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Por Felipe Rosete

Hace apenas unos días, en una charla sobre literatura celebrada en la Feria del Libro de Lima, el escritor colombiano Juan Cárdenas comentaba, a propósito de la presentación —errónea en algunos datos— que de él había hecho una señorita limeña, que la ficción en buena medida se generaba a partir de las mentiras que se van diciendo sobre las cosas o las personas. Al decir mal el título de uno de sus libros, la chica estaba creando una ficción en torno al autor, que al ser retransmitida a otras personas, a la larga podría ser transformada en una cosa muy distinta de la que en realidad es, como si se tratase de un juego de teléfono descompuesto.

Algo similar me ocurrió a mí con El rastro, la más reciente y deslumbrante novela del escritor estadounidense Forrest Gander. Tal vez debería dejar que el lector agudo y exigente lo notase. Que viniera de parte suya —como ocurrió con el propio Forrest o con la traductora del libro, Pura López Colomé— algún reclamo por haber publicado el libro con un error de esa magnitud, a causa del cual me siento profundamente apenado. Pero debo aclarar la situación. Y explicar que la errata en la contraportada fue una manifestación pura y plena de mi inconsciente, provocada, según mi análisis, por la identificación tan intensa entre mi persona y los personajes de la novela.

La contraportada del libro, escrita por mí, dice: «Por estas mismas tierras transitarán un siglo después Declan y Hoa […], buscando reencontrarse tras lo ocurrido a su hijo David, que los ha llenado de dolor, culpa y resentimiento». Las tierras son los parajes desérticos de Texas y el norte de México: Marfa, Langtry, Ojinaga, Sierra Mojada, Icamole, La Esmeralda, todas aquellas poblaciones que en teoría fueron el escenario de los últimos días del escritor Ambrose Bierce, desaparecido misteriosamente durante su cobertura de la Revolución mexicana, a la que acudió particularmente atraído por ese gran personaje que fue Pancho Villa.

Pero Declan en realidad es Dale, profesor de Literatura que lleva tiempo investigando la vida y la obra de Bierce, sobre quien escribe un libro y cuyo rastro incierto es el principal impulso para ese viaje en auto por tierras ignotas, aunque hermosas, tan bellas como las palabras y las frases que utiliza Gander para describirlas. Hoa, en efecto, es la pareja de Dale, ceramista de profesión. Todas sus piezas pasan por un proceso de cocción, que las somete a las elevadísimas temperaturas de un horno, el mismo horno en el que quisiera quemar la enorme pena que carga por algo que ha pasado con su hijo Declan —no David, nombre que ni por asomo figura en la novela—. La misma pena que la ha alejado de Dale, con quien buscará reencontrarse a partir del road trip por el desierto buscando las últimas huellas de Bierce.

«Alguien estaba drogado cuando escribió eso», dijo Gander con humor y ligereza al notar el error. «Pero puedo vivir con eso. Nadie va a recordarlo después de empezar a leer el libro. Pero ¿David? Al menos pudieron haberle puesto Eduardo, Diego o Felipe». Lo que no sabía Forrest es que además de Felipe, me llamo también David. Que cuando escribí el borrador de la contraportada puse los nombres con mucha seguridad, aunque recuerdo haber pensado en la necesidad de corroborarlos luego, cosa que por supuesto al final ya no hice. Y tal vez fue así porque en el fondo quería formar parte de la historia, ser uno de los personajes, curiosamente aquel que con sus actos causa el dolor, las aflicciones y el alejamiento de sus padres, la tormenta familiar. Y ya de paso, convertí al hijo en padre por la trasposición de los nombres, dejando a éste fuera de la novela. Es decir, me convertí también en Dale al compartir con él su pasión por el estudio y la escritura, pero también su desolación y sus miedos ante el enrarecimiento de la relación con su mujer, su lucha por la vida en las condiciones más adversas y su sed de reunión con el ser amado.

A todo ello me llevó de manera un tanto misteriosa la lectura de El rastro. La búsqueda de Bierce emprendida por Dale y Hoa es la de sí mismos como personas y como pareja, es la de nosotros como seres humanos capaces de compenetrarse con una historia que por momentos parece ser la propia, a pesar de las muchas cosas que nos distancian de ella. En ello reside la magia de la literatura: en la posibilidad de salir de uno mismo y transformarse en otros o, a la inversa, que esos otros se transformen en uno, que adopten incluso nuestro nombre. Porque nadie sabe de antemano lo que pasará cuando las tapas de un libro se abren.

Y menos las de un libro como el de Gander, que es exactamente como la geografía en la que se desarrolla: inhóspita, agresiva, amenazante, mortal, y al mismo tiempo llena de detalles que, bien mirados —y descritos—, la vuelven absolutamente hermosa. En esos yermos y solitarios parajes por los que transitan, en su minúscula y curiosa fauna, en su seca y espinosa vegetación, en el asedio del sol taladrante, en la frialdad y la oscuridad de la noche estrellada, en la desesperación a la que se enfrentan al saberse extraviados, ambos personajes terminan por reconocer lo que son y lo que los une: piel, cabellos, fluidos, palabras, sueños, dolores, y un largo etcétera, como si las grietas abiertas en la tierra árida fuesen un reflejo de aquellas que han escindido su alma, de esa gran grieta que los ha separado; como si reconocerlas y hacerlas propias fuese la única forma de recomponerlas para poder caminar sobre tierra un poco más firme.

Leyendo al azar algunos pasajes del libro, reconozco que la magia de Gander, todo aquello que es capaz de provocar en nuestra mente, radica en su manera de contar, en la forma en que va hilvanando palabras y frases para activar nuestra psique y llevarnos a sitios cuya existencia ignorábamos en nosotros mismos. Incluso los episodios más crudos, aquellos en los que lleva al límite a sus personajes, son amortiguados por las palabras precisas, delicadas, como si —a la manera de Hoa— hiciera surgir belleza de las piedras, de la tierra, de los minerales. Con su literatura, Forrest Gander logra insertar al lector en un estado cercano a la embriaguez, la ensoñación o el delirio, en el que es posible no sólo vislumbrar presencias o escuchar sonidos inexistentes, sino incluso suplantar a los personajes con el nombre propio, desplazarlos hasta dejarlos fuera de la obra. A ese nivel llega la incandescencia de su fuego literario.

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El rastro
Forrest Gander
Traducción de Pura López Colomé
Narrativa Sexto Piso • 2017
220 páginas

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