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Por Eduardo Rabasa

En un hermoso texto donde narra los orígenes de la editorial Adelphi, Roberto Calasso explica que la piedra fundacional de lo que con el paso del tiempo se convertiría probablemente en el más importante proyecto editorial de calidad de los últimos cincuenta años lo constituyó el concepto de «libros únicos». Con ese término un tanto enigmático, Calasso alude a aquellos libros que se escriben como consecuencia de una experiencia trascendental que le sucede a su autor, y en ese sentido lo esencial es la experiencia y no el libro como tal. El libro es una consecuencia, casi un residuo, que como pudo haber sido escrito pudo no haberlo sido, pero ya que existe cobra una fuerza, una vibración, un «sonido justo» que lo distingue de otro tipo de libros que carecen de esa fuerza. Si tomamos prestado el concepto, podríamos afirmar que la carrera literaria entera de un autor ya tan consagrado como Etgar Keret se compone de una especie de «escritura única», surgida de una experiencia traumática que le sucedió al autor, frente a la cual no encontró más remedio que ponerse a escribir. Como suele suceder ante situaciones trágicas, se produce entonces una inmensa ambigüedad moral, pues sin el terrible suceso que orilló a Keret a convertirse en escritor, mismo que sin duda en su momento él habría preferido no vivir, miles de lectores en todo el mundo jamás habríamos conocido sus inconfundibles mundos. ¿Deberíamos entonces agradecer que su mejor amigo se haya suicidado de un balazo frente a él en un búnker del ejército israelí? No sé si alguien se atrevería a responder en sentido afirmativo. Aun así, me parece razonable afirmar que Tuberías, el primer libro de Keret, consecuencia directa de ese suceso traumático, rezuma en cada una de sus páginas, en cada uno de sus cuentos, el estremecedor suceso que ocasionó su existencia.

De manera inconfundiblemente keretiana, parecería que su incursión en la literatura hubiera sido extraída de su propia escritura. Antes del fatídico día en que de alguna manera lo obligó a presenciar el suicidio, tras una noche de copas el amigo le pidió, estacionados frente a casa de Keret, que le diera una buena razón por la cual no debía suicidarse, y en ese caso no lo haría. Luego de meditarlo en silencio durante más de dos horas, Keret se vio orillado a reconocer que no se le ocurría ninguna, por lo que se bajó del coche en silencio. Al poco tiempo se produciría el suceso traumático que lo convertiría en escritor.

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De esa manera, en los cincuenta y cuatro cuentos que componen Tuberías se aprecia ya claramente el sello inconfundible de la escritura keretiana, pero también es cierto que nos encontramos frente a un Keret un tanto más dark, un tanto más violento, de manera comprensible, principalmente en los cuentos que abordan directamente temas vinculados con el ejército, y en particular con el conflicto entre israelíes y palestinos. Y es que si bien Keret jamás ha abordado temáticas sociopolíticas de manera expresa, el trasfondo de sus historias a menudo involucra temas como ataques terroristas, asesinatos políticos, ceremonias en honor del Holocausto, los efectos de las visitas de Henry Kissinger a Medio Oriente, como si quisiera utilizar el entorno tan convulso como telón de fondo, de manera que el absurdo en el que a menudo discurren las vidas de sus personajes fuera casi una consecuencia natural del mismo. Así por ejemplo en el cuento «No son personas», cuando tras una salvaje golpiza propinada por una patrulla israelí a un árabe a quien sorprenden llevando consigo una bomba Molotov, uno de los soldados, de nombre Stein, es presa de un ataque de conciencia y pide que detengan la masacre, uno de sus superiores le responde: «¿Qué te pasa? ¿Te crees la Cruz Roja? Esos mierdas sólo piensan en una cosa, matarte. Es su única razón para vivir. Métetelo en la cabeza. Por fuera quizá parezcan como nosotros, pero no lo son. No son personas». Y, por mayor repugnancia moral que nos produzca la escena, es necesario reconocer que dentro de la psicología y motivaciones mediante los cuales construye Keret a sus personajes, la respuesta del oficial se impone como eminentemente plausible, e incluso casi inevitable. Esa capacidad para hacernos comprender —aunque nunca empatizar con— lo crudo y descarnado, es a menudo una señal de que nos encontramos frente a literatura, en el sentido más estricto que pueda adscribírsele al término.

Y quizá la clave para adentrarnos en el universo keretiano la constituya el cuento que da nombre al libro, «Tuberías». Ahí, un joven preparatoriano con «serios problemas de comprensión» es enviado a una escuela técnica de carpintería, para posteriormente comenzar a trabajar en una fábrica de tuberías, donde se aficiona a quedarse después de su turno para construir tuberías de formas extrañas por las cuales arroja canicas, hasta que un día la canica no emerge por el costado contrario. Es entonces cuando tiene la idea de construir una tubería de gran escala, para meterse en ella y no volver a salir más pues «No creo que hubiera otro hombre en el mundo que deseara más desaparecer que yo». Cuando finalmente se sumerge queda inserto en una especie de limbo para seres que no encajan en las normas convencionales, pues «los que no se adaptan verdaderamente al mundo encuentran el camino para llegar aquí». Podríamos comprenderlo como una metáfora de lo que ha buscado Keret al construir sus tuberías extrañas, pobladas por conejos que hablan, o por un grupo de minúsculos hombrecitos que le hacen compañía a un chico al que acaba de dejar su novia, cuya compañía disfruta tanto que cuando ésta vuelve termina dejándola él, con tal de que regresen sus diminutos compañeros de cartas y de borrachera. Y es que incluso los lectores nunca terminamos de salir del todo de los sinuosos recovecos de las tuberías de Keret, o al menos no salimos sin un innominado sentido de extrañeza y de ridículo frente a aquello que hasta entonces habíamos considerado como algo perfectamente normal, convencional y deseable.

Por último, quisiera hacer referencia a uno de los cuentos más hermosos del libro, «Gulliver en islandés». En él, un extranjero que ha pasado cinco miserables meses en Islandia, circundado por un frío y oscuridad que se le antojan insoportables, entra a una librería a buscar un poco de calor y luz, y tras escuchar que no venden libros en inglés, recorre igualmente las estanterías, hasta toparse con una edición ilustrada de Los viajes de Gulliver, por supuesto en islandés. Luego de comprarlo se sienta primero a hojearlo, y después a leerlo pues: «El libro es el mismo libro, y las palabras son las mismas palabras. Incluso si soy yo quien las inventa. Gulliver en islandés sigue siendo Gulliver, un libro que me gusta mucho». Al cabo de un rato, se da cuenta de que ya no advierte el frío, ni tampoco le molesta la oscuridad: una de las obras cumbre de la literatura universal, incluso en un idioma del que no comprende ni media palabra, le ha proporcionado un refugio, un escape de la hostilidad permanente a la que lo somete el mundo. Igual al que encontró Keret hace ya treinta años como respuesta a uno de los peores episodios de su vida. Igual al que encontramos nosotros cada vez que tenemos el placer de acompañarlo en su trayecto a través de las sinuosas tuberías que al parecer funcionan en su interior como si fueran las arterias de las que se nutre su existencia.

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TUBERÍAS
Etgar Keret
Traducción de Roser Lluch i Oms
Narrativa Sexto Piso • 2017
208 páginas

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