Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La calle | Claudina Domingo

No hacer nada, no pensar nada. Dónde habré agarrado esa idea. El gato veloz que cruza la calle no necesita ideas. «A la prisa la antecede una exigencia». Ya se detuvo, buscando algo, y sigue su carrera. Quizá piensa que lo sigo. No manosear las cosas en la cabeza o terminaré recordando si de verdad me acosté con Gabriel. Para estar cruda apenas me siento somnolienta, como si anduviera arrastrando el cuerpo con la cabeza. Al fin llego a la Avenida, a unas cuadras está el metro y a la izquierda el departamento donde viví tres años. No está mal la luz, para una mañana sin cuerpo. El sol todavía apunta en diagonal cargado de jugo de mandarina. «¡No lo toques; no lo toques!». En un segundo piso, el gato pardo se contorsiona entre las manos de un niño. El rabo se agita como una larva; el felino gira el pescuezo de un lado a otro mientras las manos le sostienen el cuerpo. Una risa sin rostro hace su  escalera de lo grave a lo agudo mientras el gato mira, asombrado, el rostro del niño que yo no veo. Cuando la risa ya es estridente se desploma en un silbido exangüe. Las manos sueltan al gato, que entra corriendo al departamento donde se oyen más voces destendiendo su escándalo y luego peltres y porcelanas cayendo en la frescura de la mañana. El niño da la media vuelta y mira la ciudad antes de meterse al departamento también. Debo estar más dormida de lo que creo porque podría jurar que tenía bigotes, largos bigotes de gato junto a la boca. Al fin siento la cara conforme me alejo sonriendo. Mi sonrisa es un ligero navajazo. ¡Bigotes de gato! Quizá, poco a poco, pueda sentir las manos o las piernas, aunque no está mal andar así, moviéndome con el pensamiento amodorrado. Al final de la avenida, la calzada lanza de un lado al otro la liga anaranjada del metro. Qué extraño; yo vivía cerca de un metro subterráneo.

En los balcones hay jaulas donde los pájaros tejen sus trinos; hay uno con dos tonos que empieza el diálogo y otro con tres, más bajos, que responde; entre los dos remedan un lento columpio. Azul pálida, deslavada, la casona de la esquina de la que cuelgan los gorjeos. Parte del techo está destruido. En la terraza que hay debajo se cuelan profusos goterones de sol sobre sábanas tendidas y helechos verdes y amarillos que bendice un brazo con una regadera. La mujer que los riega se detiene, me mira observarla y sonríe. «Entra, está abierto». Cruzo la calle lo más rápido que puedo, pero las piernas todavía no se aparecen del todo en mi cuerpo. Tanto tiempo, tantos y tantos malentendidos pero al fin veré de nuevo a Olga: sus ojos grandes delineados en el párpado inferior con una gruesa línea negra, sus cabellos rizados también negros; su tristeza que se desplegaba bajo la mía para recibirla sin miedo al vacío.

El lugar, que parece una casona novohispana, es un edificio medio derruido que han adaptado para vivir en él como si fuera una gran vecindad. Hay un boquete en el último piso que tiene hijos en los pisos inferiores, aunque no en los mismos sitios, y así la luz se cuela como si en el sótano una pileta de agua lanzara reflejos bamboleantes de claridad sobre las paredes y los techos. Una humedad de helechos y enredaderas se arrastra por los pasillos de los pisos inferiores, pero conforme subo las escaleras las copas de oro amarillas y las oaxaqueñas moradas se lanzan de improvisados barandales y ventanas. Justo ahora se me ocurre que no me fijé si Olga estaba en el piso tercero o en el cuarto. Empujo una puerta entornada que tengo a mi derecha. Adentro hay, a la izquierda, un pequeño altar a Buda. Una niña duerme en un sillón en la sala y más allá se encuentra la terraza con los helechos que Olga regaba vestida con una larga túnica violeta. Ahora me muevo como si me hubieran prestado un cuerpo dos tallas más grande. En la terraza se amontonan unas sobre otras varias colchonetas, lo que me recuerda el cuento infantil de la princesa y el guisante, con la diferencia de que si nadie mete los colchones bajo techo en julio quedarán hechos una sopa bajo los boquetes del cieloraso. Olga no está en el balcón pero sí las aves en sus jaulas, empeñadas en su conversación monótona. De lejos había tenido la impresión de que eran aves exóticas; ahora me encuentro dos canarios, uno rojo como un carbón vivo y otro amarillo como yema de huevo, cada uno en una jaula idéntica. Olga no está. Entro al salón donde la niña duerme. Intento despertarla pero apenas se mueve cuando la sacudo. De cualquier manera, es demasiado pequeña para poderme ayudar. Salgo por la puerta de nuevo hacia los pasillos. Subo al siguiente piso, donde escucho niños desayunando entre risas y gritos y dos mujeres pelean en el pasillo por una cubeta de agua. En el último no habita nadie: los agujeros en el techo son demasiado grandes para permitir la vida bajo ellos. Pero los suelos están sembrados de muñecas y carritos. Quizá los niños suben a jugar y luego olvidan esta civilización fantasmagórica de juguetes. Es probable que Olga haya salido justo cuando yo subía las escaleras, pero entonces por qué me habría pedido que subiera a verla.

