por él un apego insalubre. Juan Carlos tomó una selfie de nosotros con Johnny detrás. Es una postal que voy a atesorar toda la vida. Dos niños de la calle que un día se encontraron en Los Ángeles unidos por el punk. Cuando era adolescente nunca pensé que algún día viajaría por el mundo conociendo sitios sagrados como éste.

La aparición de los punks fue como una epifanía. Una de esas que uno piensa que sólo ocurren en el Ulises. Me sentí como un Leopold Bloom que se topa un día soleadísimo con un conjunto de Stephen Dedalus punks. Subimos a la camioneta y Juan Carlos me preguntó qué deseaba escuchar. «The kkk Took my Baby Away», plis, le respondí. Mientras nos alejábamos vi a los punks arrodillarse con devoción inconmensurable.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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