Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Los mayores fraudes espiritistas | Juan Cárdenas

Cuando tenía diez años mi familia estuvo amenazada de muerte. A diario recibíamos dos o tres llamadas anónimas. El hostigamiento creció con el paso de las semanas hasta volverse algo insoportable. Nos llegaban casetes con amenazas y nuestras propias llamadas grabadas. Así nos hacían saber que nuestro teléfono estaba intervenido. Al principio mis padres solicitaron la ayuda de los organismos de seguridad y nos asignaron un grupo de escoltas. Poco después alguien alertó a mi padre sobre la posible participación de esos mismos escoltas en la trama. El miedo se apoderó de la familia y resolvimos huir. Una madrugada, aprovechando un descuido de los guardaespaldas y sin tiempo de empacar demasiadas cosas, mis padres, mi hermana de cinco años y yo escapamos en el carro de unos amigos de la familia.

Mi padre condujo a toda velocidad por la Panamericana en dirección al norte. Pasamos por Cali y nos detuvimos unas horas en Buga para almorzar y hablar con mi tío abuelo Hernando, que entonces ocupaba un alto cargo en la procuraduría del departamento. Él nos recomendó seguir adelante con la huída, nos explicó brevemente cómo se intervenían los teléfonos, dijo que haría todo lo posible para investigar el asunto y nos dio la bendición. Después de almorzar en su casa, mi hermana y yo estuvimos viendo muñequitos en la tele durante un par de horas. Luego volvimos a la carretera. Pasamos a toda velocidad por Tuluá, Calarcá, Armenia, Ibagué, Guamo, Espinal y Girardot. Cuando llegamos a Melgar ya era casi medianoche y mi padre estaba demasiado cansado para seguir conduciendo. El único lugar donde pudimos encontrar una habitación fue un hotel instalado en una casona colonial en cuyo patio central habían construido una piscina. El señor que nos atendió en el mostrador ni siquiera se molestó en encender las luces del patio cuando íbamos de camino a la pieza. El agua de la piscina se agitaba suavemente en la oscuridad. Las escaleras de madera chirriaban. En el techo de la pieza había un ventilador con las aspas descascaradas que a duras penas conseguía trasladar las masas de calor de un rincón al otro. Nos duchamos. Había dos camas. Mi hermana y yo nos acostamos pronto en una de ellas. Mis padres se quedaron en la otra, contando plata, trazando planes en papeles, acordando claves secretas para referirse a las cosas importantes. Entonces sonó el teléfono de la pieza. Una vez, dos, tres veces. El timbre debía de estar molestando a los otros clientes del hotel. Se lo oía retumbar en el pasillo, en todo el patio. Por fin, mi padre contestó.

Habría que propiciar más a menudo cierto estado de alerta ante la vibración. Todo vibra. Si las cosas no vibraran se romperían. Si las cosas no supieran vibrar saldrían disparadas en fragmentos. Es la vibración lo que les permite resistir y durar. En lugar de oponerse a las fuerzas, las cosas se dejan atravesar y vibran. Beckett: «reinstaurar el silencio es el papel de las cosas», pero solo a condición de que ese silencio sea como un cuero tensado que vibra y sobre el cual, eventualmente, podría pintarse la figura de un animal con la sangre del propio animal. Una figura muda. Casi toda la vibración es silenciosa. Solo una mínima porción está ahí para el oído.

El metro pasaba por debajo del suelo y la mesa vibraba. La pieza tenía muy pocas cosas. Una cama, una mesa. Yo pasaba mucho tiempo solo y era infeliz. A veces, por las noches, dejaba que un objeto pequeño, un dado, por ejemplo, se desplazara casi imperceptiblemente por el suelo de la pieza, animado solo por la vibración del tren subterráneo. Después de unas horas el objeto siempre desaparecía.

Los viejos teléfonos de disco me dieron miedo durante muchos años. Ahora me parecen aparatos inquietantes. Echas la voz en un tubo que transforma las ondas sonoras en impulsos electromagnéticos que viajan por un cable hasta otro tubo que los vuelve a transformar en ondas sonoras. Mientras no suenan te miran circunspectos desde una mesita como cabezas humanoides recién cercenadas. La rostridad del teléfono, la expresividad indescifrable: ¿Bostezo? ¿Carcajada? El miedo que me producían se fue transformando poco a poco en fascinación. Precisamente uno de mis mecanismos de defensa consistió en lograr que me fascinara tener miedo. Nunca me asusto. Lo macabro me produce risa cómplice. El horror me deja mudo pero no me da miedo. En la adolescencia me gustaba jugar a grabarme en cintas de casete. Imitando voces ajenas, casi siempre femeninas, me dedicaba a inventar amenazas dirigidas contra mí mismo. Luego las escuchaba en mi walkman, echado en la cama. Supongo que fue a través de ese juego como logré hacerme con el monopolio de mi miedo. Solo yo puedo destruirme. Solo yo puedo inducirme a la locura.

