Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

La turba | Eduardo Rabasa

Para Clayis, con todo mi amor

Tras evadir durante semanas la decisión por los medios más diversos a mi alcance, recibí un mensaje con tintes de ultimátum, que ya no me permitía mayor escapatoria: «¿Entonces qué, vato? No seas culo y nos vemos el jueves en Austin. Nomás me voy a casar esta vez en toda la vida, pinche cagapalos. Greg.»

Aquellos que me conocen bien —y Gregorio Campuzano, Greg para los amigos, me conoce desde que íbamos juntos a la primaria— saben que soy incapaz de resistirme a la nostalgia o al chantaje. Ante la combinación de nostalgia más chantaje, ya ni siquiera intento oponerme. A pesar de que Greg se mudó a Torreón desde la adolescencia, abandonando el futuro de chilango clasemediero que le deparaban las posibilidades de su madre para en cambio prepararse como legítimo heredero del emporio de cortes finos congelados de su padre, nunca dejó de insistir con su cursilería áspera de ranchero en que yo era su mejor y más antiguo amigo.

En sentido estricto, quizá tenía razón, lo cual decía más acerca de los vínculos sumisos de los torreonenses —determinados por el estatus económico de los diversos miembros del clan—, que sobre la solidez de nuestro vínculo. En los más de diez años transcurridos desde su partida, difícilmente nos habríamos visto más de cinco veces. Todas fueron repeticiones casi idénticas: nos embrutecíamos bebiendo Modelo enlatada en el comedor del departamento de su madre, situado en el piso doce de una austera torre multifamiliar en Copilco, rememorando a gritos nuestras aventuras adolescentes, al tiempo que luchábamos de manera velada por imponer el respectivo gusto musical como telón de fondo.

A mi parecer, Greg había alcanzado un curioso sincretismo, mezclando los complejos de nuestro estrato de resentidos capitalinos —siempre pululando alrededor de gente más rica, burlándonos a sus espaldas pero presurosos a acudir a la ocasional invitación— con la ostentación de su cofradía de yuppies norteños. Representaba una interesante muestra de las proporciones a las que puede llegar la combinación justa de arribismo,  gusto por el lujo vulgar, y un progenitor imbuido de la ética protestante ranchera, fijado en su empeño por acumular más dinero del que cualquier persona razonable fuera capaz de gastar.

Cada nueva foto publicada en las redes sociales, mostrando a Greg y sus esbirros con camisas de seda estridente, que anunciaban las fortunas que pagaron por ser vestidos por los diseñadores más exclusivos, nos proporcionaban interminables carcajadas a mí y a mis colegas del doctorado en sociología en la UNAM, con quienes invariablemente las compartía. Aventurábamos hipótesis para desentrañar las razones detrás del abundante sudor de Greg y sus secuaces. Observábamos la inclinación específica de sus sombreros de cowboy, como si quisieran distanciarse del estigma de retrógrados ajustándolos a un ángulo pensado para conferirles un aire sofisticado. Pobres pendejos. Además, siempre aparecían solamente hombres empapados, exhibiendo con orgullo los cadáveres de los pomos que se habían empinado (así les gustaba describirlo) a lo largo de la noche.

A decir verdad, la nostalgia y el chantaje funcionaron para autoengañarme acerca de los motivos por los cuales acepté participar en lo que ya se denominaba, a decir de las camisetas y las gorras de las más recientes fotos, greg’s ultimate bachelor party. Intentaba apuntalar lo que me parecía una genial idea para mi tesis doctoral, de título tentativo El mal gusto no conoce patria ni religión: hacia una semiótica de la ostentación yuppie.

Mi frustración de clase había adquirido las herramientas teóricas necesarias como para pretender realizar un estudio comparado de los rasgos distintivos comunes a los miembros de los estratos superiores. Mi hipótesis de trabajo se fundamentaba en una especie de visión estructuralista de distintas tribus yuppies. Si bien las variantes de la parafernalia específica parecían ante el ojo despistado lo suficientemente diversas como para pensar que, por ejemplo, los yuppies chilangos eran de Venus, y los yuppies torreonitas eran de Marte, mi propósito era trascender las apariencias para demostrar la existencia de formas inmutables, que simplemente eran tropicalizadas según las posibilidades específicas que ofrecían los distintos entornos para desplegar la ostentación.

Así que utilicé a la nostalgia y el chantaje como diques contra la admisión de mi vileza antropológica, y accedí a enfrentarme a los Gregs un jueves por la tarde en el motel Super 8, situado cerca del cruce entre la Interstate 35 y la 12th Street, al lado del Red River District, en Austin, Estado Constitucional de Texas, en la Unión Americana.

