Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La pared blanca de la habitación | Carlos Manuel Álvarez

…y está obligado el ojo a ver, a ver, a ver.

Heberto Padilla

En la pared blanca de mi cuarto hay grietas evidentes, de determinado grosor, que podrían despertar sospecha o incluso miedo, si tenemos en cuenta lo que ha sucedido. La cal está levantada a la altura del techo, y detrás de una silla en la que se va amontonando la ropa sucia, hasta que de vez en vez decido darme una vuelta por la lavandería, hay otra rajadura aún más violenta, con un recorrido accidentado de ascensos y descensos que llega casi hasta el marco del clóset.

Esta última grieta comienza en un hoyo que nunca resané, luego de haber lanzado contra la pared no recuerdo qué cosa hace ya un tiempo. Quizá un vaso en un acto de furia. Eso quiere decir que nada es en vano. Mi rabia se esfumó al rato, pero meses más tarde hubo una consecuencia.

Han pasado ya algunas noches desde que el 19 de septiembre de 2017, a la una y catorce de la tarde, la tierra temblara de modo salvaje en Ciudad de México. Yo vivo en la calle Eugenia, eje 5 Sur, muy cerca de la Avenida Coyoacán. No es cualquier sitio. Debido a los destrozos, la zona se mantuvo cerrada al tráfico durante varios días.

Desde entonces, no he dejado de encontrar grietas en todo el apartamento: pequeñas hendiduras en el cemento, rayas mínimas en la pared, algún tajo cualquiera en algún lugar del techo. No hay nada significativo en esto, salvo el hecho de que alguien lo descubra. Luego observo por un rato, como si pudiera adivinar dónde va a quebrarse la estructura en caso de un nuevo temblor, qué columna, qué pared de carga, y como si adivinarlo sirviera de algo.

Probablemente no suceda nada, porque esos cortes no son más que, llamémosle así, las imperfecciones comunes a todas las casas, detalles que no están hechos para que el ojo los vea. Sólo se llega a ellos a través de la obsesión. El apartamento trajo estas cicatrices consigo seguramente desde siempre, pero ha ocurrido un terremoto y después de un terremoto ya nada queda oculto. Quieres conocer tu casa como tu cuerpo, incluso más, al menos en mi caso. Mi cuerpo es algo que me interesa poco.

Para casas, la de uno. Para cuerpos, los ajenos.

 

* * *

 

Hace dos años, en el verano de 2015, tumbé cocos con mi padre durante siete y ocho horas diarias en el condado de Miami-Dade, hasta que creíamos tener los cocos suficientes. Luego los vendíamos a un distribuidor en Hialeah y ganábamos algunos buenos dólares. No hay lugar que haya visitado luego en el que haya un cocotero y yo no lo descubra. Supongo que cada cual, dependiendo de dónde viene, ve siempre algo que los demás no ven, cosas que en realidad son intrínsecamente pueriles u ordinarias, como un cocotero en el trópico, pero que tu circunstancia específica ha reconfigurado como trascendentes o graves.

Planteémoslo de la siguiente manera: el objeto de tu obsesión te busca; tú no lo descubres, él se descubre para ti. Ya sé que cuando viaje a Cuba dentro de poco tiempo voy a reparar, lo quiera o no, en las grietas minúsculas de las casas que visite, rincones donde el ojo del dueño nunca se ha posado, justo porque en Cuba la experiencia vital es la del huracán, que es un fenómeno horizontal, una larga pieza de teatro que hasta cierto punto puede predecirse.

Uno asiste a su evolución: se fortalecen en aguas cálidas, arrasan durante su trayecto, declinan en tierras continentales y finalmente se diluyen. Pero el terremoto es sorpresivo, viene rompiendo de abajo hacia arriba como un vómito. El huracán tiene un punto de histeria, el terremoto es parco. El huracán es una madre bulliciosa, el terremoto es un cura severo. El huracán es barroco, el terremoto es hipodérmico. El huracán gesticula, el terremoto apenas parpadea. El huracán es Al Pacino en Scarface, y el terremoto es Al Pacino en The Godfather.