Esta es la historia de Nipper, el fox terrier delante del fonógrafo. En 1884 Mark Barraud, su primer dueño, lo encontró en una calle de Bristol. El animal se había extraviado, así que no se sabe nada de su vida anterior. Cuando Mark murió, en 1887, el perro pasó a manos del hermano menor del difunto, Francis, que entonces vivía en Liverpool. Francis era un pintor poco exitoso del cual no se recuerda ninguna obra aparte de la famosa pintura del perro. Nipper llegó a Liverpool junto al resto de la herencia que Mark le había dejado a Francis: un reproductor magnetofónico con algunos cilindros, entre los cuales se hallaban algunas grabaciones de la voz de Mark. Cuando Francis ponía los cilindros en el reproductor, el perro se quedaba inmóvil delante de la corneta, aparentemente hechizado por la voz de su difunto amo. Nipper murió en septiembre de 1895, pero Francis debió de quedar muy impresionado por la actitud del perro. Tres años después pintó el lienzo, que fue registrado con el nombre de «Perro mirando y escuchando un fonógrafo», aunque poco después Barraud cambió de idea y lo tituló «La voz de su amo». Al principio intentó exponerlo en la Royal Academy, pero el cuadro fue rechazado por la institución. La misma suerte corrió cuando intentó vender la imagen en distintas revistas. Le dijeron que nadie sabría bien lo que el perro estaba haciendo en la pintura. Más tarde llamó a las puertas de la Edison Bell Company, fabricante de los reproductores. «Los perros no escuchan el gramófono», fue la respuesta que obtuvo. Finalmente, después de algunos ajustes sugeridos por la compañía —cambió el reproductor de cilindros por un tocadiscos con corneta de metal—, el cuadro fue adquirido por William Barry Owen para la Gramophone Company, donde se convertiría en un icono publicitario. Barraud recibió solo dos pagos de cincuenta libras y con el tiempo acabó perdiendo los derechos de la pintura modificada. El cuadro original se encuentra actualmente en las oficinas de emi, sucesora de la Gramophone Company. Barraud murió a los 69 años sin haberse hecho rico.

Manolo trabajaba como albañil. Los trabajos no le duraban porque era alcohólico. Tarde o temprano acababa metiendo la pata y los jefes de obra no lo volvían a llamar. Compartía un piso oscuro y húmedo con un anciano marroquí, aunque no solía aparecer por allí más que algunos días a la semana. Casi siempre estaba tomando botellines en la barra de La Mina, en la calle Ave María. A veces, cuando le pagaban bien por alguna chapuza, bebía cuatro o cinco días seguidos y acababa en el hospital. En una de esas ocasiones los médicos descubrieron que tenía tuberculosis, una enfermedad de otros tiempos. Ángel, Natalia y yo fuimos a visitarlo. Tuvimos que ponernos mascarillas para entrar a la pieza. Al vernos llegar sonrió con los cuatro dientes que le quedaban. Manolo, que era uno de esos extremeños morunos con la piel oscura y curtida, había servido en la Legión y se definía políticamente como un racista moderado. Una noche llegó al restaurante de Ángel quejándose de un dolor de muelas. Natalia y yo, que entonces trabajábamos allí de camareros, le arrancamos la muela picada con un hilito. Nos costó lo suyo. Tuvimos que tirar durante un buen rato. Aunque se había pasado todo el día bebiendo y debía de estar un poco anestesiado, Manolo lloró de dolor. Cuando conseguimos extraer la muela se puso a mirarla, sonriendo con la boca ensangrentada. «Os la podéis quedar», dijo. Manolo siempre estaba regalándonos cosas. Para hacer algo de plata a veces se ponía a vender en el rastrillo clandestino junto al Casino de la Reina. En esa clase de mercados callejeros se produce una circulación de objetos raros, cosas imposibles, venidas de no se sabe dónde, sacadas de otro tiempo, como la tuberculosis de Manolo. Una montaña de zapatos sin sus pares, dentaduras postizas, relojes taiwaneses con agua verdosa por dentro de la mica, monitores de ordenador rotos, tocadiscos inservibles, aparatos de betamax, view masters, condones caducados, polaroids borrosas. Por lo general esos rastrillos están controlados por señores magrebíes y la distribución del espacio se negocia puntillosamente de acuerdo a códigos inaccesibles. Vaya uno a saber cómo había logrado Manolo que lo dejaran comprar y vender allí. En todo caso, cada vez que había un cumpleaños, unos reyes magos o cualquier celebración que implicara intercambio de regalos, Manolo aparecía con cosas sacadas del rastrillo. En unos amigos invisibles que jugamos en la Navidad de 2001 recibí de su parte un ajuar completo que incluía dos libros de Harold Robbins, un mechero bic, un control de Nintendo, una libreta cuadriculada con algunas páginas sin garabatos, un dado cargado que siempre caía en seis y tres cintas de casete.