Desde que el taxi hizo su entrada en el estacionamiento fue manifiesto en dónde se hospedaba Greg, y por ende yo también. Nuestra habitación era el cuartel general de la despedida de soltero. Segura mente sin haber desempacado, los siete Gregs se habían apresurado en adaptarlo como una sucursal más de sus bacanales torreonenses. Creo que el taxista esperaba una mayor propina, pues me dirigió una mirada de desprecio al marcharse. Antes de llamar a la puerta del que sería mi hogar por las siguientes tres noches respiré hondo, reflexionando sobre lo irónico de que los rancheritos se creyeran tan pudientes y aun así reservaran habitaciones en un puto Super 8 de mierda. Ni modo. Todo fuera por el conocimiento.

Cuando alguno abrió la puerta, el Greg mayor y un compinche desafinaban con profundo sentimiento al compás de una de esas baladas pop gringas que tanto éxito tienen entre gente como ellos. El resto discutía con exaltación sobre algún partido de basquetbol que la televisión mostraba en silencio. El suelo era un campo minado de latas de Budweiser y Miller Light, bolsas semivacías de Doritos y otras frituras cuyo nombre yo desconocía. Las dos camas mostraban ya huellas de la pronunciada falta de higiene que tanto enorgullece a los yuppies norteños. Total, para eso está la gata que al día siguiente borra con paciencia todo rastro de sus excesos. No bien dejé la maleta junto a la cama que parecía un poco menos repugnante cuando fui víctima de un abrazo cavernícola por parte de Greg, que me sacudía mientras gritaba con efusión:

—Este pinche vato es mi mejor amigo de la vida. Al puñetas que lo toque le pongo en toda su madre. Como por extensión, me convertí también en compadre de los demás Gregs, pues se congregaron para zangolotearme con palpable entusiasmo. Mientras terminaban de saludarme con su particular violencia ritual, tuve la impresión de que sus rostros se fusionaban en uno solo. A pocos centímetros de mí, emanaban un aliento a cerveza con jalapeños que encima me escupía en los párpados. Se agitaban en una risa escandalosa que acentuaba lo abotagado del rostro único, donde el brillo del cabello con gomina se confundía con el brillo de la piel marcada por cráteres permanentes. El arrepentimiento por estar ahí recorrió mi espina dorsal en un fugaz escalofrío. ¿Para esto había faltado a mi cineclub de los jueves? Ese día comenzaba el ciclo de Kurosawa. Estaba convencido de que incluso el más estoico de sus samuráis colapsaría horrorizado ante el espectáculo que me ofrecía el comienzo de greg’s ultimate bachelor party.

Para recomponerme, recordé rápidamente que mi misión tenía en realidad un tinte antropológico. Decidí que la mejor manera de estudiar a especímenes tan alebrestados era mimetizarme con su entorno, de manera que estuvieran relajados y exhibieran su comportamiento habitual. Para dar un golpe de efecto —y también para cerrar un tanto la brecha de la ventaja que me llevaban— tomé el beer bong que yacía tirado en una esquina de la habitación, lo lavé con jabón, le pedí a alguien que me pasara un par de Budweisers, y me las bajé de un solo trago. Ese acto produjo un nuevo estallido de júbilo en los Gregs, que entre otra ronda de palmadas y zangoloteos me hicieron saber que a pesar de todas las diferencias que nos separaban, yo era uno de los suyos. El Greg oficial me plantó un beso viscoso que rozó peligrosamente la comisura de mi boca, mientras balbuceaba algún refrendo de nuestro juramento de amistad.

Continué acortando distancias a base de Budweisers y Doritos, aprovechando la confusión etílica para enchufar mi iPod y apoderarme del control de la música. Pasé las siguientes horas medio prestando atención a la enésima evocación greguiana de nuestras proezas juveniles mientras me refugiaba en una cuidadosa selección musical de rock clásico. Por fortuna, estaban tan inmersos en su papel que no objetaron ni amagaron con volver a su mezcla aleatoria de corridos y pop americano desechable.

En algún momento, el festejado se levantó de su silla dando tumbos y, sin pronunciar palabra, comenzó a acicalarse. Tras enjuagarse la cara con agua reforzó lo inamovible de su cabello con una nueva capa de gel. Se enfundó en unos jeans ajustados que se veían más apretados debido a su incipiente corpulencia. Con gran delicadeza, extrajo de su maleta una de esas camisas de seda que tantas veces presumiera en las redes sociales. Los patrones garigoleados de colores exuberantes me produjeron momentáneamente un efecto hipnótico. Los círculos intentaban convertirse en cuadrados, los cuadrados en triángulos, los triángulos en rombos, y los rombos en alguna cosa más. Salí de mi sopor cuando el resto de los Gregs obedeció la orden tácita, levantándose y yendo a sus habitaciones a prepararse para salir a conquistar Austin.