Tanto La Habana como Cárdenas, las dos ciudades cubanas en las que viví, son plazas abiertas al mar, de cara al norte. Allí la idea de la mortalidad en cualquiera de sus dos direcciones, en tanto juventud

o en tanto vejez, depende del mar. El recorrido del viento, el bisbiseo de las aguas en el arrecife, el salitre que corroe. El mar te da y te quita. Ha sido un cerco en la misma medida en que ha sido la puerta de salida de ese cerco. Testamento del Pez de Gastón Baquero, el poema más importante sobre La Habana, es entre otras cosas el momento último en que alguien capta desde afuera, desde el mar, la relación de la ciudad con la muerte. Es el salto final.

Ciudad de México, en cambio, está custodiada por volcanes, construida en un valle sobre las ruinas de un imperio, encima de un lago dragado y de sucesivas capas de barro y arena. El suelo, además, se mueve. La catástrofe no está afuera, está abajo. No llega o desembarca, germina. Es el fruto definitivo de la ciudad y cada un tiempo florece de golpe, después de tanto madurar.

La muerte aquí no es algo que pueda verse como se ve en La Habana —la muerte vulgar de la destrucción, la muerte de los edificios rotos, comidos por el abandono crónico de todas las cosas—, pero sí puede tocarse y olerse como un opio que mantiene en movimiento a este hormiguero vertiginoso de veinte millones de personas. La capa de esmog encima de nosotros aumenta la sensación de que en Ciudad de México uno está metido adentro de algo, de que uno vive no en una superficie sino, a pesar de la altura, en una profundidad.

Cuando la tierra comenzó a temblar aquella tarde, yo estaba en el mismo cuarto de paredes blancas —impecable entonces— que ahora tiene grietas de determinado grosor. ¿Cuánto tiempo me tomó llegar a la calle? Cualquiera sabe. Veinte segundos, veinticinco, una eternidad. En realidad, la única medición cabal es la que dice que demoré en ponerme a salvo justo lo que demora en formarse una grieta en la pared.

En algún momento debo haber corrido por el pasillo que va hasta la sala, debo haber tomado la llave del cenicero donde también acumulo las monedas con que pago el metro, debo haber quitado el seguro de la puerta del apartamento, haber bajado la escalera de caracol —algo que, luego supe, una vez comenzado el sismo ya no se debe hacer bajo ningún concepto— hasta el lobby de la entrada y haber llegado al portón principal.

Supongo que así sucedió, pero no hay memoria sobre esto. Quizá una mano me tomó por el cogote y me puso directo en el portón principal y me dijo sin decirme que a partir de ahí me las arreglara por mi cuenta. Quizá sólo fue de ese modo inverosímil. No era una tarea fácil, en cualquier caso. No crean que alguien lo hizo todo por mí.

Hay modos muy graves de morir: Julien Sorel en el cadalso, Jack Dawson de hipotermia, yo intentado abrir el portón principal. Una ola de pánico venía subiendo, mientras me decía a mí mismo que intentara atajarla y pensar, que intentara enfocarme en la cerradura y olvidarme de mí, toda la gravedad posible puesta en un asunto tan prosaico, pero mi mano no ensartaba y la cerradura se movía de un sitio a otro, era un punto de fuga que no se dejaba localizar.

Es el papel del tiempo, la brasa de un repentino conocimiento absoluto, lo que hay que entender de un terremoto. No se trata sólo de la muerte, que es de lo que uno juraría que va el dilema. La muerte es apenas una parte del cuento. Al comienzo de El maestro y Margarita, la novela ejemplar de Mijáil Bulgákov, dos escritores rusos charlan en un local desierto sobre la existencia o no de Cristo, cuando de repente aparece un señor misterioso, que a la larga resulta ser el Diablo, y en un punto de la conversación el señor misterioso dice esto: «Sí, el hombre es mortal, pero eso es sólo la mitad de la tragedia. Lo malo es que, a veces y de repente, es mortal. He ahí el truco».

Eres mortal, pero a veces lo eres de repente. No hay un recorrido previo, no hay una enfermedad, una guerra en curso, un conflicto familiar, una depresión profunda, una venganza, un error de cálculo, un pensamiento psicópata o uno estúpido, el lento e inexorable paso de los años, causas cualesquiera, algo que prever, un estado al que adaptarse, una degradación. Es literalmente una fuerza instantánea que se multiplica por cero y logra no dar cero. Que la muerte sea más rápida que la vida no sorprende a nadie, no hay ninguna carrera en que la muerte a la larga no termine llegando primero. Pero lo que estamos diciendo aquí es que la muerte es más rápida que el pensamiento. La muerte no como un keniano o un etíope de fondo o medio fondo, sino como un jamaicano de cien metros.

