Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Lo que no pueden decirnos | Emiliano Monge

I

Volví a encontrarlo esta mañana, donde el mezquite, dice Marcos al escuchar que Paola, recién salida de la cama, entra en la cocina. Está colando el café. La salsa hierve en la olla y los huevos se enfrían sobre la mesa: estoy seguro que era él, nadie más usa esos sombreros.

Lo saludé desde las piedras. Pero volvió a darse la vuelta apenas verme, añade Marcos, dejando encima de la mesa el café y ahogando los huevos de Paola con la salsa. Luego vuelve hacia la estufa, donde despega del comal varias tortillas y escucha: no lograba levantarme.

Es el calor, no me acostumbro, suma Paola bostezando y enrollando una tortilla: me despierta veinte veces cada noche. Hoy lo seguían varios perros, suelta Marcos comiendo él también con hambre: acabarás durmiendo como reina… cuando dejes de pensarlo. Además aquí no se oye ningún ruido.

Se metieron con él en el desierto, los perros, insiste Marcos poniéndose de pie, recogiendo los platos y dejándolos sobre la tarja. Mientras, Paola llena sus tazas con café: eso también me vuelve loca, el silencio. ¿Cómo puede ser que no se escuche nada? No es que extrañe los motores o los gritos, pero aunque sea un rumor de algo.

Intenté seguirlos aunque los dejé de ver bien pronto; de pie, Marcos rellena su taza y continúa: no había acabado aún de amanecer. Para colmo el viento no permite que se queden un rato las huellas, están ahí y de pronto se deshacen. Durante el día pasa lo mismo, asevera Paola por su parte, levantándose y llevando a la tarja el cuenco vacío del café y el par de tazas: pon atención y vas a ver que no oyes nada.

Ni los pájaros se escuchan, repite Paola enjuagando los trastes: no es que no haya, esto está lleno de aves. Mira: ni siquiera el agua hace ruido, insiste alejándose un paso de la tarja y señalando el chorro transparente, con las manos envueltas en jabón. Marcos, sin embargo, sigue con lo suyo: a la próxima tendrá que saludarme.

II

A veces pienso que quizás exageramos, suelta Paola acercándose a Marcos por detrás: que no era para tanto. Hubiera estado bien algo intermedio, añade apurando sus pasos hasta Marcos, quien trabaja en el pozo que su abuelo abandonara hace años y quien no se ha percatado de que ella se le acerca: no era necesario elegir el otro extremo.

Una ciudad pequeña, un pueblo mediano, lanza Paola junto al hoyo en donde está metido Marcos, quien asustado deja caer la soga que sus manos sostenían. La cubeta se desploma varios metros y estalla sobre el fondo del pozo, sin liberar después ni un solo eco. Puta madre, grita Marcos dándose la vuelta: un día tendrás que revivirme. Ojalá no sea en este sitio, advierte Paola señalando los vestigios del pueblo: aquí nadie va a ayudarme.

¿Otra vez la misma mierda?, pregunta Marcos, más cansado que enojado: no podemos hablar de esto todo el día, todos los días. Además tú también quisiste, recuerda emergiendo del pozo y quitándose la gorra se limpia el sudor de la frente: los dos quisimos, estuvimos de acuerdo. Pero tú estuviste más de acuerdo, como siempre, interrumpe Paola a Marcos al mismo tiempo que le extiende un vaso con agua: no quiero que después estés deshidratado.

Qué tontería, exclama Marcos tras beber de un trago el vaso: ninguno estuvo más de acuerdo que otro. Pero sabía uno la verdad y el otro nada más pedazos, reclama Paola extendiendo la jarra que también trajo consigo de la casa y rellenando el vaso de su esposo insiste: me habías dicho que era un pueblo pero no que no quedaba nadie. Ya te dije veinte veces que eso yo no lo sabía, responde Marcos, viendo cómo el agua llega al borde de su vaso y sigue hasta regarse sobre el suelo.