En la versión modificada de la pintura de Barraud, Nipper forma con el gramófono un triángulo cuya base es un poco más larga que los otros dos lados. El vértice superior no es el encuentro de los dos elementos de la composición, sino la inclinación de la cabeza del perro. Más o menos así:

diagrama-1

A pesar del aparente equilibrio que se consigue mediante esta disposición tan geométrica, la pintura es un plano de tensiones en el que Nipper claramente va perdiendo la batalla. La base del triángulo está lejos de ser un espacio neutral de encuentro, pues es evidente que forma una unidad con el gramófono. Dada la escala de los tonos —del negro lacado al marrón al bronce—, el aparato surge como una floración del suelo, donde se encuentra profundamente arraigado. El contraste con Nipper salta a la vista. El perro es de un tono mucho más claro y su situación respecto a la base no es nada firme, sino más bien etérea, al punto de que ésta actúa como un espejo: Nipper está suspendido sobre su propio reflejo. Desde luego al ver la pintura no podemos escuchar «La voz de su amo». Es solo al leer el título que nos hacemos una idea de lo que está ocurriendo. Esa voz es la fuerza que explica la posición de la cabeza del perro, la sutilísima asimetría de la composición. Podríamos decir que existe una primera dirección de la circulación de energía, una energía que sale del suelo, sube por el gramófono, brota en la corneta, se propaga por el aire y llega al perro. En ese punto, dentro de Nipper, se produce una inversión de la dirección de circulación de energía. Allí la voz se convierte en una llamada cuyo propósito sería enmendar el vínculo de dependencia ontológica, roto tras la muerte del amo. Esta energía, ya modificada, surge entonces desde Nipper, asciende por su cuerpo, pasa por su cabeza, se introduce en la corneta, en el gramófono y finalmente se asienta en el suelo. El drama del perrito consiste en que ya no puede escuchar otra llamada que no sea la del amo. El perrito —aburguesado y sin ningún horizonte de emancipación a la vista— está dispuesto a bajar al inframundo con tal de recuperar el alma perdida, el fantasma que le devolverá la identidad. Aunque eso signifique morir.

diagrama-2

Una de las tres cintas que me regaló Manolo era un casete sin fin, de los que se usaban en los contestadores automáticos. A partir de los sesenta y tres fragmentos de mensajes que contenía la cinta es imposible reconstruir alguna narrativa interesante, mucho menos una fábula filosófica. Había invitaciones, recados de trabajo, gente cobrando dinero, gente vendiendo cosas, una novia cabreada, una amante que llama desde una cabina y pregunta si han cambiado la cerradura del portal, más gente vendiendo cosas, un veterinario que pregunta por la dueña de un perrito, ancianos que se equivocan de número y tosen y esperan antes de decir «oiga, oiga». Era una cinta formidable. Me gustaba escucharla con las luces apagadas. Las voces eran como papelitos en llamas dentro de una lata. El significado ardía.

Durante la época de las amenazas mi hermana y yo, unas veces juntos, otras separados, circulamos por varias casas de amigos de mis padres. Recuerdo haber vivido unas cuantas semanas en el apartamento de una mujer cuyo nombre he olvidado. Fue en Bogotá, en las torres Jiménez de Quesada, un complejo de cinco edificios funcionalistas de los años 70, al pie del cerro de Guadalupe. La mujer era muy amable y cariñosa pero no podía pasar mucho tiempo conmigo porque siempre estaba muy ocupada. A mí Bogotá me parecía un lugar lúgubre donde hacía mucho frío y la gente era antipática. La mujer me dio una llave y permiso para jugar en los alrededores del edificio, pero fue muy estricta en que no debía traspasar las rejas del conjunto residencial. Incluso dio órdenes a los porteros para que no me dejaran salir bajo ninguna circunstancia.

