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Por Diego Rabasa

Siempre me han llamado la atención los seguidores de los géneros relacionados con el horror, ya sea en el cine o la literatura. Hay pocas cosas que se pueden sujetar con mediano consenso alrededor de la convivencia humana, y la aversión al miedo es quizás una de ellas. A nadie le gusta sentirlo, humano demasiado humano como es, traza una de las divisiones más trascendentales en nuestra especie a partir de la manera en la que es afrontado. Domesticarlo es sinónimo de liberación. La valentía es uno de los valores esenciales en los cuentos de hadas, en la mitología y en los héroes contemporáneos. La contraparte del valiente, el cobarde, se deja poseer por él, se enclaustra en la amenaza y no hace sino escuchar el eco reverberante de la mente sometida y acorazada al interior de sí misma.

Hace unas semanas leí un artículo publicado en el sitio Electric Literature que me ofreció algunas claves al respecto. El ensayo, titulado «Reading True Crime Memoir Helped Me Lay Claim To My Own Traumatic Experience», de la escritora Alice Lesperance, justamente ataja el misterio de qué es lo que nos atrae de las historias que nos producen miedo o ansiedad. Cuando Lesperance era niña, un tornado azotó el pueblo en el que vivía e hizo tierra de manera feroz justo sobre la escuela en la que ella estudiaba, matando a más de una decena de sus compañeros. Dicha escena de terror la ha acompañado desde entonces en distintos niveles de su conciencia. Por razones que ella vinculó siempre a la culpa del superviviente, jamás había podido escribir específicamente sobre aquel evento. No fue sino hasta que se topó con un libro llamado You All Grow Up and Leave Me, de Peiper Weiss, que encontró la clave que le permitió por fin embestir de frente a la bestia negra de su memoria. El libro de Weiss cuenta la historia de un profesor de tenis (su profesor de tenis) con un historial de acoso y abuso a las alumnas que tomaban clases junto con Weiss. Tras el suicidio del maestro, la policía encontró en su casa un detallado plan para secuestrar, torturar y eventualmente matar a una de las niñas con las que se había obsesionado particularmente. Al leer esta historia, Lesperance se sintió liberada: entendió que la memoria no es una suma de acontecimientos sino un territorio, una especie de ecosistema con diversos climas y temperaturas, que cambia y re-presenta más que re-vive.

La recreación de los eventos traumáticos de otros, la invocación de emociones instintivas como el miedo, desplaza la manera en la que nuestros traumas personales se atrincheran al interior de nuestra mente y nos permiten leer lo que se esconde detrás de ellos de una forma más despersonalizada y por lo tanto menos dolorosa. La empatía existe, y es uno de los estados más nobles del alma, pero en muchas ocasiones observar el dolor ajeno nos permite conectarnos con el propio a partir de una extraña triangulación que admite un análisis más templado y sereno que el que emana de una extracción directa de los eventos que surcaron la cartografía de nuestros sufrimientos.

Esta digresión viene a cuento porque en múltiples ocasiones me pregunté, al sumergirme de nueva cuenta en esta obra cumbre de la literatura universal que es The Turn of the Screw, de Henry James, cuya nueva versión en español ha sido publicada por Libros del Asteroide bajo el título La vuelta del torno, de dónde emanaba esa fascinación tan grande por leer la historia de una mujer cuya cordura se va desmadejando de manera inclemente ante nuestros ojos. Recuerdo que la primera vez que leí la novela, hace muchos años, me dejó impregnada una imagen, la del primer avistamiento espectral que la institutriz de los dos niños huérfanos que habitan la mansión de Bly padece al ver a un hombre mortecino, de cabellos rojos, parado con mirada yerma, de lanza, en medio de dos torres almenadas. Esa imagen áspera y tétrica, súbita y angustiante, se transformó en la forma específica de una emoción en cuyo seno yace la fórmula de algunos de los misterios de mi psique. Tardé muchos años en volverme a enfrentar a la novela y cuando lo hice, en esta magnífica y nueva traducción, comprendí por qué me había mantenido tanto tiempo apartado de ella: la herida de la primera lectura se reabrió de inmediato y del tejido abierto comenzaron a desfilar un sinfín de pasajes no resueltos de mi pasado.

Los fantasmas que ve la narradora, el fantasma del insolente y pendenciero criado Quint y su antecesora la señorita Jessel, vienen acompañados de historias que sugieren una sexualidad clandestina (y probablemente de abuso al menos entre el criado y Miles, el chico que termina enzarzado en una disputa psicológica fatal con su protectora) que va rompiendo poco a poco el equilibrio mental de la institutriz que ve las noches pasar en vilo, con un insomnio que va apoderándose de su vigilia hasta que su mente deambula por los acontecimientos en un estado de ensoñación vigilante.

En su libro Pan y la pesadilla, James Hillman asegura que el estado más puro y real de la mente se presenta en las zonas a las que la conciencia y ese hato de ficciones que es el yo son incapaces de bañar con su marea protectora. La pesadilla, la masturbación, el momento preciso del horror, dejan expuesta la mente al instante. La maestría inigualable de James para navegar alrededor de esta trama de fantasmas y apariciones con una irrenunciable ambigüedad para el lector, nos permite hacer múltiples lecturas de los acontecimientos. ¿Qué son exactamente los fantasmas que ve la institutriz y narradora de los acontecimientos? ¿Fenómenos sobrenaturales? ¿Desplantes esquizoides? ¿Proyecciones de una psique encorsetada bajo el estricto celo de los dictums de buena conducta decimonónicos? El ambiente tenso y asfixiante del libro, la capacidad casi supranatural de James para entender las sutilezas de la vida, la complejidad de las emociones humanas, la interacción permanente entre nuestras pulsiones y deseos con nuestros miedos y represiones, van desmontando poco a poco la resistencia que solemos procurar para evitar que nuestros propios fantasmas tomen por asalto nuestra mirada. Ante el horror de las páginas lo que se desata es el desfile de nuestros miedos más acendrados. Junto con la progresiva caída en desgracia de la institutriz, se demuele nuestra capacidad para la autocomplacencia. La prosa prístina y fulgurante, sencilla y diáfana como el fuego (Gelman dixit) de James nos arroja a un espacio en el que no hay escapatoria. Frente a nosotros está el potencialmente fatal peligro de enfrentarnos a los espectros que moran en nuestra mente.

la-vuelta-del-tornoLa vuelta del torno
Henry James
Traducción de Alejandra Devoto, Jackie DeMartino y Carlos Manzano
Libros del Asteroide
2015 • 184 páginas

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