Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La luz al final de la luz | Eduardo Lago

Los cuentos del inspector Fujita

Hiro Inamoto escruta la gruesa cuartilla de papel tela como si pudiera encontrar allí la explicación, unas cuantas palabras ocultas junto a la marca de agua, quizá, o cualquier otro indicio, lo que sea, pero lo único que hay es el título del cuento y la primera frase, que su autor, Kenji Fujita, ni siquiera tuvo tiempo de rematar debidamente, añadiéndole el punto al final. El título, La luz al final de la luz, le trae un recuerdo que le hace sonreír. Inamoto es una de las pocas personas que sabe que su amigo escribía cuentos, aunque se trataba de una actividad que man tuvo siempre en secreto. Se conocieron en el colegio, al principio de la adolescencia, y por pura casualidad, en los años finales de su carrera, destinaron a Fujita al distrito 19, a las órdenes directas de su antiguo compañero de estudios, lo cual los llenó a ambos de satisfacción. El inspector Fujita escribía sus cuentos a mano, con estilográfica, y cuando los terminaba los encuadernaba cosiéndolos él mismo con hilo de seda, en lo que venían a ser primorosas ediciones que constaban de un solo ejemplar. Cuando regalaba un relato, lo hacía con intención de desprenderse de él para siempre. A lo largo de los años varios cuentos acabaron siendo para Inamoto, unos cuatro o cinco tal vez. Se trataba de historias muy extrañas, que tenían la virtud de sumir a su amigo en estados de ánimo inexplicables. Como ocurre cuando se tiene un sueño muy vívido, dejaban en él una honda impresión, pero no bien las terminaba de leer le resultaba imposible recordar nada.

La cuartilla que tenía ahora en la mano era del mismo papel que Fujita usaba siempre, de textura rugosa y alto gramaje, de color marfil, que encargaban expresamente para él en una tienda de objetos de escritorio de Aoyama. Inamoto leyó una vez más la única frase que había debajo del título:

Vine a Hakone a morir

Una angustia indecible se apoderó de él. ¿Qué había llevado a Fujita a tomar una decisión así? En aquel instante vio llegar al furgón de la morgue y dejó de hacer cábalas. El vehículo aparcó delante de la puerta del hotel. Dos funcionarios municipales se bajaron de él y pasaron por delante de Inamoto sin dirigirle la mirada.

Kumiko Yoshida

Subinspectora Kumiko Yoshida. Servicios informáticos. Trabajo a las órdenes del inspector Hiro Inamoto, que le envía un afectuoso saludo.

Kenji Fujita aparta la vista del papel en el que está escribiendo y ve a una mujer de unos treinta años. Es delgada, bastante alta, de rostro anguloso. Tiene el pelo largo y liso y oculta los ojos detrás de unas gafas negras que le dan un aspecto inquietante.

El ex inspector tarda unos instantes en comprender a quién tiene delante.

¿Es usted la persona que ocupa ahora mi puesto?, pregunta.

La subinspectora asiente. Están los dos solos en el salón inglés del Hotel Hakone, el refugio favorito de Kenji Fujita. Inamoto envió a su ayudante allí con la certeza de que encontraría a su viejo amigo en aquel recóndito lugar. El ex inspector tapa la estilográfica con la capucha, la deja encima de la cuartilla y vuelve la vista hacia el jardín de piedras que hay delante del ventanal.

No se hace una idea de la cantidad de cosas que ocurren ahí fuera. Me puedo pasar horas estudiando la actividad que tiene lugar en el jardín, dice, contemplando el juego de la luz desde la butaca.

Dos años antes, los dueños del hotel habían llevado a cabo una reforma radical del establecimiento, desnaturalizándolo. Hoy es un edificio de aspecto moderno, funcional, indistinguible de cualquier otro. La excepción es el salón donde Fujita se refugia a escribir, que se mantiene exactamente igual que como era en 1878, cuando se inauguró el hotel. Las paredes son de madera oscura y en el centro, entre dos columnas, hay un escritorio de tapa corrediza, en cuyos cajones hay sobres y cuartillas con el membrete del establecimiento. Encima del tapete de cuero hay un tintero, junto a un cubilete lleno de palilleros rematados por un plumín de plata que nadie usa jamás. Frente a la puerta de la entrada se alza un reloj de péndulo, un Graham centenario, sobre el que Fujita escribió en una ocasión un cuento, que le regaló a Inamoto. Encima del reloj, agitada por las aspas de un ventilador silencioso, aletea la última hoja del calendario del año con la fecha inscrita en gruesos caracteres negros: 31 de diciembre. El único sonido audible en el salón es el que hace el péndulo de bronce al oscilar.

