Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Mi odio por las cosas que ladran | Rodrigo Márquez Tizano

El cachorro amaneció flotando al fondo de un balde de metal. Sucedió el mismo día que el primer incendio. Fue hallado a la exacta hora en que el aire se deshace de su peso: estaban aún encendidos los cuarzos del alumbrado público y sin embargo el sol hacía ya sus primeras cabriolas sobre el pavimento. Hacía frío. Una de las cabezas lucía una herida profunda que iba desde la naciente del cuello hasta la trufa. La otra mantenía los ojos en blanco: petrificada a la mitad de un trance, no extático sino auténticamente doloroso, si acaso un animal de esa naturaleza puede sentir algo parecido al dolor o al placer. Era idéntico al padre, salvo por el pelaje, que en la cría se aclaraba desde el lomo hasta rozar la blancura total sólo llegar al vientre. Faltaban todavía muchas horas para que apareciera Fonseca por ahí. ¿Yo cuándo llegué? Al perro lo encontró la sirvienta mientras reunía los enseres para fregar el patio. Era lo primero que hacía cada mañana al levantarse: separar los desperdicios en los contenedores de plástico, vidrio y cartón, sacar la basura y enseguida, fregar el patio haciendo uso de una escobetilla, un trapeador, un puño de jabón en polvo y la cubeta donde se encontraba aquel día el cadáver del perro, que al momento de su muerte aún no había alcanzado los noventa días de existencia. Hacía frío, un frío terrible, pero eso creo haberlo apuntado ya. Al verlo, o al creer que había visto algo distinto a lo que en realidad vio, la sirvienta entonó un graznido que se propagó por cada rincón de la casa y más allá. Todo sonido a esas horas deja la impresión de ser oblicuo y no tener fin: fragmentos de voz perdidos entre las varillas de rea y los estribos perpendiculares, ligeramente doblados en sí mismos, al interior de las placas de melamina y yeso y madera: como una caverna en pendiente. El diámetro de su garganta bastó para levantar al vecindario entero. Una vecina algo demente, que no podía conciliar el sueño a causa del pavor que le provocaba la posibilidad de ser abducida por platillos voladores, llamó a la estación de madrinas más cercana al escuchar el grito y confundirlo con la sexta de caballería venusiana. Era en ella una práctica tan reiterada esa de avisar a los agentes del orden sobre las incursiones interplanetarias, que la pareja en turno, habituada ya a los llamados en falso, hizo caso omiso de la alerta. No resulta pertinente ahora detallar cómo fue que la vecina algo desquiciada comenzó, años
atrás, la comunicación con seres de otro planeta: basta decir que con el tiempo y la frecuencia como aliados irreductibles, la relación entre los dos agentes y la vecina algo demente se había vuelto casi familiar. Sin malos tratos de por medio, los encargados de la central nocturna estaban ya adiestrados para desdeñar los reclamos de una paranoia dócil, que preferían dejar pasar antes de castigar, como sería de esperarse entre los hombres de su clase. Los agentes procedían movidos en gran medida por la apatía y de ningún modo por un ánimo conciliador: apenas escuchaban la voz temblorosa de la vecina algo demente, descolgaban el auricular, pese a que tal comportamiento, a todas luces negligente, podía costarles el cargo. Ni siquiera se perturbaban un poco cuando escuchaban el timbrazo interrumpir la calma de su rutina, así como tampoco se tomaban ya la molestia de recordarle a la vecina algo desequilibrada que solicitar en vano la presencia de la autoridad, sobre todo a mitad de la noche, es considerada una falta administrativa grave y capaz de facturar multas, en gran parte a causa de la reiteración, que pueden fluctuar entre los 60 y 100 créditos, además de prisión preventiva, sin posibilidad de fianza. Descolgaban el teléfono, los agentes, y una vez zanjada la cuestión, podían dedicarse a jugar al bridge, una de las aficiones más socorridas entre quienes deben pasar la noche en vela encerrados en aquellas paredes grises, con sus barrotes grises, sus uniformes
