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Muertho no te mueras nunca

La música, bendita sea, me ha llevado a lugares insospechados. A Gómez Palacio, por ejemplo. Siempre he sentido un orgullo secreto hacia esta ciudad. Por su alta población rocker. Por la agitada vida nocturna que prodigaba hasta antes de la guerra vs. el narco. Por ser uno de los laboratorios sociales más interesantes que ha producido este puto país. Pero la frecuento poco. Visitas esporádicas para comprar cerveza. Es una tierra donde no cunde la ley seca. Pero nunca me interno más allá de su frontera.

Aquella noche agonizaba. El puto dengue me mantenía postrado en cama. Como al veterano de guerra del video «One» de Metallica. Lamentándome porque Tropicalísimo Apache y La Sonora Dinamita se presentaban en La Plaza de Toros de Lerdo. Me perdería el cumbión. Sin Yolanda, Guadalupe. La música es como el matrimonio: tanto en la salud como en la enfermedad. Pero en ocasiones el puto cuerpo te apuñala por la espalda. Decidido a aburrirme hasta la médula, no consigo recordar cuándo fue el último sábado que me quedé en casa, platiqué poquito con mi hígado: «Ni pedo, compa, este finde no te vas a hinchar». Entonces recibí la noticia. El Muertho de Tijuana tocaba en el Ojo de Tigre en Gómez Pachuco. Y como ya  te la you know: «en Gómez te la comes». No existe mejor remedio moral, físico o espiritual que el con fleis. Le marqué a mi Dylan. A la tercera línea me di un chagüer. Así como Ben se metía a bañar con tellas de vodka en Leaving Las Vegas, a mí me late colocarme bajo la regadera con la nariz aturradota.

Que El Muertho se presentara primero en Gómez antes que en Torreón es sintomático de lo que menciono. Encima del escenario del Ojo de Tigre titila una leyenda en neón. «El punk no ha muerto». Ves, pinche dengue, te lo dije. Era una noche especial. Quedarme en casa hubiera sido la pendejada del año. Traía la jeta color de las carnes frías echadas a perder. Cuando entré al camerino, El Muertho ya estaba maquillado. Se rumora que sólo unos cuantos le han visto el rostro. Cuando anda de civil  se cubre la cara con su cabello de muñeca arrumbada y unos sunglasses baratos.

Sin aspavientos, sin divismos, mientras nos transmitíamos la hepatitis pasándonos una caguama, El Muertho desapareció. Necesitaba estar a solas antes del show. Mentalizarse. Cualquier otro nos habría abierto a la chingada, pero El Muertho se salió a pasear, como una viejecita que sale por el pan. Imaginen la escena. Gómez Palacio, una ciudad postindustrializada, devastada por la guerra vs. el narco, luchando por recuperar su vida nocturna, con un vejete con un brasier, pintarrajeado, con unas plataformas que hacen ver a Gene Simmons como un pendejo, deambulando por sus calles. O se trata de una aparición, una alucinación producida por el dengue, un güey fugado de con Nicho, un extra de The Walking Dead o de El Muertho de Tijuana, músico, performancero, fan de Kiss y abanderado del nuevo posmodernismo.

La muerte del modernismo engendró el posmodernimo, la muerte del posmodernismo engendró el nuevo posmodernismo, y el nuevo posmodernismo engendró a El Muertho. A simple vista podría parecer, por el desparpajo que promueve su figura, que se toma las cosas con ligereza. Pero  El Muertho es cosa seria. No tanto por la disciplina que exige su personaje, sino por ese momento a solas que reclama antes de cada actuación, un gesto cercano a la meditación. Si El Muertho fuera una señora, seguro sería yogui. El cuerpo ya lo tiene. Exhibe una flacura correosa (es la envidia de Robert Smith, de The Cure). El Muertho pertenece a esa generación para la cual  Kiss lo es todo. De unos años a la fecha se puso de moda denostar a Kiss. Incluso un sector de metaleros se refieren a ellos como los Payasónicos. Pero su influencia es incalculable. Sin ellos, El Muertho, Pellejos y los Melvins no existirían, por citar tres ejemplos.

«Zombie», de Cranberries, inundó el ambiente. Era el preámbulo para «Sadness», de Enigma. Que es a su vez el preámbulo para que El Muertho vuelva de la tumba. El Ojo de Tigre estaba abarrotado. Unos ochenta fieles aguardaban por el show. El Muertho tuvo que abrirse paso entre la gente. La noche anterior había tocado en Saltillo para menos de veinte personas. Qué pensaban los promotores. Saltillo es un pueblo dentro de una iglesia. Pero Gómez le hizo justicia al arte de El Muertho. Sin más escenografía que la escueta decoración de halloween del lugar, y acompañado de su teclado, se apoderó del escenario. Se trepó sobre un banco y el público le propinó una ovación pletórica. Todos los congregados eran fans auténticos. Y se conocían el repertorio. La siguiente hora corearían, unos a grito pelado, las canciones.

