Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La tercera reinvención | Ben Fountain

2016 fue el año en el que todos los rasgos enloquecidos de Estados Unidos aplastaron a los demás. Pantallas, memes, fake news, tormentas en Twitter, hackers rusos, tocadores de vaginas, los correos electrónicos de Hillary, la guerra, el muro, el resurgimiento de la derecha alternativa, el tamaño de las «manos» del candidato Trump, mentira tras mentira tras mentira, y dinerodinerodinero —entre más dinero, más mentiras: ¿será esta la regla básica de la política?—; todo lo anterior se combinó para producir una elección pavorosa, que costó más de mil millones de dólares. No se trató tanto de demócratas contra republicanos como del nacimiento de una extraña mutación, una criatura compuesta por una lógica política degenerada, creada por los aspectos tristes, psicóticos y vengativos de la vida nacional. La lógica de esta política —la lógica del Frankenstein— implica necesariamente que en algún punto el monstruo se vuelva en contra de su creador. Esta lógica no nos dice quiénes son los ganadores. Eso se decide en las batallas de las victorias y pérdidas cotidianas, pero sería difícil imaginar un conflicto más espectacular que el de esta criatura esquizofrénica de gran funcionamiento, en contra del propio sistema que lo condujo al poder.

Decir que Donald Trump es un hipócrita insulta la escala de las cosas. Si nos movemos lo suficientemente lejos por el espectro de lo hipócrita, en algún punto llegamos a la esquizofrenia, y el logro de Trump no se puede explicar más que en términos de psicopatía. Aquí teníamos a un candidato que profanó los valores familiares en numerosas ocasiones, dos veces divorciado, habitual personaje de los periódicos sensacionalistas, adúltero compulsivo que de continuo se expresaba en términos vulgarmente sexuales. «La persona menos racista que jamás conocerán», se describió a si mismo, al tiempo que animaba su campaña con guiños racistas tan manifiestos que los neo-nazis, el KKK y la derecha alternativa lo apoyaron con un lenguaje que apuntaba a un segundo advenimiento. Tras forjar una carrera como uno de los más célebres libertinos de nuestra época, comenzó a citar la Biblia en su campaña. Este autoproclamado gurú de los negocios con una complicada historia de bancarrotas, rescates, deudas impagadas y tratos con mafiosos. Un evasor del servicio militar, enamorado del ejército; un macho de lenguaje rudo, con una enorme fobia a los gérmenes; un defensor de las manufacturas americanas que vendía ropa de diseñador fabricada en el exterior; y un patriota orgulloso y estridente que profesa una misteriosa afinidad por Vladimir Putin, uno de los más acérrimos enemigos de Estados Unidos. El multimillonario Trump hizo campaña con un incendiario mensaje populista, sin ofrecer nada concreto o siquiera coherente en términos de salarios, sindicatos, seguridad social o un plan fiscal que beneficiara a la clase trabajadora, aunque su rebaja de impuestos ofrecía grandes beneficios a la clase alta.

Nada de lo anterior estuvo oculto. Las contradicciones de Trump estaban a la vista de todos, y las enarbolaba con el estilo grosero y desenfadado del cretino neoyorquino prototípico. De ahí que fuera todavía más extraño que esta estrella y símbolo de la vida de la gran ciudad se convirtiera en el héroe de los Estados Unidos profundos, los millones de hectáreas pobladas por gente honesta, en lo que se conoce como el Cinturón de la Biblia, que son el soporte central y sureño del país. ¡El tipo que venía de Sodoma y Gomorra les caía bien! Sus insultos y lenguaje coloquial fueron vistos como prueba de autenticidad: al fin aparecía un hombre que desafiaba a las élites tras tantos años en que la gente común tuvo que tragar su mierda, soportar las pedantes monsergas sobre la tolerancia y la diversidad, espetadas por supuestos expertos que nos decían cómo debíamos actuar. Resultaba muy molesto. Y nos judía la autoestima. Nos volvía sensibles y débiles cuando antes éramos fuertes, hasta que llegó este tipo rudo para señalarlo cada vez que abría la boca, diciendo todo aquello que uno quería decir en todos estos años en los que tuvimos que vivir pidiendo perdón constantemente, tan sólo por ser cómo éramos: venidos a menos, reprimidos, enojados, dirigiendo mil insultos al día contra Obama y los suyos, soportando malas noticias provenientes de Washington todos los días del año. Un milagro: ¡el hombre blanco que dice lo que piensa! ¡Libres, libres al fin!