El ex detective se quita las lentes de concha y las deja encima de la cuartilla, junto a la estilográfica. Tiene los párpados hinchados y la mirada cansada.

¿Qué quiere Inamoto de mí?

Yoshida le entrega una pequeña mochila de color rojo que llevaba colgada del hombro.

Alguien se la dejó olvidada en un ciberhotel de Shibuya. Su tarjeta de visita estaba dentro. Cuando el encargado la descubrió, decidió llamar al número de teléfono que viene en ella, el de su antiguo despacho, que ahora ocupo yo. Esto también estaba en la mochila.

Kumiko Yoshida le muestra a su antecesor una polaroid en la que se ve a una chica con el rostro maquillado de un blanco tan estridente que parece pintura. Los labios, recubiertos de lipstick negro, están perforados por un grueso pasador de plata. Lleva un vestido corto de gasa púrpura y no aparenta más de dieciocho años.

¿La reconoce?

Ume, dice Fujita, en voz muy baja.

Umeko Arai. Estudiante de primer año en la Facultad de Medios Digitales y Comunicación de la Universidad de Tokio. Pertenece a una sociedad interesada en el seppuku.

La mención al suicidio ritual le hace dar un respingo al viejo inspector.

Uno de los miembros de la secta ha diseñado un videojuego cuyo tema es el seppuku. Curiosamente, en la mochila había un cuento suyo sobre el tema.

¿Han hablado con ella?, pregunta Fujita.

Al inspector Inamoto no le pareció buena idea. Cuando le comenté que en la mochila había un cuento entre cuyas páginas estaba su tarjeta de visita, me pidió que hablara en persona con usted. ¿Qué le dijo Umeko de la secta?

¿Le importa que no conteste la pregunta?

Todos los miembros de la sociedad secreta son varones y tienen una media de siete años más que ella, unos veinticinco, los mismos que tendría hoy su hermano Matsuo, de seguir con vida. Matsuo Arai fue uno de los miembros fundadores de la secta. No sabemos qué sucedió exactamente, al parecer fue un suicidio accidental. No estaba previsto que sucediera. En realidad estaba probando el videojuego. Umeko tenía once años, y desde entonces está obsesionada por la muerte de su hermano. Es incapaz de pensar en otra cosa.

Yoshida sacó de su bolso una fotocopia descolorida.

La carátula del juego, dijo, impresa a partir de una captura de internet. Es todo lo que hemos podido encontrar. El juego original se vende bastante caro en el mercado negro. Disculpe la pregunta, Fujita, pero ¿por qué sigue usando la tarjeta del trabajo? Si a alguien le da por marcar ese número, la llamada me llegará inevitablemente a mí.

Utilizo las tarjetas como marcapáginas.

¿Cómo se las arregló para mantenerse en contacto con la muchacha?

Fujita sacó un objeto minúsculo del bolsillo de la chaqueta.

Ella misma me dio este teléfono desechable. ¿Han encontrado algo de interés en la mochila?

Casi todo eran objetos de uso común. Cósmeticos. Un mechero. Unos auriculares. Un paquete de pañuelos perfumados, un pastillero, un pequeño monedero. Lo único que había fuera de lo normal era un pen drive con una etiqueta escrita a rotulador negro que decía Eyes Wide Shut / Stanley Kubrick. Y su cuento, claro.

No es mío.

¿De quién es?

De Mishima. Lo copié a mano.

