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Magia engañosa | Castillo Deball y Roy Wagner

Érase una vez un comerciante, un hombre blanco en la tienda allí por la Res, que era tan bueno engañando a los Indios que ya hasta estaban un poquito orgullosos de él. Un buen día un Indio se acercó a la caja y le dijo al comerciante: «Así que tú eres el genio del engaño… Pues mira, ése de allá es aún mejor que tú».

«¿Él? ¡Si no es más que una sabandija esquelética!».

«Pues sí, ése mero. ¿Por qué no dejas que te lo pruebe?».

Así que el hombre blanco se dirigió a Coyote y le dijo: «Te reto a un concurso de trucos y a ver quién es el mejor haciendo trampa, tú o yo».

«No se puede», le dijo canis latrans, «porque dejé mi magia en casa, y está a dos días de aquí».

«No hay ningún problema», dijo homo no muy sapiens, «porque puedo prestarte mi caballo, y tú puedes traer tu magia en menos de lo que canta un gallo».

«Ni mais», respondió el cándido cánido, «porque yo básicamente soy un depredador, y en cuanto el jamelgo sienta mi olor me va a desmontar en menos de lo que canta un grillo».

«¡Ah, caramba!», dijo el comerciante, «Bueno. También te presto mi ropa, así cuando el caballo perciba tu olor me olerá a mí en vez de a ti».

Y eso fue exactamente lo que sucedió, caramba y todo; Coyote tomó el caballo del comerciante, se puso su ropa, y se alejó despreocupado.

 

Coyote: «Mira, Roy, esto lo demuestra».

Roy: «¿Demuestra qué?».

Coyote: «Que la percepción es una cosa engañosa».

Roy: «No tan engañosa como la representación, pues cualquier cosa que veas en estas líneas la verás porque la representé de esa manera».

Coyote: «Yo no estaría tan seguro de eso; siempre hay un truco de por medio, y como te dijeron tus amigos Barok en Nueva Irlanda, una vez que te das cuenta de que algo es falso…».

Roy: «O quizás de que todo es falso…».

Coyote: «Resulta que estás, no en el fin del conocimiento, sino en el principio».

Roy: «Y ahora vas a venir a decirme que dejaste tu magia engañosa en casa».

Coyote: «No exactamente. La tengo aquí conmigo. Mira en un espejo».

Roy: «¿Entonces por qué es un engaño la percepción?».

Coyote: «Verás, Roy, no vemos el mundo que vemos, ni oímos los sonidos que oímos, ni tocamos las cosas que tocamos, ni percibimos de ningún modo lo que percibimos, sin que haya algo más de por medio».

Roy: «¿Qué es esto? ¿Una ingeniosa analogía cánida de la caverna de Platón? ¿Como si en el fondo del cerebro ustedes los cánidos tuvieran un inhibidor de la respuesta de huir o pelear?».

Coyote: «Pues mira, Roy, tengo uno justo frente a mí. De cualquier forma, ¿qué es un cerebro si no un inhibidor de la respuesta de huir o pelear?».

Roy: «Bueno, en ese caso también lo es el sistema nervioso del cuerpo, tanto el autónomo como el simpático, pues lo que tenemos a bien llamar un organismo o un cuerpo es en ese sentido el lado inverso del cerebro, la forma en que realmente funciona y su red básica de inteligencia».

Coyote: «¿me hablas a y te “inviertes”, eh? Esto es más parecido a la contrainteligencia; el cerebro es el único órgano del cuerpo suficientemente narcisista como para realmente creer que está pensando. Es por eso que nosotros los coyotes tenemos cerebros tan pequeños».

Roy: «Ya entiendo; ¿tú eres ese “algo más” que se interpone?».

Coyote: «Así es, compadre; siempre me interpongo, entre yo mismo y todo lo demás. Tengo que engañarme para engañar a todos los demás. Soy exactamente lo que la percepción sería si ésta supiera lo suficiente acerca de sí misma para poder representarse adecuadamente».

Roy: «¿Como si lo que percibimos fuera de hecho lo que pensamos sobre la percepción?».

Coyote: «Por ahí va, pero en realidad el hecho es más aterrador aún».

