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Malcolm Lowry en el supermercado | Daniel Saldaña París

1.

Hay unas ciudades más imbricadas que otras en la historia de la literatura, eso está claro. El prestigio literario de Nueva York, París o la Ciudad de México es innegable y merecido: existen ciertos libros que, una vez leídos, transforman para siempre el rostro de esas ciudades, superponiendo una capa de ficción a sus banquetas y semáforos. Pero también hay ciudades menos afamadas que rara vez se cuelan en algún libro y que, por lo tanto, tienen una relación distinta y muy estrecha con esas pocas ficciones que las narran. Tal es el caso de la ciudad en la que pasé toda mi infancia, Cuernavaca, que —salvo contados flirteos incidentales— tiene una relación de estricta monogamia con cierta gran novela del siglo xx: Under the Volcano, de Malcolm Lowry.

Se podría decir que yo también mantengo una relación monógama con Cuernavaca, pues viví en ella mi primera y fallida educación sentimental y, tras dejar la ciudad hace ya varios años, me he dedicado a construir una mitología personal alrededor de ella, a veces sin quererlo y otras veces deliberadamente. Leo las noticias sobre Cuernavaca con una especie de fascinación morbosa, sueño con frecuencia que recorro las calles del centro de la ciudad y tengo una fijación extraña con algunos de los lugares en los que pasé mis años mozos (el Cine Morelos, donde cultivé mi cinefilia temprana —en una sala en la que a veces sobrevolaban murciélagos frente a la pantalla—; o la Plazuela del Zacate, que es donde tiendo a situar el nacimiento de mi inclinación por el alcohol como arma elegida para atentar contra mí mismo; o la estatua de Humboldt frente a la catedral, a la que acudí ritualmente con una novia de la adolescencia —ahora artista del performance— para tomarnos fotos besando la mejilla del explorador germano).

Hace unos doce años leí por primera vez Bajo el volcán en la traducción de Raúl Ortiz y Ortiz que publicó en México la Editorial Era. Por aquel entonces yo vivía en Madrid y, habiendo pasado varios años sin visitar los parajes de mi niñez, acudí a aquella ficción como estrategia para acercarme a ese jardín mitológico que es para mí la «Ciudad de la Eterna Primavera». Pero debo reconocer que entonces, en Madrid, no comprendí ni disfruté cabalmente los méritos del libro; las frases largas, sostenidas durante párrafos enteros, estaban lejos del tipo de cosas que me interesaba leer por entonces, y desde luego tampoco encontré por ningún lado la proustiana magdalena que me devolviera a los territorios de mi etapa formativa. Hay libros así: que no se abren fácilmente a quien tiene todavía demasiadas ilusiones, pero a los que, si regresamos más jodidos, se les puede arrancar un nuevo y más profundo significado.

Hace poco, en una residencia para escritores en Hudson, Nueva York, encontré un ejemplar de Under the Volcano en inglés en la biblioteca del lugar y me lo robé con total descaro. No he vivido en Cuernavaca desde mis 18 años, y en los últimos cuatro habré pasado ahí no más de quince días en total; una vez más, pensé que leer Under the Volcano me sería útil para reapropiarme de mi pasado, para volver imaginariamente al terruño o, al menos, para contraponer un rostro de la ciudad distinto al que la lectura de las noticias diarias arrojaba, más bien devastador. Desde luego no encontré exactamente lo que buscaba, porque los buenos libros nunca responden a las expectativas instrumentales del lector. La ciudad que Lowry describe ya no existe, y quizás nunca existió del todo (no por nada Lowry utiliza en su novela el topónimo náhuatl, Quauhnáhuac, tomando distancia de la Cuernavaca real), pero de alguna manera la lectura sirvió para alimentar mi obsesión por aquellos predios y accionar la maquinita nostálgica de las asociaciones libres que vertebran este titubeante ensayo.

2.

Mi padre y yo fuimos parte de esa generación que llegó a Morelos a finales del siglo pasado, no tanto por los estragos del terremoto de 1985 —que nos agarró en una de las zonas menos afectadas del Valle de México— cuanto por la amenaza que la contaminación del aire capitalino suponía para mi asma infantil.

