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¿Las tribus realmente regresan? | Peter Sloterdijk

Los globalistas se equivocan: no son las ideologías grupales* sino el aislamiento lo que fomenta nuevas modalidades del autoritarismo. Un par de anotaciones en torno a un discurso recientemente adoptado.

Recientemente se habla bastante de la aparición de comportamientos gregarios en las sociedades modernas. Los universalistas y los globalistas, los cuales se veían en la necesidad de acordar a la noción de humanidad un trasfondo común, una cierta afinidad subyacente, ahora despiertan repentinamente, y no sin horror, de aquel hermoso sueño. Y ya tienen identificados a los culpables: los nacionalistas, los regionalistas, los culturalistas.

Sin embargo, ¿está resurgiendo en verdad una noción de tribu? O, ¿no es acaso el tribalismo algo tan antiguo como fundamental para el ser humano? Y si tal postulado fuera correcto, entonces, la pretensión de una humanidad común y universal estaría efectivamente en contradicción con el mero hecho de que individuos distintos pertenecen a distintas culturas. A la par, se va evidenciando también que, en la medida en que el hombre pierde sus puntos de referencia, se vuelve receptivo a nuevos mensajes autoritarios.

Lo que es claro, sin duda alguna, es que vivimos en un mundo cuya forma está sincronizándose cada vez más. Esto se puede ver en lo que respecta al movimiento del capital, de bienes, de información y de personas. En todos estos ámbitos es evidente la presencia de una especie de presión moderna hacia una existencia en la simultaneidad.

Al mismo tiempo, también es cierto que los miembros de distintas civilizaciones hacen uso de distintas narraciones a través de las cuales significan su situación en el mundo actual. Hasta el punto de que algunas culturas utilicen distintos calendarios; si no, sería ingenuo creer que todo el mundo vive «gregorizado» simplemente porque nosotros, en Occidente, usamos dicho calendario.

Los días festivos de la iglesia de Europa del Este son determinados a partir del calendario juliano, el cual conlleva un retraso de trece días. O consideremos las cronologías judías o árabes, las cuales no comienzan a partir de nacimiento de Cristo; así, hoy estamos en el año judío 5778 (empezando desde la Creación), el año islámico 1439 (empezando con el peregrinaje de Mahoma de la Meca a Medina). Además, grandes países como China o Irán poseen sus propias concepciones de calendarios, y no están dispuestos a integrarse a una definición unilateral de un solo tiempo occidental para el mundo entero.

El mundo nunca ha sido uno

Aun cuando en el ámbito de los calendarios hemos identificado un pluralismo complejo, en el ámbito de los relatos locales, de manera crucial, encontramos una irreductible cantidad de estilizaciones de los sucesos globales —y esto no sólo a través de mitologías, a las cuales todas las culturas recurren a un nivel práctico frente a la perplejidad: la necesidad de «dar cuenta de» comienzos en los cuales no había testigos humanos. Igualmente, en lo que concierne a los grandes relatos históricos, en un sentido estricto, todo se debe considerar desde un perspectivismo radical. Es decir, desde el punto de vista de la teoría cultural es plausible que existan tantos relatos como hay lugares capaces de proyectar dichas narraciones.

Por esta razón no es correcto decir que el mundo se está fraccionando en incontables grupos, como si en algún momento hubiera estado unificado en un todo incluyente-homogéneo. Lo que hoy sucede en realidad es el desmoronamiento de la hegemonía de los Estados Unidos: solamente dentro de aquella proyección, mitad pragmática, mitad imaginaría, parecía representable la utopía de una occidentalización permeable del mundo.

Tales concepciones se confirman como ilusorias por varias razones: por un lado, el liderazgo de eua en Occidente con Trump en la presidencia genera más rechazo que fascinación; por otro lado, Europa, entre tanto, permanece en una posición de relativa debilidad política y, finalmente, la resiliencia cultural de ciertas regiones a lo largo y ancho del orbe se consolida como oposición concreta frente a la uniformidad de Occidente —y esto no se reduce exclusivamente a la esfera árabe, o la iraní, o la turca, sino que incluye también China, Indonesia, Asia central, África y Latino América. La situación global poscolonial, de igual modo, ha dado espacio a numerosas manifestaciones de resentimiento anti-occidental.