En un gesto deliberadamente rebelde, tan sólo me quité la camiseta, pues a causa de los reflujos inherentes al beer bong se encontraba humedecida por la cerveza, y busqué en mi maleta la camiseta que trae estampada la rana característica de Daniel Johnston. Conforme la manada volvía a congregarse a las afueras de nuestra habitación, escruté sus expresiones en busca de alguna respuesta al «Hi, how are you?» que les dirigía la ranita de ojos desorbitados. A juzgar por su indiferencia, les habría dado igual si yo estuviera ataviado con un taparrabos. Decepcionado a causa de mi provocación fallida, me dejé llevar hacia nuestra próxima parada.

Recorrimos el puente que cruza la Interstate 35 y giramos a la izquierda en Red River Street, casi a la altura donde comienza la zona de bares y otros sitios de perdición emblemáticos de Austin. En la esquina hay un pequeño parque que sobrevuela lo que debe ser un afluente menor del río que atraviesa la ciudad, el Colorado River. Sentado en una banca de concreto estaba un viejo con un largo mechón blanco que flotaba en medio de su cabeza calva. Llevaba una maloliente gabardina verde olivo, y sus escasas pertenencias estaban regadas de manera desordenada a sus pies. Intentaba forjarse un cigarro mientras se reprochaba sin cesar por algún recuerdo tormentoso de su juventud. Como si formara parte de la misma coreografía, en la otra acera se apreciaba una mujer negra de pelo corto y vestimenta ligera, también con sus escasas posesiones desperdigadas a su alrededor, vociferando y gesticulando en semicírculos, como en vías de acceder a un trance religioso. Me pareció ser el único de la comitiva que reparaba en su existencia. Los Gregs en cambio, habituados a recorrer las calles de Austin buscando emociones para sus bachelor parties, enfilaban a paso firme por Red River Street.

Al pasar frente a un sitio llamado Stubb’s, Greg tiró de mi cuello con vigor hasta que nuestras cabezas se juntaron, para comunicarme una sorpresa que había guardado con estricto celo: al día siguiente tendríamos el privilegio de acudir a ese mítico escenario musical para escuchar a uno de sus grupos preferidos, Walk the Moon. Con su habitual fervor de vocabulario restringido, me dijo conmovido que no se le ocurría una mejor manera de abandonar para siempre el mundo de los vatos libres. Una marejada de gente que abandonaba el recinto arruinó el momento de comunión amistosa.

Dicen por ahí que la vida es sabia y en general no nos carga la mano con más de lo que podemos soportar en determinado momento, sino que nos suministra con precisión las dosis de fatalidad que nuestra particular constitución es capaz de resistir. Sólo así me explico no haber reparado en ese instante ni en la marquesina luminosa ni en las decenas de camisetas que anunciaban el nombre de la agrupación cuyo concierto recién había concluido. De otra manera, sin duda me habría unido a los estados mentales de castigo eterno en los que se encontraban los indigentes que recién encontráramos.

Continuamos abriéndonos paso entre las legiones que conforman la vida nocturna de Austin. Algunas calles se encontraban cerradas para acoger todo tipo de puestos de comida y bebida, más algunos escenarios improvisados donde tocaban grupos de cuarentones que seguramente se encontraban en ese momento en la cúspide de sus carreras. Tuve la impresión de que todo ese despliegue estaba cuidadosamente ensamblado para hacer justicia a un eslogan que se revela omnipresente desde que uno aterriza en esa ciudad: Keep Austin Weird.

Los Gregs se dirigían sin chistar a algún sitio en específico, aún desconocido para mí. Presas de la ansiedad, aceleraron el paso hasta casi un trote ligero que llegó a su fin cuando se reveló cuál sería esa noche el primer escenario de nuestro desenfreno: el Coyote Ugly Bar.

