Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso

la-historia-mas-triste-titulo

Por Felipe Rosete

«El amor en la Antigüedad —señala Pascal Quignard— designa una pasión del mismo rango que la cólera, que una catástrofe meteorológica o que una enfermedad imprevisible, es una fuerza que esclaviza, que destroza, que hace enfermar, que mata. […] Vuelve a la gente salvaje como bestias feroces, traga como un océano, arde hasta los grados más altos como los bosques incendiados». Así es el amor. Eros lanza su flecha y con ella atraviesa, clava, y ata irremediablemente los cuerpos y las mentes de los hombres, algunas veces con consecuencias nefastas. Como ocurre con los personajes de El buen soldado, novela publicada en 1915, considerada la obra maestra del prolífico escritor británico Ford Madox Ford, que narra la historia de los Ashburnham, Leonora y Edward, un matrimonio aparentemente perfecto, debajo de cuya lustrosa apariencia subyace un universo de odio y destrucción mutuos, pero al mismo tiempo una especie de necesidad que los mantiene juntos, a pesar de su infelicidad.

Él es un soldado diligente, de familia noble y adinerada, aunque no especialmente rica, de religión protestante y tradiciones arraigadas. Es bondadoso, caritativo, honrado, respetable, trabajador, eficiente, muy generoso y particularmente sentimental. Le gusta ayudar a la gente desvalida. Ella proviene de una numerosa familia irlandesa venida a menos, encabezada por el coronel Powys, quien para descargarse del peso de mantener a sus siete hijas, propone a su amigo Ashburnham que su hijo Edward se case con alguna de ellas. Y éste elige a Leonora, que acaba de salir de una escuela de monjas, donde ha sido educada para ser una mujer callada y obediente, fiel a los principios de la religión católica. Con excepción de su confesor, nunca ha cruzado palabra con un hombre. De su muñeca cuelga una pequeña llave que parece mantener a resguardo sus sentimientos más profundos.

El que nos cuenta todo es el señor Dowell, amigo cercano de la familia con la que, en compañía de su esposa Florence, ha convivido por más de nueve años. Él es un tanto ingenuo. Inserto en su papel de enfermero y cuidador de su mujer, la cual está gravemente enferma del corazón, vive en una burbuja que al menos le otorga una sensación de bienestar y felicidad, sentimientos derivados de estar rodeado de «personas respetables». Florence, en cambio, es
vanidosa, fría y calculadora. Su mayor deseo es estar con alguien que la lleve a vivir a Europa, lejos de Estados Unidos, para tener la posibilidad de regresar a la tierra de sus ancestros, exactamente donde viven Edward y Leonora.

Narrada con traslapes temporales correspondientes a los recuerdos de Dowell —que es como, según él, se deben contar la buenas historias—, poco a poco irán cayendo los velos que cubren la realidad de los matrimonios en cuestión, una realidad llena de insatisfacción, mentiras, remordimientos, crueldad, como si en esa espiral de locura y destrucción los personajes pudieran encontrar un sentido para sus vidas, como si en los pasajes del amor al odio colocados en el otro pudieran tener la sensación de que su existencia merece la pena. Y con ellos caen también los velos de la sociedad británica, industrializada, citadina y cada vez más individualista, en una época —principios del siglo XX— caracterizada por un fuerte cuestionamiento de las instituciones tradicionales, el matrimonio sobre todo, derivado de un redimensionamiento del papel de la mujer y una primera oleada de liberación sexual, que desemboca en la visión del adulterio y el divorcio como cosas aceptables entre los seres humanos.

El narrador no se cansa de decirnos que Edward es un hombre normal. Que detrás de la destrucción, la locura y la hipocresía de sus personajes no hay ningún villano. Que existe en el ser humano una incapacidad de conocer plenamente el corazón del otro, e incluso el propio. Que en esa relación en la que él y Leonora no hablan más que en público —a no ser de las tierras y los negocios gestionados por ella—, en la que nunca duermen juntos ni se tocan, en la que no hay siquiera un pensamiento amoroso dirigido hacia el otro, ambos sacan provecho. Él al quedar autorizado para dar rienda suelta a sus pasiones a costa del control y la responsabilidad de su propia vida y del desprecio hacia sí mismo, ella al poder controlarlo todo, aun las relaciones adúlteras de su marido, bajo la idea de que cuando éste se canse habrá de regresar a ella —«Los hombres son así», le habían dicho sus consejeros espirituales—. De ahí que ambos se hundan al comprobar que ella puede confiar en él respecto a Nancy Rufford, la niña ejemplar que hasta entonces había vivido bajo su amparo y por la que Edward sentirá el amor más profundo. Es entonces cuando se rompe el hilo de la relación, el dique de remordimiento y desprecio que la contenía, y toda la mierda acumulada con los años se desborda.

A fin de cuentas, ninguno de los personajes consigue lo que quiere. Quizás porque en el fondo ni siquiera lo saben. «¿Acaso —se pregunta el narrador— existe algún paraíso terrenal donde, entre susurros de hojas de olivo, la gente pueda estar con quien quiera, tener lo que desea y disfrutar de sombra y aire fresco? ¿O todas las vidas humanas son como las nuestras […] vidas rotas, tumultuosas, angustiadas, carentes de cualquier romanticismo, simples periodos de tiempo en los que sólo se suceden gritos, imbecilidades, muertes y sufrimiento? ¿Quién demonios lo sabe?».

De esta amarga historia —La historia más triste, como en realidad se hubiera titulado la novela de no haber sido publicada en tiempos aún más aciagos—, la única beneficiada es la sociedad. Una sociedadque para perpetuarse por un lado castiga el deseo, la pasión y la sinceridad con la culpa, el suicidio y la locura, mientras que por el otro premia con la prosperidad, el respeto y el reconocimiento a aquellos que considera normales y virtuosos por sujetarse a sus normas y convenciones, pasando por alto su hipocresía.

«No estoy defendiendo el amor libre, ni en este ni en ningún otro caso», afirma el narrador en uno de los pasajes finales. A pesar de ello, El buen soldado lo hace. Es una apología de los sentimientos y las pasiones, y al mismo tiempo un lamento profundo por el hecho de que la belleza y la voluptuosidad pierdan la batalla frente a la convención y la moral, y dejen de tener significado. En un mundo cien años más viejo, esta novela sigue teniendo un inmenso significado. Porque hace que nos cuestionemos acerca de eso que llamamos amor, y de las formas que adopta en los tiempos que corren, en busca de relaciones más libres en las que esa intensa llama interna capaz de enceguecer a los hombres y conducirlos a la muerte les otorgue también, como señala Alain Badiou, la «posibilidad de asistir al nacimiento del mundo» a partir de la fusión con el ser amado, de la apertura del yo a ver el mundo desde la diferencia. «Si no se concibe como el único intercambio posible de ventajas recíprocas, sin un cálculo a largo plazo y como una inversión rentable desde el principio, el amor —concluye el filósofo francés— consiste verdaderamente en fiarse del destino».

El-buen-soldado-portada-Baja

El buen soldado
Ford Madox Ford
Traducción de Victoria León
Narrativa Sexto Piso • 2016
256 páginas

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*