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La lagartija ártica | Etgar Keret

Hoy modifiqué mi testamento. Algo que pensé que jamás haría. Me uní a la unidad 14+ el día después del famoso discurso «Alamo, siglo 21» del presidente Trump. Pero, con todo respeto para mi país y mi bandera, en realidad lo hice por Summer. Ella siempre estuvo ahí para mí: amiga, hermana mayor, guardaespaldas, madre. Para ambos era muy claro que si algo malo me llegase a pasar en el frente, todo aquello que yo lograra reunir y ahorrar durante mi servicio, sería suyo. Pero esta mañana, de vuelta hacia la base desde el hospital, modifiqué mi testamento.

Y si el día de mañana me topo con un IED 1 en un callejón de Kiev, o me cruzo en la mira de un francotirador en los suburbios de Minsk, todo irá a parar al sargento Baker. Summer no lo va a entender, eso lo sé. Después de todo, me alisté en el ejército por ella, por nosotros. Y ese Baker, es un verdadero imbécil. El tipo me hizo cosas durante el entrenamiento básico por las que deberían golpearlo. Quizá incluso meterlo preso. Pero después de aquella noche en la balsa en el Mar Báltico, no puedo simplemente seguir como si nada hubiera pasado. El nuevo testamento fue la única forma que se me ocurrió de hacerle saber a ese cabrón cuánto aprecio lo que hizo por mí. Puedo imaginarlo sentado en su silla de ruedas motorizada en casa de sus padres en Cleveland, viendo porno por internet, cuando de pronto recibe el e-mail:

Sargento Baker, tenemos buenas y malas noticias. Para ser honestos, las malas noticias no son tan malas —sólo es otro tonto soldado raso que sirvió bajo su guardia (¿recuerda aquellos días? ¿Cuándo aún podía usar su pie para patear el trasero de cualquiera que le tocara las narices?) que le entregó su equipo al gran superintendente en el cielo… Pero la buena noticia —agárrese bien, amigo mío, porque es realmente buena— es que usted aparece en su testamento y ahora es el dueño de 29 personajes Maestros muy raros y 48 huevos suerte. ¡29 Maestros! Incluida una lagartija ártica armada de una edición limitada de la serie exclusiva para Marines. Sólo alguien que estuvo en Bangkok el día de la Revolución Silenciosa pudo haber capturado ese espécimen. Sólo existen seis de ellas en todo el puto universo. ¡Y ahora una de esas seis le pertenece a usted!

Puedo verlo haciendo el moonwalk con su silla de ruedas, gritando como un demente. Conozco soldados que pasaron diez años de sus vidas en los culos del mundo más peligrosos, que cambiarían felizmente su estupenda colección por esa chingada lagartija. La he usado en 142 batallas frente-a-frente desde que me la gané, y he ganado todas y cada una de ellas. Si Baker supiera que modifiqué mi testamento, reptaría hacia mi sleeping bag hoy por la noche y me rebanaría la garganta, juro que lo haría. Prácticamente puedo escuchar los estertores de alegría de ese pedazo de mierda. Pero se lo merece. Ese hombre se destrozó la espina dorsal por mí. Podría haber dudado, como cualquier otro soldado hubiera hecho. Habría bastado con que titubeara un solo segundo y entonces hubiera estado disparando el tiro de honor en mi funeral. Pero no lo hizo.

Unos minutos después de haber enviado el nuevo testamento al HQ 2, mi teléfono se enciende con un mensaje nuevo de Summer. Mi primera reacción es de pánico: tuvo que haberse enterado. Alguien del JAG 3 tuvo que haberla informado. Después de todo, sus datos también están en el testamento. Todo el dinero y los demás beneficios aún son para ella. ¿Será que cuando un soldado cambia su testamento, le avisan automáticamente a los beneficiarios? Miro fijamente a la pantalla, petrificado. He pasado algunos sustos que te cagas este último año: cuando nuestro jeep se encendió cual estrella fugaz en Lima, o en la costa de los francotiradores en Phuket cuando Timmy Culo-Duro chorreó sus sesos sobre mi chamarra camuflada, y en aquella aldea cerca de Ankara cuando los rebeldes nos dejaron escondido un «dulcecito» y Jemma y Damian volaron como una hoguera. Pero todo eso no es nada comparado con lo asustado que estoy de abrir el e-mail de Summer. Porque si se ha enterado del testamento, entonces no tengo ningún motivo para volver a San Diego. No habrá lugar en el mundo que me represente volver a casa. Fue un error enviar ese nuevo testamento. Podría haberlo cambiado a mano, dárselo a cualquier tipo de la unidad y pedirle que lo entregara al HQ sólo en caso de que algo me sucediera, en lugar de subirlo a su servidor y arriesgarme a que fuera enviado al resto del mundo.

