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Muslámenes | Agosto 2017

En las reuniones de Adictos Anónimos escucho una y otra vez variantes de la misma historia. Es una narrativa que me interesa, porque no parece plegarse a las exigencias de la causalidad ni a los rígidos formatos del realismo literario convencional. Es una historia en la que los obstáculos, los tropiezos, parecen aparecer sin ningún motivo, de un instante al siguiente. Una mujer que pasa los primeros cuarenta años de su vida sin hacer nada especialmente peligroso y, tras una lesión de espalda, pasa de los opiáceos con receta a la heroína adulterada en un lapso de seis frenéticos meses. Un hombre que no bebe más que una cerveza ocasional y de pronto, un buen día, no puede dejar de beber whisky a todas horas, acompañándolo casi siempre con pastillas. Mi caso, por tanto, no les parece demasiado extraño: un mexicano afincado en Montreal que, de la noche a la mañana, se embarca en un experimento médico y termina por volverse dependiente de un psicofármaco que provoca alucinaciones paranoicas. Después de cuatro meses, el sólo ritual de repetir mi historia y escuchar las de los otros empieza a parecerme insuficiente.

Rara vez logro dormir una noche entera. Me despierto generalmente de madrugada, sudando, con la sensación de que tuve una pesadilla de la que no recuerdo nada. A veces me cuesta volver a dormirme y salgo a caminar por la colonia desierta, a sentir el frío que me tensa la piel de la cara y que se me mete en los pulmones como un veneno de efecto súbito. Una de esas mañanas paso frente a la librería y descubro que exhiben, en la vitrina, diez ejemplares del más reciente libro de una amiga mía. Esta constatación me deja pasmado. Me parece imposible calcular, de pronto, cuánto tiempo ha pasado desde que yo mismo escribí un libro. El recuerdo vago de ser escritor se parece mucho a esas pesadillas que sólo sobreviven, en mis madrugadas de insomnio, como una sensación de malestar difuso. La conciencia de que necesito encontrar un trabajo pronto me cae como un golpe de guillotina en la nuca. Mi inutilidad en todas las áreas del saber y el hacer humanos me parece un bache infranqueable. Al mismo tiempo, un aire de viciado optimismo parece tenderse sobre las cosas, mientras que la luz de la madrugada otoñal va pintando de naranja dramático los balcones de la colonia. Puedo hacer cualquier cosa, pienso. Salvo escribir. O trabajar en la construcción (mi masa corporal lo desaconseja). Quizás no puedo hacer cualquier cosa, vaya, pero al menos puedo recorrer las calles antes de que la ciudad despierte sin alucinar que un grupo de vestales post punk quiere secuestrarme para extraerme fluidos. Es decir que hay una mejoría, pese a todo.

Como para desdecir el discurso motivacional que yo mismo acabo de dirigirme, al regresar a mi departamento descubro, afligido, que olvidé las llaves dentro. La temperatura exterior ronda los 5 grados centígrados y los cerrajeros, amén de abrir a las 11 am, manejan precios prohibitivos. Queriendo ver esta nueva crisis como una oportunidad (por decirlo en una jerga cara a los economistas), decido caminar hasta la estación de autobuses de Berri-uqam y tomar un autocar a cualquier sitio.

Las inmediaciones de la terminal son territorio de riesgo, a esas horas de la pre-mañana, para un adicto en recuperación: las vaharadas de crack flotan en el aire y hay cementerios de solemnes jeringas a la entrada del metro. Paso de largo frente a estos signos de carácter nefando y pido, ya en la ventanilla, un boleto para el siguiente autobús a cualquier sitio. El hecho de que coincida el precio del trayecto con el total exacto de efectivo que cargo me parece la confirmación innegable de que estoy haciendo lo correcto. Parto pues rumbo a la provincia de Nuevo Brunswick.

Foto de Sascha Kohlmann en @Flickr

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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