Después de algunos meses de transición en un barrio periférico del sur de la ciudad, nos instalamos en un pequeño departamento de un conjunto habitacional de interés social en la colonia San Miguel Acapantzingo, que hace una aparición estelar en la novela de Lowry: Hugh e Yvonne divisan una cárcel durante su primer paseo juntos, en el momento inmediatamente posterior a la anagnórisis fundamental de la trama. Esa cárcel es ahora el Parque Ecológico y la sede del Museo de Ciencias, pero en 1991, cuando mi padre y yo llegamos a la colonia, era todavía la prisión que Lowry describió en 1938, con muros blancos y altos, torretas y alambre de púas.

Al igual que la cárcel, la entrada a la Unidad Habitacional Fovissste Cantarranas, en cuyo primer edificio vivíamos, estaba sobre la avenida Atlacomulco. Casi enfrente de mi casa había —y todavía hay, según constato en Google Maps— un hospicio para huérfanos del Ejército de Salvación. Esos dos puntos, la cárcel y el orfanato —separados por no más de quinientos metros— se convirtieron, desde mis siete años, en recintos capitales de mi imaginario. Si mi moral infantil pudiera ser concebida como una rosa de los vientos, la cárcel y el orfanato marcarían los polos Sur y Oeste, respectivamente. Los otros dos polos de esa cosmogonía infantil estaban representados por edificios situados, también, sobre Avenida Atlacomulco: mi casa (polo Norte magnético hacia el que señalaba la brújula de mis afectos) y mi escuela primaria (Oriente de mi psique, por donde salía el sol cada mañana). Desde la puerta de mi departamento hasta la puerta de mi escuela había una travesía de 189 pasos exactos (y lo sé porque, desde entonces, el número 189 ha reaparecido en mi vida una y otra vez, siempre como un heraldo: camuflado al final del número de teléfono de una mujer fatídica o como la cantidad exacta de dinero que me robaron en un atraco).

Como si la cárcel, el orfanato, mi casa y mi escuela no fuesen suficiente contenido simbólico para marcar aquella calle de mi infancia, hay que añadir el oscuro detalle de que desemboca, un poco más abajo, en la avenida Díaz Ordaz, apellido que mi educación me enseñó a odiar y temer desde muy joven.

A los siete años me lié a golpes con un niño que vivía, como yo, en el Fovissste Cantarranas, y lo dejé bastante maltrecho (no porque mis dotes pugilísticas sean muy notorias, sino porque, desde pequeño, soy capaz de desplegar una violencia maníaca en momentos de ofuscación). Esa misma tarde mi padre se enteró del incidente y palideció de susto. La familia del niño en cuestión era, como mi padre decía, «gente del pri», y el hecho de que yo hubiera magullado a su retoño no auguraba una racha tranquila para nosotros. Mi padre llegó a prohibirme salir del departamento durante algunos días, por miedo a que hubiera represalias directamente en mi contra. En mi preocupación, llegué a convencerme de que corría el riesgo de ser enviado al orfanato, o incluso a la prisión, ahí a la vuelta. Una mañana encontramos el coche cubierto de mierda de perro y con los vidrios reventados; mi padre asumió que mediante aquella fechoría se habían cobrado venganza y me dejó salir a jugar de nuevo, pues se había restablecido un cierto equilibrio en nuestra tensión con las fuerzas del mal, caracterizadas siempre como emanaciones del sistema político imperante.

Pero también la progresía, encarnada en los valores tutelares de mi escuela, llegó a jugarme chueco en más de una ocasión. Siendo aquella, como era, una escuela «activa» —basada en teorías pedagógicas de Célestin Freinet—, se esperaba de los niños que propusieran y votaran su propia legislación; es decir, el conjunto de normas de conducta que regiría sobre toda la población estudiantil. Yo era el único niño de mi clase que usaba gorra, y en segundo de primaria hubo una conspiración para proponer, como norma inviolable, la prohibición de la gorra en toda la escuela. La propuesta despertó gran entusiasmo, como toda buena pieza de demagogia, y ganó en una votación de la asamblea, con lo cual me obligaron a renunciar a mi orgullosa marca de distinción, y la colección de gorras que había ido amasando ambiciosamente con el concurso entusiasta de mi abuelo paterno pasó a acumular polvo junto a mi colección de llaveros turísticos. Lloré amargamente durante días —aunque no en la escuela, desde luego, donde mantuve la actitud altiva del que es derrotado pero está en lo cierto—. Esa fue mi primera lección democrática, y desde entonces siempre he sentido que la democracia es un complot para acabar conmigo.

