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Libre de libros | Juan Gerardo Aguilar

Cuando se trata de enseñar sobre el desapego, los libros siempre llevan mano. Así he podido ver mi futuro en bibliotecas ajenas y olvidadas. Como otros, yo también pagué con libros el precio de mi libertad. Veo libros muertos, veo cajas panzonas que no saben a dónde ir; mucho menos dónde van a parar. He visto los libros más brillantes de mi generación en tianguis de ropa de segunda mano. Los libros también ayudan a disipar el atarante y curten la memoria.

El primer libro con el que tuve contacto consciente fue una edición especial de Selecciones del Reader’s Digest, a eso de mis cuatro o cinco años. Todo se alineó a la perfección para que el lomo me diera en la jeta: mi trastorno del sueño, varias noches en vela y mi madre hasta la madre de ser comparsa obligada de su hijo insomne. No cabe duda de que las mamás suelen tener las mejores estrategias de acercamiento a la lectura.

La escritura marginal es la respuesta inmediata a los libros que leo. Subrayo, anoto, cuestiono, pongo signos de admiración o interrogación. La escritura marginal también es un retrato robot de mi yo lector a través del tiempo. Me costó trabajo aceptar que el futuro viaja más rápido que el deseo y que no me alcanzará el tiempo para responder a todos los libros que yo quisiera. También así comienza el desapego, con cierta melancolía.

Conocemos mejor al prójimo cuando aprendemos a verlo como personaje, porque la ficción es otra forma de desencanto. Quizá por eso, con la edad, nos alejamos más de las personas y nos acercamos más a los libros. También pasa que nunca dimensionamos realmente cuántos hogares abandonamos —o de cuántos nos echaron, destrozamos o reconstruimos— hasta que vemos el tamaño de las torres de cajas apiladas junto a la puerta. En fin, los libros me ayudaron a sentirme menos huérfano en cada mudanza.

Hay parejas que poseen el súper poder de convertir los libros en arietes para joder física y emocionalmente. Cuando eso sucede, caemos en cuenta de que los libros no nos guardan la misma lealtad que nosotros les profesamos. Yo cometí el error de tratar de recuperar lo irrecuperable, y durante el proceso me fui de hocico, de nalgas y hasta de la ciudad. Mi capitalista interior lloró la pérdida de los libros comprados con mi primer salario de caminero. Tiempo después, el oligarca que también llevo dentro se ufanó alegando que no había mejor moneda para pagar esa fayuca llamada separación.

Cuando cumplí diez años, fui seleccionado para declamar la Suave Patria en el auditorio de una delegación sindical. Según yo, lo hice tan chingón que me imaginé viajando rumbo al balneario para disfrutar del primer premio; pero el jurado no pensó lo mismo y me dio el tercer lugar, es decir, el último de los primeros. Hubo una foto que atestiguó la entrega de un lote de libros de la colección Austral, que decidieron «guardarme» en la biblioteca de la primaria. Solo alcancé a pepenar El ruiseñor y la rosa y otros cuentos de Oscar Wilde.

Los años me ayudaron a pulir el «No» como fórmula eficaz para evitar horas y horas de charlas interminables —que suelen convertirse en un juego de póker inútil— acerca de libros y autores nuevos, buenos, malos, viejos, muertos, vivos o clásicos. ¿Chéjov? No. ¿Rulfo? No. ¿Fitzgerald? No. ¿Flaubert? No. ¿Proust? No. ¿Kafka? No. ¿Fogwill? No. ¿Roth? No. ¿Nesbit? No. Uno vive lo suficiente para saber que existen amistades capaces de trascender una sobredosis, un trío o una infidelidad, pero no sobreviven a una conversación sobre libros y escritores.

Yo también fui un charlatán de los que alguna vez juró que no podría pasar un solo día sin leer. Cerca de cinco meses en una clínica de rehabilitación —sin acceso a libros ni escritura— fueron suficientes para bajarme las ínfulas. Durante mi estancia ahí recrudeció el insomnio. Traté de hacer un recuento mental de los libros que había leído, pero mi memoria no dio para tanto con las neuronas tan apendejadas por el proceso de desintoxicación.

El príncipe feliz es la figura más representativa del desapego, pero entonces no lo entendí. Robé libros y me los robaron; compré y me los compraron; regalé y me los regalaron; compartí y me los compartieron; presumí y me los presumieron; envidié y me los envidiaron; leí y me los leyeron; reclamé y me los reclamaron, porque los libros son la viva imagen del cambalache equitativo; aunque a veces no les creo ni me creen.

En el baño del cuarto del centro de rehabilitación había una ventana pequeña tapiada con tabiques y cemento en la que uno o varios yonquis lograron hacer un agujero del diámetro de una moneda de diez pesos. Ese hueco se convirtió en mi único vínculo con el mundo de afuera. Ahí redescubrí la belleza que encierran el fulgor de los faros de los coches y el ronroneo distante de los tráileres que circulan sobre una carretera oscura. No sabes qué es el desapego hasta que vives encerrado, en un mundo libre de libros.

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