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Por Ernesto Kavi

En nuestra época, donde dicen que las utopías han muerto, que la batalla por la transformación del mundo ya no es posible, que la única revolución, el único cambio, es el cambio interior, los seres humanos, desprovistos de su heroísmo, ya sin armas en las manos ni sueños de absoluto en sus corazones, se han visto sumergidos en la melancolía. Y esa melancolía parece haberlo invadido todo: la política, el amor, el pensamiento, las obras de arte. Una melancolía que conduce a la parálisis, al aislamiento, al vacío, a la fatuidad, o a los espejismos del sueño. ¿Qué nos queda por hacer? ¿Dónde encontrar un pasaje en este callejón sin salida? Quizá, cuando ya no queda nada por experimentar, cuando todo ha resultado vano, cuando todo combate nos ha conducido a la derrota, debemos seguir probando suerte en los lugares de siempre: en las palabras, en las imágenes y en el amor. Tinieblas de un verano cuenta esta historia, la historia de nuestra derrota y de nuestra resurrección.

Tinieblas de un verano es la novela autobiográfica de Takeshi Kaiko, uno de los mayores escritores japoneses del siglo XX. Pero eso no importa. Lo que importa es que el relato de la vida de este ser humano, al igual que la vida de todos los hombres, por más banal que sea, es la alegoría de la historia humana. La vida del personaje principal —que carece de nombre— es la historia de la postración y la melancolía a las que nos ha conducido el fracaso de la más bella ilusión del siglo XX: la transformación del mundo y de la vida.

El personaje principal de Tinieblas de un verano, como si fuese una metáfora de la Historia, sólo quiere dormir. En algún momento, diez años después de estar viajando por el mundo, diez años después de vagar por tierras extrañas, se encuentra con un antiguo amor, con el amor más importante de su vida. De inmediato, se mudan juntos. Sin embargo, frente a ese acontecimiento que podría modificar para siempre su existencia y proporcionarle la fuerza que ya no posee, él sólo desea seguir durmiendo.

«No tengo deseos ni de demostrar, ni de sorprender, ni de divertir, ni de persuadir. No estoy de humor, estoy nervioso. Aspiro a un descanso absoluto y a una noche continua. No saber nada, no enseñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir y dormir, todavía, tal es hoy mi único deseo». Deseo infame y repugnante, pero sincero, escribe Baudelaire en unas notas póstumas que influyeron mucho en el último Nietzsche. Y es así como podría resumirse la trama del libro: un hombre que dice no, con su deseo de dormir constantemente. No a la existencia insulsa de cada día. No a la gris cotidianidad. No a la condena de repetir los mismos gestos, siempre en vano. No a la ilusoria alegría que se halla en los mínimos instantes y que nos venden como la única alegría posible. No al insustancial carpe diem comprendido como el consumo efímero de seres y de cosas. Es el rostro negativo del Übermensch de Nietzsche. Es el hermano perdido de Bartleby. Es un hombre que rechaza la época y el mundo donde le ha tocado nacer, y los rechaza con la desobediencia a los valores que predominan, es decir, la actividad constante, la productividad ilimitada, la acción sin fatiga. Un hombre que dice no, durmiendo. Y que cree que en la ociosidad está la verdadera vida. Tinieblas de un verano puede leerse entonces como una lección de ética, o como un tratado de desobediencia y de combate —a través de la inacción— contra un sistema político y económico que busca que nosotros mismos asesinemos la vida.

En la literatura popular japonesa existe también un personaje que recuerda a ese hombre, Sannen Netaro. Esa tradición narra la historia de un niño a quien sus padres piden insistentemente que se levante de la cama, y trabaje. Él, por única respuesta, duerme. Por eso comienzan a llamarle netaro, «el niño que duerme». Sin embargo, después de dormir durante tres años seguidos, aquel que parecía ser sólo un hombre perezoso, de repente se levanta y construye un canal de riego, y acomete otras obras de gran envergadura. Tal vez este breve cuento popular es la semilla del libro de Kaiko.

Porque en Tinieblas de un verano, en cierto momento, la mujer, sin imaginar las repercusiones de lo que hace, lee en voz alta el periódico, lee una noticia donde se afirma que la guerra en Vietnam, que parecía haberse suspendido, se reactivará en poco tiempo. En ese instante, casi por accidente, el hombre que había permanecido dormido durante años, se levanta, las fuerzas vuelven, el entusiasmo lo invade. Decide entonces abandonar a su amante y marcharse. Era eso lo que el hombre había estado esperando desde hace tiempo: la guerra, el combate para la reactivación de la historia, el quebrantamiento de la falsa paz en la que vivía. «Estás acostumbrado a la crueldad, pero no tienes experiencia en el cariño», le dice ella. Y comprendemos entonces que Tinieblas de un verano es también el relato de un Ulises moderno. Un hombre que sale de Japón, una isla, que participa en la guerra de Vietnam, que vaga durante diez años, y que finalmente encuentra al amor que dejó atrás, al abandonar su tierra natal. El Ulises que canta Dante y que dice: «Ni la dulzura del afecto a mi hijo, ni la piedad por mi anciano padre, ni el amor que debía hacer feliz a Penélope pudieron vencer en mí el ansia que sentía de conocer bien el mundo y los vicios y el valor humanos, por lo cual me lancé por el ancho mar abierto» (Inferno, XXVI, 94-100).

Hegel, en la Fenomenología del espíritu, afirma que la fatuidad y el aburrimiento que invadían su época eran el «indeterminado presentimiento de algo ignoto, signos de algo distinto que está en marcha: la estructura del nuevo mundo». Baudelaire, años después, coincidiría en la misma idea. Calificó nuestro tiempo —porque el tiempo de Baudelaire y el nuestro, en muchos aspectos, no son diferentes— como un «oasis de horror en un desierto de aburrimiento». Pero supo también que de los hombres melancólicos, de los hombres atacados por el spleen, por el horror, por la violencia, nacía una fuerza misteriosa y desconocida, un excesivo coraje para ejecutar los actos más absurdos y, muchas veces, los más peligrosos. Los actos que darían forma a la estructura del nuevo mundo.

La melancolía no es para Hegel, ni para Baudelaire, ni para Kaiko, un abandono, sino la gestación de una energía desmesurada, la germinación de la fuerza necesaria para construir nuevos dioses y nuevos mundos. El coraje que hace falta para imaginar una salida de nuestro aburrimiento, y de nuestro oasis de horror. Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué caminos pueden trazar la literatura y el arte, lugares privilegiados de la melancolía, en la construcción del nuevo mundo? La respuesta está tal vez en ese hombre que duerme y en su despertar imprevisto, en su resurgimiento inesperado, como si la historia se levantara por fin de su largo letargo.

Quizá la época de melancolía, de tedio y de horror en la que vivimos, sea la gestación dolorosa de un nuevo tiempo, de la vida y del amor renovados, de un verano incandescente e infinito donde el hombre se habrá liberado de su poder y la mujer de su esclavitud, y será entonces cuando nuestra tierra natal, de la que un día fuimos expulsados, resurgirá de nuestros propios abismos y nos revestirá de la antigua inocencia. Quizá estemos cerca de ese momento, pues el dolor ya es mucho. Quizá pronto nos levantaremos de nuestra melancolía y volveremos a las cumbres donde se halla la paz. Mientras tanto, hay que seguir convocando la resurrección de la historia con las únicas armas verdaderas que poseemos: con las palabras, con las imágenes, con el amor.


TinieblasTinieblas de un verano

Takeshi Kaiko

Traducción de Gustavo Pita Céspedes

Narrativa Sexto Piso

2017 • 272 páginas

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