Quizá sea esta la medicina más poderosa en la política, el líder que devuelve a las personas a su estado natural. Ser reconocido por lo que se es, confirmado y bendecido desde el cielo: toda una experiencia espiritual. Ser despojado de una pesada carga. Ya no hay dudas, ni profecías oscuras, tan sólo la certeza de ser bueno y estar del lado de Dios. El rapto no está fuera de toda posibilidad. ¿Qué puede ser más emocionante, además del sexo, que ser reconducido hacia uno mismo, quedando liberado de la opinión negativa que tienen los enemigos? Un atisbo de ese rapto podía escucharse en los mítines de Trump: los gritos de «¡Construyamos ese muro!» y «¡Hay que encerrarla!», emitidos como por romanos que contemplan cómo los leones le hunden los dientes a la carne cristiana.

«Dice las cosas como son». Cuántas veces no escuchamos esa alabanza. «Dice lo que mucha gente piensa». Al parecer, así́ era; mucha más de la que lo admitía ante los encuestadores, aunque es imposible no preguntarse qué tan sólida era la identidad blanca para empezar, cuando el acto de cortesía básica que va implícito en la corrección política es considerado como una amenaza monstruosa. Si las penurias económicas se esgrimen como la razón social para la victoria de Trump, no deja de ser cierto que varios millones de sus simpatizantes votaron en contra de lo que parecería ser su propio interés económico. Las mujeres blancas vota- ron por él a pesar de que Hillary promovía la paga igualitaria, junto con un amplio programa complementario que prometía ayudar con el agotador desafío —buena parte del cual recae en las mujeres— de conjugar la vida del hogar con la laboral. Los hombres blancos de clase trabajadora y clase media votaron por él a pesar de sus políticas convencionales que enriquecen a los más ricos (no obstante sus invectivas contra el libre comercio), mismas que han, principalmente entre la gente pobre y de clase trabajadora, estancado los salarios, reducido la esperanza de vida e incrementado la adicción a las drogas y las tasas de suicidio, y que han hecho que la movilidad hacia arriba sea la excepción y no la regla. La elección de Trump pareció́ ser el triunfo de la política de identidad —la política de identidad de los blancos— sobre el interés económico.

Por otra parte, quizá la política de identidad es económica. Quizá detrás de la victoria de Trump no hubo nada más que realismo económico puro y duro, un instinto popular bien afinado para comprender cómo han funcionado el dinero y la raza tradicionalmente en los Estados Unidos. Hay que decir que millones de estadounidenses, de manera implícita y con una buena dosis de razón, consideran que la libertad es un asunto finito: en la medida en que cualquier grupo, tribu o colectivo tenga mayor libertad, necesariamente los otros tienen menos. Y después tenemos el corolario, que nos aproxima más al meollo del asunto: entre me- nos libertad se tenga, más expuesto se estará al pillaje económico. Si juntamos las dos proposiciones obtenemos lo que se podría llamar la Antropología Estadounidense, los dos cuernos de un dilema endiablado sobre el cual se ha balanceado el experimento democrático durante doscientos cuarenta años. Las ganancias equivalen a la libertad; el pillaje es correlativo a la sumisión. En términos prácticos, el principio organizador se ha apoyado a menudo sobre la raza y el género, y la esclavitud de hombres y mujeres negras es el ejemplo más vívido. Está tan claro como las cifras en los libros de contabilidad de una plantación de arroz del Río Cooper, donde la esclavitud basada en la raza fue el motor para una tremenda creación de riqueza. La abolición de la esclavitud eliminó unos cuatro mil millones de dólares de capital de las cuentas de los esclavistas del sur. También, de manera literal, redujo la libertad de los esclavistas en relación con sus antiguos esclavos; o, para decirlo de manera más sutil, restringió sus prerrogativas, su licencia, el campo sobre el cual podía desplegarse su libre albedrío. Trabajo forzado, golpizas, robo, violación, tortura, mutilación, asesinato, secuestro: todo esto se encontraba dentro de las prerrogativas aceptadas para los esclavistas, todos eran mecanismos de control en una estructura social organizada para cometer pillaje a una escala industrial. Un poder —la prerrogativa— literal sobre la vida y la muerte de los demás. Un monopolio sobre la libertad, si se quiere ver así. Los esclavistas americanos gozaban de un rango de libertad que por estos días asociamos con los capos del narcotráfico y los dictadores lunáticos del tercer mundo.

