Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La FIL de Guadalajara: Ritual libresco | Felipe Rosete

A mis amigas y amigos cherdeees

 

Llevo trece ediciones consecutivas asistiendo a la FIL de Guadalajara, uno de los acontecimientos culturales más importantes de América Latina, en el que cada año se dan cita decenas de miles de lectores, además de cientos de escritores, editores, ilustradores, agentes literarios, libreros, bibliotecarios, periodistas, académicos y un larguísimo etcétera

de personajes relacionados con el libro y la lectura, que acuden allí a celebrar a un objeto que, tal y como lo conocemos, ha acompañado a la humanidad desde hace varios siglos: el libro. Y es que la FIL es eso, una gran fiesta en la que, de diversas formas, se le rinde culto a esos objetos misteriosos dentro de cuyas tapas se esconden mundos inimaginables, llenos de humor, sátira, crítica, pensamiento, imaginación, inteligencia; historias que nos ayudan a entendernos mejor y a nuestro entorno; reflexiones que transforman la vida del individuo y de su sociedad; y también, hay que decirlo, existen libros que dan cobijo dentro de sus páginas a mucha basura.

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Toda liturgia debe seguir reglas precisas. Formas, frases, gestos que habrán de repetirse una y otra vez para regresar al origen, para conectar con él y darle sentido a nuestros actos. Así que, como cada año, nos citamos el jueves previo al inicio de la feria, a las seis de la mañana, en las inmediaciones de Coyoacán. Al llegar al lugar de la cita había un poco de desconcierto. Ya estaban varios allí: Campanita, Venus, Mafafa, Su Nombre Artístico, Alfonsina y la Mar, y el Dr. Lao, nuestro médico de cabecera. Pero, raro en él, faltaba Betolín y, con él, la camioneta que habría de transportarnos. «Ya estoy por llegar», me dijo con su voz afeminada al contestar el teléfono. Y en efecto, estábamos terminando la llamada cuando la Van blanca dobló por la calle de París. Faltaban también Lalo Jay y la Marrana, con quienes pronto establecí contacto. Estaban empedándose juntos en la casa del primero, a unas cuantas cuadras de donde los demás nos ubicábamos, así que una vez que acomodamos las maletas, fuimos a recogerlos. De quien no se sabía nada era del Señor Cerdo. Misterioso y excéntrico cual es, de plano no respondía las llamadas. Dado que Chilvino y Chilvina, recién desembarcados de la península ibérica, se hospedaban en su casa y debían de esperarlo para que recogiera su equipaje, el convoy tuvo que hacer un ligero desvío a la colonia Condesa y evitar la ruta de siempre. Mientras, esperaríamos a ver si Mr. Pork daba la cara. Y lo hizo al poco rato. «Mil disculpas, me quedé dormido», me dijo al teléfono con voz de ultratumba.

Como mandan los cánones, a las siete la marrana se abrió la primera cerveza, se encendió el primer toque y, quienes optaron por esa vía, ingirieron su primer cuartito de aceite. ¿Qué sería de un ritual, aunque secular, sin sustancias psicoactivas? Está bien que uno sea muy espiritual, pero de vez en cuando se necesita una ayudadita para conectar mejor con los dioses. Al menos eso fue lo que aprendimos de nuestro gran maestro, el legendario monero tapatío que en sus viajes de hongo, se dice, tuvo encuentros con el dios de los moneros, para después incluirlo en sus tiras y cartones. Un dios con cara de loco, y un par de huevos grandes y peludos, por encima de los cuales cuelga una verga larga y deforme.

Confieso que nunca he visto a los dioses de la edición, pero cada año me encomiendo a ellos y agradezco su ayuda poniéndome hasta el huevo en esos viajes a Guadalajara, como si de esa forma les donara una parte de mí. Pongo música que asumo les gusta, tanto como a mis amigos, al ritmo de la cual todos los pasajeros de la Memaneta —llamada así en homenaje a uno de sus fundadores, la Mema Jackson— bailamos, cantamos, reímos, lloramos, mientras contemplamos los hermosos paisajes que nos ofrece la carretera México-Guadalajara.

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La primera parada es en la Marquesa. Siempre en el mismo lugar. Siempre, al menos yo, la misma comida: quesadilla de queso, taco de cecina con frijoles y nopales, y jugo de naranja. Desde la loma, nos contemplan inmóviles los pinos. Sentimos el frío golpeando nuestros rostros, calentados al mismo tiempo por el sol de la mañana, que nos llena de energía para el resto del trayecto. La risa y la alegría son las constantes del viaje. Unos se abrazan, otros se avientan, se dan manazos en la espalda o se patean los huevos. «Verga, ahora sí ya me puse hasta la madre», comenta alguno. «Yo también, amigo», replica otro entre risas.