grises, y sus tazas llenas, siempre llenas de un líquido igual de gris. Estaban seguros de que un día no muy lejano la mujer sería abducida por una enorme nave nodriza de muros blancos y acolchados, y cuando pensaban en ello ambos experimentaban, bien en el fondo, un retortijón también gris, algo parecido a la envidia. Sin embargo, pensaban, de llegar ese momento, ellos, los hombres de la ley, podrían al fin atender sus obligaciones como es debido y dedicarse a las cartas o a ver repeticiones de viejos juegos de pelota sin que las llamadas o la falta de ellas pudieran ser factor de distracción. Después de todo, hasta aquel día la nuestra había sido una ciudad tranquila, sin apenas conciencias criminales ni actos cargados de maldad. Dos veces había llamado antes la vecina incómoda aquella madrugada, así que cuando el reloj marcó las 5 y el grito de la sirvienta anunció el nuevo día, la única respuesta del número de emergencias fue un largo zumbido itinerante. Ahora bien: a la hora señalada ocurrió un incendio en otra parte de la ciudad, justo en el margen más remoto de la prefectura. El cuerpo de bomberos tardó ocho minutos contados en presentarse frente al edificio en llamas (una fábrica de harinas), pero las madrinas no llegaron hasta dos horas después, cuando el campo de cenizas había cuajado bajo el sol fiambre. El inspector encargado del caso, acosado por la prensa y los reclamos de sus superiores, descargó su ira contra el superior delegacional quien, a su vez, delegó toda responsabilidad en el jefe de estación que, por no faltar a las costumbres primerísimas del cuerpo, tampoco tuvo empacho en señalar como culpables de todo embrollo a la pareja encargada de atender el turno de la noche: les fue retirada placa, arma, y meses más tarde, tras una serie de vergonzosos juicios transmitidos en cadena nacional, fueron condenados a prisión por ser hallados responsables, indirectos pero responsables al fin —motivo: negligencia— de la muerte de tres sindicalizados de la industria molinera. Tal escándalo provocó el incendio en la fábrica de harinas, que el cachorro bicéfalo hallado aquella mañana en el fondo de una cubeta de metal pasó desapercibido. Ni siquiera mereció una nota en el periódico de la tarde, de tiraje menos voluminoso pero con un amplio público cautivo, compuesto, en buena medida, por los entusiastas de las encueradas de la página 3 y el aviso oportuno de remates sexuales. Nadie pareció darse cuenta de lo extraño de aquella inadvertencia ni de la repentina transformación que sufrió la ciudad a partir de dicho incidente, hoy olvidado salvo por unos cuantos infelices. La tinta de los rotativos se prodigó por completo en el incendio de la fábrica de harinas, que no fue sino el primero de una terrible serie comenzada esa precisa madrugada. Aquella época será recordada por siempre como «La cuarentena del fuego», a razón de los más de diez incendios registrados en la ciudad y sus alrededores durante el verano. La sucesión de calamidades tuvo consecuencias más o menos trascendentes, según el caso y quien lo mire, en todos los niveles de la vida pública: hace no mucho se desveló la noticia de que un director extranjero había comprado los derechos para realizar una trilogía sobre el Gran Incendio, cuyo reparto constará de damnificados auténticos e incluso será filmada entre los escombros de las construcciones originales. Esto, quizá valga la pena destacarlo, traerá una derrama económica de varios millones y es un asunto prioritario para el gobierno metropolitano, que busca participar en la próxima puja de plazas olímpicas. Ahora: entre los edificios calcinados hasta los cimientos durante la cuarentena, se contaron dos hospitales —uno de ellos infantil—, tres colegios, una iglesia y cuatro residencias para adultos mayores. Hubo, a pesar de la violencia y el humo, contados muertos. Los bomberos parecían estar al tanto —con sospechosa antelación— de las coordenadas exactas de cada fuego por nacer, y demoraban apenas unos minutos en manifestarse allí donde las llamas comenzaban a propagar su calor destructor. Verlos desmontar esos espléndidos camiones colorados era un elogio de la heroicidad: «Ordenando las formaciones / como mariscales de algún imperio antiguo / frente a la estructura en llamas / la escalera / la empuñadura cobriza de la toma de agua, el gusano de caucho que da vueltas en sí mismo: / ellos mismos como máquinas engrasadas y provechosas, / igual que un ciempiés compuesto de agua». Esto, lo que acabo de apuntar, es parte de un poema, ganador de Los Juegos Florales de San Martín Jagua y dedicado por un vate local a las hazañas de estos hombres que pasarán, de una u otra forma, a