Toda esta temprana psicogeografía, esta versión miniatura de mi Inferno (con círculos para los huérfanos, los criminales, mis familiares y los maestros bienintencionados) nimbó mi infancia con un aire siniestro que quizás he aprendido a exagerar mediante la repetición neurótica de su anecdotario.

3.

Las flores del segundo verso de «The Waste Land» no son buganvilias, sino lilas, pero cada vez que lo leo o lo recuerdo (y me pasa mucho, pues es un verso que me gusta aún más que el célebre primero de ese mismo poema) la imagen que me viene a la mente es la de las buganvilias, esas flores de enredadera que enmarcaron mi vida en Cuernavaca y que en la novela de Lowry son un punto de fuga para las reflexiones de Yvonne.

Con los años, mi padre y yo nos mudamos a una casa, en las afueras de la ciudad, más cómoda que aquel pequeño departamento del Fovissste. Un puñado de calles que serpentean sobre un cerro, una iglesia entre los primeros peñuscos de una barranca: Santa María Ahuacatitlán. El pueblo no aparece mencionado en Under the Volcano, y de hecho la única mención literaria que conozco de ese topónimo preciso está en el muy recomendable libro de Rubén Gallo, El México de Freud (un volumen fascinante sobre la historia de la recepción de Freud en México). En él, Gallo cuenta la improbable pero probada historia de un monasterio psicoanalítico que existió no muy lejos de la casa en la que viví justo antes de mi mayoría de edad. El monasterio freudiano desapareció mucho antes de mi llegada al mundo, pero me parece que no ha pasado mucho más en Santa María Ahuacatitlán desde entonces. Con todo, me gusta creer que hay una especie de vibra psíquica residual, emanada del monasterio psicoanalítico, que continúa sintiéndose en las calles de aquel pueblo.

El único prócer que Santa María Ahuacatitlán le donó a la patria, que yo sepa, fue un tipo con el nombre —que siempre me pareció perfecto— de Genovevo de la O, héroe de la revolución a quien el pueblo le dedicó una calle más bien secundaria —del ancho de una camioneta, a lo mucho—. Cuando pienso hoy en día en Santa María, y por ende en su prócer, no puedo evitar recordar aquel verso genial de Gerardo Deniz: «Morir no será más extraño que apellidarse De la O».

La relación que, en mi experiencia, une a Santa María con Under the Volcano es menos obvia, por ser, una vez más, un episodio de ese anecdotario personal que he terminado por redondear —o distorsionar, según se vea— a fuerza de contar demasiadas veces. Cuernavaca es el escenario ampliamente descrito por el narrador y recorrido por los personajes de la novela, pero no llega a ser exactamente un protagonista. El protagonista indiscutible es la sed; la sed insaciable y sin fondo del Cónsul, que despierta constantemente de un sueño para entrar a otro, con ramalazos de realidad intercalados, momentos de repentino contacto con el mundo antes de verse acosado nuevamente por las voces que pueblan su cabeza, y que lo animan a seguir bebiendo o intentan disuadirlo de ello. Su sed es insaciable, nos dice el narrador, «Perhaps because he was drinking, not water, but certainty of brightness—how could he be drinking certainty of brightness? Certainty of brighness, promise of lighness, of light, light, light, and again, of light, light, light, light, light!».