Trepamos de nuevo al armatoste. La Memaneta original era una Van roja, con ocho plazas nada más. Cuadradita, brillante, muy hermosa, como un enorme jitomate rectangular. Nos montábamos en ella cuatro personas, dos adelante y dos atrás, quitábamos uno de los asientos de tres plazas, y en el espacio resultante acomodábamos los libros de nuestro incipiente proyecto editorial, que expondríamos en un stand de nueve metros cuadrados, con charolitas de metal colocadas encima de un forro de tela negra adherida a las paredes con cinta doble cara. Chiquito pero elegante. Ahora el vehículo es blanco, con quince plazas, doce personas y sin libros qué cargar. Los más de quince mil ejemplares que exhibimos en un stand de ciento veinte metros cuadrados están ya en Guadalajara desde el momento en que partimos. Han pasado los años. Por fortuna, nuestro proyecto ha crecido.

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Esta vez no hubo percances. No se ponchó una llanta intempestivamente, ni tuvimos que pedir auxilio a los camioneros y automovilistas por no traer refacción. No hubo mociones de escondernos dispersos por el monte en caso de que nos cayera la noche, ni policías federales recomendándonos irnos de allí a sabiendas de que no podríamos hacerlo sin llanta. No quisimos dejar a nadie en un baño de gasolinera, ni hubo vómito en las maletas de alguno, ni insultos ni dramas ni malos viajes. Pura belleza, camaradería y felicidad. Sobre todo en la zona de lagunas, poco antes de llegar a Morelia. Para mí, el cenit del viaje. Al bajar de las montañas allende la ciudad de Atlacomulco, entre los cerros y las curvas de la carretera, se asoma el valle límpido y azulado, como si de un paraíso se tratase. Tristemente, cada año tiene menos agua. La gigantesca laguna de Cuitzeo se está secando, como todo el planeta. Aún así, sigue siendo un bello espejo en el que los dioses pueden mirarse, un artificio creado por ellos mismos para que los mortales podamos contemplar su grandeza.

Suena «Harvest Moon», de Neil Young, aunque lo que refleja el agua no es la luna, sino un sol esplendoroso que alumbra y da vida a todo el entorno. «Because I’m still in love with you / I want to see you dance again/ Because I’m still in love with you/ On this harvest moon», cantamos todos con mucha nostalgia (ha sido un año difícil, de pérdidas sensibles para varios de los pasajeros, yo incluido). Nos dirigimos precisamente a cosechar todo lo trabajado durante el año, al igual que nuestros colegas editores. Por eso el ambiente en la

FIL es tan festivo. Cada edición es el cierre de un ciclo, y el inicio de uno nuevo. Y como en el mundo editorial los tiempos siempre son difíciles, Calasso dixit, se disfruta más el seguir con vida, el ver a la gente mirando los libros con curiosidad, con emoción, comprándolos con mucha ilusión, como si en ellos fuesen a encontrar las claves para resolver los acertijos de la vida, aunque lo que en realidad ocurre es que casi siempre los vuelven más complejos y generan más preguntas, afortunadamente.

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Arribamos a la Perla de Occidente a eso de las tres de la tarde. El parque vehicular ha crecido dramáticamente. Hay un tráfico insoportable que paliamos con hierba, cerveza y música de David Bowie. Justo al llegar a las Navata, el conjunto de lujosas y cómodas suites en el que nos hospedamos desde hace ya varios años, cantamos a grito pelado el coro de «Rock n’ Roll Suicide», ese gran himno a los solitarios y desadaptados, que nos recuerda que todos, por el simple hecho de existir, somos maravillosos, y que, por más que así nos sintamos, no estamos solos. La puta del Rock and Roll está disponible para todo aquel que necesite de su consuelo. Lo acompaña, lo anima, lo fortalece, le da la mano y canta con él, con nosotros.

Tras dejar el equipaje, el siguiente paso es un ágape en El Carnal, uno de los puntos culinarios de referencia para los asistentes a la feria, en donde sirven el mejor aguachile del mundo, entre muchas otras delicias provenientes del mar. Nos atienden los meseros de siempre. Uno de ellos nos habla en un inglés forzado, acompañado de ademanes y gestos verdaderamente graciosos. Desde hace años practica ese idioma para atender mejor a los comensales extranjeros. Además del aguachile, me empaco dos tacos gobernador y dos carnal, la especialidad de la casa: una mezcla de mariscos a la plancha, mezclados con queso y envueltos en tortilla de harina.

