Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Los habitados | Piedad Bonnett

La madre es la gran noche

Aquí el tiempo está atado con camisa de fuerza:
es viento sometido
que escribe el mismo nombre con tiza sobre un muro.
Todo es adentro aquí, en este gran vientre
lleno de hombres sin madre.
La madre es la gran noche. La madre es nuestro grito.
La madre es cada dosis de trifluoperazina
que llena de saliva nuestros labios.
Cuando acerco mi oído a las paredes
queriendo oír el llanto de los que aún me aman
sólo oigo mi chirrido. Mi oscura disonancia.
El corazón del miedo
cantando su monótona tonada.

 

Terrestre

Soñé con un pájaro enloquecido
en una jaula del zoológico.
Desperté con la frente llena de sangre
llamando a mi madre,
pidiéndole, por dios, leche caliente de sus senos
para volver a ser niño.
Otros se despertaron y gimieron y suplicaron como yo
en las habitaciones vecinas.
Mis brazos y mi pecho estaban cubiertos de plumas
pero no había cielo hacia dónde volar.

 

En el borde

Lo terrible es el borde, no el abismo.
En el borde
hay un ángel de luz del lado izquierdo,
un largo río oscuro del derecho
y un estruendo de trenes que abandonan los rieles
y van hacia el silencio.
Todo
cuanto tiembla en el borde es nacimiento.
Y sólo desde el borde se ve la luz primera
el blanco -blanco
que nos crece en el pecho.
Nunca somos más hombres
que cuando el borde quema nuestras plantas desnudas.
Nunca estamos más solos.
Nunca somos más huérfanos.

 

Latitudes

Sin ti ha vuelto esta vez el sol de enero.
El dios indiferente que adoramos,
que ni culpa, ni salva, ni señala.
(Tu cuerpo
gozaría este sol que nada pide,
que vuelve a hacernos simples y animales).
El árbol que veías detrás de tu ventana
reverbera de luz.
Adentro,
sobre lo intacto aún, sobre tu almohada,
la sombra de mi mano se acongoja.
Lejos, en Prospect Park,
el árbol al que dimos tu cuerpo en primavera
habrá perdido ya todas sus hojas.
En su raíz fulgurará la nieve.
Enero siempre vuelve.
En la pared del cuarto tu luz dibuja sombras.

 

Cocina

Para Ma. Victoria.

Una cocina puede ser el mundo,
un desierto, un lugar para llorar.
Estábamos ahí: dos madres conversando en voz muy baja
como si hubiera niños durmiendo en las alcobas.
Pero no había nadie. Sólo la resonancia del silencio
donde alguna vez hubo música trepando las paredes.
Buscábamos palabras. Bebíamos el té
mirando el pozo amargo del pasado,
dos madres sobre el puente que las une
sosteniendo el vacío con sus manos.

Foto de Lionknots. en @Flick

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*