Sería, pues, un grave error reducir la suma de dichas tendencias a un concepto desdeñoso como «neo-tribalismo». Hacerlo sería manifestar más la perplejidad de un universalismo impotente, en lugar de mostrar una disposición para discutir el hecho de que existe una pluralidad y una multipolaridad en dichas tendencias.

Culturas divididas

En lo que respecta a la dimensión cultural del problema, no yace simplemente en un pluralismo étnico que se refleja en los relatos locales, incluso si a estos se les denomina como nacionalistas o nativistas; sino que, más bien, es algo que se va mostrando cada vez más y más en una profunda asimetría que no deja de crecer al interior de cada cultura: un abismo entre el pasado y el futuro. Se podría hasta hablar de una colisión inmanente entre el futurismo y el tradicionalismo. Misma que acontece tanto en los espacios limítrofes que delimitan cada cultura, como, asimismo, dentro de las culturas mismas.

Algunos afirman que tal especie de presión hacia la modernización no es más que el único destino posible para las culturas hoy en día. Sin embargo, no todos los destinos siguen el mismo trayecto. Desde un punto de vista macrohistórico, todas las culturas deben tener presente que existen dos dificultades generales: por una parte, el hecho de que la tierra es un ecosistema planetario finito y que la política ecológica únicamente lo puede considerar así; y, por otra parte, comprender que, la transición del tradicionalismo hacia el futurismo es inevitable y está sucediendo en todas partes. Lo que significa que muchas culturas deben entender que miran hacia pasados en su mayor parte perdidos, y dependen, de tal manera, por la mayor parte, de formas de futuros comunes.

De esto surge un situacionalismo global, uno en el cual la única tierra como ubicación colectiva de todas las culturas ocupa el proscenio. Los relatos locales son obligados, cada vez más, a coordinar los horizontes idiocrónicos de sus construcciones históricas con el horizonte sincrónico virtual de un único tiempo global. Tanto mejor cuando, de tales exigencias, surgen modelos multiperspectivos de una historia universal.

El malestar frente a la fuerza centrífuga, esta especie de presión moderna, que ya abarca también la vida social contemporánea, no yace en el supuestamente reciente tribalismo, sino en otra parte. Al panorama de la modernidad le pertenecen efectivamente tendencias hacia una individualizacion creciente, a la cual, le corresponde, a su vez, el aumento constante de una cierta conectividad. Mientras que, por un lado, los individuos no dejan de subrayar cada vez más su incomparabilidad, se van volviendo, en igual medida, más dependientes de la división laboral, de la economía financiera, de los servicios de comunicación y de una participación en los flujos de información más allá de sus alrededores inmediatos. Thom Mayne describió tal situación desde una perspectiva de la teoría de la arquitectura a través de la fórmula «aislamiento conectado» (Connected isolation).

El gran aislamiento

La lúcida expresión se puede reconocer fácilmente en el tipo de vivienda predominante de la sociedad contemporánea: según cifras de estudios demográficos, entre un 50 y un 60 % de los habitantes de las metrópolis occidentales viven solos, sea en estudios, como los que proliferaban en la década de 1920, sea en departamentos de varias habitaciones, del tipo que fuera concebido para pequeñas familias. Una mayoría significativa de tales singles no hace más que reiterar que se conciben a sí mismos como suficientemente integrados en lo referente a lo social, hasta el punto incluso de enfatizar las ventajas de su modus vivendi: como ningún otro, concede, de manera simultánea, la ventaja de una cercanía elegida libremente, junto con el confort de la distancia.

Frente a este conjunto de hechos podemos reconocer uno de los aspectos de este fenómeno del tribalismo, al que los críticos de la condición moderna no le adjudican más que un rol secundario. La antropología histórica nos remite al hecho de que, al inicio de los tiempos, la evolución del homo sapiens debió haber tenido lugar en pequeños grupos, los cuales identificamos incidentalmente como hordas —o, según se prefiera, como clanes o tribus.