El pillaje continuó de una forma ligera- mente menos brutal después de la abolición de la esclavitud, pero ahora se jugaba un juego de mayores alcances, un pillaje más universal en el que la raza todavía desempeñaba un papel primordial. Jay Gould, el robber baron1 del siglo XIX, ofreció una pista cuando dijo: «Puedo contratar a la mitad de la clase trabajadora para que asesine a la otra mitad». Un enfoque sorprendentemente cándido sobre la política de la división,2 pero Gould exageró la situación. No hacía falta que contratara a nadie; gracias a la historia racista de Estados Unidos, es muy fácil que alguien realice el trabajo a cambio de nada. Generación tras generación de politicastros se han visto beneficiados —así como sus simpatizantes— por azuzar la división racial, y el mensaje básico es algo así como: ¡Cuidado, gente blanca! ¡Ahí vienen los negros para apoderarse de sus casas, sus mujeres, sus trabajos, sus vidas! Es una maniobra tan elemental en el repertorio de los politicastros que nos ha sido legado como si fuera un término del arte político: «la estrategia sureña», y durante los últimos cincuenta años ha funcionado a la perfección para distraer a los blancos de clase trabajadora y clase media del inmenso pillaje de riqueza perpetrado por los estratos superiores de la sociedad.

Pero con la Gran Recesión de 2008, la serpiente petrolera comenzó a perder parte de su poder. La mayor caída en la riqueza familiar en ochenta años hizo que la gente pusiera atención a lo sucedido: el sentimiento generalizado era que nos habían estafado, y el propio gobierno así́ lo confirmaba. Las instituciones financieras que ocasionaron la crisis recibieron miles de millones de dólares de préstamos y garantías gubernamentales, reduciendo el dinero disponible para asuntos que ayudan a la clase trabajadora, como seguros de desempleos, alivio hipotecario y estímulos fiscales. Los banqueros continuaron recibiendo bonos inmensos; las grandes instituciones financieras se volvieron más grandes; y no obstante las maniobras especulativas que condujeron al colapso, y a pesar de que hubo numerosas denuncias en el Departamento de Justicia por presuntos crímenes cometidos, sólo un banquero de inversión de nivel medio acabó tras las rejas. Los movimientos del Tea Party y Occupy Wall Street compartían la rabia del hombre promedio al que jodieron por izquierda y por derecha, aunque la forma en la que esto se produjo, y quién lo hizo, estas preguntas básicas eran susceptibles de manipulaciones de cara a una población enojada, con bajos niveles educativos y expuesta a una gran cantidad de propaganda ideológica. Trump se montó en la ola aparejando una retórica populista de fácil digestión —¡el sistema está amañado!— con un racismo bastante abierto, la combinación más confiable en el libro de las maniobras de poder estadounidenses. Pero tras todo el ruido y la furia de la más extraña elección de la historia del país, la ecuación permanece intacta. Las ganancias son proporcionales a la libertad; el pillaje es correlativo a la subyugación. Hasta que cambien los valores en la ecuación, seguirá siendo una fórmula de engañabobos.

A lo largo de su historia, los Estados Unidos han debido reinventarse dos veces para sobrevivir como una democracia constitucional plausiblemente genuina. En ambos casos, la reinvención fue motivada por crisis sumamente pronunciadas, y cada una puede interpretarse como un punto de inflexión en la larga elaboración de ciertas palabras a las que el país ha recurrido una y otra vez para definirse a sí mismo. Las palabras estaban ahí́ desde el comienzo, presentadas como verdades «evidentes por sí mismas» en la Declaración de In- dependencia. «Todos los hombres son creados iguales». Todos los hombres «son dotados por su creador con ciertos derechos inalienables». Entre ellos —otorgados por el mismísimo creador, y, por lo tanto, sagrados— se encuentran los derechos a «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

