Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Martes | Lucía Treviño

Es martes, pienso.

 

He pensando tantas veces en que es martes.
Seguro hasta he intentado que un martes sea martes, que suceda martes. Lo que sea que eso signifique.
Que cuando me pregunten qué día es hoy, yo conteste: martes.
Le he preguntado: ¿por qué eres martes, martes? ¿Qué quieres, martes? Por qué no lunes o domingo.
¿Qué te vuelve hoy y no ser después o antes? Eres martes por Marte.
No eres viernes cambiante ni un jueves tan Júpiter.

 

Y esas ganas de definir todo lo indefinible me recuerdan que me ha tocado este cuerpo.
Que estoy sobre esta mesa escribiendo con estas manos. Que las nubes han acaparado el cielo.
Que la soledad llega antes de dormir y no al despertar.
Que yo le llamo soledad a una cama a medias en donde me recuesto del lado izquierdo.

 

Estoy enamorada de un hombre que duerme del lado derecho, pero sólo compartimos la cama para que seamos un mismo cuerpo.
Cuando somos dos desbordamos el cuarto y la noche de palabras,
y hasta sucede que yo no logro zarpar a la tierra de los sueños. Lo observo mientras duerme.
Lo escucho respirar.
Esperando a que por lo menos hable dormido y me cuente algo.
Tengo miedo de que rechine los dientes, sintiendo que se enoja porque la realidad no es como quiere
y sus sueños se lo recuerdan.
No podemos estar dos así en la misma cama. Uno tiene que aceptar las cosas como son,
a la realidad como una constante oportunidad de cambiarnos.

 

 

Aunque podamos turnarnos: hoy me convences tú, mañana yo. Pero no se lo diré.
Tiene los ojos grandes y las pestañas largas. Se me olvidaba la belleza de sus ojos.
Es frágil, ahora lo recuerdo porque también esto se me olvida. Está demasiado vivo y por eso lo amo.
Aunque sólo me atrevo a decírselo cuando tiene su pena hasta el fondo de mi alma. (Escribí pena, en lugar de pene).
(A veces también siento su pena). (O la imagino).
Como una amenaza. (El pene o la pena). Como el pedazo de ser que me falta, esa que abraza mi vacío.
No me decido por ninguna versión.
No me culpen, son sólo pensamientos fantasmas.
Odio las palabras y también las amo. Odio porque con ellas traiciono lo que siento en mi ignorancia y,
rara vez,
descubro la verdad. Pero lo intento.
Es como apostar. Con una vez que ganes vuelves a arriesgarlo todo con tal de ganar de nuevo.
Pero es martes, y un poema no lo cambia en nada. O tal vez un poco.
¿Qué define al martes?
La energía de un paso más allá. La segunda casilla.
El cuadrito número dos en el calendario (si es mexicano), tres (si es gringo). La palabra mar contenida dentro.
La posibilidad de los encuentros ingenuos en cafeterías y lugares de té. La seguridad de no salirse de la raya.
Las aguas calmas.
El silencio a las diez de la mañana.
Los ojos alumbrando. Sin ganas de llorar. Es casi el comienzo. Pero ya hemos avanzado.
El bagaje ligero.
Sucede el viaje del hombre fuera de esta ciudad. Mientras lleno aún con más palabras la espera. El trabajo con estoicismo.
Correr con las piernas imaginándolas alas de mariposa. Pagar las deudas.
Sentirse parte de todo lo demás. Pertenecer. Como si fuéramos la planta que brota

creciendo en silencio
bien tomada de la tierra con sus raíces tiernas recibiendo lluvia o sol o viento.

Es martes y,
por un segundo,
en esta eternidad,
reverdece.

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