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Por Óscar Benassini

El libro de Carlos Manuel, La tribu. Retratos de Cuba no inicia con «Cuba post Castro, una aproximación», la crónica abridora del volumen, sino con las palabras de Caparrós acerca del trabajo periodístico, si se quiere, del cubano. Caparrós, alto capo de la crónica periodística, intenta definir un nuevo tipo de animal, un híbrido que, al parecer, sólo pudo haberse gestado de la mano de un poeta, escritor y periodista, nacido en «un país mal escrito, tan reescrito y cribado de silencios», a finales del siglo pasado, en 1989. Es obvio, un prólogo abre un libro, sí, pero en este caso el prólogo, imprescindible, expande sus bordes editoriales y también bosqueja a un nuevo autor y otorga dimensión y sentido a sus ambiciosas tareas como el otro cronista de la isla. Como el Rookie of the Year.

Carlos Manuel Álvarez logra reescribir un país en dieciséis crónicas. O bueno, no tanto como reescribir un país, que es algo imposible: sino que reescribe la memoria colectiva, los falsos recuerdos, los recuerdos inventados, que tenemos de un país que supuestamente todos conocemos, pero del que no sabemos, prácticamente, nada. Por sí sola, esta reescritura es sorprendente, pero la forma de la reescritura es asombrosa. En una entrevista con Jorge Morla de El País [febrero, 2018], Álvarez reveló el meollo de su vocación: «El periodista tiene el oído hacia afuera. El escritor, hacia adentro». Como un tipo de héroe desollado, lo mismo escuchando que escuchándose, Carlos Manuel recorre los años del «deshielo» cubano, que son los años de su educación sentimental como parte de la tribu: la de su «primera juventud»:

Cuando dos tetas o una cara bonita no me aceptaban, o un íntimo emigraba, o leía a Amado Nervo, o quería inventarme nuevas tragedias existenciales, me iba al Malecón y me sentaba solo y me echaba bocarriba. Intentaba convencerme de que no me estaba aburriendo, de que atravesaba un verdadero proceso de depuración espiritual y de que ese, el solipsismo, era su precio. Hasta que por suerte desperté y me dije: ¿y para qué, imbécil, es que haces todo esto? Entonces supe que el problema no era el Malecón, sino yo. Y que el poco interesante era yo, no el Malecón. Y que resultaba más saludable mirar y observar y apuntar lo que sucedía en el Malecón, que mirar y apuntar lo que me sucedía a mí, que era, en plata contante y sonante, nada.

Para algunos lectores la grandeza de un libro, aunque no de cualquier libro, sino de los libros inagotables, se manifiesta en las relecturas. Cuando el artefacto encuadernado, el mismo que ya habías leído hace meses o años, refleja una nueva versión de las cosas, o cuando nuevos eventos cercanos provocan relecturas inéditas de ese viejo artefacto. El Moby Dick de la primaria no es el mismo que el Moby Dick del desempleo y no será el mismo Moby Dick de la paternidad. Un libro, entonces, nunca es el mismo libro, y tampoco el lector. ¿A dónde voy con esta redundancia dizqueheracliteana? Muy sencillo: La tribu. Retratos de Cuba, de Carlos Manuel Álvarez, es un libro distinto desde el 2 de julio, al menos para el lector mexicano, al menos paramí. Donde antes vi una colección de relatos, retratos o postales de la vieja y la nueva Cuba, hoy, bajo la lente de la histeria postelectoral, veo una serie de memorias de posibles futuros no muy lejanos.

Los sesenta comenzaron con las nacionalizaciones y las reformas agrarias. Los setenta, con la zafra de los Diez Millones. Los ochenta, con el Mariel. Los noventa, con el derrumbe de la URSS. Los dos mil, con la Batalla de las Ideas. Y esta segunda década del veintiuno, con la paulatina descentralización del Estado.

Hay pasajes de La tribu, como el de arriba, que pueden darle al libro del cubano un nuevo carácter profético para México, ahora que se viene la nueva administración de López Obrador. Carlos Manuel tiene la mirada de aviador, que domina el paisaje desde arriba, el lector puede tener acceso a esa vista a lo largo de las 257 páginas.

Un país puede escribirse a través de una crónica deportiva. En «El pitcher negro de las medias blancas» saca una amplia instantánea sociopolítica de Cuba de 1959 a 2013, siguiendo los pasos de José Ariel Contreras, el pitcher de las grandes ligas nacido en Las Martinas:

Todo atleta cubano que emigró después de 1959, y que hizo o intentó hacer carrera profesional en alguna liga o campeonato foráneo, había visto negada la posibilidad de retornar a su país […] Contreras es, de cientos, el primero que regresa, y la gente en el aeropuerto se le echa encima.

En pleno Período Especial (1991-1992), José Ariel Contreras y Pedro Luis Lazo se conocieron en la academia. Durante un par de años, pasaron juntos cinco días a la semana. Cuando salía de pase, el profesor Guerra les regalaba dinero para el transporte. Cuando no salía de pase, entonces el profesor Guerra caminaba kilómetros en busca de un puerco o una gallina. Y cuando no encontraba nada, les compraba dulces, algo que amortiguara el hambre. La misera era absoluta. Sin embargo, hay que hallarle el beneficio. No porque el hambre haya fortalecido los brazos de Contreras y Lazo, sino por las trabas que superaron. Se fortalecieron mentalmente, cree Guerra.

«Para pitchear un Mundial, en una Olimpiada, en un Clásico, hay que ser más que pitcher. Ahí intervienen otras cosas» dice.

O en «Performance nacional», una de las crónicas finales del libro, el cronista Álvarez vuelve a ofrecer un diagnóstico de los últimos años de la Cuba del agónico Castro, mediante el trabajo de la artista Tania Bruguera, que había sido detenida en 2014 por sus críticas públicas frustradas a la dictadura, en forma de acciones de arte en la Plaza de la Revolución:

Horas antes de Año Nuevo, debido a la influencia ejercida desde el exterior por influyentes medios de prensa, la vuelven a liberar. Tania va a recibir el 2015 con una causa abierta, sin pasaporte, y con la advertencia de que no puede salir de la ciudad. Dice Pablo Helguera: «El performance, de hecho, no fue aquello que no ocurrió en la Plaza de la Revolución, sino el episodio de histeria y prepotencia de las autoridades cubanas (…) Cuba vive en la histeria de la manipulación de mensaje y cualquier persona —artista o no— que llegue a romper ese equilibrio será por supuesto visto con terror e indignación».

La Cuba de La tribu no es la misma Cuba de tantos otros escritores, deportistas y artistas. Es la Cuba post Obama, post Castro, es la Cuba de Carlos Manuel, un territorio inédito: «Nuestro éxtasis es raro y algo alocado, como un opio general que la isla hubiera ingerido, una droga colectiva fumada por todos».

La tribu Portada ALTALa tribu. Retratos de Cuba

Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

Sexto Piso Realidades

2017 264 páginas

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