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Muslámenes | Diciembre 2017

Primera constatación: estar muerto es casi tan aburrido como estar vivo. Me resulta imposible calcular el tiempo que ha pasado desde que chupé faros: por momentos me parece que son semanas y luego tengo la impresión de que no han transcurrido más que unos cuantos segundos. Yo esperaba una experiencia de desdoblamiento más o menos evidente: ver mi cuerpo exangüe sobre la banqueta y ascender, como un ángel o un aroma, hacia una realidad más pura y luminosa. Por desgracia no hubo nada de eso, ni trompetas celestiales ni revelaciones importantes sobre el sentido de la vida. No vi pasar ante mis ojos la película de mi triste biografía —que por otro lado no se presta mucho a adaptaciones cinematográficas— ni se abrió un túnel de gracia entre la densa nevada montrealense para ofrecerme un viaje gratis a otro mundo.

Desde que morí, sólo he podido sentarme en las bancas de los parques, como si cualquier otra sección de la ciudad me estuviera vedada. No hay nadie que vigile mis andares, pero una fuerza que viene de mi interior me obliga a caminar sólo por ciertas calles, de un parque a otro. Segunda constatación: los muertos siguen sintiendo frío. Confiaba en librarme al menos de ese contratiempo, pero la nieve me sigue castigando y tirito de un parque a otro sin poder meterme a ningún restaurante.

Después de luchar ávidamente contra la fuerza extraña que dirige mis paseos, logro volver a las inmediaciones del Consulado General de México, donde morí hace poco. Pienso que a lo mejor si el Cónsul me recibe puede hacer algo por mi situación. Se sabe que entre las labores consulares está la repatriación de restos físicos de los connacionales fenecidos; quizás algún subíndice de algún tratado internacional suscrito hace diez años hace extensiva la repatriación a los remanentes espirituales. Puesto a pasar la eternidad vagando, preferiría hacerlo en un clima templado.

Por desgracia, no consigo trasponer la puerta del Consulado, así que sigo de largo. Pronto descubro que la fuerza que decide el rumbo de mis pasos me impide entrar a casi cualquier edificio, con la salvedad del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de McGill y la Gran Biblioteca. Ésta última es mi refugio favorito. Sospecho que muchos de los personajes que suben y bajan por sus escaleras son, como yo, muertos que entran para sacudirse el frío. En el piso cuarto de la biblioteca hay una sección de películas y una sala donde uno puede meterse a verlas. Forzando un poco mi suerte pruebo a ver si mi credencial de la biblioteca sigue siendo válida pese a que estoy muerto: por fortuna parece que no han actualizado su sistema, así que puedo encerrarme a ver películas todo el día. Por proceder sistemáticamente decido comenzar con los inicios del cine y avanzar hacia el presente, hasta haber visto el catálogo entero. Veo los cortos de los hermanos Lumière, el Viaje a la luna de Méliès y una compilación de cortometrajes pornográficos de comienzos del siglo xx que me generan cierta nostalgia por estar vivo. A las seis de la tarde cierran la biblioteca y vuelvo a salir al frío.

Camino con desgano siguiendo el dictado de un ser invisible: regreso a las bancas nevadas de los parques, donde me acurruco, o al museo de ciencias naturales, donde dormito junto a un oso disecado. Los otros muertos que me cruzo me saludan con un movimiento de cabeza, pero en general tienen pinta de antipáticos.

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Daniel Saldaña París

Foto de Steve Snodgrass en @Flickr

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