Lo que aprendes en un terremoto es que quieres seguir pensando. No quieres perder la vida, naturalmente, pero hay otra porción en juego sumamente importante y es que, ya que la vas a perder, al menos que te permitan detenerte un momento en eso. Desde luego, hay un truco implícito en el asunto: si todavía estás pensado, todavía estás viviendo. O que, descarteanamente, pensar es vivir. De cualquier manera, en medio del terremoto, en medio de tu batalla personal con la cerradura del portón de salida a la calle, estas son todas ideas del cuerpo, no de la cabeza. Pensamientos de la piel y de los intestinos y de las branquias.

Han sucedido tantas cosas ya y sólo hemos pasado de la una y catorce a la una y quince de la tarde. Mis manos cobran vida fuera de mí, una réplica a nivel personal, pero la muerte sólo me ha salpicado. En el cruce de la avenida Gabriel Mancera y el callejón Escocia, a doscientos metros de mi departamento, hay un par de inmuebles en el suelo. Nada provoca tanto envejecimiento en tan corto lapso de tiempo como un terremoto. La convulsión es súbita, le viene a la ciudad desde la boca del estómago.

Con la tragedia en la esquina, la solidaridad es un trámite que puedes hacer a pie. Los edificios son pulpa, como un pan que desmigajas con los dedos. Los rescatistas profesionales piden silencio, el gentío azorado obedece, y desde el fondo de esa masa de escombros se escucha un golpe seco, luego dos, ambos muy débiles.

La calle es ahora un desaguisado de cintas amarillas, ambulancias de cruz roja y voluntarios, en principio, torpes, con protectores nasobucales debido a la fuga inminente de gas. Armamos cadenetas de manos para pasarnos los escombros, pero aún estamos muy lejos del corazón del desastre, a un océano de veinte o treinta metros de distancia de las víctimas. Después de una hora de trabajo, el volumen no parece disminuir. Es un día en que tu insignificancia también cobra cuerpo porque el rescate se desarrolla piedra por piedra, un despojo a la vez.

Pasan lascas de cemento, trozos de columnas rotas, pedazos de mampostería, cubos de piedra y cal. Es un desfile inanimado, cosas que no te dicen nada, hasta que vences la primera línea de desechos. De tanto en tanto, después de una fila de cuarenta metros, empiezan a llegar a tus manos un dvd, una gaveta con un asa de cobre (sabes que alguien guardaba algo ahí) y un cojín verde en el que cualquiera estuvo sentado hace dos horas o ayer en la noche, bebiendo un té, leyendo el horóscopo, revisando su Instagram. Es probable que sólo en un rato aparezcan ya objetos más íntimos, como joyas o ropas, y luego puede incluso que el tesoro de una persona viva.

La sinfonía de los voluntarios, todos esos ruidos y gritos que asustan, se interrumpe cuando los rescatistas vuelven a pedir silencio. Nadie logra definir con exactitud desde qué punto de las entrañas del edificio colapsado vienen los toques de auxilio, pero todavía se escuchan con cierta claridad, a pesar de que cada vez son más débiles. Es lógico, nos vamos alejando de ellos.

Seguimos aquí, la misma calle y la misma dirección, sólo que nosotros ya estamos en la una y cuarenta de la tarde, y luego en las dos y diecisiete, y luego en las tres menos cuarto, y las víctimas siguen ancladas a la una y catorce, no se han movido de ahí, la hora en que la brecha sísmica se las tragó.

Cerca de las cuatro, dicen, logran rescatar a la primera persona, y a las cinco y media ya van nueve sobrevivientes. Yo sólo alcanzo a ver a una señora en camilla, moribunda, maquillada por el polvo, queriendo sacar humedad del roce de sus labios, pero sus labios están secos y se traban en una mueca inconclusa.

Una de las últimas cosas que cargo es la mitad del marco de una puerta, con una llave aún colgada de la cerradura. ¿De qué lado quedó el dueño de esa llave? ¿Logró abrir y escapar como pudo o el susto lo encasquilló?

 

* * *

 

En la desembocadura de un callejón de tierra, tapiado al fondo por la noche fría de los cerros, un puñado de niños mexicanos de muy distintas edades entre los dos y los quince años esperan obedientes a que uno de los camiones de la Cruz Roja reparta las cajas de juguetes entre ellos.

