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Los límites de la empatía | Phillip Lopate

Últimamente he dedicado mucho tiempo a pensar sobre la empatía —de manera defensiva, debo reconocer—, porque mi mujer me acusa de no ser en absoluto empático con ella. Y creo que tiene razón. Simpatizo con el dolor de Cheryl, pero no consigo empatizar con él. Cada vez que lo digo se enfurece aún más, y es el tipo de persona que no se limita a la hora de vengarse. Y sus venganzas me hacen menos propenso a ceder. Le explico que si acaso tuviera en mí algún endeble mecanismo para mostrar empatía, se ve completamente anulado cuando me atacan: no puedo identificarme con alguien que desea cortarme en pedacitos. Ahí me topo con un claro límite de mi imaginación.

Me pregunto en qué momento la palabra empatía comenzó a reemplazar a la palabra simpatía. Empatía ni siquiera aparece en mi Oxford English Dictionary de 1971, lo cual posiblemente sea un reflejo de la mayor reserva de carácter de los británicos: es factible asumir que la moda de la empatía comenzó de este lado del Atlántico. (Recordemos la famosa frase de Bill Clinton: «Siento en carne propia su dolor»). Una reciente edición de The American Heritage Dictionary nos dice que si bien la simpatía «denota el acto o la capacidad de compartir las tribulaciones o los problemas de alguien más», la empatía «es una identificación vicaria y una comprensión de las situaciones, sentimientos y motivos de alguien más». Para mí, la simpatía hace referencia a una preocupación humana por la posición o los apuros de los demás, parcialmente basada en una ética general de compasión hacia todas las criaturas vivas. En cambio, la empatía proyecta, en mi opinión, una sombra más pegajosa y macabra, que proviene del engaño de pensar que somos capaces de hacer nuestros, o de fusionarnos, con los sentimientos de otra persona.

Es posible que mi mujer desee recuperar el sentimiento de comunión romántica que experimentamos en un principio, que por lo general alcanza su punto más elevado durante la fase de la infatuación, cuando se dice que el corazón de los amantes late como si fuera uno solo. Pero no puedo evitar sospechar que este asunto de la empatía surgió después de unas cuantas sesiones con su terapeuta, Barry.

Desde entonces —y como resultado de nuestros constantes pleitos, y de la convicción de mi esposa de que su terapeuta es un ser humano extraordinario— comenzamos a ir a terapia de pareja con Barry. Para mi sorpresa, se trata de un ser humano maravilloso. Es sabio, razonable, de una imparcialidad escrupulosa, y empático… quizá demasiado. En ocasiones, cuando se compadecía de las presiones bajo las que vivimos —educar a una niña de tres años con problemas de salud, mientras intentamos mantener a flote nuestras carreras—, empecé a preguntarme sobre la naturaleza de esta cálida compasión, cuya profundidad, me parece, debería reservarse para mineros de carbón rumanos, y no para yuppies como nosotros.

En una de las sesiones, estábamos relatándole un desacuerdo que tuvimos la noche anterior. Resultó que el problema era sobre sexo. Estábamos atravesando una temporada de sequía, principalmente por la preocupación de mi esposa respecto a nuestra hija bebé, y la desconfianza que le inspiraba mi incapacidad para empatizar con su dolor. En ese momento había dicho que se encontraba lista para considerar retomar nuestra vida sexual, y yo respondí, como un imbécil, algo en el sentido de que lo creería cuando lo viera. Barry nos ofreció un guión alternativo, pronunciando las frases que, en su opinión, podríamos haber pronunciado para no desembocar en el conflicto. Yo debía haberla felicitado por haber realizado este preludio a un avance sexual, y si aún así necesitaba expresar mi escepticismo, ella debía mostrar que comprendía mi «vulnerabilidad», pues yo me encontraba hambriento por cariños sexuales.

