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La tarea del traductor | Yves Bonnefoy

¿Traducir? El joven traductor se sumerge. Son las palabras correctas porque él siempre permanecerá joven y esta página bajo su mirada es un océano, agua cerrada. Soles cubren completamente de pequeños resplandores casi alegres el ligero oleaje en la superficie, pero él sabe que debajo está el abismo: primero verde, un verde azul demasiado oscuro, muy pronto negro.

Se ha sumergido. Y alrededor de él súbito un poco de vaga claridad donde percibe algo que parecen vidas. ¿Cuál es ésta, frente a él? Nada en su dirección, observa: es esférica, un vibración la agita, una pálida luz está dentro, ¿es una vieja bombilla que se acerca a su fin sobre una mesa llena de libros? Un estudiante está sentado ahí, la frente sobre sus cuadernos, los brazos alrededor de la cabeza. Parece dormido. Y las ventanas de su habitación están bien cerradas, pero afuera el agua golpea furiosamente los cristales. ¡Qué silencio!

Desplazarse, con un movimiento ligero de brazos tomar distancia de esta medusa.

¿Y esta otra, un poco menos brillante? ¡Pero si es el mismo joven! Lanza gritos, forcejea, intenta liberarse de dos siniestros esbirros que van a dominarlo, es evidente, y llevarlo ¿adónde? Rosencrantz y Guildenstern, con toda seguridad.

Así, a distancias diversas, esas existencias, esos fuegos. ¿Serán orgánicas, medusas, como decía, pulpos, inmóviles, una mirada filtrándose bajo alguno de los párpados, o serán hermosas nubes, suspendidas en el bajo cielo de increíbles colores no de mañanas no de noches? ¿Tal vez son sólo palabras, pensamiento? ¿Sólo un puñado de imágenes sin sentido que ni la memoria ni la voluntad disipan? Nudos de humo que forman una espiral en el agua ahora más azul que verde, cúpulas que el nadador no ve ya por encima de él cuando, delicadamente, desciende, busca.

Niño mío, ¿dónde estás? ¡No te ocultes!

Difícil, en verdad, la traducción. No se sabe si tenemos el derecho a imaginar.

Y se sumerge aún, se sumerge más adentro, más abajo, se sumerge aún más abajo, el traductor. Más raras y cada vez menos luminosas son esas vidas del abismo, no sabe si dotadas o no de consciencia. Polonius pasa corriendo, sin aliento, quejándose, es demasiado para ese hombre gordo, va a derrumbarse un poco más lejos, donde tendrá derecho a creerse sobre una playa de arena negra frente a una aurora ahogada de brumas.

Descender, sí, violentamente. Con la totalidad de los ojos interrogar la inmensidad de la noche. ¿Qué hacer con esa palabra, por ejemplo, en esta frase? Posee un ritmo, pensé que era inglés y tal vez lo es, pero esa palabra no, no es inglés, no es ninguna lengua conocida, ninguna de este mundo. En ese verso de Shakespeare es el silencio, que brilla tenuemente como hacen las piedras.

Descender. Ahora son necesarios años antes de poder percibir uno de aquellos seres, si acaso es la palabra correcta para nombrarlos.

El traductor comprende que no accederá jamás al suelo que ha soñado. Se confiesa a sí mismo que nunca, al encontrar por fin bajo su pie un poco de arena clara, volverá a erguirse, sus ojos ya colmados de luz. ¡Qué hermoso habría sido sin embargo, y tranquilizador, benéfico, tocar con las manos el gran naufragio! Está ahí, roto. De los mástiles inmensos nada queda en pie. Cofres de libros se han abierto, algunas hojas dispersas alrededor, no, ni siquiera eso. Una frase escrita en la proa podría ser aún visible. La harían surgir de la noche, con la ayuda de una antorcha eléctrica preservada para ese gran momento, se podría soñar con traducirla en alguna otra lengua distinta a este hablar de otra parte, de ninguna parte, que está en lo más profundo de cada uno de nosotros.

Traducción de Ernesto Kavi

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