la historia. Los periodistas, acostumbrados de igual modo a consentir y propagar sobrenombres vulgares con el objetivo de captar lectores, no tardaron en bautizarlos como «Los Bomberos Síquicos». A los más osados miembros del cuerpo les fue entregada la Cruz de Honor por los valerosos actos realizados en pro de la comunidad. La fama de «Los Bomberos Síquicos» fue tal, que no bien llegado el mes de septiembre, una importante casa editorial les ofreció un contrato para posar en ropa interior y publicar un calendario cuyos beneficios filántropos fueron únicamente superados por los de orden fiscal. En realidad aquella editorial, que había sido comprada por un delincuente de cuello blanco a los italianos, que a su vez habían adquirido dicha casa gracias a la crisis en España del Norte (y al devalúo del libro, a la ola tecnológica y al nulo respeto por el precio único), era sólo una trastienda para encubrir espantosos crímenes de lenocinio que nunca serán castigados. Los Bomberos Síquicos, por supuesto, no estaban al tanto de esta situación. Su código ético no les hubiese permitido la participación en dichas actividades. Aparecían en televisión: programas de concursos, cameos en series forenses, shows de variedad y revistas matutinas. «Los Bomberos Síquicos», que hasta entonces habían permanecido en la lobreguez del anonimato, o más bien, en ese cajón repleto de ingratitudes y reveses en el que descansan los héroes anónimos, eran de pronto tan populares como los cantantes de moda o las gaitas ocasionales fundidas en plastipiel. Su efectividad era impresionante. Sólo uno de los hospitales —el infantil— fue marcado por la tragedia: un ala entera, la de los enfermitos de cáncer, se calcinó por completo sin que una sola de esas cabecitas rapadas pudiese ser rescatada de las llamas. Sucedió también que en un asilo, el más pobre de todos, es decir, un moridero, uno de los internos utilizara su bastón para atrancar la salida de emergencia, provocando así la propia combustión y la de seis viejecitos más. Aquel incidente, fruto de la demencia senil, el terror y la excesiva ingesta de textos evangélicos, apenas trascendió, en buena parte porque el interés popular se había volcado con el caso de los niños carbonizados y también por el hecho, desconsolador pero cierto, de que la mayoría de los ancianos habían sido abandonados de antemano en aquel sitio por los mismos seres que alguna vez engendraron. La oleada tuvo, a pesar de todo, un fin abrupto. Justo un año después del primer incidente, y gracias a un informante anónimo, se detuvo al responsable de actos tan nefandos. La noticia causó el revuelo previsto por los más ambiciosos maquetadores, quienes no sólo superaron por un amplio margen el número de ejemplares vendidos durante los atentados en concepto de esquelas, morbo y pánico, elementos siempre capitalizados durante las crisis en cualquier civilización que se precie de serlo, sino que además tuvieron el acierto de elaborar un suplemento donde se detallaba paso a paso, con elaboradas infografías, encuestas y gráficas de pie, el modus operandi del incendiario, que resultó ser el más esmerado cabecilla de los «Bomberos Síquicos». Aquella resolución encajaba de modo tan perfecto y redondo que pocos se atrevieron a pensar en la perfección y la redondez como fin último del artificio: cuando aprehendieron al presunto culpable, quien perdió el adjetivo primero al momento de comprobarse que la cronología de sus hazañas servía como tapiz en su departamento, la opinión pública halló por fin una contestación más o menos sensata al incomprensible hecho de que se hubiesen registrado tan pocas fatalidades en relación al elevado número de siniestros. Aquello derivó en hundimiento moral, tanto para los héroes como para los admiradores: al resto de los «Bomberos Síquicos», no obstante que ninguno conocía las maquinaciones secretas de su líder, les fue retirada la Cruz de Honor, y sólo salvaron el trabajo porque, visto lo visto, la infraestructura citadina no podía permitirse prescindir de un cuerpo de bomberos. Un mes más tarde, el Bombero Sádico (el renovado título que los diarios otorgaron al pirómano fue ése), envestido como enemigo público número uno del pueblo, atravesó por el proceso criminal más adverso del que se tenga memoria en los libros judiciales de la ciudad. Un tribunal especial, compuesto por