Barry preguntó después qué creía yo que habría sucedido si ella respondiera de esa forma. Yo sentí la antigua obligación de decir la verdad en terapia, así que respiré profundo y le dije que sus sugerencias no guardaban ningún tipo de relación con la vida como se vive en la realidad, y que estaba tratando de adoctrinarnos en el culto del nuevo y totalitario Discurso de la Empatía.

—¿De verdad estás en contra de la empatía?— me preguntó un tanto incrédulo.
—Sí, lo estoy…
—¿Lo ve? —dijo mi mujer—. ¿Se da cuenta de lo que tengo que aguantar?

Yo proseguí diciendo que yo estaba a favor de la simpatía, ese término un poco anticuado. La gente a la que más admiro, como dos amigos que ya tienen más de setenta años, se conducen a partir de un código moral más viejo que la empatía, que reconoce que la brecha entre dos almas jamás podrá ser completamente zanjada. Pensé en mi antiguo profesor, Lionel Trilling, que cuestionó en una clase el hambre de D.H. Lawrence por la honestidad total en una relación amorosa diciéndonos: «¿Por qué dos personas no deberían guardarse ningún secreto?». Por otro lado, en nuestra cultura actual hay una gran tendencia a promover o exagerar una simpatía falsa, como la figura del conductor de programa televisivo, el Gran Oyente, como Oprah Winfrey o Geraldo, figuras que me parecen espurias.

Como podrán imaginarse, las cosas fueron de mal en peor. Me di cuenta de que mis intentos por explicarme eran percibidos como inadecuadamente «académicos», y por lo tanto fríos, con lo cual me estaba alejando de las emociones y del asunto que nos concernía. (Es interesante pensar que la terapia tenga en la actualidad ese carácter tan anti-intelectual. Se considera que no es un lugar para comenzar a pensar).

Cuando la gente se refiere a la razón como una «defensa», empiezo a ponerme nervioso, considerando a dónde nos ha conducido lo irracional en los últimos cien años. Y, si bien me encuentro agradecido por la disposición de Barry a ayudarnos a resolver nuestros problemas, durante las sesiones terapéuticas no puedo evitar ser cauto con lo que digo. Tengo una persistente sospecha de que muchos terapeutas de pareja te entrenan para que digas, no lo que realmente piensas, sino lo que sea menos proclive a la confrontación, y todo mientras te dicen que quieren que estés en contacto con tus sentimientos. Es mentira, lo que quieren es que te encuentres bien.

Sospecho que nunca podré experimentar empatía con el pánico y la depresión que mi mujer siente en ocasiones, por la sencilla razón de que ambas cosas me aterrorizan demasiado. Crecí bajo un contacto muy estrecho con ambas emociones por parte de mis padres, y requirió de toda mi fortaleza distanciarme de su influjo debilitante hasta poder conformar una personalidad funcional, razonablemente alegre. ¿En dónde coloca esto a nuestro matrimonio? Mi mujer aún anhela un compañero más empático, y por mi parte me encuentro convencido de que yo ofrezco de manera realista algo más que también tiene valor. Podríamos llamarlo una comprensión de los límites, basada en el carácter intratable de la naturaleza humana, y el fuertemente problemático —por no decir trágico— dilema del matrimonio contemporáneo.

Dada mi naturaleza carente de empatía, me veo ante el dilema de intentar fingir un orgasmo de empatía —lo cual sería de muy mal gusto—, o tenerle paciencia a la furia de mi esposa, con la esperanza de que al final conseguirá aceptar mis defectos, así como yo espero y rezo por poder aceptar los suyos. Alguien (¿Buffon o Goethe?) dijo alguna vez, «La genialidad consiste en una larga paciencia». Yo no sé sobre la genialidad, pero sí creo poder afirmar que en eso consiste el matrimonio, al menos cuando uno se encuentra comprometido con lograr que el matrimonio dure.

Traducción de Eduardo Rabasa

Ilustración de Alberto Montt

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