Además tampoco es cierto que ya no quede aquí nadie, añade Marcos encogiendo el cuerpo y observando cómo el charco, que recién se ha formado sobre el suelo, se evapora: está el hombre de los perros, la vieja de la casa en la hondonada, los trillizos ésos de. ¡Ésos de la mula y los costales!, interrumpe Paola a Marcos y arremedándolo adivina sus palabras: ¡la pareja de la tienda, la loca de la presa y los niños de las cuevas… ¿algo más vas a decir que no quieres que diga?

Es lo mismo que si no hubiera nadie, Marcos, afirma Paola inclinando también su cuerpo pues en la arena, que recién se ha secado por completo, algo empieza a moverse: ¿o has oído la voz de alguien? ¿Qué chingados será esto?, interrumpe Marcos el discurso de Paola, quien, sin embargo, aunque está igual de intrigada que su esposo con lo que ahora mismo emerge de la arena, sigue murmurando: ¿o has hablado con alguno… o te ha hablado a ti alguien?

Es como si alguno no existiera… como si tú y yo aún no hubiéramos llegado, se enterca Paola echando el cuerpo para atrás en el instante en que su esposo gruñe emocionado y la arena, reseca como si así llevara ya un montón de años, se cuartea y se rompe entre sus cuerpos. ¿Qué chingados es esto?, pregunta Marcos acercando las manos a la oruga que emerge ante sus ojos. Y acunándola después entre sus dedos dice: está tibia, mientras su esposa vuelve a echarse para atrás y así también vuelve a lo suyo: como si ellos no nos vieran.

Como si nosotros no estuviéramos aquí… como si nosotros o ellos no existiéramos, insiste Paola pero esta vez su esposo, quien no desea dejar de ver a la pequeña larva color rojo que ha alzado de la arena, estalla: deja de decir tus pendejadas. Aunque sea por un momento, aunque sea una sola vez, ordena Marcos: deja de ladrar y mejor vete allá dentro… por un frasco. Quiero guardarla para siempre, es muy hermosa.

III

Lo seguí otra vez hasta la parte donde se alzan los saguaros, dice Marcos al escuchar cómo Paola entra en la sala: lo adelanté después por la cañada. Me escondí tras un par de palos fierro y ahí lo sorprendí cuando pasaba, añade sin dejar de ver sus frascos, que poco a poco han terminado por toda la casa. Pero ni así quiso hablarme.

¿Y sus perros, te gruñeron?, pregunta Paola bostezando y tallándose los ojos. Ha tomado, a últimas fechas, la costumbre de dormir a media tarde: ¿te ladraron, los oíste cuando menos que chillaran? Nada. No hicieron ningún ruido, asevera Marcos agarrando uno de sus frascos y destapándolo, añade: ni los perros ni el hombre. Pero vas a ver que voy a hacer que alguien nos hable, lo prometo, suma metiendo la nariz dentro del frasco.

Hace meses que eso dices, que vas a hacer que alguien nos hable, lanza Paola removiéndose, incómoda, sobre el sillón, al mismo tiempo que su esposo inquiere: ¿te conté que huelen a tu aliento? Pero ni logras que nos hablen ni aceptas que sería mejor marcharnos, continúa Paola enroscando un mechón de su cabello y clavando la mirada en su esposo, quien entonces gira el cuerpo, avanza hasta el sillón y lanza: creo que eso hace que me encanten.

Es por eso que los guardo, insiste Marcos dejándose caer también sobre el sillón y acercándole el frasco a Paola: ¿quieres olerlos? Sabes que tengo razón, suma Paola, alejando de sí el frasco en que palpita la última babosa que su esposo recogiera: que sería mejor volver a la ciudad, olvidarnos de todo esto. Antes, sin embargo, de que pueda Marcos responder o ignorar de nuevo el tema, una piedra entra en la casa y ambos se levantan dando un salto.

Confundidos, contemplando en su extravío los vidrios esparcidos sobre el suelo, cuyo estallido no hizo ruido, Paola y Marcos buscan entender qué ha pasado y qué hacer en un mismo instante. Entonces Marcos corre hacia los frascos que cayeron y Paola se acerca, sigilosa pero también de forma apresurada, a la ventana: ¡son los niños… puta mierda!