El filósofo ilustrado, genio político y dueño de esclavos Thomas Jefferson escribió esas palabras; es justo decir que él también padecía la esquizofrenia estadounidense. Pero el potencial moral se encontraba contenido en esas palabras, y una persona razonable podría colocar ahí el centro de la historia de Estados Unidos, en la búsqueda por alcanzar ese potencial. En ningún momento ha existido plena- mente, o siquiera sido la meta en común. La abolición de la esclavitud, la primera reinvención, se produjo por la crisis de la esclavitud. ¿Debía incluirse a la gente de raza negra entre los «hombres… creados iguales»? ¿Debían tener el dominio de sus propias vidas, cuerpos, los frutos de su trabajo? Durante cuatro años el país ardió́ literalmente debido a estas preguntas; o se reinventaba a la nación como un orden social profundamente distinto —con una redistribución de la libertad, un restablecimiento de los valores en la ecuación de la libertad, las ganancias y el pillaje—, o se vería partido en dos. Unos setenta años después, la crisis existencial de la Gran Depresión obligó a una segunda reinvención, y si lo de «existencial» se lee como una exageración, se debe a que hemos perdido la justa apreciación por la agitación de los primeros años de la década de 1930. Si la nación hubiera elegido como presidente en 1932 a alguna mediocridad trágica del estilo de un Franklin Pierce o un James Buchanan, es fácil imaginar un estallido como el del abolicionismo, o incluso una deriva hacia una guerra civil y un régimen totalitario, como el ocurrido en Alemania durante la república de Weimar. Otro ardimiento literal. En vez de ello, apareció Franklin Roosevelt y el New Deal, su respuesta a la amenaza que el capitalismo industrial desatado representaba para la democracia. Roosevelt articuló como ningún presidente antes el vínculo entre libertad y ganancias, subyugación y pillaje. La vida moderna, aseveró, amenazaba con atrapar a la gente trabajadora en un nuevo tipo de yugo, una democracia en apariencia que mantenía las formas de la igualdad política mientras era cómplice de un sistema económico que le negaba cualquier incidencia real sobre sus propias vidas a la enorme mayoría de la población. Los primeros años de la década de 1930 ofrecieron pruebas contundentes para respaldar la aseveración de Roosevelt. Los comedores gratuitos, los campos para migrantes, los indigentes defecando a plena luz del día, por no hablar del National Mall, en Washington, DC, durante los meses en los que estuvo ocupado por los Bonus Marchers,3 rebosaban de ciudadanos maltrechos que, se puede aseverar con toda certeza, habían perdido cualquier tipo de poder real sobre sus vidas. En la Convención Nacional Democrática de 1936, Roosevelt abogó por un segundo mandato y la continuidad del New Deal:

La era de las máquinas, de los ferrocarriles; del vapor y la electricidad; del telégrafo y de la radio; de la producción masiva, la distribución masiva: todo lo anterior se ha combinado para producir una nueva civilización, y con ello una nueve serie de problemas para quienes desean seguir siendo libres.

Pues de esta nueva civilización han surgido nuevas dinastías, creadas por monarquitas económicos. Se construyeron nuevos reinos a partir de la concentración del control sobre las cosas materiales. A través de nuevos usos de las corporaciones, bancos e instrumentos financieros, de la nueva maquinaria industrial y agrícola, del trabajo y del capital —nada de lo cual fue previsto por los Padres Fundadores—, la estructura entera de la vida moderna se puso al servicio de estas nuevas monarquías…

Los monárquicos del orden económico han concedido que la libertad política es un asunto que le concierne al gobierno, pero sostienen que la esclavitud económica no es asunto de nadie. Conceden que el gobierno puede proteger al ciudadano en su derecho al voto, pero niegan que el gobierno pueda hacer nada para proteger a los ciudadanos en su derecho a trabajar y a vivir.

Hoy seguimos comprometidos con la proposición de que la libertad no es un asunto que pueda quedar a medias. Si el ciudadano promedio tiene igualdad de oportunidades en la caseta de votación, debe tener igualdad de oportunidades en el mercado.

El New Deal reinventó Estados Unidos por segunda vez: podemos llamarla la segunda redistribución de la libertad, una reelaboración radical de los valores de la ecuación de la libertad, las ganancias y el pillaje. Una reelaboración que sólo aplicaba a los blancos, hay que decirlo. Todos los hombres son creados iguales. No estamos ni cerca. La búsqueda de la felicidad. Cuando hay tanta gente obligada a correr la carrera de rodillas. Se necesitaría de la llegada del movimiento de los derechos civiles para retomar ese trabajo no finalizado, pero la reinvención del New Deal estableció́ una estructura, un marco general para el establecimiento de la igualdad, que no sería desafiado hasta la época de Reagan.