Por extraño que parezca, esa fue la primera vez que me sentí libre de hacer lo que me diera la gana. Como no tenía ninguna obligación, disponía de todo el tiempo para dibujar, pasear, leer o ver la tele. Por prudencia, timidez, miedo o lo que fuera me había vuelto un poco receloso y procuraba mantenerme alejado de los otros niños con los que me cruzaba en el complejo. Al parecer ellos no se tomaron muy bien que yo quisiera estar solo. Un día me encontré a cuatro de estos niños en la zona de juegos. Me preguntaron quién era, de dónde venía, se burlaron de mi acento, de mi ropa y me llamaron «payaso» y «calentano» repetidas veces. Otro día rompieron el cristal del salón. Yo estaba en uno de los cuartos viendo la tele cuando escuché el estallido. Corrí a la ventana para asomarme y los vi mientras se ocultaban detrás de un carro. En el suelo encontré una piedra de buen tamaño a la que habían atado un papel. Al abrirlo encontré una nota con más insultos. No recuerdo haberme sentido especialmente ofendido. Entonces tenía la impresión de que mi vida transcurría en una esfera paralela. Con esto no quiero decir que mi situación de peligro me hubiera eximido de tener que afrontar estas cosas por las que pasan todos los niños, ese teatro donde se disputan tantos poderes, pero sí es cierto que la amenaza, la sensación de incertidumbre y la necesidad de tener que hacerme cargo de mis sentimientos en caso de que ocurriera una desgracia, me obligaban a ver ese mismo teatro con cierta distancia. Era capaz de vivirlo como si le estuviera ocurriendo a otra persona. Era capaz de no tomarme los insultos como algo personal. Intuía bien que esos niños no eran almas perversas sino potencias vitales. Y yo las veía actuar, con algo de miedo y estupor, como quien se pone a ver una tempestad eléctrica por la ventana y se estremece cada vez que ve caer un rayo.

Una tarde salí del apartamento y me dejé las llaves adentro. La amiga de mis padres no llegaría hasta varias horas después, así que no tendría más remedio que esperar. Después de leer tres o cuatro veces seguidas un Condorito salí a pasear por el complejo. Estaba empezando a oscurecer. El cerro de Guadalupe, tocado con una telita de neblina, era como un gigantesco morro de criptonita del que salían y entraban pájaros. Había estado lloviendo todo el día y el aire se sentía muy húmedo, las hojas de los árboles todavía goteando un poco. Llegué a la puerta del conjunto y aprovechando un descuido del portero salí a la calle. Me alejé casi al trote y cuando me supe a salvo empecé a caminar con calma. No sé por dónde. Caminé. La ciudad era para mí una completa desconocida. Me perdí muy pronto. Y perdido seguía caminando sin voltear a mirar. Giraba en círculos, luego una plaza, luego otra calle, una iglesia y toda esa gente que me salía al paso y todos esos perros callejeros con los que tropezaba y que parecían tanto o más confundidos que yo porque la lluvia había lavado los rastros de orines que usaban para orientarse. Y los negocios, las vitrinas llenas de objetos religiosos, de joyas, de remedios milagrosos, el jabón del Negro Felipe, la pinturita de José Gregorio Hernández, el sahumerio, las vendedoras de agüitas aromáticas, las mesas enanas desde las cuales despachaban los tinterillos y tramitadores. Cuchitriles donde se tomaban fotos para documentos. Revelado en una hora. Los buses que dejaban a su paso un chorro de humo negro que no acababa de disiparse. Restaurantes de corrientazo, billares, canchas de tejo, cafeterías. Tenía miedo de no saber cómo regresar pero igual seguía caminando. Y a medida que el alumbrado público se iba encendiendo crecía dentro de mí una dicha nueva que casi me quitaba el aliento. La ciudad se abría para tragarme y yo me entregaba a la experiencia convencido de que deseaba crecer, transformarme en otro, cambiar de nombre cada año, dejarme barba, tener varias cédulas, dormir en un lugar distinto todos los días.

Foto de Lee Jordan “C90 exposed” @Flickr

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*