El hombre sería, por consiguiente a su diseño antropológico, primero que nada, un ser de grupos pequeños, el cual no se reeducaría sino tardíamente, hasta la era temprana de los pueblos y los reyes, volviéndose hasta entonces capaz de coexistir, en relaciones y lazos sociales que incrementarían paulatinamente. En este respecto, los vestigios escritos y los sistemas visuales de civilizaciones antiguas en su estado avanzado nos aportan lo esencial.

Es en el helenismo tardío donde surge el concepto de «cosmópolis», una audaz equiparación entre la ciudad y el universo. Los habitantes de esta inmensidad imaginaria se autodenominaron cosmopolitas. La concepción de una ciudad en el universo se nutría y orientaba de las experiencias de comerciantes, de marineros, de oficiales y de intelectuales viajeros. Su interés común se apuntaba hacia una doctrina que predicaba un poder-vivir-en-cualquier-lugar. La cual, a su vez, implicaba un «humanismo» como el arte de volverse a sí mismo el extranjero amigo: quien por doquier está en casa, por doquier está en exilio.

El «humanismo» como tribalismo fungía desde esta perspectiva para los enviados al extranjero. Desde esta posición, el mundo está lleno de amigos, amigos a los cuales no hemos conocido aún. Ya el antiguo humanismo, empero, era prudente en este respecto, puesto que, justo quien no está en casa, tiende a reconstruir un remplazo de aquel entorno primario a partir de grupos pequeños, a menos que eligiera la forma de vida ascética del ermita, la cual se sirve de una asocialidad sagrada como excusa.

El giro autoritario

Desde este punto de vista se vuelve evidente que las formas de vida individualistas del presente inevitablemente van de la mano con una considerable conectividad en el ámbito de la telecomunicación —si no, tanto el éxito rotundo de la dimensión técnica de una telefonía ampliamente propagada, como también el desbordado flujo de las redes sociales, no podrían explicarse. Una buena parte de la energía vital de un individuo en las redes de los «aislamientos conectados» fluye hacia la construcción de «tribus», de conjuntos informales elegidos por mano propia constituidos de amistades, de conocidos y de miembros de alguna asociación local, sea a través de medios postales o de medios de telecomunicación. Esto les permite a los habitantes de espacios solitarios romper con el aislamiento idiocrónico de sus departamentos, para poder así formar parte del tiempo colectivo de las redes sociales, un tiempo habitado por contemporáneos.

El problema no son tales construcciones voluntarias de «tribus», sino, al contrario: donde faltan dichas «tribus» espontáneas se originan situaciones problemáticas política y socialmente hablando. Es a causa de tales vacíos que los individuos desorientados, sin pertenencia alguna, son atraídos por grandes movimientos que les prometen una suerte de tierra natal en el ejercicio de un compromiso abstracto.

Los análisis clásicos del fenómeno del totalitarismo revelan que son los aislados, los que no tienen relaciones estrechas, quienes se encuentran en la situación peligrosa de ser fácilmente seducidos por planteamientos autoritarios y por figuras líderes. Donde se suspenden las instancias intermediarias de relaciones sociales —llamémosles simplemente las cuasi-tribus espontáneas—, ahí se gesta el peligro de que individuos perdidos se identifiquen con ideologías de hechura nacionalista, pseudo-comunitaria y sectaria.

Traducción de David Luna Velasco

*Stammesdenken se traduce aquí como ideología de grupo. El término Stamm, el cual significa tanto tronco o cepa como también raza o tribu, y, de forma extensiva, origen, recorre y constituye una gran parte del texto. Implica tanto una forma de pertenencia racial como territoria He optado por traducirlo, dependiendo el contexto, como grupo o tribu, mientras que en sus acepciones como adjetivo he optado por gregario o grupal, según la situación. (N. del T.)

 

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