Abro el e-mail de la misma forma en que se le da la vuelta al cuerpo de un terrorista que puede estar colmado de explosivos: lenta y cuidadosamente. Mis manos están tan sudadas que el touch screen no responde, pero después de que las seco contra mi pantalón, finalmente logro abrir el mensaje. Summer dice que no ha sabido nada de mí en varios días y que está preocupada. Así que comienzo a escribir de vuelta contándole de la lesión, de cómo mi Sargento me salvó la vida, de cómo me siento en deuda con él y tengo que pagarle. Y acerca de cómo aunque está viejo, casi 20 años, está casi más obsesionado con Destromon Go de lo que estamos nosotros. Pero a la mitad me detengo, borro todo y envío un mensaje diferente en vez, uno más breve: «Todo está bien. Estaba un poco ocupado». Firmo con tres emojis de corazones palpitantes y uno con un dedo atravesando un par de labios, como si fuera un gran secreto. Y luego añado: «Te lo contaré todo cuando vuelva». Pero ella nunca lo entenderá. No estuvo ahí.

Montaron el 14+ exactamente un año después de que Trump fuera elegido para su tercer mandato. Estados Unidos aún se estaba lamiendo las heridas causadas por la guerra contra México. Si somos honestos, nadie podría decir que imaginó lo dura que sería. Nuestros drones los lapidaron desde el aire en las líneas de combate, pero no hubo mucho que pudiéramos hacer contra los ataques terroristas en los centros comerciales. El país entero se transformó en un campo de batalla. Los jihadistas y esos rusos mierderos se aliaron en nuestra contra y comenzaron a contrabandear armas a los mexicanos como si no hubiera mañana. El Gobierno Federal decretó la Ley Marcial. Primero se inició un reclutamiento, y después, cuando las cosas se pusieron realmente peliagudas, anunciaron la creación de la nueva unidad y la nombraron 14+. En teoría tenías que contar con un permiso parental para ofrecer tus servicios, pero después del gran ataque navideño en San Diego, Summer y yo quedamos a nuestra suerte. Es decir, teníamos un custodio asignado por el Estado y todo eso, pero la decisión recaía totalmente en nosotros. Al principio Summer no quería ni oír hablar de ello, pero había propaganda en línea circulando de manera constante. A los soldados de la unidad 14+ les pagaban salarios reales, cinco veces más que lo que Summer ganaba en McDonald’s. Pero eso no fue lo que inclinó la balanza. No, lo que realmente me condujo al centro de inducción fue la serie especial para coleccionistas que mostraron en los anuncios. Destromon Go edición limitada, caracteres Maestros con mega CPS 4 que sólo aparecían en las zonas de guerra. El ejército estadounidense los subió en 48 horas y la única forma de conseguirlos era siendo uno de los combatientes en el campo, lo que significa ser un Marine o un luchador ruso o cualquier otro hijo de puta que nos estuviera combatiendo ahí afuera. Le dije a Summer: me voy a alistar durante un año, enviaré dinero a casa cada mes, y cuando vuelva tendremos la mejor colección de toda la ciudad, tal vez la mejor de todo el puto estado. Y tenía razón, tenía tanta razón. Seis Maestros muy raros de tres continentes distintos. ¡Seis! Antes de ser reclutado, el único lugar en el que vi Maestros con mega-CP fue en YouTube. Y ahora, si puedo permanecer vivo durante diez semanas más, se los llevaré de regreso a Summer y seré el rey. Pero si muero, todo será de Baker. Aunque el muy hijo de puta se lo merece, hay que reconocerlo.

De regreso en la base, los muchachos de la unidad parecían felices de verme. El Marine Cachorro me abraza y solloza. Su ID dice «Robby Ramírez», pero todo el mundo lo llama el Marine Cachorro. Su ID también dice que tiene catorce y medio, pero que me parta un rayo si no tiene doce y cachito. Ese pequeño renacuajo apenas me llega al pecho, y en la ducha puedes ver que no tiene pelo en el cuerpo, ni siquiera en las axilas o en los huevos. Suavecito como nalga de bebé. El Cachorro estuvo ahí aquella noche en la que Baker saltó entre donde estaba yo y esos chechenos, y me ayudó a transportar lo que quedaba del sargento de regreso a la embarcación después. Los doctores me evacuaron a mí también, pero ya en el hospital que está en el campo de batalla se dieron cuenta de que no estaba ni de cerca tan mal como parecía. Sólo una munición en las tripas. «¡Feliz de verlo en pie, colega!», dijo el Cachorro, tratando de contener las lágrimas.