Los gringos son expertos en exprimir su entretenimiento chatarra hasta niveles insospechados. No conformes con habernos endilgado la película del mismo nombre, continúan explotándola con franquicias como la que daba origen a este bar. Entrar era como traspasar el umbral que conduce a un mal sueño cíclico, de esos en los que, aunque el soñante es consciente de encontrarse en un mundo onírico, lo vivido se repite con su lógica terrorífica a lo largo de la noche. Dispuestas de manera estratégica por el bar rectangular había pantallas que mostraban la infame película. El entorno la imitaba a un grado tal que no era sencillo señalar las diferencias. Incluso, mientras las espectaculares bartenders hacían su baile semierótico sobre la barra, lo que imagino era un palero le vaciaba en el pecho agua a una de ellas, para crear el efecto de wet t-shirt que tanto entusiasma a los americanos. La bartender salvaje supuestamente respondía con una patada y se trenzaba a golpes en el suelo con el ofensor.

Los Gregs estaban fuera de sí. Se metían dos dedos a la boca para emitir un silbido que retumbaba por toda mi cabeza, para esas alturas ya aturdida por las fuertes impresiones de la velada, las Budweisers ingeridas en el cuarto, y unos repugnantes shots que Greg no paraba de pedir.

Estuvimos un rato largo inmersos en ese loop infernal, hasta que Greg pagó la cuenta blandiendo su American Express platino como si fuera un lazo. Con la mirada lasciva fijada en el pronunciado escote de la mesera, le dejó una propina descomunal. La chica se aseguró de sonreírle hasta que Greg abandonó el bar completamente embobado.

Con el mismo paso firme que nos condujera al Coyote Ugly Bar, los Gregs enfilaron en procesión de vuelta hacia Red River Street. Antes de que se metieran a lo que a todas luces era un putero, le di un abrazo al festejado, balbuceé en su oído que lo quería mucho, y me dirigí a derrumbarme al Super 8.

En el parque de la esquina volví a toparme con el anciano indigente. Tiraba cartas al suelo con la mirada vidriosa, en un gesto mecánico que a mi juicio acentuaba la insoportable eternidad en la que debían transcurrir sus días. Fijó su mirada a la mía mientras yo daba la vuelta trastabillando. Intenté sin mucho éxito acelerar el paso para escapar de su campo de influencia, aquejado por un temor irracional a que de alguna manera su estado mental pudiera resultar contagioso.

Al mediodía siguiente me despertó el aliento que emanaba de los ronquidos de Greg. Lo único que había conseguido quitarse eran las botas puntiagudas. Tanto el resto de su atuendo como el gel fijador de su cabello permanecían intactos. Con sumo cuidado de no despertarlo, intenté atemperar mi sensación pastosa con un regaderazo y salí a dar una vuelta por la ciudad. En parte me impulsaba un genuino deseo de visitarla, pero mi mayor motivación consistía en alejarme por unas horas de mis compañeros de viaje.

Caminé de nuevo por la 35, pero ahora seguí de largo en Red River Street. Al pasar por el parque me asomé al riachuelo en busca del anciano indigente. Esta vez lo sorprendí en calzones, haciendo buches con la mano en forma de cuenco, enjuagándose los dientes recién lavados. En su espalda arrugada destacaban unas manchas que bien podían ser tan sólo costras de mugre permanente. Esta última irrupción en su intimidad terminó por exasperarlo. Me pintó dedo vociferando insultos con una voz gutural incomprensible. Lo contemplé hasta que se cansó de gritar para retomar sus actividades higiénicas. Seguí mi marcha hacia el Museo Barton, situado en el campus de la Universidad de Texas, donde había una exposición de arte inspirado por la lucha de los derechos civiles en Estados Unidos.

Al aproximarme al museo fue visible una de las tribunas del grandilocuente estadio del equipo de futbol americano de la Universidad de Texas. Recordé fragmentos de una conversación sostenida por dos Gregs la noche anterior, en la que anunciaron su emoción por visitar el Salón de la Fama de los Longhorns (ahí supe que ése era el mote del equipo). Uno de ellos tenía especial devoción por un legendario jugador llamado Ricky Williams. Según afirmó, había localizado por internet a un coleccionista dispuesto a venderle uno de los rulos de las trenzas emblemáticas de dicho jugador.

A mí el nombre me resultaba familiar a causa de un artículo donde el tal Williams era acusado de haber recibido dinero a cambio de expresar públicamente que padecía alguna variante del trastorno bipolar, con el consiguiente enriquecimiento de las compañías farmacéuticas que vendían los medicamentos para combatirlo. De manera que ese Greg y yo coincidíamos por vías diametralmente opuestas en que Williams era un engrane de una perversa maquinaria corporativa destinada a fabricar ilusiones para luego vendernos un paliativo. O al menos ésa fue mi interpretación en ese momento introspectivo, mediado por unas ganas de vomitar que conseguí aliviar en el baño situado a la entrada del museo.