Al terminar la comida el grupo se dispersa. Unos van a las Navata, otros a hacer algunas compras. Yo me dirijo al stand, a saludar al Comando Tocino, el equipo de vendedores de nuestra editorial, encabezado por la Verruga. Todo está en construcción, como si de levantar una pequeña ciudad se tratara. Una ciudad habitada por libros. Tablas sueltas, estructuras gigantes y material diverso se desplazan sobre diablitos o tablones con ruedas, mientras se escucha el ruido de los taladros, silbidos de distinta intensidad y forma, los gritos de las personas dando indicaciones y la música predilecta de los constructores de ciudades: salsas, cumbias, corridos: «¿Cómo van esos senos?», le pregunto a la Verruga al tiempo de estrujar sus pectorales, que han dejado de ser piedras para convertirse nuevamente en masas suaves y gelatinosas. Saludo al resto de la banda: el Morete, el Cainal, el Hulk, la Beibi, Rrrrafiña, Miguelón y el Merlitos. Todos son un cague de risa, un carrusel de carrilla. Al igual que los pasajeros de la Memaneta, son una extensión de mi familia.

Echo un vistazo al stand, muy blanco y luminoso, con su torre de cubos en medio, de la cual pende, como si estuviese suspendida en el aire, la figura de un monito lanzándose al vacío. Las tapas de los libros colocados en las mesas de novedades y recomendaciones llenan el espacio de color, lo mismo que los lomos de aquellos confinados en las distintas secciones o en los espacios correspondientes a su editorial. Nuestro pequeño templo dedicado a los objetos enigmáticos está prácticamente terminado. El Comando lo ha hecho de nuevo.

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Tras afinar detalles y descansar un poco durante la jornada previa, el sábado por la mañana arranca la feria. Ya están todos en sus puestos, incluidas las féminas del comando: Vale, Grisel, Leslie, Nata, Rebe. La gran ausente es Mamá Lilia. Incluso Pacorrrre que, como él mismo dice, ya está chicharrón, anda por ahí entregando producciones de último minuto traídas desde el defectuoso.

Paulatinamente, la gente comienza a inundar los pasillos del recinto y los distintos

stands. Arriban caras conocidas. Colegas, clientes, proveedores y sobre todo amigos, nacionales y extranjeros, a los que es posible saludar una vez al año, sólo durante la FIL. Un rosario de abrazos, risas, gestos y palabras para ponerse al día. Desfilan también los lectores, esos desconocidos en busca de un objeto de papel con el que puedan entablar una relación especial. Ahí están. Esos entes para algunos misteriosos, pero de carne y hueso al fin y al cabo, con quienes los editores tratan de conectar, de compartir sus gustos, sus pasiones, sus intereses, para sentirse y hacerlos sentir menos solos.

Me gusta pasar tiempo en el stand, observar que nuestro trabajo es apreciado por la gente, que le resulta interesante y quizá útil, que el esfuerzo que hacemos por vincular al autor con el lector es fructífero. Disfruto mirar a la gente al tomar un libro en sus manos, quitarle el plástico, abrirlo, olerlo, leer algún fragmento, pasearse por la contraportada o las solapas, valorarlo frente a otro libro de su interés. La mayoría tiene semblante apacible. Al fin y al cabo, están en búsqueda de objetos placenteros, capaces además de decirles cosas al oído. Algunos sonríen abiertamente. Otros bailan al ritmo de la música que emiten los altavoces, ocultos dentro de una torre negra y alargada que asemeja el mástil de un pequeño navío. ¿Puedo, acaso, sentirme más feliz?

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Al terminar la jornada ferial siempre hay cosas por hacer. Alguna cena o tertulia con amigos o de plano una buena fiesta. Muchas editoriales organizan la suya. Nosotros también. Es una tradición que aprendimos de algunos editores europeos, cuyos reventones se han vuelto legendarios. Una forma más de ofrendar algo de nosotros a los dioses de la edición. Y de paso, convidar a todos nuestros camaradas, a aquellos que de alguna u otra forma han hecho posible que nuestro navío siga a flote, como el Judea en su accidentado traslado de Londres a Bangkok, narrado en «Juventud», la maravillosa historia de Joseph Conrad.

El Rusty Trombone, hoy extinto, fue nuestra primera sede. Sin duda, se extraña la bola disco gigante y las cabezas de venado mirando a los asistentes desde el más allá, lo mismo que la calidez del espacio y de los anfitriones. Pero aunque hemos cambiado de lugar varias veces, mantenemos constancia en lo esencial: el DJ Pachi Quiñones, quien naciera bajo el signo del terremoto, no deja de sorprender en cada fiesta. Tras más de diez años armonizando nuestras bacanales, se ha vuelto mucho más exquisito y arriesgado, al hacer sonar piezas poco conocidas pero sumamente potentes.