representantes de la comunidad albina, un par de jueces de tendencia ultraconservadora y tres vocales pertenecientes a las familias afectadas por la tragedia del hospital de menores, lo condenó a la hoguera, gracias a una enmienda de carácter extraordinario en la que se estipuló, con consentimiento unánime de la Secretaría de Caos y Azar, que todo aquel sentenciado culpable por el crimen de genocidio sería eliminado de manera consecuente, utilizando la Secretaría de Impartición de Justicia idénticas herramientas a las que en su momento hubiese utilizado el malhechor para perpetrar sus enajenaciones. Luego de la ejecución, las cenizas del Bombero Sádico fueron repartidas entre los dolientes que así lo solicitaron y cumplían además con los requisitos adecuados para efectuar el trámite: si uno anhelaba contarse entre los privilegiados, no había sólo que comprobar la relación sanguínea directa con alguna de las víctimas del hospital infantil y presentar la debida documentación, apostillada y con los sellos pertinentes, sino que además era menester tener al corriente y en orden las finanzas con la administración tributaria en poderes. Ciertas irregularidades, entre las que se pueden detallar falsificación de urnas, usurpación de identidad, acarreo, ratón loco y venta de plazas, ralentizaron el proceso a tal grado que las urnas comenzaron a estimarse de buena manera entre los coleccionistas y especuladores de arte. Al final, un considerable número de beneficiarios legítimos del programa gubernamental denominado «Desagravio Popular: La Gente Primero» se quedaron sin el correspondiente puñado de desagravio, mientras que un artista local, patrocinado por la Secretaría de Juegos Florales, decidió montar una exposición en Venecia con cien urnas adquiridas en el mercado negro, llevando a cabo una especie de performance de denuncia que le valió una bienal y otra caldosa beca. Luego de la quema pública, los obligatorios debates televisivos a favor y en contra de la pena capital, las marchas en contra de la violencia, y el escandaloso fichaje de un mediocentro brasileño de inigualable técnica por los Albinegros de Izcuintlán, el Jefe de la Policía sería nombrado Alcalde, sólo para recibir cinco impactos de bala, seis meses después, durante un mitin de la Asociación Amigos de los Perros, que él mismo, orgulloso dueño de un par de perros indígenas sin pelo, presidió hasta el momento de su muerte. A pesar de que presumiblemente la mitad de la población habría apoyado la promoción del antiguo Jefe de la Policía —según las encuestas de popularidad efectuadas durante su cortísimo mandato—, hubo un amplio sector —del frente progresista— que se manifestó en contra de la sanción capital impuesta al Bombero Sádico, por considerarla una práctica propia de tiempos más oscuros. Este incómodo escenario le había granjeado al ex Jefe una enconada enemistad con algunos círculos intelectuales, quienes no tardaron en acusar al nuevo regente al menos de intempestivo y represor, cuando no de fetichista medieval. Durante su mandato el ex Jefe y ahora también ex Alcalde cultivó también otros adversarios, más feroces: los familiares de las víctimas que aún no recibían su urna y organizaban caminatas circulares alrededor de una céntrica plaza rodeada por un cinturón de platanales, otros más que no estaban de acuerdo con su gestión como rector de los canófilos, por considerar que el suyo era un régimen laxo en cuanto a formalismos étnicos (vale aclarar que los perros calvos son mal vistos por la facción radical del organismo), y algunos más que simplemente lo consideraban un imbécil redomado: no, no era popular en absoluto el ahora ex Alcalde, y de su asesinato se terminó culpando a un chivo expiatorio sin mayor relevancia en esta historia, un chico de Los Altos que llevaba menos de dos meses trabajando como mensajero para una subdependencia de la Secretaría de Caos y Azar. Ahora: calculo que estas imágenes y las demás (las imágenes de todos los tiempos por venir) llegaron de golpe a mi cabeza en cuanto la segunda cabeza dejó de respirar. El perro está frente a mí todavía, aunque todo esto aún no llegue a suceder. Aunque forme parte de un bucle, un tiempo común a la idea de espacio y nada más. La sirvienta fue quien alertó al vecindario. El peso de su cuerpo sobre el pasto, de crecimiento irregular y textura más propia de la