Esa sed de luz que da el alcohol, y ese entrar y salir del sueño a la vigilia que puede ser el alcoholismo, son los verdaderos protagonistas de la novela, y Cuernavaca aparece como el teatro en el cual se despliegan. Del mismo modo, Cuernavaca fue también el escenario de mis primeros escarceos con el alcohol, droga a la cual he consagrado buena parte de mi vida adulta. La descripción que hace Lowry del horror profundo de la cruda la viví por primera vez, con una intensidad absoluta, una mañana de domingo en Santa María Ahuacatitlán. Tendría yo catorce o quince años y me había bebido varias latas de New Mix —una asquerosa combinación enlatada de tequila con refresco— la noche anterior. Mi padre me fue a recoger a una fiesta, en torno a la una de la mañana, y tuvo que buscarme durante diez minutos hasta saber —por un amigo amedrentado— que yo estaba en uno de los cuartos de la casa, enredado con una niña en un beso baboso e infinito, con el regusto dulzón del New Mix uniendo en un mismo entusiasmo adolescente nuestras lenguas.

Mi padre me arrastró al coche y luego a casa y ese domingo desperté, entre los sonidos matutinos, a una cruda cruel y palpitante —la primera de mi vida—. Salí de mi cuarto tambaleándome de dolor, con una mano conteniendo la cabeza, más que tocándola, como si el cerebro se me fuera a derramar por alguno de los poros de la frente. Mi padre me dio la bienvenida al mundo con un reproche y una tarea: como castigo a mi actitud de la noche previa tenía que lavar su coche. Bajo el sol hiriente de Cuernavaca, el sol de mañana de domingo cayendo a plomo sobre el Tsuru gris, cumplí la encomienda entre quejidos, como un perro, para después desmayarme sobre el pasto a sufrir la sed de luz de la cruda.

Pero la cruda no es solamente eso. En las mejores crudas, me llego a sentir invadido por una especie de conciencia de la sacralidad de mi propio cuerpo, en el sentido en que uno se imagina que cierto buey puede ser sagrado en una aldea de la India. Una cruda balanceada de gin-tonic, no demasiado aguda, es prácticamente una modalidad de la meditación, con esa lucidez frágil que a veces trae consigo.

4.

El comienzo de Under the Volcano es una escena de esas que a todo el que la ha leído le gusta recordar: la conversación entre el Dr. García Vigil y M. Laruelle en el famoso Casino de la Selva, que albergaba murales de David Alfaro Siqueiros y de Josep Renau, entre varios otros. Se trataba de un hotel con canchas de tenis, terrazas, árboles centenarios de troncos gordísimos que llenaban la zona de graznidos de zanates al caer la tarde. Todo eso es ahora un centro comercial enorme, situado entre otros dos centros comerciales, perfectamente contiguos. Hay también un museo, para guardar un poco las formas, pero todo el mundo sabe que el museo es una sección más del mall, como el área de comida rápida o los cines. Cuando demolieron el hotel y talaron los árboles muchos ciudadanos protestaron y ocuparon el predio para impedir la entrada de la maquinaria. Algunos de ellos eran ex compañeros míos de los años escolares, y sé que al menos uno terminó encarcelado durante un par de días por su afán conservacionista.

He hecho algunos cálculos personales (poco fiables, debo añadir) de qué parte del antiguo Casino de la Selva estaba en qué punto y, según lo que he podido deducir, esa primera escena de la novela de Lowry —la conversación entre García Vigil y Laurelle— tuvo que suceder (de esa manera extraña en que decimos que sucedieron ciertas cosas de la ficción) en lo que actualmente es el área de cárnicos del Costco. Es decir, que quizás el propio Lowry, mientras fue huésped del Casino de la Selva, estuvo parado en el punto exacto en el que ahora despachan chicharrón al peso.

 

Me gusta pensar así las ciudades, como territorios que existen en diversos planos: el histórico, el real, el político, pero también el ficticio; buscar las coincidencias entre un topos físico y uno más liviano, inconsútil, que no es real en el mismo sentido, pero que también existe.

 

5.

