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Marx contemporáneo | Daniel Bensaïd

Un siglo y medio después de la proclamación inaugural del Manifiesto comunista, fue el momento de las Restauraciones y de las Contra-reformas. Francis Fukuyama decretaba el fin de la historia. François Furet envíaba el comunismo al pasado extinto de una ilusión. Inmóvil en su movimiento eterno, el capitalismo devenía el horizonte insuperable, sin encanto, de toda época.

¿La muerte de Marx, la muerte de las vanguardias?

¿El fin de la historia, el fin del comunismo?

Esos finales, sin embargo, no terminan de acabar. Hace veinte años, el semanario Newsweek declaraba solemnemente en su primera página la muerte de Marx. Desde 1993, empero, el duelo cesó. Jacques Derrida anunciaba el reto: «No habrá ningún futuro sin Marx, o, en todo caso de cierto Marx, al menos de uno de sus espíritus». El mismo año, Gilles Deleuze le confiaba a Didier Eribon: «Cuando alguien dice que Marx se equivocó, no entiendo qué pretende decir. Y menos aún cuando dicen que Marx está muerto. Hoy en día hay tareas urgentes: debemos analizar qué es el mercado mundial y cuáles son sus transformaciones y, para eso, es necesario pasar por Marx».

Interpretar los movimientos del capital y desmontar sus fantasmagorías es siempre la labor de Marx. Durante todo el tiempo, decía nuestro desaparecido colega Daniel Singer, que el capital trabaje. Pero heredar jamás ha sido sencillo. Todo depende de qué se hace a partir de esta herencia sin propietario ni modalidad de empleo. Ahora bien, como lo subraya Eustache Kouvelakis, «el marxismo es constitutivamente un pensamiento de la crisis». Su difusión internacional de finales del siglo XIX coincide ya con aquello que Georges Sorel llama su propia descomposición. Esta crisis significa, de entrada, la pluralización de esta herencia y el inicio de una lucha que no ha cesado desde entonces de maltratar la pretendida unidad del «marxismo».

En Francia, las huelgas del invierno de 1995 marcaron el inicio del giro anti-liberal, confirmado después por las manifestaciones en Seattle o en Génova, además de un cambio en el paisaje intelectual. Simbólicamente, un mes antes del inicio de las huelgas, tuvo lugar, bajo la iniciativa de la revista Actuel Marx, el primer Congreso Marx Internacional. Sobre los escombros del siglo XX, comenzaba a retoñar aquello que André Tosel llama «los mil marxismos». La pululación de estos «mil marxismos» es el momento en el cual dicho pensamiento se libera de carcasas doctrinarias. Tan plurales como actuales, desde entonces esos marxismos muestran una bella vitalidad, a condición, ciertamente, de tener el interés de observar qué se produce más allá de Francia.

Este pulular plantea, a pesar de todo, la interrogación de saber aquello que, allende diferencias de orientación y las fragmentaciones disciplinarias, podría todavía permitirnos hablar del marxismo como una corriente de pensamiento reconocible. «¿Cuál sería —pregunta André Tosel— el consenso mínimo respecto a aquello que convendría llamar una interpretación legítima del marxismo?». La pluralidad de marxismos plantea la problemática de un acuerdo teórico mínimo sobre una base de desacuerdos legítimos. Después de la época estalinista de las excomuniones sectarias, hoy en día el peligro es inverso, aquel de una coexistencia amable y ecléctica entre marxismos académicos sin implicaciones prácticas.

El fundamento de esta amenaza reside en la discordancia entre los ritmos de reapropiación intelectual y la lentitud de la removilización social, en la escisión que se mantiene entre teoría y práctica, la cual, de acuerdo con Perry Anderson, ha marcado profundamente el «marxismo occidental». Si ésta no ha sido debidamente refutada en su dimensión teórica, la crítica marxista de la modernidad capitalista no podrá resurgir indemne tras las grandes derrotas políticas del siglo pasado.

No habrá futuro si no es capaz de restablecer el diálogo con una renovada praxis de los movimientos sociales, sobre todo con los de resistencia contra la mundialización capitalista. Es en este aspecto que se manifiesta de manera clara la actualidad de Marx: en el rechazo a la privatización del mundo, a la mercantilización generalizada y a los peligros que todo eso proyecta sobre el futuro de la especie humana.

La crisis ahora abierta de la mundialización liberal y de sus discursos apologéticos constituye el fundamento para un renacimiento prometedor de los marxismos. Testimonio de esto son los trabajos de Robert Brenner en los Estados Unidos, aquellos de Francisco Louça sobre los ritmos económicos o la fecundidad en Francia de las investigaciones críticas en torno a las lógicas de la mundialización. Bajo el impulso de David Harvey o de Mike Davis, el auge del «materialismo histórico-geográfico» retoma las pistas dejadas por Henri Lefebvre respecto a la producción del espacio. Los estudios feministas vuelven a impulsar la investigación sobre las relaciones entre clases sociales, las identidades comunitarias y las pertenencias de género. Los estudios culturales, ilustrados notablemente por el abundante trabajo de Fredric Jameson en los Estados Unidos o de Terry Eagleton en Inglaterra, abren nuevas perspectivas a la crítica de las representaciones simbólicas y de las formas estéticas. La ya abundante obra de Alex Callinicos confronta con coherencia un marxismo militante y crítico con los retos de las teorías sociales contemporáneas, con la obra de Rawls, con las teorías de la justicia, con el marxismo analítico o con las retóricas de la posmodernidad.

No es menos cierto que la crítica marxista se encuentra en un momento crucial de su propia historia. El Diccionario Marx contemporáneo pone en evidencia la rápida evolución de la coyuntura teórica bajo el golpe de eventos mayores. En menos de diez años, la escuela francesa de regulación se desintegró, la corriente de marxismo analítico anglo-sajón desapareció, el operaismo italiano conoció, a su vez, sorprendentes metamorfosis. El siglo XX existió. Regresar a Marx no será suficiente. Más bien se trata de saber a través de cuáles caminos regresar a Marx. Gramsci, Benjamin, Bloch, Lukács ofrecen suficientes contrapuntos críticos para hallar, entre las ruinas de la ortodoxia estaliniana, no un Marx auténtico, el verdadero Marx (aun si buena cantidad de contradicciones fueron cometidas sobre su obra), sino los Marx posibles y reprimidos, aquellos que tienen tanto que decirnos sobre la mundialización, sobre el fetichismo, y aun sobre la ecología (como lo muestran las investigaciones de John Bellamy Foster).

Si una teoría se evalúa a través de la fecundidad de su programa de investigación, la de Marx permanece lejos aún de haber agotado todo su potencial. Sería ilusorio pensar en los años sesenta como la época de oro del marxismo. Fue simplemente el inicio del fin de un marxismo de Iglesia, y el gran historiador E.P. Thompson pudo escribir gracias a ello su Miseria de la teoría.

Cuanto más visibles fueron los grandes heréticos de aquella época, más desértico se volvió el paisaje de los marxismos. Hoy en día existe una multitud de trabajos originales y una productividad teórica que no se compara con aquel pasado retrospectivamente embellecido. Pero su dispersión y su fragmentación, aunadas a la ausencia de un catalizador político, implican que siga siendo todavía un trabajo molecular, discreto —incluso si la renovación editorial es evidente—, cuyos efectos sobre el campo social y político permanecen modestos. Pero esto no es sino un inicio.

Traducción de David Luna

Ilustración de Santiago Solís

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