paja, despertó a la dueña de la casa, que era también dueña del cachorro y podía considerarse, en su condición de lenona destacada, ahora lo veo, asociada de los italianos y dueña incluso de una docena de muchachas envueltas en camisones ligeros, casi transparentes por la fricción de los textiles, con los ojos aún hinchados, deudores de las pocas horas de sueño intermitente, que miraban la escena con cierto tedio desde las estrechas ventanas de la casa. Una de ellas, apenas mayor de edad, fue quien me facilitó la entrada a la casona. Tuve que pagar su compañía tres noches, por adelantado, antes de ganarme su confianza. Ella también había visto al fenómeno de las dos cabezas. Le temía. Ya lo he dicho: la sirvienta activó las imágenes, el curso de las imágenes, el caudal de imágenes que no se detiene más, pero fue el golpe seco contra el piso y no el grito lo que hizo salir a la lenona mayor de la cama: el rostro deforme contra la almohada, salivante, acaso la primera cosa nítida que recuerdo haber intuido sin que mi cuerpo se encontrara presente, una mancha de saliva seca e incolora. Luego siguió la avalancha: tardó en llegar la dueña al patio: como un bostezo, a pasos cansados, salió por la boca de un pasillo angosto y que giraba a noventa grados y cuyo fin era conectar las habitaciones y el cobertizo, donde había más habitaciones, como palomares, habitaciones donde las muchachas más feas cobraban la mitad porque apenas cabían dos personas de pie, así pasa la dueña por las habitaciones, ahora mudas, ningún gemido, ningún sonido de uñas contra el yeso, sólo los ojos, los párpados y las pestañas de las mujeres que la siguen con la mirada, y entonces la señora grita: ¡Merlín! ¡Pobrecito mío!, para luego echarse a llorar. Hubo también otro sonido: el del mango de madera que dio contra el suelo. Otro más: el líquido violeta, la sangre del animal, escurriendo por la coladera. Perseguido por la neblina, bañado por luz fría, casi helada, porque he repetido y es importante, no lo olvidemos, que hacía un frío endemoniado aquella mañana, yo corría entonces ya a tres cuadras de distancia, con dirección al metro, empapado de sangre violeta, más bien aterronada, casi púrpura, alejándome a toda velocidad de aquellas casas, tomando pequeñas calles con la intención de evitar tumultos y testigos potenciales, cuando el derrumbe de imágenes me sacudió de pronto. Ahí pude ver entre otras cosas, por adelantado también, que la mujer a la cual iba a pagarle tres noches por adelantado (o quizá ya había sucedido) era portadora. Menor de edad y portadora. Tuve que detenerme y contener el aliento. El aire helado me picaba la nariz, o me picará: la sensación es que me pica, justo ahora, así, en el tiempo en el que cuento, y ese mismo tiempo, la noción de estar en un mismo tiempo que se desdobla, me hace pensar que la pared blanca, recién pintada y contra la cual recargo el cuerpo, me deja una mancha blanca sobre la gabardina, en la espalda: es decir, no puedo ver por mí mismo el trazo irregular y poroso del blanco perlado, quizá tirando a hueso, pero lo sé, siento la marca, una mancha irregular, mucho más fea que un brochazo distintivo o un goteo que vaya dejando, casi sin querer, una relación súbita, dispuesta, del hombre, su movimiento y el color. Estuve ahí parado un par de minutos. Al otro lado de la calle, el sol, siempre moribundo en esta ciudad, embarraba sus filos contra un estante repleto de refacciones para autos: rines, discos, platos, todos niquelados. El hombre que atiende el puesto, o más bien lo vigila, espera a que el semáforo que controla el cruce pinte en rojo y entonces toma una especie de anaquel portátil donde lleva repuestos de limpiaparabrisas y se lanza a ofrecer su mercancía entre los coches detenidos. Llega el verde y yo mismo decido seguir corriendo. Entonces vinieron de nuevo. El grito de la sirvienta y las imágenes. Como una cadena de naipes doblados, cada premonición fue alojándose en la zona baja del hipocampo: las llamas, los rostros, los titulares de los diarios, incluso las intenciones y los motivos más recónditos, las bastillas de un andamio de revelaciones que se resquebrajaba de súbito y dejaba escapar su néctar más preciado, y el sonido: el crepitar de esas llamas y los maxilares de aquellos rostros golpeándose entre sí, el engranaje mecánico, sin aceitar, de las intenciones