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Los puntos sobre el coeficiente intelectual | Anne Dufourmantelle

Hace algunos días, el proclamado lobista del transhumanismo en Francia, el doctor Laurent Alexandre, afirmó en la radio: «La democracia no podrá sobrevivir a la diferencia de coeficiente intelectual. La seguridad social deberá reembolsar las operaciones para aumentar el cerebro». En una sola de las profecías a las que está acostumbrado, tres falsedades son asestadas en un tono de certeza. Primero, que el CI sería la referencia absoluta en cuestión de inteligencia. Segundo, que la medicina debe transformar el cuerpo para que los individuos correspondan a las nuevas normas que instituye el progreso. Tercero, que para evitar las desigualdades que suscitarían las nuevas normas, la seguridad social debe prepararse para ayudar a los nuevos inválidos que, de hecho, estas últimas «producen».

Desde hace algunos años, la doctrina transhumanista encuentra un eco complaciente en los medios de comunicación, sin que nunca sea evidenciado su carácter cientificista, ultra liberal e in fine eugenésico. Seductora porque pertenece a la fantasmagoría de la ciencia ficción, intimidante porque se coloca bajo el escudo del progreso de las neurociencias y del genio genético, esta ideología funciona como todas las doctrinas que tienen una ambición mesiánica: en el nombre de un futuro que califica de ineludible, defiende la construcción de un mundo que busca prevenirlo pero que, en realidad, lo produce. Ningún fanatismo religioso ha ido tan lejos como el transhumanismo, porque éste defiende el advenimiento de un hombre nuevo que no sólo ha asimilado sus dogmas, sino que los ha encarnado, transformando su cuerpo de manera a que corresponda al nuevo orden que ha puesto en marcha.

La inmortalidad, el cuerpo aumentado… tantos leitmotivs milenaristas reactualizados para el struggle for life capitalista. Antes de buscar «aumentar» el cuerpo, ¿no deberíamos preguntarnos si todos viven plenamente la magia de lo que somos? Antes de aspirar a la inmortalidad, ¿no deberíamos permitir que todos vivan una vida plena y no impuesta? Los adoradores de la tecnología invocan la medicina, su razón de ser, que desde siempre habría intervenido sobre el hombre para remediar sus males. Argumento falaz. El transhumanismo es algo muy diferente de la medicina. Se trata de un mantenimiento tecnológico que considera al cuerpo humano como una máquina descompuesta o que puede ser perfeccionada. Curar, cuidar, corregir, no es condicionar, programar, transformar.

Como sostiene Mathieu Terence, autor de un breve libro que revela la verdad de ese discurso totalitario (El transhumanismo es un integrismo), el transhumanismo es el self made man absoluto. Puede llegar al extremo de construirse una vida artificial capaz de otorgarle el rendimiento que nuestro mundo artificial espera de él. Por eso, ahí donde reina la cantidad, no será posible la calidad. Ahí donde el número es rey, el verbo se reducirá a un código. Ahí donde nada tiene valores, todo tiene un precio. La inteligencia es reducida a un rendimiento lógico, al comportamiento que corresponde mejor a una consigna. Son olvidadas la imaginación, la sensibilidad, la memoria y sus infinitas combinaciones. Es bajo esta perspectiva cínica que debemos entender el elogio del CI que hace el doctor Alexandre, especialista en la materia, dice de sí mismo, aunque urólogo de formación. Aquel que confunde el CI con la inteligencia, confunde la paleta del pintor con el cuadro.

La confusión entre las cualidades de un ser y su rendimiento es un hecho de nuestra época, donde el punto de vista económico (rentable, contable) prima sobre los otros, aun por sobre lo más valioso de los seres vivos. ¿No se habla hoy de niños de guardería de «alto potencial», así como lo hacen todas las Direcciones de Recursos Humanos del mundo de ciertos miembros de una empresa? La evaluación se ha vuelto tiránica, una obligatoria herramienta de administración, una palabra de uso común que sirve insidiosamente para la devaluación, para el control de los individuos y para la delación. Ahora se trata de saber gustar, y no de conocer. Existía la servidumbre voluntaria, ahora existirá cada vez más la voluntad de servidumbre.

Traducción de Ernesto Kavi

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