Nunca he confiado en los curadores de exposiciones. La mayoría de ellos son artistas frustrados, que expresan su resentimiento desplegando la obra del artista con deliberada mediocridad. Suelo ir siempre un paso delante de ellos, así que por lo general recorro la exposición en el orden en el que me da la gana.

Ese día lo primero que me atrapó fue la fotografía de un tipo tan siniestro que a la distancia me pareció ser Richard Nixon. Al aproximarme descubrí que se trataba de un gobernador de Alabama que  había luchado contra el ingreso de dos jóvenes negros a la universidad. La fotografía de Richard Avedon lo capturaba desafiante, orgulloso de su gesta, como si buscara con ahínco a otros negros insolentes que osaran entrometerse en su territorio.

Después me dirigí hacia un lienzo blanco en el que el artista había empotrado un lavabo, rodeado por una mancha negra difusa, trazada con alguna especie de plumón marcador. Como música de fondo de la exposición reverberaba una voz lacerante, que resultaría ser la de Nina Simone entonando una melodía sobre la segregación rampante de varios estados sureños.

Mi pieza favorita fue un cuadro de gran tamaño que mostraba a una mujer negra con un paliacate rojo atado a la cabeza, sonriendo mientras disparaba la ráfaga de una potente ametralladora. A un costado aparecía la leyenda «The real Aunt Jemima».

Me detuve un instante a ver un video que capturaba la histórica promulgación firmada por Lyndon Johnson de la ley de derechos civiles, ante la mirada del propio Martin Luther King. Me sorprendió escuchar la afirmación del presidente de que si bien era posible comprender las causas de la segregación racial, explicadas tanto por la historia como por la naturaleza humana, era inadmisible continuar perpetrándolas. A mi costado se encontraba un chico negro con un periódico bajo el brazo. La fotografía de primera plana mostraba a un grupo de jóvenes, negros también, bailando y rapeando sobre una patrulla abandonada como si fuera un fósil prehistórico. Era una imagen capturada el día anterior en Baltimore, como parte de los disturbios raciales ocasionados por la muerte de un joven a manos de la policía de la ciudad.

De camino hacia el motel comí una hamburguesa en la primera cafetería universitaria que me topé, más por un deseo consciente de hacer acopio de energía antes de volver a fusionarme con los Gregs, que por hambre verdadera. Al pisar el estacionamiento experimenté un sonoro déjà vu. En la habitación se reproducía la escena del día anterior. Nuevamente, nuestro líder anunció con sus actos que había llegado la hora de partir. La única diferencia era que ahora acudiríamos primero al Stubb’s, al concierto de Walk the Moon, antes de regresar a lo que los Gregs consideraban la versión terrenal del paraíso: el Coyote Ugly Bar.

Envalentonado por los sucesos de mi día, hurgué en mi maleta en busca de la camiseta más radical posible. Me decanté por una cuyas mangas me llegaban hasta medio antebrazo, con el emblema circular de The Who estampado en el pecho. Al verla, esta vez mis compañeros realizaron algunos juegos de palabras relativos a la identidad. Preferí no responder nada y emprendimos la marcha hacia el Stubb’s. Asediado por un sentimiento de culpa, estaba decidido a regalarle todo mi dinero al anciano indigente del parque. No lo vi por ningún lado mientras pasábamos presurosos por ahí.

Al aproximarnos a Stubb’s pudimos apreciar a una marabunta de teenagers gringos agolpándose para entrar. No presagiaba nada bueno. Mientras el guardia de seguridad nos colocaba la pulsera que nos cualificaba como aptos para emborracharnos, alcancé a ver que de la reja abierta colgaban hojas de papel con la programación de toda la semana. Quise cagarme en la puta madre que parió a Greg y en la sucesión de eventos de su miserable vida que desembocaron en que yo formara parte integral de la greg’s ultimate bachelor party: ¡los Kaiser Chiefs habían tocado ahí mismo la noche anterior! Mientras yo atemperaba con la subnormalidad de unos yuppies torreonenses en el Super 8, una de mis bandas favoritas había dado un concierto a una distancia de menos de diez minutos caminando. Seguramente después habían estado tomando algo por ahí mientras estos imbéciles aullaban de emoción en el Coyote Ugly Bar.

Incluso Greg intuyó que pasaba algo, porque me estrujó con el brazo derecho y se abrió paso entre la densidad de teenagers que aplaudían para animar a Walk the Moon a apersonarse en el escenario, y me condujo directo hasta la barra. Con su sonrisa de lobotomizado me preguntó qué quería pistear. Pasaron por mi cabeza los insultos más lacerantes que fuera capaz de dirigirle, pero una vez más la nostalgia y el chantaje obtuvieron la mejor parte de mí:

—Un vodka doble con Red Bull, pendejote.