¡Los que vienen de las cuevas!, añade Paola pero su voz, que también ruge: ¡están por todas partes!, se extravía entre otros varios estallidos: las pedradas se han vuelto aguacero y sobre el suelo siguen rebotando los adornos, unas tazas y los frascos que Marcos ha estado guardando. ¿Qué les pasa… qué chingados les hicimos?, aúlla Paola encogiéndose y buscando a su esposo con los ojos. Pero Marcos ha salido de la casa.

Cuando la lluvia de piedras finalmente se termina, Paola deja de temblar en su rincón, se incorpora lentamente y secándose las lágrimas se acerca a la puerta: Marcos… Marcos. Los temores que gobiernan su cabeza, sin embargo, no la dejan avanzar más de dos pasos y está a punto de caer cuando en el vano aparece la figura de su esposo.

No paraban… me veían y aún así no lo dejaban, dice Marcos abrazando a su esposa, que en voz baja vuelve a repetir lo que había dicho: ¿por qué vinieron a hacer esto, qué chingados les hicimos, por qué querían hacernos daño? Sorprendido ante aquello que ahora mismo está pensando y que está a punto de decir, Marcos murmura: no creo que quisieran lastimarnos… no querían hacernos daño.

Más bien querían decirnos… creo que querían… no… no querían hacernos nada, insiste Marcos apartando de sí el cuerpo de Paola y clavando en ella su mirada asevera: como si nos quisieran decir algo y no pudieran.

Abrazándose de nuevo, Marcos y Paola contemplan el desastre en torno suyo, hasta que la luz del día se va apagando y el hedor de las babosas, que reptan por el suelo, va aquietándolos y va también sumiéndolos en un raro cansancio.

IV

Convencido de que no le falta guardar nada, Marcos cierra la caja de su vieja camioneta, se da vuelta y echa a andar hacia la casa, observando en la distancia, otra vez, el avanzar cadencioso de los trillizos con sus mulas y sus sacos.

Así han pasado toda la mañana, van con esos bultos llenos y regresan descargados, le informa Marcos a Paola, que está parada a un lado suyo, bajo el marco de la puerta. ¿Qué más da qué estén haciendo?, responde ella tras un par de segundos y apurando el último trago de su taza vuelve dentro de la casa, arrastrando a su esposo.

Lo que importa es que finalmente nos vamos, celebra Paola atravesando la sala y dejándose caer sobre el sillón insiste: que finalmente se acabó esta pesadilla. Hay que buscar algo intermedio, suma Paola dirigiéndole a su esposo una sonrisa y extendiéndole ambos brazos. Pero en lugar de hacerle caso, Marcos se aleja del sillón y lanza: mejor nos vamos antes de que el sol esté arriba.

Minutos después, Paola y Marcos ya han montado en su vieja camioneta y han emprendido el camino de regreso. Pero a cien metros de los límites del pueblo en que nacieran sus ancestros, Marcos observa un par de camionetas, atravesadas en el centro de la brecha: ¿y ahora quiénes serán ésos?

¿Por qué hacen esas señas?, pregunta Paola en voz bajita, casi susurrando, a cincuenta metros del retén improvisado, al mismo tiempo que su esposo gruñe: puta madre, reconociendo los sacos que acarreaban los trillizos y reduciendo la velocidad hasta pararse.

Antes de que Paola o Marcos se den cuenta, salen varios hombres de la nada, corren hasta ellos, los arrancan a la fuerza del vehículo, los tiran sobre el suelo, los golpean hasta dejarlos inconscientes, fuerzan sus quijadas y utilizan sus cuchillos.

No despertarán, Paola y Marcos, hasta que el sol se haya puesto. Entonces, en mitad de la penumbra, sobre el reguero de su sangre y aspirando el hedor que los aquieta, aceptarán que el silencio empieza dentro de la boca.

Este cuento forma parte del libro La superficie más honda (Literatura Random House, 2017).

Foto de Remi Tu en @Flickr

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