En todo esto hay un dejo de lo insólito. La Revolución de independencia y la abolición de la esclavitud están separadas aproximadamente por ochenta años. Más o menos el mismo periodo separa a la abolición del New Deal, que es el periodo de una vida humana razonablemente longeva, y casi el mismo tiempo que separa al New Deal de la actualidad. El reloj de largo plazo, sea coincidencia o no —historiadores místicos, ¡disfrútenlo!—, coincide con la evidente tensión de nuestro tiempo, una época de una economía demencial, en la que el uno por ciento superior posee una riqueza comparable a la de los antiguos sultanes y los reyes franceses anteriores a la Revolución, mientras que las clases medias y bajas se las ven negras para contar con necesidades tan básicas como seguridad social, o educar a sus hijos. Este tipo de desigualdad revela a gritos que la ecuación de la libertad, los beneficios y el pillaje está severamente dañada, y es seriamente incompatible con un sistema de gobierno que asevera ser democrático. La libertad arrogante de algunos —o, llámese como se quiera: autonomía, licencia, prerrogativa, privilegio— se traduce, como siempre ha sucedido, en el vasallaje económico de la mayoría, un estado de cosas completamente opuesto al prin cipio fundacional de Jefferson de la igualdad, así́ como la garantía de una autonomía significativa —los derechos a la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad— que, mediante la misma lógica moral, emana de la igualdad.

«Tiranía económica», la llamó Franklin Roosevelt, la amenaza capitalista moderna a la igualdad de derechos que buscó promover con el New Deal, igual que el movimiento antiesclavista —y Abraham Lincoln, en su momento— buscó acabar con esa anterior forma de tiranía económica legalizada, basada en la raza. Por supuesto, eso produjo una reacción. La más sangrienta guerra en la historia del país se libró por la tiranía racial, un baño de sangre que continúa hasta nuestros días. La reacción a la reinvención de Roosevelt se confinó a los márgenes políticos durante casi cincuenta años; tuvo que llegar Reagan para que volviera a la palestra nacional. Algunos la llaman «la revolución de Reagan»: el desatamiento de las fuerzas del mercado que trajo consigo claros tintes raciales, y la hostilidad conservadora hacia el gobierno demostró́ un particular desprecio para los esfuerzos del gobierno de volver real la promesa de la abolición.

Las enormes desigualdades, no sólo de riqueza, sino de oportunidades —desigualdades que son mucho más pronunciadas para la gente de raza negra— muestran de manera muy convincente que, en este momento de nuestra historia, la reacción está ganando. Tal vez es una señal de que hemos perdido todo el recuerdo del trauma que condujo a las primeras dos reinvenciones. No tenemos recuerdo, no en el sentido visceral, de la experiencia. La memoria viviente de la historia que alguna vez fue reciente se ha difuminado hasta convertirse en una mera abstracción; tal vez ese sea el significado de esos ciclos de crisis y reinvención que se producen cada ochenta años, que tenemos que volver a vivirlo todo de nuevo. Y tal vez nada que no sea una crisis existencial pueda desatar estos actos profundos de reinvención. Lincoln y Roosevelt tuvieron la visión y fuerza de voluntad para liderar al país hasta sacarlo de dos versiones distintas del infierno. Hay que preguntarnos qué tan cerca del infierno tendremos que llegar en nuestra propia época antes de que intentemos un acto de reinvención igual de drástico. O se produce con éxito, como ha sucedido dos veces en nuestra historia, o Estados Unidos se convierte en una democracia tan sólo en nombre, una farsa sostenida por la escenografía y los gestos de la democracia representativa, tan falsa como el plató de la más cursi película hollywoodense.

Traducción de Eduardo Rabasa

  1. El término robber baron se usa para describir de manera despectiva a los industrialistas estadounidenses del siglo xix, que acumularon grandes fortunas mediante métodos poco escrupulosos, cuando no abiertamente ilegales. (N. del T.)
  2. Adicionalmente a lo anterior, véase el comentario de un contemporáneo de Gould, Henry Adams: «La política es la organización sistemática del odio».
  3. El Bonus Army se compuso por 43,000 manifestantes, 17,000 de los cuales eran veteranos de la Primera Guerra Mundial, que se manifestaron en Washington en 1932, exigiendo pagos en efectivo por sus certificados de haber servido en el ejército. (N. del T.)
Post Tags
Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*