Algunos parecen dar brincos de desespero en el lugar, atrapados entre su propia excitación por tanta suerte y la timidez que les provoca la presencia de todos estos forajidos que desde hace dos días vienen invadiendo el barrio de San Marcos, municipio Totolapan, al norte del estado de Morelos, y que no se van a marchar hasta pasadas las doce de la madrugada.

Me recuerdan ese tipo de felicidad que yo adquiría en los noventa y principio de los dos mil cuando un huracán atacaba el occidente de Cuba y las clases de repente se interrumpían y los padres dejaban de prestarte tanta férrea atención. La realidad, en suma, se alteraba. Un convoy de dos camiones de la Cruz Roja cargados de víveres y diez autos de voluntarios partió a las cuatro de la tarde de hoy jueves 21 de septiembre, dos días después del temblor, desde el Centro de Acopio de la calle Nicolás San Juan en la Colonia del Valle, Ciudad de México.

Después de pasar por la plaza principal del municipio Jonacatepec y de que un señor mestizo dijera que en otros sitios la estaban pasando más feo y que la gente de su pueblo se las sabría arreglar, el convoy enfiló carretera de regreso hacia el norte y no se detuvo hasta la cima del cerro San Marcos, en lo último de la localidad.

Dos estudiantes de segundo año de Derecho en la unam, quienes hicieron el recorrido conmigo en un Mazda 3, junto a otro profesor español, comentan que debe haber brujas en San Marcos. ¿Cómo brujas?, pregunto. Sí, brujas, me dicen. Las han visto, comen niños. Además, tienen facultades licantrópicas.

La idea ahora es ir repartiendo los víveres paulatinamente desde el fondo hasta el principio, cuesta abajo, a lo largo de una callejuela estrecha y en penumbras. Los vecinos tienen que agruparse cada quinientos metros en determinadas esquinas del barrio. Un hombre ya mayor envía a dos vecinos suyos, ambos jóvenes, para que rieguen la voz. Que se agrupen en casa de Boni, que se agrupen en casa de don Ventura. Los muchachos corren tanto como pueden y se agarran los cascos con una mano.

A la derecha hay campos de cultivo. A la izquierda hay un despeñadero, y en distintos niveles de esa escalera de tierra se amontonan casuchas maltrechas que penden de un suspiro, con un pie en el abismo. Las construcciones son mayoritariamente de adobe, bajas y deformes, color ocre. Hay un par de bardas en el suelo, y algunas personas se quedaron sin techo tras el sismo, pero la pobreza en el pueblo es estructural. Algo gotea en ellos.

Viviendo como viven, en una grieta del tejido social, el terremoto no ha hundido a San Marcos hasta un fondo demasiado lejos del que ya estaban. Son víctimas desde antes de cualquier desastre natural. Incluso el desastre los ubica en el mapa.

Sentado en su moto negra bmw, el jefe de los miembros de la Cruz Roja, un hombre alto, calvo, de alrededor de cuarenta, maneja con soltura el arte de conversar con los damnificados. Es recio, no impositivo. Afable, no dramático. Les dice que sean honestos, y que los padres e hijos, o esposas y maridos, o hermanos y hermanas no pueden pasar a recoger las donaciones como si fuesen familias separadas, que tiene que alcanzar para todos, aunque no parece que tal cosa sea posible.

Este no es un pueblo que se arregle con dos camiones de víveres de la Cruz Roja. Les dice también que va a marcar a cada uno con plumón y que en cuanto reciban la ayuda se marchen para que despejen el lugar y faciliten el trabajo. Todos asienten en silencio, diminutos, tullidos, casi que parecen salir de la tierra, recortados contra el frío de la noche mexicana. Un pasaje esquizoide y tardío del muralismo, el pueblo definitivamente derrotado.

Las cajas se clasifican en despensa normal, despensa para niños, despensa para adulto mayor, kit para bebés, botellones de agua, medicamentos, juguetes, cobijas. Después de tres horas de distribución, los ánimos se relajan un tanto. Veo a una señora que toma una caja, se la pasa a su nieta, merodea un rato y luego, cuando preguntan si falta alguien, vuelve a ponerse en fila. ¿Quién es el que va a reprochárselo?

Una madre joven —dieciocho, diecinueve— trae a su bebé envuelto en una toalla rosa. No puede cargar la bolsa de pañales que le corresponde, pero tampoco me deja ayudarla. El marido espera detrás, un hombrecillo azorado, metido dentro de una camisa de cuadros, que toma lo suyo, no dice nada y se pierde entre las sombras del pueblo, escabulléndose en el gentío.

