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La tumba de Stevie Ray Vaughan

No éramos Dylan y Ginsberg en procesión hacia la tumba de Kerouac, pero nos lo tomamos con la misma seriedad. Gabo me recogió en Bishop Arts en un camión de Fud. Lo atraparon conduciendo ebrio. Está bajo provisional. La tira le decoró el auto con un dispositivo al cual debe soplarle cada cinco minutos. Para comprobar que anda sobrio. Se rehúsa a manejarlo. El camión de Fud no cargaba embutidos. Estaba retacado de publicidad de la marca. Me acomodé en el asiento del copiloto y la solemnidad del momento se quebró, me sentí instalado en una comedia. Acepté viajar a Dallas por un compromiso literario porque deseaba visitar la tumba de Stevie Ray Vaughan.

Un par de semanas antes me había tatuado las iniciales de Stevie Ray, en el pecho del lado del corazón, tal como aparecen en la portada del disco In Step, como una especie de exorcismo. Me tomó bastante tiempo entender que la novela que escribo es un homenaje a mi ídolo y no al diablo, como creí varios años. Este equívoco me acarreó tal cantidad de dolor y desató una serie de acontecimientos de los que me estoy desahogando en la larga crónica titulada How to Fight Loneliness. Mi peregrinación a Dallas se producía también con el afán de cerrar el círculo y ponerle punto final a varios años de confusión, extravío y sufrimiento incesante. Nunca me lo propuse de tal forma, pero parecía que si no acudía a la tumba de Stevie Ray jamás podría terminar con mi suplicio. Mi viajé había sido programado meses antes, en 2016, pero una terrible enfermedad me impidió realizarlo.

Era mi primera ocasión en Dallas. El Laurel Land Memorial Park está ubicado en el norte de la ciudad, el distrito de los negros, como los héroes de Stevie Ray. Gabo ha vivido en Texas por siete años. Pero no conocía la tumba. Tuve que llegar yo a sonsacarlo. Entramos a la oficina de administración del panteón y nos topamos con una Big Mama. Una negra descomunal de anteojos y traje sastre. Gabo no demoró en chulearla. Qué tonto, jamás imaginé que la doña supiera quién era el difunto. Pero si Stevie Ray es una celebridad. Nos imprimió un mapa con las instrucciones para llegar a la tumba. Y nos informó que es un lugar muy concurrido por los amantes de la música. Que incluso han viajado fans de Japón o Dinamarca con el mismo propósito que nosotros. Subimos en el Fud truck y nos internamos en el cementerio.

Como sucedió con mucha música en mi vida, me adiestré en Stevie Ray Vaughan gracias a mi compa la Funda hace veintiún años. Vendía casetes grabados. Eran los noventa. Le mercaba música alternativa y rock de los setentas. Una de las ocasiones que me pasó a su cuarto, un santuario con una colección gigante de cd’s y un aparato de sonido rompe madres, me puso el video Live at the El Mocambo. Desde ese instante hasta el presente (y seguro hasta mi muerte) me ha obsesionado tanto la figura de Stevie Ray que me propuse escribir una novela en la que su música fuera protagonista. Fue así como surgió la idea de El santo madero (el diablo camina entre adobes como un niño con una boina sucia), la culpable de mis angustias y mis quebrantos. Le compré a la Funda una copia de Live at the El Mocambo, de quién es para mí el mejor guitarrista de la historia después de Jimi Hendrix.

Nos tardamos un par de minutos en localizar el sitio exacto del sepulcro. Lo descu brió Gabo. Era una isla entre los predios. Un letrero advertía: Vaughan State. Como una moneda tirada en el pasto refulgía la tumba de Stevie Ray. Debajo de su nombre aparecía la fecha de su nacimiento y la de su deceso (ocurrido en Wisconsin, una historia que ya es leyenda, en un accidente aéreo, en un helicóptero en el que estuvo a punto de subir Eric Clapton) y al pie las palabras: thank you… for all the love you passed our way. Por fin me encontraba en el lugar donde habían sido depositados los restos de mi héroe. Había realizado un viaje de años y de kilómetros para ese momento. No sé lo que sentí. No fue una epifanía. Ni nada por el estilo. Me persigné. Levanté la cara y vi las hojas de los árboles y a un jardinero que manipulaba una podadora. La luz del sol caía sobre mí. Es todo, Gabo, le dije, vámonos.

Tomé un par de fotografías que compartí en whatsapp con el Pipo, un compa de Torreón que hubiera dado un brazo por estar ahí. Esperaba encontrar la adoración por Stevie Ray más viva en Dallas. Pero no me sentía decepcionado. Justo en esos momentos había una muestra sobre su persona en Austin, lugar donde comenzó su carrera en el blues. Aquella noche, después de mi compromiso, me puse una de las borracheras más sabrosas de mi vida. Cuando llegas a Dallas por primera vez lo primero que hace tu anfitrión, sea gringo o no, es llevarte al bulevar donde le dispararon a Keneddy y a la casa donde vivió Lee Harvey Oswald. Pero nunca nadie te lleva a visitar la tumba de Stevie Ray.

Al día siguiente me subí al avión aliviado. Como quien ha pagado una deuda onerosa. Una deuda que por cierto no sé cómo adquirí. Pero había quedado saldada. Saqué mi iPod y le di play a «The Sky is Crying».

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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