Me gustaría recopilar todas esas anotaciones que hace en hojas sueltas, a las que acude cada tanto para recordarse alguna melodía pensada con semanas o meses de antelación. Animado por cervezas, whiskeys y sus respectivos pipazos, Pachi siempre logra transformar la pista en un manicomio, cuya intensidad hace que algunos simplemente desfallezcan o se derritan, como si fuesen abducidos por los sonidos y transportados a una realidad paralela. Seis, siete horas continuas de baile, sudor, sensualidad y alegría, detonados por la música y las sustancias de su preferencia. La fiesta como un instante de goce perpetuo y absoluto, inagotable. El eterno retorno de lo mismo, ahora en el Bar Américas, famoso por cerrar sus puertas hasta el amanecer y por el pasadizo luminoso que conecta sus dos espacios, donde muchos invitados se adentran felices a tomarse fotos.

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Llegan las jornadas de profesionales, momentos de descanso para el monstruo de mil cabezas. Días de charla, de análisis, de seguimiento, de acuerdos. Y también de ventas, sobre todo a biblioteca y librerías, viejas y nuevas. Por las tardes, regresa la masa. Para completar la jornada, algún buen concierto en el Foro FIL. El Sonido Gallo Negro, por ejemplo, cuyos integrantes salen a tocar con máscaras gigantes y garigoleadas diseñadas por el Dr. Alderete, exactamente como las que aparecen en las fotografías que componen su «Ritual», y que los hacen parecer un conjunto de marcianos africanos, llenos de rumba y sabor. En un instante ponen a bailar a los asistentes al ritmo de su cumbia psicodélica, acompañada por animaciones estrafalarias en tonos rojos, blancos y negros que se desplazan por la pantalla escenográfica. Han sido precedidos por De la Purissíma, agrupación comandada por la sensual y transgresora cantante Julia de Castro, cuya actuación mezcla el jazz con el performance y la protesta social, cuestionando la idea tradicional de lo femenino.

Al día siguiente, la fiesta de periodistas. Y luego, otra vez el Bar Américas, ahora en la sala principal. En unas cuantas horas Chilvino y Campanita regresan a España para, junto con el Rey de Malasaña y el resto del equipo, hacerse cargo de la editorial, y como decidieron no dormir para evitarse el riesgo de perder el vuelo, los sobrevivientes los acompañamos a pie juntillas con la misma combinación de siempre: música, alcohol, drogas y buen humor. Los despedimos con un cariñoso abrazo, sumado a una coreografía que quedará grabada en los anales de la literatura latinoamericana. Tres de sus grandes exponentes —orgullos de Torreón, Temixco y Popayán, respectivamente— bailando y cantando «Mr. Roboto», de Styx, con el rostro completamente deformado, el torso y los brazos apuntando a la bocina, tocando un piano imaginario, mientras el robot entona con ellos: «Secret secret/ I’ve got a secret». ¿Y cuál es ese secreto? Que Mr. Roboto tiene corazón humano, emociones; que su  circunstancia está más allá de sí mismo, pero que aún así necesita controlarse, como todos. Que es sólo un hombre que precisa de alguien más y de un lugar donde esconderse. De ahí que, por su revelación, los chicos le agradeciesen a coro, en japonés y con todo el ánimo del mundo: «Domo arigato, Mr. Roboto/ domo… domo…».

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El viernes fue el turno de la Tachi Pary, otro de los rituales que celebramos año con año. Cuando empezamos a ir a Guadalajara, pocos habíamos probado más droga que la mota o el perico. Nuestra sustancia favorita era el alcohol. Pero en Tapatilandia conocimos las tachas, gracias a la estrecha y perdurable amistad que entablamos con el monero-chamán. La primera fiesta fue justamente en su hogar, con su música. No más de veinte personas. Puro amor, abrazos, baile, risas, estimulados todos por el MDMA. Él fue nuestro guía, nos condujo paso a paso a un momento de éxtasis colectivo, simbolizado por un gran abrazo exactamente en el momento en que la sustancia estalló dentro de nuestros cuerpos. Un momento mágico, a cuya representación se acerca la pintura del español Juan Genovés, aunque nuestra inspiración no es política sino erótica, en el sentido del mero impulso hacia el otro. Desde entonces, cada año, el segundo fin de semana de la FIL nos reunimos a celebrar la amistad y la vida.

