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Por Ernesto Kavi

A mediados del siglo XX, una poderosa imagen se instaló en la mente de filósofos e historiadores, y con ella trataron de explicar el tiempo inasible —al que llaman historia— y su violencia. Walter Benjamin fue el primero en describirla: «Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro». La fuerza de ese huracán parece irrevocable. Las ruinas que se apilan unas sobre otras, la catástrofe, la destrucción, los muertos, parecen irrevocables. Pero, ¿y si no fuese así? ¿Y si el ángel pudiera detenerse un instante para recomponer lo destruido, para despertar a los muertos y llevarlos a casa, para levantar los escombros de lo que alguna vez fue el ser humano, y erigirlo de nuevo, y consolarlo? ¿Y si en verdad todo eso fuese posible, la resurrección, la reconstrucción de todo lo perdido? Quizá existe un lugar en donde todo eso ocurre: la literatura. Y Katja Petrowskaja lo sabe. Tal vez Esther, su primer libro, narra el instante preciso en que el ángel de la historia se detiene, junta nuestros fragmentos, y los vuelve a modelar.

Petrowskaja nació en 1970, en Kiev, cuando Ucrania aún formaba parte de la Unión Soviética. Su lengua materna es el ruso. Gran parte de su familia fue asesinada en los lager durante la Segunda Guerra Mundial. Perdió el rastro de casi todos ellos. No quedaron cenizas, ni tumbas, muchas veces ni siquiera un nombre. Tal vez Esther es un intento de reconstruirlo todo, la familia, los nombres perdidos, el pasado, la lengua materna, el hogar. Pero, al mismo tiempo, es mucho más que eso: Petrowskaja sabe que ni siquiera los muertos estarán a salvo si permitimos que el enemigo siga
venciendo. Y hasta ahora ha sido así. Hemos permitido que nos sigan robando no sólo el pasado, sino también el duelo, las tumbas, los muertos. Podríamos decir que Tal vez Esther es, al mismo tiempo, una novela, un ensayo, una biografía. Pero no es un juego con las palabras, como casi todo lo que hoy se escribe. Tal vez Esther es la prueba concreta de que la literatura es más poderosa que una guerra; es la victoria, es la redención de los vencidos a través de las palabras.

La redención no consiste sólo en recordar, no consiste sólo en buscar cadáveres y rescatarlos del olvido. Petrowskaja sabe que la guerra sigue teniendo lugar, que hay cuerpos que siguen ardiendo, que los campos de concentración siguen abiertos, que las fosas comunes no dejan de multiplicarse, y que todo eso ocurre cada día, a cada instante, en un lugar muy concreto: la lengua. No es la única en haberlo intuido. Paul Celan lo supo, y abocó su vida a combatir, a destruir lo que él llamó la lengua de los asesinos. ¿Combatir la destrucción con destrucción? Petrowskaja sabe que ese combate fue sangriento y vano, y optó por algo más difícil, más arduo, más humano: amar la lengua de los asesinos, hacerla suya, y reconstruirla no desde el odio —como Celan— sino desde el amor. «Si yo escribo en alemán —dice Petrowskaja—, entonces de verdad nada ni nadie quedará olvidado y hasta será posible escribir poesía y habrá paz en la tierra. Mi alemán, verdad y engaño, la lengua del enemigo, era una salida, una segunda vida, un amor que no pasa porque nunca se alcanza, daño y don, como dejar a un pajarito en libertad».

En ruso —la lengua materna de la escritora— alemán se dice niemetski, el «idioma de los sordos». Petrowskaja sabe que su tarea se asemeja a lo imposible: aprender una lengua muda para poder hablar, aprender un idioma mudo para nombrar los recuerdos que esa lengua no logra articular. Y la tarea se revela central cuando descubre que toda su familia, desde el siglo XIX, durante generaciones, se dedicó a la educación de niños sordomudos para que pudieran hablar. Y aun después de la Segunda Guerra Mundial lo siguieron haciendo. De alguna forma, Petrowskaja sabe que también ella, como toda su familia, debe convertirse en una profesora para sordomudos. Pero ¿quiénes son los niños a quienes debe enseñar a hablar? Somos todos nosotros. Todos los que, frente a las guerras pasadas y actuales, frente a los desaparecidos, los migrantes, las fosas comunes, los campos de refugiados, los náufragos del Mediterráneo, seguimos sin escuchar los gritos de la historia, que nos llama, que nos reclama una respuesta, que nos exige hablar, contestar, decir algo, pero nosotros, niños sordomudos, no oímos nada, no sabemos nada, y las palabras se nos pierden mucho antes de llegar a nuestra boca. ¿Quién nos enseñará a hablar, a salir de nuestra sordera? Sólo se me ocurre una respuesta: las viejas historias, las historias de siempre, las que hemos repetido una y otra vez desde el inicio de los tiempos, acaso porque no son sólo un relato sino la memoria misma de la humanidad. Y eso es lo que hace Petrowskaja. Construye un asilo para dar protección, cobijo, a los más abandonados de todos, nosotros, los sordomudos de la historia, los que no vencimos pero nunca nos dejamos humillar, los que perdimos la lengua y toda memoria de nuestro origen, pero que hallamos un hogar en las palabras, aunque estas fueran extranjeras. Nosotros, huérfanos del pogromo, nosotros, huérfanos por la violencia de la historia. Porque no hay extraños cuando se trata de víctimas —y esa es una de las lecciones más hermosas de este libro. Todo ser humano es el hermano, la madre, el hijo, el padre, de alguien que yace en la fosa común cavada por la violencia. No son los muertos de los otros, son nuestros muertos.