Inokashira

Umeko Arai y Kenji Fujita se habían conocido dos semanas antes en el parque de Inokashira, un domingo a media tarde. Ella venía del Ghibli, el museo de Miyazaki dedicado a la historia del ánime, donde hace unas prácticas los fines de semana. Por razones que no fue capaz de explicar cuando la interrogó Yoshida, la imagen del inspector leyendo un libro sentado en un banco mientras fumaba un cigarrillo le pareció una especie de aparición sobrenatural. Sin saber bien qué le impulsó a hacerlo, se acercó al banco donde estaba y le pidió permiso para dirigirle la palabra. Fujita apoyó en su regazo el librito de papel cosido y se quedó mirándola sin decir nada. La chica le preguntó entonces de qué trataba el cuento.

Shinju. Doble suicidio, respondió el inspector. Inexplicablemente, Ume rompió a llorar. Desconcertado, el inspector Fujita arrojó el cigarrillo al suelo y se puso de pie, sin saber qué hacer. Al cabo de un par de minutos la chica pareció calmarse y le pidió perdón, rogándole que se sentara. Cuando recuperó la compostura por completo, Ume le pidió permiso para contarle la historia de su hermano. Fujita accedió y la chica se sentó a su lado. Al final de su relato, los dos guardaron silencio durante un rato muy largo, al cabo del cual el viejo inspector le regaló el cuento que había tenido durante todo aquel tiempo en su regazo. A continuación, se puso de pie dispuesto a despedirse.

¿Podríamos volver a vernos?, inquirió Ume, con expresión de desamparo.

El inspector la miró extrañado. Vivo fuera de Tokio.

¿Puedo ponerle un mensaje o llamarle por teléfono? No tengo correo electrónico, ni siquiera teléfono.

Fue entonces cuando sacó un móvil desechable del bolso y se lo ofreció. Fujita lo miró como si se tratara de un insecto de una especie inclasificable, dudando si aceptarlo. Por fin, al cabo de unos instantes, se decidió a cogerlo. Umeko le tuvo que explicar cómo funcionaba. Lo utilizaron varias veces, la última el mismo día 31 por la mañana, poco después de que Kumiko Yoshida se hubiera despedido de él en el Hotel Hakone. Antes de colgar, Ume le dio a Fujita la dirección de un cíber de Shibuya.

Shibuya

El pachinko ocupaba dos plantas enteras de un edificio. El ciberhotel estaba en la tercera. El ambiente de la sala de juegos le pareció muy violento, una prolongación de la estridencia electrónica acústica y visual del exterior, un estallido continuo de luces y sonidos. Había decenas de jugadores de todas las edades, tal vez cien, quizá más, todos con la mirada clavada en las máquinas tragaperras. Entre los pies tenían cestas de plástico de distintos colores y tamaños en las que apilaban las bolitas de acero con las que computaban las ganancias. Casi todo el mundo fumaba. Había innumerables juegos, sería imposible describirlos. Los altavoces adosados a las pantallas vomitaban una mezcla infernal de sonidos. Fujita recorrió apresuradamente la distancia que lo separaba de la puerta de cristal que daba a la escalera interior, la abrió de un tirón y al cerrarla se vio envuelto en un silencio repentino. Se quedó un rato observando el espectáculo del pachinko, como si fuera una pecera gigantesca. El verdadero Tokio es éste, pensó, el espectáculo de las multitudes sumergidas en un mar de luces amortiguadas por un halo de silencio. Rostros ocultos tras mascarillas blancas, un piélago de sonidos apagados, la luz al final de la luz.

Hay un yakuza apostado a la entrada del ciberhotel. Tras estudiar durante unos instantes a Fujita, le franquea el paso. El recepcionista le pregunta qué clase de cubículo quiere, individual, doble o colectivo. Individual, responde, y le da una ficha de plástico con el número 17. Las cabinas carecen de techo y tienen paredes ciegas, a excepción de una pequeña abertura rectangular que en su caso da directamente al enloquecedor tráfico humano de Shibuya. Fujita rompe el silencio que reina en el cubículo abriendo la minúscula ventana. Inmediatamente, el espacio se inunda con un tropel de estímulos sensoriales. Fuera, se ve el perfil de edificios iluminados por llamaradas de neón de mil colores, gigantescas pantallas de plasma, cuya superficie se amolda a las fachadas en curva. Un ejército de vendedores se desgañita vociferando a la entrada de los establecimientos, anunciando toda clase de productos con el volumen de los altavoces manuales amplificado al máximo. Las pantallas sonoras instaladas en los semáforos emiten secuencias musicales que indican las fases de las luces reguladoras del tráfico. Sus melodías se entrecruzan con las que emergen de las innumerables bocas de metro abiertas en distintos lugares de la gigantesca plaza. En las dársenas donde se detienen los autobuses hay espacios reservados donde aparcan unas pequeñas furgonetas cuyos altavoces emiten proclamas publicitarias sin cesar. Al cabo de unos minutos Kenji Fujita cierra la ventana.

