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La vida perruna | Goran Petrović

Goran Petrović

Le gusta sentarse en el parque que se encuentra al bajar del Teatro Dramático Yugoslavo. Por lo general escoge una banca por donde pasan los transeúntes empleados en el nuevo edificio del Banco Nacional de Serbia o los oficinistas de los ministerios vecinos, incluso los burócratas de la misma sede del gobierno. El parque fue «restaurado » hace unos años. Ralearon los árboles, instalaron iluminación moderna, colocaron cubos de basura con un diseño innovador, ensancharon y empedraron los senderos que antes eran de arcilla.

La gente de negocios bien vestida, pasa de prisa junto a «su» banca. Todos tienen en común la cara seria. Eso no resulta sorprendente, cien metros a la redonda, a lo largo de la calle Nemanjina, se resuelven cosas de importancia decisiva para el Estado y el pueblo. No todo el mundo tiene tiempo de sobra, no todo el mundo anda de ocioso, alguien tiene que estar al pendiente de todo. Al fin y al cabo, al menos uno de todos estos hombres vestidos con pulcritud seguramente está pendiente de él. Bueno, tal vez no precisamente de él, con su nombre y apellido. Pero, en efecto, alguien se preocupa también por los indigentes y desempleados (de manera general y con sus respectivos porcentajes). A él, personalmente, no lo ven. Si acaso lo notan en la banca, desaliñado, no particularmente limpio y a medio rasurar; evitan mirarlo a los ojos. Vuelven la cabeza. Lo cual él no les reprocha, porque adónde llegaríamos si todos miraran a todos. Se retrasarían las gestiones en el edificio del Banco Nacional, en los ministerios, en el gobierno…

Así transcurren las horas de la mañana: los oficinistas se cruzan, normalmente toman el atajo por el sendero del parque junto a «su» banca. Se apresuran de la calle Nemanjina a la de Svetozar Marković… y viceversa… Entran o salen corriendo de las entrañas del nuevo estacionamiento subterráneo… Están retrasados para la comida de negocios en el restaurante Manjež… Incluso, si alguno se detiene por querer tomar un respiro en la banca, nunca elige el lugar junto a él, aunque todos los demás estén ocupados. Eso no ha sucedido jamás: que alguien se detuviera, mucho menos que se sentara junto a ese hombre.

Tampoco nadie se detiene en las horas de la tarde cuando por el parque pasan los que quieren o acaban de comprar boletos para las mejores obras de teatro en el país. Él, personalmente, jamás ha visto una de esas funciones en el Teatro Dramático Yugoslavo, pero deben ser muy buenas. De no ser así, por qué se juntaría a la hora del crepúsculo, frente al teatro, tanta gente fina que sonríe con gracia y murmura con emoción. Él, personalmente, jamás ha visto una de esas funciones, pero sí ha visto a actores y directores de teatro conocidos. Junto a «su» banca pasan también los primeros actores camino a sus ensayos. Se ven pensativos, tal vez repiten para sus adentros el parlamento que les toca decir, tal vez están preocupados por la función de la noche, por si tendrá éxito y si ellos causarán buena impresión en el público. Por eso es completamente normal que no se fijen en él.

La gente pasa. Pasan los días. Los mеses. Él está sentado en «su» banca aun cuando llovizna con tenacidad, aun cuando todo se cubre de una película de escarcha y cuando, a causa del sol, el aire hierve y reverbera.

La gente pasa. Pasan los días. Los meses. Él está sentado en «su» banca aun cuando llovizna con tenacidad, aun cuando todo se cubre de una película de escarcha y cuando, a causa del sol, el aire hierve y reverbera. Está sentado y observa a la gente, aunque ésta se comporta como si él no existiera. Y si alguien, por pura casualidad, lo nota, enseguida vuelve la cabeza como si ahí no hubiera nada para ver. Lo cual no le molesta. De lo contrario, le daría pena porque sabe muy bien que su aspecto es como para que uno diga «¡Dios me libre!».

Pero entonces, todo cambió. En la primavera de este año. Por casualidad. Encontró a un perrito. El can tenía un collar. Seguramente era de raza. De cualquier forma, era cariñoso. Pequeño y vivaz. Tenía un aspecto noble, un hocico simpático, la cola recortada, el pelambre blanco brillante, a decir verdad, un poco enredado y bastante sucio en las puntas. Al principio esperaba que apareciera una dueña histérica o un amo arrogante. Pero eso no pasó. Si el perrito fue abandonado o perdido ya no importaba: él lo había encontrado o el perrito lo encontró a él. Toda la comida que tenía la dividía en partes iguales. De lo que disponía: la mitad era para el perrito. Además, la primera mitad. El perrito lo miraba con gratitud.

Sin embargo, eso no fue todo. También los transeúntes dejaron de alejar su mirada de él. Ya nadie pasaba así nada más. Al menos le tomaban la medida al perrito, algunos aflojaban el paso, otros incluso se paraban… Sucedió también que uno de esos eternos ceñudos, le dijera:

—¡Qué bonito es! También se dio que una señora, aunque de apariencia soberbia, le preguntara:

—¡Ay, es tan hermoso! ¿Y cómo se llama el perrito?

—¡Đorđe Đorđević! —dijo sin pensar su propio nombre y apellido, tal vez porque no se le había ocurrido antes darle al perrito un nombre propio para su especie.

—Pero eso es para las personas… —se sorprendió la señora.

Sin embargo, el perrito volvió a hacer algo irresistible, movió sus orejas, meneó su cola cortada… La señora sonrió y al pasar junto a «su» banca al día siguiente, preguntó:

—¿Cómo estás, Đorđe Đorđević?

No, no se dirigió a él, miraba al perro, pero eso le bastó para contestar:

—Está bien, ¿y usted?

—Bien, muy bien… Ay, ¡qué perrito más educado eres! —contestó admirada.

Y así, con el tiempo, empezaron a detenerse ahí los severos empleados del Banco Nacional, los sofocados burócratas de los ministerios, los preocupados oficinistas gubernamentales, los pensativos actores y directores del Teatro Dramático Yugoslavo, los emocionados espectadores de las obras teatrales… Y todos recordaban el nombre del perrito. Todos le hablaban con cariño y se alegraban de volver a verlo. Y él, siempre dispuesto a platicar, contestaba en nombre del perrito. En nombre de Đorđe Đorđević. Sin importar que ellos siguieran sin interesarse por su nombre.

Traducción de Dubravka Suznjević

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