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Marx no hace de la lucha de clases una rivalidad de poder | Una entrevista con Michel Foucault

Julio, 1977. Cuatro reporteros de extrema izquierda se reúnen con el filósofo. Un dialogo que se articula alrededor de las definiciones de poder y de la lucha de clases y que muestra cuánto desconfiaba Michel Foucault de los análisis maniqueos del izquierdismo de aquel entonces.

Tomemos los trabajos de Jacques Rancière. Cuando trabaja sobre 1848 y la revuelta popular, trabaja también sobre el presente. Para él, el agente es el pueblo que se reapropia de la memoria y hace algo a partir de ella. Pero, para usted, ¿dónde está el agente?

Michel Foucault: Lo que intento comprender es el poder. No de la forma ordinaria, como solemos entenderlo, cristalizado en instituciones o en aparatos, sino, si lo prefieren, el poder, a través de todo cuerpo social, como el conjunto de aquello que podríamos denominar la lucha de clases. Para mí, en el fondo, el poder es la lucha de clases, es decir, la totalidad de relaciones de fuerza, es decir las relaciones forzosamente desiguales e igualmente cambiantes que puede haber dentro de un cuerpo social, y que son las actualizaciones, los dramas cotidianos de la lucha de clases. Lo que sucede dentro de una familia, por ejemplo, las relaciones de poder que se juegan entre padres e hijos, marido y mujer, ascendiente y descendiente, jóvenes y viejos, etc., son relaciones de fuerza que, de una u otra manera —y es esto lo que debemos analizar—, son la lucha de clases. Yo no diría simplemente «hay una lucha de clases, así, en el nivel fundamental, de la cual todo lo demás no es sino el efecto, la consecuencia», más bien, diría que la lucha de clases, concretamente, es todo esto que vivimos. Por lo cual, el poder no está ni de un lado ni del otro, está precisamente en la confrontación, con los instrumentos que unos poseen, las armas con las que los otros cuentan, el brazo de un lado, el ejercito del otro, los fusiles aquí… Sin embargo, decir que la burguesía posee las armas, decir que la burguesía se apropió del poder porque ella controla el aparato de Estado, no me parece una formulación suficientemente precisa, suficientemente exacta desde el momento en el que queremos analizar el conjunto de relaciones de poder que existen en un cuerpo social.

Aquello con lo que usted no estaría de acuerdo es la representación de un frente, la representación de dos posiciones bien atrincheradas una contra la otra, una confrontación de sujetos…

Michel Foucault: El análisis que consistiría en decir que en un cuerpo social hay dos categorías de personas, aquellos que tienen el poder y aquellos que no lo tienen, aquellos que pertenecen a tal clase y aquellos que pertenecen a tal otra, no rinde cuenta del cuerpo social. Puede valer dentro de ciertos espacios particulares donde, efectivamente, la distribución binaria opera; incluso puede ser igualmente válido bajo una cierta distancia y bajo un cierto ángulo, para considerar, por ejemplo, ciertas relaciones de poder económico. Pero si pensamos un cierto tipo nuevo de ejercicio de poder, el poder médico, por ejemplo, el poder sobre el cuerpo, sobre la sexualidad, etcétera, entonces está claro que plantear inmediatamente una oposición binaria, decir, por ejemplo: «los niños, las mujeres, son como los proletarios», no llega rigurosamente a nada más allá de aberraciones históricas.

Su trabajo consistiría en descalificar las preguntas, pero sin excluirlas totalmente, decir: «No son las únicas preguntas, sobre todo: no son las preguntas fundamentales»…

Michel Foucault: Siendo muy pretencioso, haré la siguiente comparación: en el fondo, Marx, cuando comienza a hacer sus análisis, tenía alrededor suyo corrientes de pensamiento socialista que formulaban un análisis al plantear la pregunta de la pobreza: «Somos pobres. ¿Cómo es posible que nosotros, quienes producimos las riquezas, seamos pobres?». Dicho de otra forma, la pregunta planteada fue aquella del Robo: «¿Cómo nos roban los patrones, cómo nos roba la burguesía?». Pregunta negativa que los socialistas no podían resolver porque ellos mismos respondían con una solución negativa: «Somos pobres porque nos roban». Marx invirtió el asunto al preguntar: «Esta pobreza, este empobrecimiento al cual asistimos, ¿con qué se relaciona?». Descubrió que los formidables mecanismos positivos que estaban detrás de todo esto, aquellos del capitalismo, de la acumulación del capital, que todos estos mecanismos positivos eran propios de la sociedad industrial que tenía frente a sus ojos. Esto no quiere decir que negara el empobrecimiento, al contrario, le da un lugar muy particular. Más bien, pasó de un análisis del tipo negativo a un análisis del tipo positivo que restituye un lugar a los efectos negativos. Otra vez, de forma muy pretenciosa, me gustaría hacer algo análogo. No es posible dejarse engañar por el fenómeno propiamente negativo de la miseria sexual —existe, pero no es suficiente con explicarla, de forma tautológica, a partir de la represión, decir que si uno es miserable sexualmente es porque es reprimido—, sino lo interesante es más bien descubrir, detrás de esta miseria sexual, cuál es la enorme mecánica positiva del poder que inviste el cuerpo y produce tales efectos.

Lo que quiere decir es que el poder parte de la base…

Michel Foucault: Si el poder es la lucha de clases o la forma que toma la lucha de clases, debemos reubicar el poder en la lucha de clases. Muchos análisis hacen lo contrario y definen la lucha de clases como una lucha por el poder. Tendríamos que ver con atención los textos de Marx, pero no creo que sea radicalmente antimarxista al decir lo que digo […]

No siento una fidelidad obligatoria hacia Marx, pero si vemos con atención los análisis concretos que hace Marx respecto a 1848, de Luis Napoleón, de la Comuna, en los textos históricos más que en los textos teóricos, creo que reubica bien los análisis de poder al interior de algo que es fundamentalmente la lucha de clases, y que hace de la lucha de clases una rivalidad por el poder. La rivalidad por el poder la analiza precisamente al interior de diferentes grupos en lucha.

©Archivos Foucault, IMEC

Traducción de David Luna

Ilustración de Santiago Solís

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