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Schermafdruk 2018-03-08 17.38.38

Por Eduardo Rabasa

CamanchacaCamanchaca
Diego Zúñiga
Literatura Random House
2009 • 117 páginas

 

 

 

 

 

 

Un texto fragmentario, sobre una novela fragmentaria.

 

Un texto que no aspira (no puede) a ser hermoso, sobre una hermosa novela fragmentaria.

 

Mientras avanzo, quiero decirle al narrador: Tu papá que no tiene la más puta idea de lo que sientes (¿escribes?) como adulto incipiente, mientras maneja y te alecciona sobre la vida, y te prodiga un cariño que sabe a rancio, es mi papá también, y el de muchos otros, no el de todos, ciertamente (por suerte). Iba a escribir «no estuviste solo», pero Camanchaca dice lo contrario, creo: que los demás no estamos solos, porque tú ya lo escribiste.

 

Ese desierto que va a dormirse, ¿por qué querría dormirse? ¿Acaso para no testimoniar la lenta angustia que avanza disfrazada de Ford Ranger donde un culero juega con cierto sadismo a enseñarle a su hijo a escuchar a Pat Metheny?

 

¿Por eso no te quitas los audífonos ni despegas la mirada del desierto, para ver si por piedad logran dormir juntos bajo el cielo de color naranja? ¿O era morado?

 

«En una de las entrevistas ella [tu mamá] me diría que es mejor recordar nada».
Nada nada nada nada nada nada…

 

Cuando en Buenos Aires buscas refugio al ir corriendo a comprar libros, aunque no fueran los de la lista que olvidaste, sin darte cuenta quizá creaste una nueva tipología para clasificarlos: cuando se sostienen hacia abajo, tomándolos de las dos portadas, y parecen un ave volando: ¿a qué animal se parecería cada libro, según lo que lleve escrito en sus páginas?

 

Y luego otra coincidencia, distinta, pero coincidencia al fin: ese truco mediante el cual los papás hijos-de-la-chingada subliman ser unos hijos de la chingada engendrando culpa, verbalizando que en realidad uno es afortunado, que como él no hay dos, que algún día entenderemos que él —y sólo él— era nuestro mejor amigo: «Y yo mirándolo y él sonriendo, palmoteándome la espalda y sonriéndome». O, en la página siguiente, el recuerdo: «…El día que mi papá me llevó a la playa y me dijo que yo tenía suerte de ser hijo único».

 

Y luego pienso, sin saber aún qué le pasó al tío Nano, que también tengo un tío al que la familia le negaría incluso la resurrección. Sólo que el mío no ha muerto, o al menos no técnicamente, aunque técnicamente buena parte de mi familia ampliada no puede morir, porque en realidad jamás estuvo viva.

 

El programa de radio donde entrevistabas a tu madre, con la perrita Coka como auditorio silencioso, que se termina porque formulas la pregunta incómoda sobre el accidente del tío Neno, porque no podías «entender la verdad», y luego el silencio. Funciona como metáfora de todas las verdades enterradas que producen los síntomas monstruosos a los que nomás no hay manera de enterrar, ni de entender, por más que debamos cargar con ellos por el resto de la vida. Habría que preguntarle alguna vez a los que callan, como en este caso tu madre, quiénes son verdaderamente aquellos que no entendieron ni entienden ni entenderán nada.

 

Como el accidente narrado en clave de perdón que hay que guardar como un secreto al que no vale la pena darle vueltas. ¿Si no vale la pena darle vueltas, por qué hay que guardarlo como un secreto sucio, y por qué se narra en clave de perdón? ¿Es así de peligroso llamarlo sin vergüenza, por su verdadero nombre?

 

«Mi mamá, como siempre, en un comienzo optó por dejar cabos sueltos, silenciosos, ese tipo de cosas que parecían ser parte de su vida. Creo que alguna vez lo hablamos en otra entrevista. Eso de abusar de los silencios, de no contar bien lo que tenía que contar».

 

Otro encontronazo con tu mamá: «Fue un roce. Luego un movimiento y más roce. Me tomó la mano y la condujo entre sus muslos gordos, blandos. No podía doblar los dedos. No me dejes de hacer cariño, me dijo mientras yo comenzaba a sentir la humedad, los dedos levemente pegajosos. Comenzó a mecerse y yo seguía sin poder doblar los dedos».

 

La señora Mirna, la que cuida la Residencial O’Higgins donde vive tu tata, tiene una nieta desaparecida. Pero ella está convencida de que va a regresar, y la escucha por las noches. Le pide ayuda y le dice que tiene miedo, y la señora Mirna no puede dormir. Con toda la razón pues, como dice Hito Steyerl en su magistral ensayo «Desaparecidos: entrelazamiento, superposición y exhumación como lugares de indeterminación», los desaparecidos no son ni muertos ni vivos, exactamente como sucede con el gato de Schrödinger, que en términos puramente lógicos, está vivo y muerto al mismo tiempo. Por eso siempre van a regresar, por eso hablan por las noches, porque los desaparecidos, seres que no están ni vivos ni muertos, desafían por completo nuestras categorías afectivas y de pensamiento. Y la señora Mirna bien lo sabe.

 

Sin embargo, afirma el tata: «Jehová que está en los cielos, la debe estar protegiendo en su reino». Y también: «Hay que ser fuerte y leer la Biblia». ¿Será que el número de muertes y desapariciones que Jehová y la Biblia nos conminan a aceptar con resignación es tan infinito como el tiempo de la bienaventuranza eterna?

 

Y la Coka que gime y que tiembla con los ojos envueltos en una blancura espesa, que camina con dificultad a su plato de comida, ya en los huesos, con las orejas llenas de tierra, a la que según tu mamá es imposible sacrificar —monstruo desalmado, ¡cómo te atreves a sugerirlo!—: ¿qué es lo que vendría a simbolizar acerca de todo esto?

 

¿Y los dientes que te sangran sin cesar?
¿Y la boca llena de pasta de dientes con sangre?

 

Otra vez el tata: «Deberías ir a trotar a la playa, caminar, si no, te vas a morir. Jehová no quiere hombres como tú, dice él, quiere hombres activos, que cuiden su cuerpo, su alma, que sepan apreciar la vida. Hombres buenos, dice él, y yo me quedo callado. Por mi cabeza no dejan de pasar las palabras con las cuales podría contestarle. Son muchas, se molestan, no logran ordenarse. Voy a almorzar donde mi papá, le digo y vuelvo a subir a mi pieza».

 

Cuando cierras los ojos y los sigues escuchando, nosotros al leerte lo escuchamos en silencio con la misma fuerza. Y las imágenes se forman, acaso de manera indeleble, como cuando la chica que te gusta baila y se besa con otro, y los pantalones te aprietan, y bailas solo y finges que hablas por teléfono mientras continúas bailando solo.

 

«Morder con las muelas que están más atrás. Las papas saben a sangre. A sangre y a la masa de los dientes. Mi papá come pollo con papas fritas sin problemas. Me pregunta si está rico. Yo lo miro y le digo que sí, que está muy rico».

 

Y ya para terminar, sólo una cosa más: ¿está seguro tu papá de que las estrellas no las puedes ver simplemente a causa de la camanchaca?

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