Al grito de «Eso, chingao», Greg y yo nos tomamos el primer vodka de un tirón, antes de pedir otro y acompañar a los suyos en un hueco arrancado a la muchedumbre expectante. ¡Los putos Kaiser Chiefs! Mi rencor continuaba en escalada cuando aparecieron los integrantes de Walk the Moon, cobijados por ese inconfundible chillido que se produce cuando miles de adolescentes se encuentran al borde de un ataque de histeria.

De la parte trasera de la tarima empezaron a dispararse luces láser multicolor, que rebotaban alocadas en las lentejuelas rectangulares del saco del vocalista. Los Gregs chocaban palmas y saltaban abrazados. Yo sentía la bilis produciéndose en mi interior.

Al poco tiempo de escuchar distintas variantes de la misma tonada plástica, sin tener ganas de nada más que de alejarme un poco de la concurrencia, me aparté de nuestro grupo para dirigirme hacia los baños situados en una rampa descendiente, justo en el otro extremo del escenario. Al pasar hacia las cabinas plásticas colocadas en hilera, el guardia ahí apostado advirtió mi camiseta y me dirigió la habitual señal de aprobación con el dedo pulgar hacia arriba.

The Who, man! Yeah! What a great concert!

What? ¿Cuál concert? No entendía de qué me hablaba. Le pedí con mi inglés atropellado que clarificara su aseveración.

The Who, man! The remaining ones played in Austin two nights ago. You didn’t make it?

Me llevaba la chingada madre. ¿También The Who había tocado en Austin apenas un par de días atrás? Qué importaba que sólo quedaran Townshend y Daltrey. Los iría a ver incluso en versión holograma. ¿Qué más faltaba? ¿Acaso había en ese momento un unplugged de Pink Floyd en el Coyote Ugly Bar?

Me encerré en uno de los baños y amagué con destruirlo a puñetazos, pero una parte de mí recordó que en Estados Unidos eso podría no ser bien visto por las autoridades. Sin terminar de abotonarme el pantalón salí furioso y me dirigí hacia la calle. A la mierda con Walk the Moon. A la mierda con Greg y sus esclavos. Sólo me quedaba embrutecerme hasta perder el conocimiento y esperar que todo lo sucedido fuera simplemente una mala broma.

Entré a tomar algo en cada bar que encontré hasta desembocar en la zona de Red River Street cerrada al tránsito vehicular, donde se encontraba la música en vivo y los puestos de todo tipo. Temeroso de reencontrarme con los Gregs, me parecía verlos al acecho por doquier. A la distancia suficiente, cada persona que avanzaba hacia mí era uno de ellos en potencia. Cuando se acercaban hasta el punto del desengaño, continuaban su camino dirigiéndome un rango de muecas que abarcaban desde la lástima hasta la simpatía que genera el patetismo ajeno.

Quizá fue mi instinto de superioridad lo que me hizo enfocarme en un alma más atribulada que la mía. Al menos sus problemas eran bastante menos imaginarios: se trataba de una chica rubia en shorts y camiseta de tirantes que por alguna razón estaba siendo arrestada. Se encontraba sentada sobre una de las mesas de madera colocadas en la calle, con las manos esposadas por detrás de la espalda. Su semblante no mostraba ninguna consternación particular.

Aun así, el deseo de venganza pronto me tuvo increpando a los dos policías barrigones a cargo de la situación. Siempre en español para que no pudieran entenderme, o al menos no del todo, pasé de preguntarles por los motivos de la detención —«Get away from here, son, it’s none of your fucking business»— a embarcarme en una inconexa perorata sobre la inmoralidad de su papel como gendarmes del capitalismo posindustrial. Cuando el oficial Malloy se disponía a esposarme y colocarme al lado de la chica, apareció un monstruoso chicano para llevarme tomado del brazo a la voz de «Tranquilícense, guys, yo me llevo de aquí a mi amigo». Los policías se encogieron de hombros con hastío, y devolvieron su atención a la rubia, que después de todo se encontraba un paso por delante de mí en su procesamiento por alteración del orden público.

Todavía tomado del brazo, me dejé conducir por mi benefactor,

quien se presentó como Stuart Méndez, hijo de padres mexicanos

pero, afirmaba ufano, «más americano que el chilli con carne». En

cuanto consideró que me encontraba fuera de peligro se despojó de sus

lentes oscuros por un instante y pronunció con solemnidad divertida:

—A ti te gusta la diversión extreme, ¿o no es así, guy?

