Publicación mensual gratuita de Editorial Sexto Piso
 

Milagro y transhumanismo | Frédéric Boyer

¿Dónde situar aquello que crea nuestra humanidad? Ahora que cada día estamos invadidos por preguntas extrañas, literalmente monstruosas, preguntas quimeras: embriones congelados, robots con captores, diseños genéticos, seres con inteligencia artificial, cirugía robótica a distancia… Tantas creaciones, artefactos que parecen separarnos de nuestra ordinaria humanidad, de nuestra cotidiana humanidad. Y a medida que reprimimos esta humanidad en apariencia incompleta, precaria, enferma, torpe, a medida que intentamos controlar la vergonzosa humanidad del cuerpo y de la mente, nos horrorizamos, nos desgarramos. Querríamos expulsar esta vieja humanidad doliente o, simplemente, insistente. Querríamos creer que toda la complicidad de las ciencias y de las técnicas modernas nos ayuda a no pensar más en ella. El error sin duda está ahí.

Esas creaciones híbridas, nuevos objetos, nuevas posibilidades, son también parte de nuestra poderosa debilidad humana. No podemos definirnos únicamente a través de nuestra adhesión o de nuestra oposición a nuestras transformaciones. Nuestro destino humano no se reduce ni a transhumanar a la fuerza gracias a la tecnología, ni a rechazar el hecho de pensarnos con y a través de los objetos que creamos. «Mientras el humanismo siga siendo creado por contraste con el objeto dejado a la epistemología, no comprenderemos ni lo humano ni lo no-humano», explicaba, hace ya algunos años, Bruno Latour en un excelente libro (Nunca hemos sido modernos. Ensayo de antropología simétrica).

En estos tiempos, un acontecimiento se produjo para devolvernos, más o menos discretamente, a nuestra vergonzosa humanidad, y a la necesidad de aceptarnos humanos hasta en nuestros límites más confusos, hasta en nuestra sorprendente naturaleza. Ese acontecimiento lo llamamos milagro, a falta de una palabra mejor. Literalmente, aquello que es maravilloso, sorprendente a la vista. Fue la cura de la hermana Bernadette Moriau, «inexplicable, en el estado actual de los conocimientos científicos», según el Comité médico internacional de Lourdes.

La hermana Bernadette Moriau, que tenía una gran invalidez, recobró en 2008, a los sesenta y nueve años, todas sus facultades físicas después de una peregrinación. Un milagro, es lo que queremos decir cuando comprendemos que nuestra vergonzosa humanidad nos llama, más allá de nuestras impaciencias y de nuestros impasses humanos, para colocarnos frente al asombro de lo que somos y de lo que no somos. Aceptar dar un lugar a lo sorprendente, nos permitiría aceptarnos en nuestras transhumancias humanas, pasar de la fuerza a la debilidad, del impasse a la invención, de la presencia a la virtualidad…

Los milagros cubren la función simbólica de expresar no solamente la compasión de Dios, sino también su infinita disponibilidad ante aquello que querríamos abandonar de nuestra humanidad: debilidades, límites, exclusiones, enfermedades… Paradójicamente, un milagro nos devuelve a lo ordinario de nuestra humanidad, aunque reconociendo el asombro que nos causa ser nosotros mismos: los pasajes, las transformaciones, las metamorfosis que hacen también nuestra condición de ser humano. Sólo hay cura, liberación, a través del reconocimiento de aquello que nos es imposible, difícil, doloroso, enigmático, hasta el asombro.

El asombro del milagro ilumina nuestra parte oscura, nos hace comprender que estamos llamados también a la transformación, a la diferencia. Reconocer un milagro es, desde la orilla nocturna de nuestra frágil condición, una disponibilidad abierta a la repercusión de la maravilla, del asombro. Porque la plenitud de la atención puesta en nuestra propia humanidad, en sus defectos, en sus faltas, no puede tener lugar «sin que un cambio quizá infinitesimal, pero real, se opere en el alma», retomando la bella expresión de Simone Weil. La palabra del milagro, la que reconoce el pasaje, la transformación, de lo ordinario y de lo extraordinario, es una palabra cuya eficacidad no residiría forzosamente en su poder de probar, o de negar, sino que residiría en nuestra capacidad de sorprendernos, de descubrirnos diferentes de lo que somos o de lo que pensábamos ser. Lo humano está en el pasaje, la delegación, el envío, el intercambio de las formas. Lo humano es apóstol, en el sentido literal, aquel que va lejos, que ha sido enviado lejos. El primer empleo del neologismo italiano transumanar, aparece por la primera vez bajo la pluma de un poeta cristiano, uno de los más grandes, Dante, en el primer canto de su Paraíso, en la Divina Comedia. Transhumanizar, el verbo expresa para Dante la acción transformadora que lo estremece, el asombro que se apodera de él al fijar su mirada en los ojos penetrados de eternidad de Beatriz, su amor y su guía hacia la Beatitud. Un transhumanismo de fe y de amor…

Traducción de Ernesto Kavi

Written by
No comments

LEAVE A COMMENT

*