—Disculpe, ¿dónde vive Olga?

La mujer, alta y bronceada, me mira como desde el último brazo de Orión, se encoge de hombros y se da media vuelta. De pronto me invade un desgano interminable que a falta de torso para explayarse se abre en mi garganta y en mis ojos y me adormila todavía más. Tengo que salir de aquí y llegar pronto a un parque (o volver a mi casa) para acostarme a dormir un rato.

El día se nubló; ahora el cielo tiene esa cara de aburrimiento previa a la melancolía que tienen los días de verano, cuando a la ciudad le pesa el hecho de estar condenada a las alturas pero también a los horarios. Camino hacia la Calzada y cruzo el puente peatonal sobre las vías del metro. Ya voy sintiendo los pies (al menos la trepidación bajo ellos). Debería estar en casa, pintando. Una pandilla de perros pasa en la calle perpendicular. ¿Serán las ciudades las que les hacen esto a los animales y hasta ellos llevan prisa o más bien es que uno aprendió de ellos a correr, a hacer un montón de cosas de nada? «H» dice, así, con las comillas puestas, una cartulina colocada afuera de un zaguán negro. Por encima de él pende una gloria frondosa; les gusta el verano para acaparar con sus ramas y su multiplicidad de estrellas techos, balcones y bardas. Al quitar los ojos de la enredadera éstos caen un metro más abajo donde el hombre me mira sin pestañear. Debo parecer una loca: clavada a la mitad de la calle mirando hacia una barda. Pero él no me mira como si fuera una loca. En sus ojos negros y grandes, almendrados, en su boca fina y un tanto dura el deseo ha reventado su puesto. Es alto y delgado y el rostro, aunque frío, tiene ojos intensos. Sonrío, por propiciar aunque sea una sonrisa de su parte y quebrar la densidad de su mirada. Él me mira y luego observa el piso junto a sus zapatos. Avanzo sin que me preocupe estar cumpliendo la orden de un extraño. Podría seguir mirando esos ojos intensos todo el día.

—Vamos —dice, cuando estoy junto a él, en la acera y toca el timbre del zaguán.

Estoy a punto de preguntar a dónde vamos o si conoce a alguien en la casa cuando la puerta hace un ruido y se abre automáticamente. El hombre cruza antes que yo el umbral. Tras éste, un patio pequeño de pisos levantados por raíces guarda en sus rincones cubetas sembradas de bulbos y plantas de sombra. El hombre voltea a mirarme desde una puerta interior, hacia donde camino ahora.

Nos internamos en una sala con sillones recubiertos de un terciopelo azul cielo que lleva años bajo la caricia del polvo. Las piezas (el sillón largo, la plaza de dos piezas, el individual) están repetidos al menos una vez y hacen una masa de azul y café por la que se atraviesa en un caminito para una persona. Sigo al hombre y al mirarlo por la espalda su suéter a rayas violetas y negras me intenta recordar… pero que se me escapa. Damos vuelta a la izquierda al llegar a una puerta abierta. Aquí hay más espacio. Quizá quien ponía orden en la casa decidió vaciar esta habitación mientras acomodaba las otras y dej aquí las vidrieras. Me asomo a una de ellas, donde unos viejos aretes con racimos de perlas de río duermen de costado junto a un brazalete de marfil. La mano, de dedos finos y largos, me toma del brazo. El hombre parece leer mi mente porque me dice: «Ya falta poco», con una voz tersa y elegante. Camino ahora junto a él, que al llegar a un costado de la sala se detiene, casi respetuosamente, junto a una pesada puerta de madera oscura. Endereza la espalda antes de girar la perilla y se desliza antes que yo. Espera a que yo haya entrado para cerrar la puerta. En una sala amplia cuyos ventanales dan hacia el patio están alineadas en dos hileras cunas de madera de pino techadas que le llegan al hombro a mi acompañante. Me sonríe y saca de su pantalón unas monedas, que deposita en una ranura del mueble que tiene a mano. El sarcófago mecánico se abre, primero de la parte superior y luego por enfrente.