Venir hasta aquí es un acto menos solidario que egoísta, uno de esos momentos en que no hay nada que hagas por los demás que no estés haciendo, en principio, por ti mismo. La dramaturgia del gesto colectivo te abriga. No por una cuestión moral, sino instintiva. Sólo la acción, el movimiento, limitar la correa del pensamiento, genera cierto estado de seguridad física.

En San Marcos la tierra se sacudió, desde luego, pero tanto este como cualquier otro lugar en el que yo haya estado entre el 19 y el 21 de septiembre son la consecuencia del temblor: los edificios caídos de Gabriel Mancera, la calle Yucatán en Roma Norte atestada de camiones y equipos de rescate en mitad de la noche, el puesto de acopio en Nicolás San Juan, una iglesia destruida en Iztapalapa.

No estuve en esos lugares cuando se columpiaron y las cuñas de una hora de tiempo se metían entre segundo y segundo. La experiencia intransferible del terremoto sólo ocurre, para cada uno de nosotros, en un sitio puntual que no importa cuán apacible luzca hoy, ya nunca va a dejar de temblar porque contiene las coordenadas de nuestra extinción personal y con ello, por supuesto, la extinción de toda la especie, y de ahí que quiera permanecer lo menos posible en mi departamento de la calle Eugenia. Esas paredes, ese techo, esas fachadas, te dices, avanzaron con cuchillos hacia ti.

En San Marcos, bajo el foco amarillo de una casa de dos plantas que anuncia contrataciones «para Misa Panamericana, xv años (sí, con números romanos), Bodas, Bautizos, Confirmaciones, Reuniones, Serenatas» y un etcétera en el que probablemente quepa cualquier evento de barrio que se te ocurra planificar, la fila de niños hurga finalmente entre las cajas de donaciones y escoge juguetes y ropas de uso bajo la supervisión de los padres. Hay muñecos industriales, superhéroes de la Marvel, prendas de todo color y tamaño.

Una niña de siete u ocho años viste una saya de cuadros que la avejenta. Ella quiere renovar. Toma una blusa, un short, un vestido. ¿Este, papá? Se alza y se agacha. ¿Este? Se alza y se agacha. ¿Este? El padre dice que no a todo, un cascarrabias. La niña hace un gesto de desdén con los hombros pero no desmaya, sigue buscando entre los bultos. Me llama la atención un carrito de madera amarillo y negro, una cuña tipo Ferrari descascarada en las gomas. A saber por quién fue donada.

Yo voy a darle un porrón de agua a un anciano de un metro cuarenta que me va a desear buen camino de vuelta. Voy a salir de San Marcos y la camioneta pick up del regreso va a romper la neblina de la madrugada a través de la carretera negra de doble vía que une Morelos con Xochimilco. En la entrada sur de Ciudad de México van a agolparse familias enteras para pedir agua y comida, la ayuda más básica, a los carros que pasan. Voy a llegar a mi departamento a las cuatro de la mañana y voy a despertarme tres veces creyendo que hay un temblor donde sólo hay un mareo.

* * *

En No Country for Old Men, el asesino psicópata interpretado por Javier Bardem le pregunta al vendedor de una tienda en medio de la nada qué es lo que más ha perdido en un cara o cruz. El vendedor no sabe qué decir. Bardem lanza una moneda y le dice que elija. El vendedor dice que no se ha jugado nada. Sí, sí se lo ha jugado, dice Bardem. Se lo ha estado jugando por toda su vida, pero no lo sabía. La moneda ha viajado durante veintidós años para llegar hasta allí, y ahora el vendedor tiene que elegir cara o cruz. ¿Qué puedo ganar?, pregunta. Todo, dice Bardem.

Esas placas tectónicas que mantienen a México en vilo han estado chocando entre ellas y cargándose de energía quién sabe desde hace cuánto, incubando durante años las ondas que van a sacudir la tierra, abducir los edificios y matar a cientos de personas, mientras nosotros simplemente hemos estado haciendo lo nuestro, pero un día la moneda va a llegar a la tienda que administramos.

No fue hasta la tercera o cuarta noche que me vine a dar cuenta de que la pared blanca de mi dormitorio se había cuarteado. En un momento no ves nada y luego empiezas a ver y luego todo se empieza a asentar. Ahora las grietas de las cosas no dejan al ojo en paz.

Foto de Santiago Arau

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*