«Chingue a su madre Peña Nieto» fue el buenas noches. «A la verga los viejos», profería. Luego comenzó el jelengue con «Viejo decrépito». «Viva la juventud», «ustedes son la promesa de este país», «los viejos ya valimos verga», salmodia- ba. Y en este mensaje, que bien se puede interpretar con sorna, una crítica a su público, conformado en su mayoría por morros, se encierra en gran medida el arte de El Muertho. Su principal instrumento de trabajo es él mismo. El escarnio hacia su persona es su materia prima. Le fascina burlarse de sí mismo. Sería sencillo afirmar que El Muertho no se la cree. Pero es un error. Se la cree. Y un chingo. Pero entre tanta irreverencia asoma una declaración de principio implacable. Desde siempre, y no nos engañemos, la gente ha incursionado en la música persiguiendo la fama. El Muertho lo tiene claro: no se metió a la música para hacer dinero, tener coches y todas esas puñetas mentales que acompañan el rock.

«Chinguen a su madre los chilangos», «Chinguen a su madre los regios», «Chinguen a su madre los tapatíos», «Chingue a su madre Tijuana», «Arriba  Gómez Palacio», exclamaba. Pero no como el artista extranjero que viene a México y grita «Arriba el EZLN». Salpicado de iconoclastia, El Muertho establece un vínculo con el público como pocos artistas. Y es la prueba viviente de la gran salud de la que goza el underground mexicano. Y en medio de tanta mentada de madre soltó ese grito de guerra que es «Satánica». Que fue coreado por la asistencia. Y la audiencia rugió. El Muertho es más que un performance. Detrás del show, de las lamidas que le propina a la cruz que cuelga en su pecho, como si fuera un falo, está la música. Y con un solo teclado, al que le exprime samplers y secuencias, El Muertho ha conseguido unas canciones que destacan por su personalidad. E hilarantes hasta lo friki.  En un punto de su presentación se volvió a trepar al banco y con Alejandra Guzmán como fondo inició un strip tease. Se bajó los calzones, pero tenía los güevos en posición de mengaina. Lo que arrancó los chiflidos y los aplausos de los congregados. El kitsch solo no alcanza a explicar un fenómeno como El Muertho de Tijuana. Y cuando volvió a sentarse al teclado se puso a brindar con la concurrencia con cuanta caguama le ofrecían. Y volvió a arremeter contra las principales ciudades del país y a echarle porras a Gómez.

En un punto de la noche subió a un morro al escenario y le asestó un beso en la boca. Y en otro subió a un bailarín y simuló una cópula entre su boca y el miembro del extra. Acto que no escandaliza a nadie. En 1969 Jim Morrison hizo lo propio con su guitarrista. Y estuvo a punto de ir a prisión por exhibicionista. Sin embargo, el teatro de El Muertho está cargado de simbolismo.

En la actualidad, cuando la guerra en contra del machismo está en su punto más álgido, se nos olvida lo que el arte de El Muertho propone. Como ningún otro artista, socava el machismo inmisericordemente. Con un outfit que remite a cierto hair metal y al glam de Kiss pero que también anuncia el machismo del heavy metalero, subvierte los roles. Evidencia los vicios del género. Muy malos, tatuados, rockeros: pero putos.

El Muertho hace un señalamiento añejo, pero siempre pertinente. Critica al machismo sin miramientos. Despoja de su máscara la hipocresía de la heteronormatividad. Todo musicalizado con su teclado que a ratos suena a Depeche  Mode, (ochentas puros y duros), por momentos a bar de mala muerte, a teclado del bar de Sanborns y en ocasiones a vil rock Chavana.  El Muertho es un letrista hábil. Sus canciones no son chistes, aunque no puede uno dejar de pensar que, si Polo Polo se hubiera dedicado a la música, sería El Muertho. Si buscáramos referentes en el arte de El Muertho, además de lo evidente y lo citado, se antoja como el hijo, no, más bien el hermano, del movimiento rupestre. Pero en la estela de la parafernalia del rock en- tendido como espectáculo circense a la manera de Kiss. Y la maledicencia de El Viejo Paulino. Sonaron «Rock para Satán» y «Malandro». Y el público demostró que no eran villamelones. Cantaron con El Muertho. Que ha amasado a sus fieles seguidores con sus letras ingeniosas, mezcla entre la crítica social (sin panfleto en mano) y el lenguaje popular. En cada una de sus composiciones se escucha la ciudad.

Una pausa devino para que El Muertho, que ya está ruco, agarrara aire. Con «Eye of the Tiger», de Survivor, tenía que rendir tributo al recinto, recorrió todo el lugar. La pipol se tomó fotos con él. Lo palmeó como si fuera el mismísimo Rocky. Y lo regresaron cargado al escenario. «Con esta rola me voy a despedir», amenazó. «Cristo ha regresado», el himno de esta generación, funcionó como una falsa salida. Porque, apenas acabó, atacó otra rola. Un amague de encore. Luego volvió a tocar «Viejo decrépito». Porque El Muertho es un desmadre. Y en medio del desconcierto calculado que es, también hay espacio para el caos. Y repetir una canción, más allá de una petición del público (que no fue el caso, El Muertho la tocó porque se le hincharon), es un gesto que sólo tiene el borracho de bar. Está tan pedo que no sabe ni lo que acaba de hacer. Como besar güeyes.

Y entonces El Muertho se despidió. Después de recetarnos una dosis de nuevo posmodernismo. «Viva Gómez Palacio», gritó. «Me quiero quedar a vivir aquí», confesó. Dios nos libre. Ojalá lo haya dicho por la calentura del momento. Y no lo esté considerando seriamente.

Carlos Velazquez posa para una foto  en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

Carlos Velazquez posa para una foto en la 28 Feria Internacional del Libro Guadalajara, Guadalajara, Mexico, Viernes 5 de Diciembre , 2014. ( © FIL/Bernardo De Niz)

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