El suelo de la cabina está ocupado por completo por un colchón negro, de material sintético. En todo el cuarto hay una sola lámpara, con una luz alargada de color violeta, como una cuchilla de neón. En una esquina hay un monitor de gran tamaño conectado a internet.

 

El cubículo de al lado es una ducha, a la que se accede desde el pasillo. Umeko le explicó que muchas veces los jóvenes tienen que hacer noche aquí, pues el metro cierra a las 12 y no vuelve a abrir hasta las 5 de la madrugada, aunque hoy, por ser víspera de Año Nuevo, hay servicio ininterrumpido a lo largo de toda la noche. Viendo que le sobra tiempo, Fujita decide explorar el ciberhotel. Nunca ha estado en un lugar así. Los pasillos configuran una especie de laberinto con distintas salidas. En los corredores laterales se encuentran las puertas de las cabinas. Las hay de varios tipos y tamaños. Los pasillos principales llevan a otros, secundarios, que se abren a espacios imprevisibles. En un vestíbulo oval hay numerosas máquinas que expenden bebidas y comida rápida. Algunos productos, como el café y los refrescos, son gratis. Las paredes principales, desde la entrada hasta los lavabos, están ocupadas por estanterías pintadas de negro en las que se acumulan miles de cómics. De haber tenido hijos, comprendería mejor todo esto. ¿Quién es esta chica, Ume, y qué vio en él cuando lo descubrió leyendo sentado en un banco de Inokashira? Entonces la chica le pidió ayuda, pero ahora es él quien la necesita. Al volver, le cuesta trabajo dar con la cabina. Cuando por fin ve la puerta con el número 17, deja los zapatos en el pasillo y pasa al interior. A través de la ventana vislumbra el resplandor de una pantalla que acaban de iluminar en el edificio de enfrente y que ocupa por completo la fachada del inmueble. Las imágenes de alta definición tienen más de doce metros de altura. Buscando sumergirse una vez más en el mar de sonidos que bulle en el exterior, Fujita vuelve a abrir la ventana. Le asombra que en medio del fragor se puedan distinguir con nitidez sonidos muy sutiles. En ese momento ocupa la pantalla el rostro inmenso de un joven que anuncia una marca de patatas fritas. Se escucha perfectamente el crujido que hace al masticarlas, y después el de la bolsa de plástico, cuando la arruga con la mano. Los sonidos se abren paso por entre el delirio de la muchedumbre que atraviesa la plaza tumultuosamente. Abajo, todos los semáforos del cruce de peatones se abren a la vez, permitiendo que las multitudes atraviesen simultáneamente una red de pasos de cebra que discurren en todas direcciones: horizontales, verticales, en diagonal. Fujita cierra la ventana y mira el reloj. Falta casi una hora para que Ume acuda a la cita.

La belleza de Reiko

Para hacer tiempo, saca de la mochila el cuento que le regaló a Umeko y ve que la chica lo ha subrayado profusamente. «La belleza de Reiko», lee, eligiendo uno de los subrayados al azar, «brillaba, serena, como la luna después de la lluvia. Su cuerpo era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que cuando gozaba se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión. Su relación tenía una base moral».

Sigue un largo espacio sin subrayados. Fujita se detiene en un párrafo que la chica ha pasado por alto, pero que para él resume la esencia del relato: «Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir». Así es, exactamente, como se siente él en estos momentos.

Unas páginas después hay un subrayado muy extenso. Las líneas de tinta roja están marcadas con fuerza. Era lógico, dada su historia, que a la chica de la mochila le impactara particularmente la descripción del hara-kiri: «Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros. El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo».