Roy: «Entonces, si pensar equivale a percibirse a uno mismo percibiendo el pensamiento mismo, lo que hacemos cada vez que percibimos es percibir el acto de la percepción, o en otras palabras, representar lo visto al vidente. En realidad nunca vemos la luz…».

Coyote: «Pero la luz se ve a sí misma como nosotros, pues lo que vemos y cómo lo vemos son una y la misma cosa».

Roy: «No percibimos sino el acto de percibir, una percepción que se representa a sí misma para ser lo visto».

Coyote: «¿Ves? Siempre supe que eras un poquito coyote. Cuando observas la luz de una estrella lo que en realidad estás viendo es el impulso que tu nervio óptico crea al verla, como una estrella perruna, o dicho de otra manera, ¿hablas en Sirius? Siempre hay una pata de por medio».[i]

Roy: «¿Es como tomar una fotografía a intervalos, no?».

Coyote: «O como una acústica a intervalos, en el caso del oído, que escucha por sí mismo. O un tacto a intervalos en el caso de la piel y de los sensores de movimiento. O hasta una cognición rápida en el caso del cerebro».

Roy: «No mires ahora, pero estás en el programa de cámara infraganti».

Coyote: «En cada caso percibimos el intervalo reflexivo del trabajo, o la energía, que el cuerpo utiliza para entender el mundo, y por ende a sí mismo. Siempre estamos un paso atrás de lo que realmente acontece allá afuera, y que conocemos por puro reflejo. Y por la misma razón. Que no es para nada racional. Siempre estamos un paso atrás de la acción misma, que está aquí, incluso en nuestro pensamiento sobre lo que está aquí».

Roy: «Guau, eso que da miedo: hasta para pensar en que estamos un paso atrás tenemos que dar un paso atrás de ese pensamiento, y después retroceder aun más para saber esto. Es como si la vía de la percepción, y por lo tanto de la memoria, fueran en sentido contrario a la acción de lo que creemos estar haciendo».

Coyote: «Es regresar al mero principio, como efectos que causan sus propias causas cada vez. ¿Es como si sólo pudiéramos conocer el mundo de la percepción en reversa de nosotros mismos, y como si movernos hacia adelante en el tiempo fuera la ilusión que la memoria necesita para reconfortarse a sí misma?».

Roy: «¿De qué otra forma podría recordar la memoria qué debe recordar e incluso cómo recordarlo? Es como si tuviéramos que pensarnos de nuevo, salir del mundo de los sueños cada vez que nos despertamos en la mañana, reanticipar el pasado para así extenderlo hacia el futuro. Algo como, “Veamos, ¿dónde estaba ayer para poder continuar con el hoy?”».

Coyote: «“Dejé mi magia en casa, y ahora debo regresar a recuperarla”. Ya que no habría un “día de hoy” sin esa magia engañadora. O lo que en los libros de Castaneda llaman “la burbuja de percepción”: la idea de que “hay algo de por medio” que nos rodea como una burbuja opaca, de modo que todo lo que vemos y sabemos del mundo es nuestra propia imagen o imaginería reflejada en la superficie interior de la burbuja».

Roy: «O como la observación de Wittgenstein en el Tractatus, de que “Lo que se refleja en el lenguaje no puede ser dicho por medio del lenguaje”».

Coyote: «Buen punto, Roy, pues Wittgenstein mismo fue obligado a enunciar mediante el lenguaje que lo que él mismo había declarado —la proposición en sí— no puede ser formulado por medio del lenguaje. Ese tipo siempre tuvo potencial de coyote. Qué lástima que tuvo que asumir una forma humana».

[i] N. del T. Se trata de un juego fonético intraducible. En inglés you can’t be Sirius, que se refiere a la estrella Sirio, suena igual que you can’t be serious, que significa «no puedes hablar en serio». There is always a paws (patas) in between suena como There is always a pause (pausa) in between, «Siempre hay una pata en medio».

 

portada coyote 12.02.18.inddAntropología de Coyote. Una conversación en palabras y dibujos
Mariana Castillo Deball y Roy Wagner
Trad. Maia Fernández Miret
Surplus Ediciones
2018
68 páginas

 

 

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