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Por Élmer Mendoza

Es el título del nuevo libro de Carlos Velázquez, (Torreón, México, 1978), publicado por Sexto Piso en 2017, en la Ciudad de México. Contiene seis relatos desprejuiciados, la mitad divertidos, la otra mitad con tendencia noir. Lo primero que se percibe es la seguridad creativa del narrador para utilizar una amplia gama de lenguajes e intentar registros efectivos para contar historias breves. También celebro la falsa experiencia que proyectan unos relatos completos y extraordinariamente bien desarrollados. Quiero decir que el asunto de la experiencia en narrativa es una maldita falacia, una tabla de salvación llena de agujeros. Velázquez tiene el don y trabaja cada libro con intensa pasión, como si fuera el primero. Desde luego que consigue una frescura sucia que es fascinante y que seguro hará las delicias de los buenos lectores; porque Carlos, y eso lo sabemos sus amigos, no tiene lectores concesivos, la mayoría abre uno de sus libros para ver en qué se equivocó y lanzarlo por la ventana, y no son pocas las veces que ese mal lácteo se esfuma ante los interesantes juegos lingüísticos que nos entrega.

Un relato, para que sea efectivo, debe estar muy bien escrito, porque no depende de la trama o del perfil de los personajes, sino de la genialidad del narrador para ligar atmósferas de múltiple intensidad. En el caso del relato que abre el libro, «Muchacha nazi», trabajado en primera persona, encontramos un narrador víctima de un sufrimiento común: la pérdida de la amante, que como un Josealfredo post moderno, intenta salir de la bronca con alcohol y cocaína. En un antro cutre, se engancha con una güera que no le despierta el menor interés sexual; sin embargo, acepta ir a su departamento y allí la fiesta adquiere variaciones que no puedo revelar. El narrador del relato, que tiene cierto gusto por la autoflagelación, es apostador, y desde el inicio del mundial de Brasil de 2014 se la juega por un equipo, ¿qué equipo creen que fue? Como pueden ver, es un personaje que vive las veinticuatro horas del día y no mide el tiempo ni en su celular. Este relato está muy bien logrado, y es uno de los que expresa la capacidad narrativa del autor. Una de las características de la narrativa de Carlos Velázquez, es que nos ofrece un rostro claroscuro de un autor hábil en artimañas estéticas que en lo particular, disfruto bastante. Bastante es una palabra que no me gusta, dejen y busco un sinónimo. Encuentro asaz, ¿les gusta? Porque a mí no, y harto, menos; podría escribir de a madres, pero mejor que quede así.

El relato que le da título al libro, «La efeba salvaje», es una crítica devastadora a la imprudencia humana, sobre todo a la de las chicas de la tele, las que informan del tiempo; ya ven que todas visten más o menos igual y se colocan de lado para que los caballeros no se hagan una idea de lo que están comunicando. Este personaje sensual, se acuesta con su jefe, todos los del canal lo saben y la acosan, sobre todo el de deportes, pero ella se mantiene fiel a su capitán, a quien un día echan del trabajo. «Barbie Moreno, egresada de la carrera de comunicación, veintidós años, cabellera de Pocahontas y ojos de gargajo», comprende que también la despedirán, pero la salva el de deportes, un tipo simpático y misterioso, que tiene mucho rating. Barbie conoce el precio de su reubicación; aun así acepta el reto, lee a Villoro y a Valdano para saber un poco de futbol y se prepara para manejar la situación sin alterar un milímetro su minifalda. Esa prenda maravillosa que es entrada al paraíso, incluso si es una biblioteca. En todo el texto, el humor negro se convierte en uno de los elementos clave para expresar el perfil correcto de la personaje que, me atrevería a decir, les encantará e, incluso, las lectoras de Carlos dirán que conocen a una que está calcada de esta historia. Si usted ha trabajado en un canal de tele como Multimiedos, sabrá que es un personaje de ficción.

«This is not a love song» es un agradable relato, donde Tony, un don Juan gordinflón conocido como Porcel, por un personaje de tele que salía con varias conejitas, sube de peso cada vez que se enamora. Desde adolescente uno sabe que los gordos son excelentes bailadores, pero que las chicas se deshebren por ellos es la primera noticia, y qué bueno que viene de un relato de Carlos Velázquez, que posee el instinto para satirizar un estado que generalmente no rehúyen tanto los varones como las mujeres. Si no me creen pregunten a Pandora, o a Liliana Blum, que algo saben del asunto. Total, el amor no reconoce peso, si acaso pesos, y ahí tienen que el atractivo «marraniciento», asediado por sus compañeras de oficina, se enamora de Fabis y tiene que cambiar guardarropa. El par está que babea de pasión y no les basta con pimpear todos los días, quieren estar juntos y para siempre, sin embargo la nena le exige al «puercosaurio» que baje de peso, que se ponga a dieta; él hace un programa con fe pero cada vez está más gordo porque cada vez la ama más. 136 kilos. En esta parte el relato se pone de lo más interesante, y como hay detalles que son un valor agregado en el tratamiento de la historia, no me siento con derecho de escatimarles esos exquisitos momentos de placer, que los motivará para buscar otros libros de Velázquez. Si usted es de los que se queja de que la literatura mexicana carece de humor después del maestro Ibargüengoitia, Carlos le dará varios motivos para decir salud y pedir las otras.

«El resucitador de caballos», una profesión extinta desgraciadamente, es el título del relato que cierra La efeba salvaje. Trata de un ranchero que escucha galopes por la noche, culpa a Mr. Mojo Risin, un indio silencioso que bebe solo, sabe elegir caballos y también resucitarlos. El ranchero lo odia, le molesta la tranquilidad del aborigen. Vive con su esposa y su hija a quien cuando cumple quince años le regala una hermosa yegua, desoyendo el criterio del indio que aconseja no hacerlo. Usted puede comprar un perro sin nombre, pero un caballo sin nombre no, porque es de mala suerte: ¿se enteraron de lo que le pasó al trío América debido a su éxito «Horse With no Name»? Pues eso. ¿Creen que ganar el Grammy los salvó? Mejor no sigo con eso. Velázquez se autodescubre en cada uno de sus libros, se percibe una atención despiadada a cada texto, a cada palabra que utiliza. Se abstiene de mezclar códigos lingüísticos, sabe que hay historias en que ciertas expresiones no deben estar porque mueren al instante. Y un lenguaje muerto no sirve para contar historias de caballos. Lo último que les diré de este relato es que hay galopes en la vida que es mejor no escuchar, y si no me creen, lean «Galope muerto» de Pablo Neruda: «Como cenizas, como mares poblándose…».

En fin, en 2018 la buena suerte estará con ustedes, no sólo porque tendrán momentos memorables con la lectura de La efeba salvaje de Carlos Velázquez, sino porque fortalecerán su idea de que la literatura mexicana goza de cabal salud y de que existen autores excelentes que están dando la cara por un país que la clase política no para de reinventar. Deberían ser los primeros en leer a Velázquez, enterarse de que hablan de un país donde hay muchos pobres pero poquísimos idiotas, y que ahora, la realidad de México está en su literatura, a poco no.

 

 

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La efeba salvaje
Carlos Velázquez
Narrativa Sexto Piso
2017 • 136 páginas

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