Cuernavaca es una ciudad con muchos jardines; o más bien, una ciudad donde la disparidad económica permite la existencia de barrios residenciales con jardines y albercas junto a colonias que sufren de la escasez de agua. En Under the Volcano, el jardín descuidado del Cónsul, signo público de su alcoholismo, le permite al personaje una apasionada reflexión edénica en el capítulo quinto. En ella, de algún modo, Lowry logra trenzar las referencias bíblicas con los ecos de una voz más laica: la del laico Voltaire y su «Il faut cultiver son jardin». Al Cónsul se le ocurre defender, a raíz de una conversación sobre jardines con su vecino, que el verdadero pecado original por el cual Adán y Eva fueron expulsados del paraíso fue la propiedad privada (a la que, irónicamente, se le erigió ese hipertrófico templo que es el Costco, sobre las ruinas del antiguo Casino).

Mi madre se mudó a Cuernavaca cuando mi padre y yo ya llevábamos algún tiempo ahí, en la bisagra del siglo. La casa a la que se mudó es quizás, de los varios lugares en los que viví durante mi pere- grinaje por la ciudad, la que más claramente evoqué en mi relectura de la novela de Lowry, dado que fue construida poco después de la publicación de ésta, en los años cuarenta. Perteneció a una activista social, galerista y modelo de la época del muralismo, María Asúnsolo, prima de Dolores del Río, que posó para Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y varios otros pintores del periodo. Hay un retrato de ella hecho por Manuel Álvarez Bravo en donde se la ve recostada de lado sobre un canapé, un poco en la pose de las Majas de Goya, aunque mucho más cómoda. La luz cae sobre su flanco derecho de tal modo que su falda y su blusa blancas parecen de mármol. No tengo ni idea de dónde se tomó aquel retrato —el encuadre es bastante cerrado—, pero me gusta especular con la posibilidad —algo disparatada— de que Álvarez Bravo disparara su cámara precisamente ahí, en esa casa que ahora es la de mi madre.

La señora Asúnsolo se retiró en esa casa, muy cerca del Casino de la Selva que ahora es un enorme supermercado en cuya área de cárnicos el fantasma de Malcolm Lowry se está tomando un mezcal en este preciso momento. Todavía corre el rumor de que María Asúnsolo practicó en ese jardín el nudismo —junto a la alberca, para escándalo y secreto deleite de los vecinos— hasta el final de sus casi cien años de vida. Tenía una colección importante de pinturas y esculturas de artistas mexicanos que al morir donó al Museo Nacional de Arte. A la Biblioteca Nacional de México le dejó una colección de libros que lleva su nombre y unos miles de ejemplares más que fueron del último de sus tres esposos.

Asúnsolo también murió ahí, en esa casa, probablemente en el cuarto que ahora es el de mi madre. Además del jardín principal, que se extiende desde un porche hasta un muro de piedra, la casa tiene un pequeño jardín interior, con unos arbustos de chile y unas flores pequeñas y aflautadas. En este jardincito la señora Asúnsolo guardaba dos iguanas de respetable talla y aún más respetable edad, que todavía se movían lentísimamente al sol cuando mi madre, mi hermano y yo llegamos a la vieja casa, poco después de la muerte de Asúnsolo.

De los cuadros en los que posó para David Alfaro Siqueiros, quizás el más conocido es «Retrato de María Asúnsolo bajando una escalera», de 1935. En él, María Asúnsolo mira como expectante hacia la diestra del cuadro mientras se recoge el vestido con la mano derecha y desciende el penúltimo escalón de una serie que se pierde, hacia atrás de ella, en las sombras. Dadas las paredes rojas y el ambiente sulfuroso, más que la escalera de una casa, pareciera que María Asúnsolo desciende al inframundo —a su propio Inferno cuernavacense, quizás, tan oscuro como fue el de Lowry— en ese cuadro de Siqueiros.

Pero hay un retrato de María Asúnsolo que me gusta más, en realidad. Fue pintado por Jesús Guerrero Galván un año antes del de Siqueiros, en 1934. A la todavía joven Asúnsolo se le ve solamente el busto, el cuello alargado y el rostro. Luce ahí un gesto como de decepción, como si mirara al artista condenándolo mientras él la pinta; por lo mismo, la modelo parece expresar esa misericordia desdeñosa también hacia el espectador. Al observar detenidamente la mirada de Asúnsolo, uno puede llegar a sentir —como el Cónsul en sus simas dipsómanas— que se ha equivocado en algo fundamental cuyo contenido, sin embargo, ha olvidado para siempre.

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