Después de la cena, él y yo sostuvimos una pequeña batalla de Destromon Go, lo que supuso la victoria 143 para mi lagartija ártica. «¿Has escuchado algo del sargento?», me preguntó después, mientras nos congelamos el cerebro con raspados de color rojo sacados de la comisaría. «El HQ nos puso al tanto de tu condición, pero no hemos oído ni una palabra de Baker». Le cuento todo lo que sucedió en el hospital. Acerca de cómo los doctores estuvieron a punto de perderlo, de cómo no podrá volver a caminar jamás. Todo esto es demasiado para el Cachorro, y saca su celular y comienza a mostrarme su colección. «¿Conoces éste?», y señala a un Destromon Go que parece como un mazo gigante: «Lo encontré en la balsa la noche en la que tú y Baker fueron heridos. Tal vez no sea un Maestro pero tiene una técnica especial de golpeo. La próxima vez que peleemos, te lo voy a mandar y le va a romper la madre a tu chingada lagartija hasta dejarla como un pollo rostizado». Un anuncio en los altoparlantes nos ordena que nos equipemos y reportemos para una misión con nuestras armas. En el camino, trato de averiguar con el nuevo sargento del pelotón hacia dónde nos llevan esta vez, pero me responde con un silencio más contundente que el de un cadáver. Tenemos tantos enemigos en el mundo que podría ser a cualquier sitio.

Catorce horas después estamos demoliendo una base de al-Qaeda en el Sinaí. Borramos del mapa a Jamil «Nueve Vidas» al-Mabhouh, el legendario segundo de a bordo de al-Qaeda y me anotan a mí su eliminación. En el parte que nos brindan al terminar, el Comandante de la compañía se me abalanza como una niña pequeña, diciéndole a todo el mundo cómo volví de una lesión para volver directamente al infierno, y cómo cuando me encontré a unos cuantos centímetros de Nueve Vidas, con el arma trabada, no perdí el control y le reventé el cráneo con la culata de mi rifle. Me saluda frente a todo el pelotón y me asegura que se encargará personalmente de que me den una medalla en el Congreso. Todos están firmes y atentos, y el Comandante le dice a todo el mundo que me vitoreen y todos gritan como una runfla de lunáticos.

Pero en cuanto se va, todo el mundo corre hacia el Engreído Sammy. De todos los combatientes en la unidad, él fue quien encontró un camello de fuego en el Sinaí el día de ayer, un personaje épico —quizá el más fuerte en la historia del juego. Con su famoso ataque infernal y su defensa de joroba, el camello de Sammy podría freír a mi lagartija ártica en dos segundos. Llenamos cubetas de agua helada y le echamos arena a Sammy, como siempre lo hacemos cuando alguien del 14+ se apaña un personaje raro, y Sammy, todo cubierto con lodo, empieza a balbucear y a agradecernos. Hace seis meses estaba escribiendo reportes de lectura de Tom Sawyer y Huck Finn en alguna polvorienta secundaria en Tuscaloosa. Si alguien le hubiera dicho entonces que algún día tendría un camello de fuego en su colección, se habría partido de la risa.

De noche en mi tienda, recibo un Instagram de Summer. La foto muestra un número 10 gigante hecho con puras M&M sobre su panza. Cada domingo me envía el número de semanas que me faltan para terminar, escrito con cosas como: figuritas de Star Wars, panditas, esos pequeños sobres de cátsup. En vez de dormir, pienso en ella y en Baker. Trato de imaginar la forma en la que cada uno de ellos sonreiría si resulta ganador, en lugar de imaginar la cara del otro, la del que se tenga que joder. Diez semanas hasta que pueda hacer feliz a una persona. Diez semanas máximo, tal vez menos.

Traducción de Diego Rabasa

1 IED: Improvised Explosive Device (Dispositivo explosivo improvisado). (N. del T.)
2 HQ: Headquarters (cuartel general). (N. del T.)
3 JAG: Judge Advocate General: departamento legal del ejército de los Estados Unidos. (N. del T.)
4 CP: Combat Power (poder de combate). (N. del T.)

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