Eyes Wide Shut

El ex inspector introduce el pen drive que ha encontrado en la mochila de Ume en el disco duro del ordenador. Las imágenes que aparecen en la pantalla son de gran calidad, pero no van acompañadas de sonido alguno. Un baile de máscaras en una mansión en las afueras de una gran ciudad. Alguien que compra un extraño disfraz en una tienda de una ciudad que puede ser Nueva York en plena madrugada. Fujita se deja arrastrar por la historia silenciosa que se va desplegando ante él, olvidándose de dónde está y al cabo de media hora sucumbe al sueño. Lo despiertan unos golpecitos en la puerta del cubículo. Alguien lo llama por su nombre. Reconoce la voz dulce de Ume, y abre la hoja de madera sintética.

¿Por qué le han quitado el sonido a la película?, pregunta, señalando la pantalla del ordenador, y le hace entrega de la mochila roja a la recién llegada.

Es un ejercicio que nos mandan hacer en la facultad. Hay que analizar una película sin tener cuenta las palabras, sólo en base a las imágenes.

He visto que has leído con mucho interés la historia de Reiko, le dice, mostrándole las páginas subrayadas del cuento.

La chica barre el aire con un gesto de la mano y dice: He traído el videojuego que creó mi hermano. Si quieres lo podemos ver juntos. Es una versión actualizada por mi novio. Mi hermano diseñó el original.

Después de probarlo durante algo más de diez minutos, Ume dice: Si de verdad te interesa puedo pedir una copia nueva. Esta no es totalmente fiable.

De repente se oyen unos golpes en la puerta. Desde el otro lado, el yakuza que vio a Fujita al llegar les dice que tienen que cambiarse a un cubículo doble y pagar la diferencia.

Ya nos íbamos, contesta Ume.

Love Hotel

Bajan juntos a la calle. Por los distintos accesos de la estación de metro entran y salen miles de personas. Hay un tranvía antiguo que sirve de punto de encuentro a innumerables citas. Unos metros más allá hay otro, más popular aún, la estatua de Hachiko, el perro fiel que, conforme a la leyenda, acudía cada tarde a esperar a su amo cuando volvía del trabajo. Cuando el amo murió, Hachiko siguió acudiendo a esperarlo al mismo lugar durante diez años, hasta que la muerte se lo llevó también a él. Los tokiotas se aglomeran en los alrededores de la estatua. Es casi imposible abrirse paso por entre semejante multitud. Ume y Fujita atraviesan la plaza y llegan al laberinto de callejuelas donde se encuentran los llamados hoteles del amor, que las parejas de jóvenes suelen ocupar por franjas horarias. Entran en uno donde Ume ha estado otras veces. El reloj del vestíbulo marca las 11:49. El recepcionista les dice que tienen que pagar la habitación por adelantado. ¿Por horas o toda la noche?, les pregunta. Toda la noche, dice Fujita, paga y recoge la tarjeta de acceso a la habitación. Una vez dentro, Ume le pide el teléfono desechable para enviar un mensaje.

Al amanecer sigue habiendo mucha gente por la zona. Estos lugares jamás se vacían del todo. La entrada del hotel donde se alojaron Ume y Fujita se encuentra en medio de una cuesta cuyos extremos están bloqueados por dos coches patrulla cuyas luces destellan, iluminando el asfalto. Hay decenas de policías uniformados y agentes de paisano moviéndose nerviosamente en todas direcciones, despejando la calle de transeúntes. Inamoto llega en un coche negro con cristales ahumados, acompañado de la subinspectora Yoshida. Van directamente al hotel, donde un individuo de unos treinta años que lleva una gabardina clara los espera en recepción. Es el forense. Tras saludarse brevemente, suben los tres juntos a la habitación. El cuerpo decapitado de Kenji Fujita está en el suelo, dentro de una funda térmica de color plateado. La cabeza está aparte, en una bolsa pequeña, del mismo material. Inamoto intercambia unas palabras con un individuo que está tomando notas en un cuaderno, y decide volver inmediatamente al vestíbulo. Una vez allí, el tipo de la gabardina le pide al recepcionista que refiera a los inspectores la misma historia que le contó a él media hora antes.

