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La última generación caliente: mi cita con un queer

—Me parece bien tu rollo pero, si deconstruyes todo lo que eres y hasta hace poco lo que te representaba, salvo los aplausos que recibes por renunciar a todo lo tóxico ¿con qué te quedas?—  pregunté…

Suspiró, torció la boca y volvió a suspirar. Luego se encogió de hombros y contestó:

—La satisfacción de que nunca es tarde para cambiar y ser buena persona…

Su respuesta me recordó aquella frase de Guillermo Fadanelli en El idealista y el perro: «Hay algo de artístico en fingir ser un buen  humano».

El barbón masticó algo de pensamiento, luego diagnosticó mi masculinidad tóxica como incurable, que tenía tatuado el patriarcado pero, pues, qué se podía esperar de un tipo que boxea y, en verdad, llevaba tatuado la ilustración de Tom of Finland, según él, uno de los magnánimos acusados de introducir la musculosa homonorma a la cultura gay arruinando su diversidad. Cosa que me llamó la atención pues hace no mucho, cuando se estrenó la película de Dome Karukoski sobre la vida de Tom of Finland y sus batallas contra la censura, se la pasó tuiteando flores para mi ilustrador indispensable, refiriéndose a él como transgresor, revolucionario y héroe. Después, el barbón metería las manos a las vísceras del revival del voeguing y por lo visto, su visión cambió por completo.

Acepté por una sencilla razón: someter mis prejuicios bajo la luz de la duda, como esas que alumbran, amenazadoras, las indagaciones en los Ministerios Públicos de México. También por ociosa calentura. El barbón fue parte de un blind date organizado por un cuate que respeto. Más o menos sabía de él por sus insoportables hilos en los que nada satisfacía su sed de justicia no-binaria, pero a simple vista me pareció cachondo y erguido. Aunque esas bermudas en colores pastel a mitad del otoño debió ser una señal de advertencia.

Más o menos he deducido una ordinarez: los millenials pueden ser la primera generación en normalizar lo que se conoce como Trastorno de la Identidad Disociativa, eufemismo clínico y hasta mamón para referirse a la doble personalidad. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que tuiteros agresivos con determinados temas como  la masculinidad tóxica, el feminismo, los privilegios, la deconstrucción, las nuevas teorías queers, en el mundo del pavimento real, en persona no son tan inmamables y definitivos.

Los millenials. Porque el cuarentón, cinco años mayor que yo, era más ansioso al momento de defender las mismas posturas contra la masculinidad tóxica que propaga en su cuenta de Twitter. Si los chavorrucos somos patéticos, los gays cuarentones que se han subido los tacones queers se me figuran como Chabelo, con arrugas y esos pervertidos shortsitos untados a sus piernas flácidas, adornado de brillantes y bolsillos perversos que escondían morbosamente una opción a la catafixia. Tenía ciertos arrebatos marrulleros a pequeña escala, que me recordaban el nerviosismo de esas personas que protagonizan documentales de desprogramación después de haber estado cautivos en una secta.

Cuándo le preguntaba que te va, en la cama, respondía con circunloquios de lugares comunes políticamente correctos hasta la madre de posmodernos, como que últimamente tenía problemas para contestar esa pregunta porque quería evitar a toda cosa el poder masculino, la dominación o no se qué pendejadas relacionadas con el colonialismo patriarca. Chale. Tanto pinche pedo para una coger me recordó los mismos culpables conflictos de aquellos gays atormentados por el castigo eterno, ardiendo en llamas, tan sólo por sentir rico mediante el violento placer de la sodomía.

Entonces, lo dijo: no podía contestar a mis preguntas porque se encontraba en un momento en el que cuestionaba su lugar como hombre en una sociedad hipersexualizada, que somete la dignidad de las personas al capitalismo salvaje y la única forma de alcanzar la paz de la humanidad, era, dejar de coger, acaso como símbolo de protesta, como cuando en el catequismo te dicen que no cojas o te masturbes porque es pecado, pero desde la redención Marxista o algo así.

Ya nada tenía que hacer ahí. Me sentí como el hombre de la última generación caliente porque esa idea de renunciar al sexo se está popularizando en muchas personas que buscan deconstruir aquello que los incita a la violencia y dominación.

¿Cómo harán para deconstruir una verga parada tan sólo por la inyección de sangre y hormonas? Empecé a pendejear en lo que quedaba del bar mientras el barbón iba y venía para instigarme: ¿Porqué tienes que ser tan machigay y homonormado? Sencillo: me resulta cómodo. Y práctico. En la exiliada república de mis sábanas soy un jodido tirano. Y mis fetiches, como la debilidad por lo ruidosamente masculino, no hacen daño a nadie. Yo y mis poppers no somos instituciones públicas como para andar enmarañando, con chantajista trampa, gustos con discriminación de forma maniquea. Tampoco me sentiré culpable por no cumplir las expectativas de un grupo que pretende corregir los males de este mundo, hostigando desde un feudalismo moral a quienes no piensen como ellos, sólo porque cobraron conciencia de su relación con las injusticias en poco tiempo y a velocidad de fibraóptica…

Ya entrada la noche y la borrachera, me encontré un viejo fuck buddie y empezamos a hacer el ridículo. El barbón regresó a medio preguntar si cogeríamos o no…

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