El centro del libro es uno de los momentos más desdichados y ocultos de la historia europea del siglo XX. El 29 y el 30 de septiembre de 1941 se convocó a todos los judíos de Kiev. Los condujeron a las afueras de la ciudad, hasta un lugar llamado Babi Yar, el barranco de las mujeres. Una de tantas fisuras en la lengua. Hermoso nombre para lo que ahí ocurrió. Los oficiales nazis los formaron a todos a la orilla del barranco, y comenzaron a disparar. Todos cayeron en lo profundo de Babi Yar. Fue la segunda masacre más grande ocurrida durante la Shoah. Asesinaron a 33,771 personas durante esos dos días. Luego a 17,000 más. Y los días siguientes asesinaron a más personas, pero dejaron de contar. Anna Levi-Krzewina, la bisabuela de Petrowskaja, fue asesinada ahí. También Liolia, su tía abuela. Y también la abuela de su padre, una mujer que tal vez se llamaba Esther. Nadie lo recuerda con exactitud, pues todos le decían babushka. Era muy vieja, apenas podía caminar, y su familia, que huyó de Kiev durante el verano de 1941, no pudo llevarla consigo. Tal vez Esther. Tal vez Liolia. Tal vez Anna. ¿Cuántos muertos quedaron sin nombrar, sin una tumba, sin una lápida? La destrucción tenía que ser total. Había también que destruir los nombres. En Kalisz, una ciudad polaca, utilizaron las lápidas del cementerio judío para colocarlas como adoquines. Un sistema de aniquilación seguro. Aún hoy, quien camine por Kalisz, pisotea los nombres de los muertos. De Babi Yar tampoco se quiso hablar. El barranco ya no existe. Se hizo estallar. Se tapó. Y muchos años después se colocaron algunos monumentos. Y Petrowskaja se pregunta: «¿Un lugar sigue siendo el mismo si allí se mata, después se entierra, se hace estallar, se cava, se quema, se muele, se esparce, se calla, se planta, se miente, se deposita basura, se inunda, se coloca hormigón, se vuelve a callar, se pone una cerca, se detiene a los que aún llevan luto, más tarde se levantan diez monumentos, se recuerda anualmente a las víctimas, o se piensa que uno no tiene nada que ver con eso?». ¿Y si ese lugar —podríamos preguntarnos nosotros— no fuese un espacio geográfico, sino la lengua, nuestra lengua, o nuestra memoria? Porque —no hay que ignorarlo— en ellas también hemos matado, enterrado, quemado, callado, mentido, inundado, depositado basura, colocado hormigón, levantado monumentos, y vuelto a callar. ¿Seguirían siendo las mismas? ¿Podríamos seguir llamándolas lengua materna, memoria, aún si sabemos que son un foso, un barranco donde se asesinó, donde se destruyó hasta la lápida de nuestros muertos, como si llevásemos a Babi Yar en nuestra boca?

Al leer Tal vez Esther comprendemos que —a pesar de todo— debemos volver a amar la lengua y nuestra memoria. Volver a nombrar todo lo que el ángel de la historia destruyó a su paso. Aunque se hayan perdido los nombres, hay que volverlos a inventar, como Adán en el Paraíso. Aunque las palabras no sean las justas. Tal vez fraternidad. Tal vez justicia. Tal vez seres humanos. Tal vez bondad. Darles una segunda vida. Decir los nombres del mundo, uno a uno, como en el primer día. Como en el último día. Nombrar y llorar. Porque llorar es como creer en la magia. Creer que no todo está perdido. Creer que si lloramos, si recordamos, si pronunciamos las palabras tal vez justas, todo lo que una vez fue abolido volverá de la muerte. Y entonces tal vez descubriremos, sólo tal vez, que nosotros, nuestros muertos, nuestra lengua, todo lo que amamos, no son sólo polvo.

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Tal vez Esther
Katja Petrowskaja
Traducción de Nicolás Gelormini
Adriana Hidalgo editora • 2016
298 páginas

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