A eso de la una de la madrugada vino un motorista con un sobre para los ocupantes de la habitación 718, explica el empleado del hotel. Me habían dicho que lo estaban esperando, de modo que le pedí al conserje que se lo subiera. Unas dos horas después tuvieron una segunda visita. Un hombre alto, de unos cincuenta años. Iba vestido con un abrigo negro de cuero que le llegaba hasta los pies. Calzaba botas militares y usaba gafas de sol. Cuando le dije que no podía subir me dio un billete de cien dólares y me pidió que le indicara cómo llegar a la habitación. Llevaba un estuche alargado, de gran tamaño, también forrado de cuero negro. Estuvo en el cuarto algo menos de media hora. Cuando terminó lo que vino a hacer, se llevó a la chica con él, pero al cabo de unas dos horas regresó sola. Estaba muy nerviosa. Me pidió que llamara inmediatamente a este teléfono, dice, mostrando la tarjeta de Fujita. El inspector la examina y se la queda. Una voz sintetizada, sigue diciendo el recepcionista, me dio a elegir entre dejar un mensaje o hablar con la operadora. Opté por lo segundo. ¿En qué puedo ayudarle?, me preguntó alguien al otro lado de la línea y expliqué que se trataba de una emergencia. La última frase la dice mirando a Ume, que está sentada en un sillón del vestíbulo, con la mirada perdida.

Su rostro recuerda el de un clown asesino de una película de terror. La cara maquillada de blanco y debajo de los ojos, dos grandes hilos negros, el rastro dejado por las lágrimas que han caído a lo largo de las mejillas. No le quedan fuerzas para seguir llorando. Kumiko Yoshida se acerca al sillón donde está sentada la chica y apoya una mano en el hombro, pensando en la conversación que mantuvo con Kenji Fujita hace menos de veinticuatro horas, en el salón inglés del Hotel Hakone. Un momento después, la subinspectora saca del bolso la grabadora donde ha registrado la confesión de Umeko y se dirige hacia su jefe, que está de pie en medio del vestíbulo, con intención de entregársela. Con un gesto, Inamoto le da a entender que ya se la dará en otro momento.

No hay mucho más que hacer aquí, dice, y apoyándose en el brazo de su ayudante se dispone a salir con ella a la calle. En el bolsillo lleva el cuento de Mishima, copiado a mano por su amigo.

Sólo a alguien como él se le podía ocurrir pensar en algo tan innombrable como la ceremonia del sepukku a estas alturas de nuestra historia, dice. Las novelas gráficas y los videojuegos eran algo totalmente ajeno a él, pero el mundo va en esa dirección y aunque Kenji lo sabía, seguía empeñado en ver las cosas a través de la literatura.

El mundo de Mishima trasladado al de los videojuegos. Es lo que hizo Umeko por él, se aventura a decir Yoshida.

Sólo que fue él quien se lo pidió, puntualiza su superior. Lo asombroso es que esa chica adivinara lo que buscaba Fujita con solo verlo sentado en el parque. Entendió inmediatamente lo que le pasaba y decidió ayudarle, proporcionándole un kaishakunin, el segundo actor del ritual, encargado de rematar la labor del suicida.

Inamoto se interrumpe para dejar paso a los dos empleados que acaban de salir del montacargas con la camilla en la que transportan el cuerpo de su amigo, que tienen que trasladar hasta el furgón que hay aparcado frente a la entrada del hotel. La visión de las bolsas térmicas le hace daño. Cuando los funcionarios salen del vestíbulo, suelta el brazo de su subordinada, como si no se hubiera dado cuenta de que lo tenía sujeto. Un dolor penetrante le recorre la columna vertebral y al llegar a la cabeza le nubla la vista. Cierra un momento los ojos esperando a que pase el dolor y cuando los vuelve a abrir su mirada se posa de manera involuntaria en Ume. Por un momento, da la impresión de que el inspector se dispone a acercarse a ella, y es posible que ésa fuera su intención, pero tras dar unos pasos en su dirección, Hiro Inamoto se vuelve de repente hacia la puerta y sale del hotel.

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