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Mi estancia en el Internado Internacional para el Cultivo de la Excelencia | Etgar Keret

Cuando yo era niño mi madre tenía un sólo temor: que de grande yo fuera alguien ordinario.

Nuestra familia, como todo el mundo sabe, ha sido ordinaria generación tras generación. Buena familia, pero normal hasta el cansancio.

Así que mi madre no iba a dejar que yo terminara del mismo modo.

Es por eso que, desde el día en que nací, ella y mi padre ahorraron sus centavos y cuando cumplí doce años me enviaron al Internado Internacional para el Cultivo de la Excelencia en Suiza.

El Internado ponía un énfasis muy especial en los logros y la singularidad, y sus graduados tenían fama mundial por la excelencia que alcanzaban en sus respectivos campos. Los campos en sí no eran relevantes para la administración siempre y cuando alcanzaran la excelencia en ellos. En mi clase, por ejemplo, Caroline se preparaba para ser la más hermosa, y Raúl ya había conseguido ser el más fastidioso y constantemente molestaba a Yu-Lin, quien era la más patética.

La maestra me sentó en un pupitre con alguien cuyo nombre nadie conocía, pero un vistazo era suficiente para entender que aquel era el niño que más deseaba. Nadie sabía qué es lo que deseaba, porque jamás hablaba. Pero abría sus ojos muy grande, tratando de ver, y su lengua siempre estaba paseándose alrededor de su boca, como si estuviera probando algo que no estaba ahí, y aquella bola de golf en su garganta iba de arriba abajo cada pocos segundos como suele suceder cuando tragas algo.

Si hubiera sabido lo que aquel niño quería, hubiera matado por conseguírselo. Pero no lo sabía y tampoco los maestros lo sabían. Ni siquiera intentaban averiguarlo: era suficiente que alcanzara la excelencia en desearlo.

Así que pasé un año entero observando a aquel niño sin nombre. Un año durante el cual Caroline se hizo un transplante de mejilla y Yu-Lin trató de matarse en tres ocasiones.

Éramos considerados como una generación muy exitosa, excepto por mí y tal vez por Raúl, que de vez en vez decepcionaba con unas incontrolables muestras de afecto. En un intento desesperado por mostrar su compromiso, Raúl asesinó a nuestra maestra de biología. Pero como los consultores en pedagogía le explicaron a su padre, fue demasiado poco y demasiado tarde, y ambos fuimos expulsados.

El vuelo de regreso a casa fue desagradable. Yo sabía que mis padres me seguirían queriendo, pero me pesaba la decepción que les iba a causar enterarse de lo que yo siempre he sabido: que soy como cualquier otro.

Nadie pronunció palabra en el camino del aeropuerto a casa, y cuando por fin llegamos, ya había oscurecido. Mi madre miró la bolsa de verduras congeladas en el refrigerador y preguntó con voz entrecortada si deseaba algo. Cerré los ojos, sabía que sí. Deseaba algo. Sin nombre, pero con olor y sabor. No era el que más lo deseaba, ni siquiera lo deseaba la mitad que aquel niño que se sentaba junto a mí en la escuela, pero para mí, de alguna forma era suficiente.

Traducción de Diego Rabasa

Ilustración de Emilia Schettino

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