La fiesta de este año fue en el Tetona’s Palace, ni más ni menos. Con Paco Navarrete y Zazil Há en los controles, quienes pusieron a danzar a toda la concurrencia hasta el amanecer, al ritmo de rock y música electrónica. Y aunque prefiere las fiestas con poca gente, ahí estaba el monero-chamán con los ojos desorbitados y su sonrisa amable, la de siempre, contemplando a la gente y esperando el momento de entrar en la pista a bailar con su inigualable estilo. No obstante que esta vez —por sugerencia de mi psiquiatra y por mi propia estabilidad emocional— pasé de las tachas, en algún momento nos divisamos a lo lejos, me aproximé a él y nos dimos un prolongado y fraternal abrazo, seguido de un «Aaaaahhhh». Tras lo cual continuamos exponiendo nuestros mejores pasos rodeados de nuestros grandes y viejos amigos.

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El cierre no podía ser mejor. Arcade Fire se presentaba en Guadalajara el sábado 2 de diciembre, en la arena VFG, como parte de su gira Everything Now, homónima de su más reciente álbum, en el que hacen una crítica del paradigma tecnológico, que supuestamente nos permite tener todo al momento y resolver nuestra vida sin necesitar de nada ni de nadie más. «Stop pretending you’ve got everything now», cantan en la canción con la que iniciaron el memorable show.

En los años que llevo de conocerlo, nunca había visto a Conejo tan feliz y animado como aquel día. Cantando a todo pulmón, enseñand sus grandes dientes en una sonrisa de oreja a oreja, bailando con Venus y Mafafa con su gran estilo Nerd Star, que lo ha llevado a pisar grandes escenarios en todo el orbe. La misma alegría desmesurada que percibí en la Marranita. He compartido muchos conciertos con ella, pero éste fue muy especial. Movía su enorme cuerpo de un lado a otro, se mecía los cabellos, se frotaba el rostro y la güigüi con las palmas de las manos, lloraba de la emoción, como si se estuviese revolcando en el mejor chiquero del mundo.

Y cómo no, si tocaron un setlist memorable, muy equilibrado, con éxitos de todos los álbumes, incluyendo una versión de «Ocean of Noise» con mariachi que, debo confesarlo, me hizo derramar lágrimas. «In an ocean of noise/ I first heard your voice/ Now who here among us/ Still believes in choice?/ Not I!», cantó Win Butler con violines y trompetas jaliscienses como fondo hasta el fin de la canción. Antes habían sonado ya clásicos como «Haiti» y «No Cars Go», y después vendrían, entre otras grandísimas rolas, «Ready to Start», «Reflektor», «Neighborhood 3 (Power Out)», «Rebellion (Lies)», para finalmente cerrar con «Wake Up»: «Somethin’ filled up/ my heart with nothin’/ Someone told me not to cry./ But now that I’m older,/ my heart’s colder,/ and I can see that it’s a lie». Un permiso para llorar: eso fue lo que me dio Arcade Fire en esa noche de duelo y alegría, de baile y música.

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El domingo fue como todos los cierres. Con tristeza por el fin de las festividades, pero a la vez con la satisfacción del deber cumplido y la certeza de, por fin, tras doce días de joda, darle descanso al cuerpo. Lectores corriendo de un lado a otro, haciendo sus compras de último minuto. Stands ya vacíos, de expositores a los que sólo les reditúan los días de profesionales. El sonido de la cinta canela al desprenderse, señal inequívoca de la inminente desaparición de la pequeña gran ciudad. Nuevamente los diablitos, las tablas rodantes, los ruidos de los taladros desatornillando estructuras. «Todo tiene su final/ nada dura para siempre/ Tenemos que recordar/ que no existe eternidad», canta Héctor Lavoe a través del mástil parlante, que no volverá a sonar hasta el siguiente año, cuando la urbe libresca con sus calles, plazas y templos se erija de nueva cuenta, para marcar el fin de un ciclo y el inicio de uno nuevo, con todos los rituales asociados a ello.

Terminamos con una última ceremonia. Una cena colectiva con el Comando Tocino en carnes Pipiolo. El olor de la carne a su contacto con el fuego, el humo que envuelve el lugar y los sentidos, signo de un ardor intenso, dan cuenta de un último sacrificio en honor a los dioses de la edición, un agradecimiento final por permitirnos seguir a flote a pesar de las tempestades y de las averías de nuestro barco desde que saliera de puerto hace más de quince años. Un navío que, mientras no sea abandonado por su tripulación ni por sus lectores, seguirá navegando ante todas las adversidades hasta arribar a su destino, sea éste el que tenga que ser. Exactamente como el Judea de Conrad.

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