—Primero las damas —me dice, con una sonrisa amplia y afectuosa, mientras su mano hace un movimiento hacia atrás, entre galán y torero.

Su sonrisa y su gesto me hacen reír y me acerco al armatoste, a donde tengo que trepar para alcanzar el colchón que hay dentro. Él sube justo después de mí, y su cuerpo me obliga a darme prisa para sentarme sobre los talones en el extremo profundo del sitio. El tálamo se vuelve a cerrar en torno a nosotros. Una iluminación cuya fuente no identifico amortigua el encierro donde estamos y se cierne sobre la techumbre y paredes de madera tallada, donde un escultor libidinoso grabó a hombres y mujeres penetrándose y sorbiéndose los sexos.

—Es como estar —le digo, bajando la voz ante lo cavernoso de mi eco— en una casita de juguete… pero de Kamasutra.

Los dos reímos con la ocurrencia. Nos tendemos de costado uno frente a otro y apenas ahora se me ocurre preguntarle su nombre, pero no responde, sólo sonríe y en sus labios finos la saliva brilla. Lo beso. Sus manos me acarician en trazos amplios y sencillos: primero el pelo, luego el pecho, el vientre, el pubis y los muslos. Nos desnudamos trabajosamente dentro del sarcófago.

—Se ve que en esto no pensaron —le digo, nerviosa de ser la única que llena el silencio. Él sigue sonriendo como un niño tímido.

Me tiende de espaldas con un solo movimiento y me mira con los ojos muy abiertos mientras me penetra. Arriba, en la techumbre de dos aguas, las figuras femeninas remedan mi boca abierta, sólo que en la madera hay unos amantes sentados y otros de pie, algunos de cuclillas. Nosotros, por intervalos, sólo podemos montarnos el uno al otro. El hombre me mira con los ojos muy abiertos como si fuera la primera vez que estuviera con una mujer, aunque eso es imposible dada la naturalidad con que llegamos hasta aquí. Su sexo se hunde en el mío con eficacia y simpleza. Me coloco a cuatro patas para dejar de ver sus grandes ojos mirarme con fijeza. Las figuras talladas siguen haciendo gestos y piruetas por todo el entramado. Escucho mi respiración agitarse y volver, caer casi en las sombras y desde allí me acerco al filo de un orgasmo que se me escabulle en la luz ocre cuando abro de nuevo los ojos. El hombre aumenta la velocidad y resopla y resuella mientras me sujeta las caderas con violencia. En el silencio cavernoso escucho su grito breve y siento su cuerpo desprenderse del mío. Sonríe de nuevo mientras me mira vestirme y se viste con rapidez. Cuando se acomoda el suéter sobre la camisa, un pitido nos anuncia el fin de nuestro tiempo y la cápsula se abre de nuevo. Tropiezo al bajar; me recupero justo a tiempo para ponerme los zapatos.

—Ha sido un placer —le digo bromeando, convencida de que no importa qué diga él contestará con una sonrisa.

En efecto, sonríe e inclina el cuerpo con galantería. Atravesamos de nuevo las salas a medio vaciar, tan rápido y distraídamente que olvido llevarme el brazalete de marfil. Nadie lo hubiera notado. Sólo cuando estamos en el zaguán el hombre vuelve a hablar:

—Creo que te perdiste. El metro subterráneo queda del otro lado de la Calzada, pero ya es tarde para tomarlo. Mejor ve a la esquina y toma el pesero que sale allí, también pasa por Pino.

—Claro —le respondo, mientras lo veo dar la media vuelta, y sólo hasta que subo al camión comienzo a preguntarme cuándo le dije dónde vivo. •

 

Fragmento de la novela Dónde

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