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La vida sin Paul | Marie Darrieussecq

Ya no me despierto a las 4:44, sino a las 3:33, y pienso «Paul». Paul está muerto, mi editor y mi amigo desde hace veintidós años, Paul Otchakovsky-Laurens, el fundador de las ediciones P.O.L. En los vapores del insomnio, los recuerdos se precipitan como pequeños seres separados. La habitación flota en una bruma, el recuerdo de un hombre, su presencia. La tristeza pesa como un monstruo, pero los recuerdos a veces son divertidos, agitan su cascabel, traen frases, imágenes, a veces bromas. Cada vez que Paul veía a mi perra, exclamaba: «¡Mamá!». Se llamaba Odette, un nombre proustiano del que yo ignoraba que también era el nombre de Madame Otchakovsky, su madre. Y me digo, febril de insomnio y de tristeza, que si Paul apareciera, yo estaría encantada, inquieta por mi salud mental, pero para nada asustada: Ah, Paul, buenos días, qué hacemos, cómo nos organizamos, discúlpeme por recibirlo en este estado, nunca he encontrado más contenta de no tener un libro para darle en este momento, pienso en Nicolas Fargues o en Jean Rolin que publican en estos meses sin usted, bajo sus iniciales pero sin usted, P.O.L., hasta donde yo sé usted no es una marca, usted no es AOL o Castrol, usted está vivo, ah, pero no, dónde tengo la cabeza, un automovilista lo ha lanzado contra un árbol. Me gustaría sentir cólera, pero no lo logro, aún no, simplemente no logro dormir. Querido Paul, una de nuestras últimas conversaciones fue sobre el sueño. Usted se levantaba casi siempre al alba para leer, y se dormía justo cuando usted quería: «Para eso, soy una feliz naturaleza», la expresión me sorprendió, escucho todavía el tono de su voz. En Montreal, durante la última feria del libro, me dijo que se había despertado a las seis de la mañana, había tomado una foto de la nieve para Emmie, su esposa, y se había vuelto a dormir muy fácilmente otras dos horas. No conocía el cambio de horario. Juntos compramos jeans en «Pantalones superiores», una tienda pintoresca

atendida por una familia judía. Jean-Paul Hirsch, su más fiel colaborador, rivalizaba en bromas con usted, y usted fingía ofuscarse. Estar con usted era reír. No conocía la melancolía, iba siempre hacia delante, lleno de proyectos a los setenta y tres años, y con una forma olímpica. Estaba elegante con sus jeans negros, orgulloso de haber perdido seis kilos al limitar la bebida, «Volví a subir dos, pero está bien, ¿no?». No le gustaría que yo escribiese eso, era un hombre púdico que publicaba libros que hablaban a gritos por usted. No está aquí, y tengo ganas de jugar a la niña, al gato loco, al ratón verde, de escribir horrores, pero no encuentro nada, nada peor que decir esto: usted está muerto. Es la primera vez que le encuentro un error. Por supuesto, ya nos preparábamos, ya no era un recién nacido, pero era sólido. Pensaba en Maurice Nadeau, que murió a los ciento dos años, y me decía que teníamos tiempo. Nunca tenemos tiempo. Usted me dijo: «Hay que hacer las preguntas a las personas cuando están vivas», pensando en sus dos madres. Era uno de esos raros casos de hombres que tienen dos madres, biológica y adoptiva, y las dos muy presentes en usted. Era la mezcla más sorprendente de razón y de locura que he conocido. No era mi padre, era mi editor. No tengo ningún remordimiento, le hice las preguntas que quería, usted me respondió. Tuvimos veintidós años, un gran fragmento de vida, toda una juventud. Ahora, estoy sin usted.

Traducción de Ernesto Kavi

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