La indiferencia de mi respuesta corporal nos condujo hasta abordar su automóvil, un Ford destartalado que parecía sacado de una película policiaca de los setenta. El cinturón de seguridad de mi asiento había sido estirado de una vez por todas, con lo cual la diferencia entre abrochárselo o no era meramente psicológica. De todas maneras, opté por la opción segura. Maniobrando con destreza por las calles de Austin, Stuart Méndez alcanzó pronto un freeway que parecía desembocar directo en la nada. Sin mayor explicación sobre nuestro destino, comenzó a contarme que el negocio inmobiliario más rentable del momento en Estados Unidos eran los tráiler parks. En efecto. Los tráiler parks. Wave of the future, guy. Confrontado con mi silencio, Méndez detalló que al principio él tampoco lo creía, pero que había podido constatar en persona que se trataba de toda una realidad.

Su lógica era hasta cierto punto impecable: había veinte millones de americanos, o sea el 6% de la población, que por las buenas o por las malas se habían convencido de que su variante particular del Sueño Americano alcanzaría, si acaso, para vivir en una casa rodante. Propia en el mejor de los casos, alquilada en el peor. ¿Todavía no le creía? Very well. Entonces cómo me explicaba que magnates de la talla de Warren Buffet tuvieran inversiones millonarias en el ramo. Pero, eso sí, como todo en ese país, había peceras para los peces de todos los tamaños. Los magnates se ocupaban de lo grande pero, a decir de Stuart Méndez, había poblaciones marginales que también necesitaban de un lugar para vivir, incluso si prácticamente nadie deseaba tenerlos como vecinos. Por ejemplo, estaban los white trash, las drag queens, los musulmanes y los pervertidos sexuales recién salidos de prisión.

—¿Los pervertidos sexuales recién salidos de prisión? —fueron las primeras palabras que le dirigí.

—Pues claro, guy. ¿Tú te crees que viven con paredes de aire? ¿Conoces alguna familia que los quisiera cerca?

A decir verdad no, no conocía ninguna familia que los quisiera cerca.

—Pues ahí está, guy —prosiguió—. La moda son los tráiler parks donde viven juntos los apestados de la buena sociedad. Yep. Puro degenerado sexual viviendo en paz, codo a codo.

—Y aquí es donde entro yo en la historia, guy —continuó embalado

Stuart Méndez. Por razones obvias, los pervertidos necesitaban poder desfogar sus tendencias chuecas. De lo contrario, lo sabía cualquier persona, la sociedad entera podía pagarlo caro. Así que él regenteaba un tugurio medio clandestino en un tráiler park para degenerados sexuales, situado a poco más de diez kilómetros de la ciudad de Austin.

—¿Y quién atiende sus necesidades? —pregunté por mero protocolo, intuyendo claramente la respuesta descarnada a mi pregunta.

Stuart Méndez irrumpió en una carcajada:

—Tú me gustas, guy. Ahorita lo ves con tus propios ojos.

Llegamos a un tráiler park que, pese a que yo jamás había estado en ninguno, se veía justo como cualquier otro. Las casas rodantes me parecían más próximas a las casas de lámina y adobe tan tradicionalmente mexicanas que a las respetables casas de varilla y concreto que habitan los yuppies y no tan yuppies de ambas naciones. Aunque tuve que reconocer la ventaja que suponía poder movilizarlas con libertad, y no que ocurriera únicamente debido a diversas contingencias sísmicas o climáticas, siempre tan difíciles de prever para sus habitantes.

Stuart estacionó su Ford afuera de una casa rodante que se distinguía de las demás por estar rodeada por un cableado de focos multicolor que centelleaban al unísono. Noté que en un árbol contiguo yacían apeñuscadas una abundancia de mochilas, sacos de dormir, botellas  vacías, latas de conserva y otro tipo de artículos que corroboraban mis sospechas sobre la condición social de los empleados del prostíbulo regenteado por Stuart Méndez. Ante mi titubeo, me empujó con cierta firmeza de los hombros y me condujo al interior.

No se trataba de una noche de particular actividad. Detrás de la barra se encontraba un indigente desdentado, con la barbilla reposando sobre ambas manos, a la espera de que la escasa clientela solicitara alguna bebida. Los supuestos pervertidos se encontraban sentados en los taburetes colocados en las mesas cocteleras que rodeaban a la pista de variedades. Transmitían un aire entre la melancolía y el aburrimiento. En todo caso, ofrecían un contraste favorable ante lo espeluznante de las bailarinas exóticas que pululaban por ahí, hablando consigo mismas como si discutieran con sus respectivos tics.

