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Muslámenes | Enero 2017

Me despierto agitado, sudoroso. La cama está hecha un desastre: las cobijas en el suelo, la sábana de abajo hecha un churrito a mis pies y mi jeta, como una mascota sobre la que no tengo control alguno, desmayada sobre una mancha de baba seca, amarillenta. Lentamente me incorporo. Siento los párpados como dos pellejos de pollo hervido, la boca pastosa como cemento fresco.

Me arrastro hasta el baño y dejo correr el agua fría en el lavabo mientras orino siete gotas turbias —tres de las cuales se quedan en el borde del escusado, ominosas—. Me enjuago la cara con vehemencia, casi con rencor, como queriendo borrarla: borrar mi gesto y mis arrugas, mi barba rala, mi incipiente calvicie de treintañero angustiado.

«Todo fue un sueño», me digo en voz alta, mirando fijamente mi reflejo. Las vestales feministas, Buckminster Fuller, las agencias gubernamentales del Quebec buscando mi aniquilación, las peroratas orates de Cormac O’Dwyer. Un sueño inquietante cuya interpretación no me atrevo a explorar siquiera. Un sueño cuyas fronteras no están del todo claras para mí mismo. Sé que ayer por la tarde fui a tomar una cerveza con aquel escritor gringo, Cormac. Sé que mientras él iba al baño me tomé una pastilla de Protax —o dos pastillas, ya no estoy seguro—. Sé que bebí un poco más de la cuenta y luego desperté aquí, en mi departamento, sudado y torcido y con los ojos hinchados.

Regreso a mi cuarto. Junto a la cama encuentro el libro que he estado leyendo, una biografía de Buckminster Fuller —aquel inventor farsante que diseñó la cúpula geodésica de la isla de Saint Helene—. En mi sueño, la autora de tal volumen era una vestal postpunk. La realidad es mucho más grisácea: lo firma un académico de Minnesota.

Las resonancias misóginas de mi perturbado sueño me rondan, acusadoras. «Estoy mal de la cabeza», me digo. Mi subconsciente es una catacumba de humillaciones múltiples que no quiero visitar nunca. Me tomo un Ibuprofeno, un complemento vitamínico y una pastilla de cartílago de tiburón, para las articulaciones. Intento extraer conclusiones útiles de mi pesadilla. De entrada puedo decir esto: soy el puto barro en los zapatos de la razón ilustrada. Soy representante de una clase, un género y un modo de vida que no ha hecho sino perpetrar la opresión y el calentamiento global. Eso está claro.

Pienso que debería dejar de tomar Protax. El dealer me había advertido que era un producto fuerte, una de esas drogas que limpian las tuberías más profundas de tu cerebro y permiten que salga a flote toda la mierda.

Salgo del edificio y enciendo un cigarro. Necesito desayunar, pero quizás es demasiado tarde. No tengo idea de la hora, pero la luz indica que es pasado el meridiano. La primavera montrealense experimenta uno de sus característicos retrocesos y hace un frío considerable. Decido volver al bar donde me reuní ayer con Cormac, en busca de alguna pista. Quizás el mesero me recuerda y puede decirme en qué estado y a qué hora salí de ahí. Y si estaba solo.

No quiero pensar en mi pesadilla. El asunto de las vestales, los ritos paganos y mi sacrificio me provocan náuseas. Quizás debería preguntarle al dealer por alguna pastilla que bloquee mis sueños, o mi subconsciente entero. Quizás debería borrar mi cara.

daniel-saldaña-paris

Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso).

Foto de Mateus Lucena en @Flickr

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