y los pensamientos, incluso el olor penetrante de la tinta al secarse, esas letras que anuncian bomberos, mediocentros brasileños, y asesinos, todo envuelto en una ola de luminiscencia, en bloque, conocimiento puro de lo irremediable: la nitidez era tal, poseían aquellas imágenes una carga de verdad tan opulenta (a pesar de hallar su origen en la incertidumbre o la superstición), que era imposible retenerlas y menos aún distinguirlas, eran mías por derecho pero al mismo tiempo podía considerarlas inasibles, no existía un orificio para ocultar el mínimo detalle y aquellas repentinas apariciones que conformaban el cuerpo de llamas, rostros, titulares, intenciones, futbolistas, bomberos, asesinos y motivos, le pertenecía también a quien pertenece el resto de cosas que pueden considerarse propiedades, e incluso las que no: pájaros, mar, cielo, aquello también le pertenecía y ahora estaba todo muy claro: la tristeza que me embargó, entonces lo supe, era también de su propiedad, todo muy claro, clarísimo, vaya, y pensé: no puedo seguir viviendo luego de saberme guiado por una tristeza que no me pertenece, una tristeza común, el fracaso de la época, de los dioses, porque de pronto era como si hubiese recibido el regalo más anhelado, un regalo de esos dioses fracasados, de tiempos antiguos y religiones derrocadas, vueltos a la tierra como demonios: este, su regalo para mí, las imágenes envueltas con un papel irrompible, el papel de la nada, una nada que no se detiene en el pensamiento sino que lo abarca, y más allá, invade, conquista, avasalla, pero no sólo el pensamiento sino la vida, y porque frente a mis ojos, en esos contados segundos, quince, o veinte, medio minuto tal vez, atravesó la promesa de totalidad, pero sobre todo se resaltó ante mí lo que no formaba parte de esa totalidad: no había bien, ni mal, ni demonios, ni dioses fracasados, ni siquiera victoriosos y, por tanto, tampoco había hombres, mucho menos hombres: sólo manchas en lugar de hombres y sólo Merlín y las cosas que ladran, aullando de tristeza, esos ojos redondos, casi líquidos como reflejo de la totalidad inalcanzada, mientras su huella en la tierra se desvanecía en dirección a esa eternidad vulgar que debe aburrirles tanto a los que no pueden dejar de existir: Merlín en todas partes, su sangre violeta, las cenizas de Merlín esparcidas a los pies de la sirvienta, escapando de las manos de la lenona jefa, que estaba como muerta, llorando hacia adentro. Fue su último impulso vital. Hacerse ceniza. Al contemplar la escena, la dueña remachó el grito de la sirvienta, y las chicas apiñadas frente a las ventanas (las más feas asomando las pestañas por las rendijas de los cuartos del cobertizo) que no podían dejar de mirar sin mirar del todo, se quedaron ahí petrificadas, a causa del asco o del miedo, y horas más tarde nada pudieron decir a Fonseca sobre lo ocurrido, porque en cuanto la señora puso las manos sobre las cenizas húmedas del cachorro, surgió desde su boca, o desde el estómago primero, una voz distinta, más grave, poco humana, también el conocimiento inequívoco de una lengua que desconocía, y pasaba Fonseca por ahí, dueño de la casualidad, apestando a brandy seco, a vómito ajeno, sin sombrero posible que cubriera su calvicie: hubo uno, sin embargo: era beige, de fieltro percudido, con una cinta marrón y una pluma de faisán, y lo había perdido una noche antes, mientras investigaba otro caso, uno que le había encomendado una rubia de esas que entraban al menos cada veinte días por el cristal de su oficina: rubias auténticas casi ninguna, pero rubias al fin y eso era una señal, porque Fonseca tomaba sólo casos de rubias, casi por superstición, y aún así acertaba poco: la ciudad entera estaba compuesta de suciedad y sol muerto y casos sin resolver de Fonseca, rubias falsas todas con maridos muertos, hijos muertos, ellas mismas vueltas cadáveres: todos casos para Fonseca, quien pasaba por ahí, no por casualidad sino porque estaba ya dispuesto a escuchar esa lengua extraña, torva, que lo hizo girar la cabeza, y yo estaba en ese otro plano, doblado en quién sabe cuántas partes, pero apenas a unas cuadras de distancia, en dirección al metro, descansando el cuerpo contra un muro recién pintado de un blanco hueso que más bien tiraba a marfil.

Foto de Arcadiuš en @Flickr

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