En automático me dirigí a la rockola colocada en una esquina, inserté una moneda y casi de inmediato empezó a sonar mi selección, «Pinball Wizard», de The Who. Me desplacé hasta sentarme en la mesa de Stuart Méndez, quien ya me esperaba con unas Budweiser escarchadas, cortesía de la casa, guy. Emergió del camerino una mujer entrada en los sesenta, con el cabello gris dividido por unos mechones formados por el sebo capilar. Llevaba al descubierto unas tetas diminutas que parecían más abultadas por la rugosidad de su piel colgante que por el volumen que alguna vez contuvieran. Entre la tanga y los pies se veían diversos moretones, raspaduras y piquetes como de aguja. Era difícil decir si sus contoneos hacia el tubo central eran producto de una intención sensual, o si más bien era incapaz de caminar con normalidad.

A causa de mi selección musical, la bailarina intentaba seguir el ritmo de la música con unos espasmos que parecían el instante previo a un infarto fulminante. Méndez y los degenerados aplaudían y silbaban de pie. De todas las cientos de veces que yo había escuchado «Pinball Wizard», jamás me pareció tan agonizantemente eterna.

Hasta la fecha no he logrado ofrecerme una explicación convincente de por qué lo hice, pero tan pronto concluyó me apresuré a sacar de la pista a la vedette, tomándola suavemente de la mano, para decepción de uno de los pervertidos, que llevaba un rato salivando en el borde, a la espera de su oportunidad. No me motivó en modo alguno la calentura, sino algo más parecido a una combinación entre lástima por ella y repulsión hacia mí mismo. El asunto es que me condujo a una habitación que quedó prácticamente oscura una vez hubo cerrado la puerta. Hurgué en el bolsillo y le entregué el dinero restante. Esforzándose por parecer sexy, se pasó la lengua seca por los labios, atoró mis billetes en su tanga y avanzó hacia mí para cumplir con diligencia su parte del trato.

Todo sucedió deprisa. Ahora pienso que en el fondo me pareció que rechazarla la despojaba del resquicio de dignidad restante, pero no estoy seguro de que esa idea realmente cruzara por mi mente en esos momentos. Fue más bien un caso de inercia causada por un movimiento de orígenes misteriosos, o en los que prefiero no indagar. Cuando la tuve hincada sobre mis piernas, desabroché mi pantalón con la mano temblorosa y la ayudé a masturbarme a una velocidad que resultaba más dolorosa que placentera. Algo se compadeció de mí, de manera que terminé bastante pronto. No tuve el valor para quedarme a contemplar la escena un momento más. La hice a un lado con un ligero manotazo y salí de la habitación privada, con el miembro aún colgando fuera. Uno de los pervertidos me miró con una sonrisa cómplice que probablemente seguiré viendo en mi cabeza por tiempo indefinido.

Ya vestido, me paré frente a Stuart Méndez con los ojos desbordados de lágrimas y la quijada temblando por la presión de mi mandíbula. Dio un puñetazo a la mesa que hizo retumbar la estructura entera de la casa rodante, y como si formara parte del mismo movimiento me asestó un bofetón con el revés de su manaza, para después empujarme con todo el peso concentrado en sus extremidades, aventándome contra una de las mesas cocteleras del establecimiento. La perspectiva desde el suelo le confería un aire descomunal. Desde las alturas encogió los labios con desprecio y me gritó con su voz ronca, mientras apuntaba con el dedo índice hacia la puerta del lugar:

—¡Tú no eres naiden, guy, naiden! Get the fuck out of here antes de que me arrepienta.

Con el ardor del bofetón reverberando en mi orgullo estupefacto, caminé sin detenerme hacia las luces de Austin, hasta que paulatinamente fue haciéndose de día. Pasé a un costado del parque que conduce a la piscina de Barton Springs. Chicos y chicas de cortes de cabello estilizados se perdían en la maleza corriendo o en bicicleta, en algunos casos acompañados por sus perros o carriolas. Por fin llegué al Super 8 para encontrarme con que Greg seguía despierto, tomándose una cerveza más para añadir a la montaña de latas apiladas en la mesa. Se encontraba viendo con un volumen casi inaudible una de esas fiestas junto a la piscina organizadas por mtv, donde adolescentes espectaculares bailan a plena luz del día como si estuvieran al borde de un orgasmo. Destapé una cerveza para brindar con él por enésima vez en su festejo, y me senté en silencio a ver la tele a su costado.

Ilustración de Zsu Szkurka

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