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Muslámenes | Julio 2017

Mi involucramiento en la comunidad de Adictos Anónimos se ha ido haciendo más profundo. Preparo el café en dos o tres juntas a la semana, saludo de abrazo a la mayoría de los miembros y a veces me aventuro a tomar café con algunos de ellos antes o después de las susodichas juntas.

Así fue como comenzó mi amistad con X (convengamos en ponerle nombre de incógnita), un cocainómano que desde finales de los noventa participó activamente en la escena de la música electrónica en lugares climáticamente hostiles como Saskatchewan. Descendiente de una familia que se toma muy en serio su herencia celta, X creció rodeado de ritos paganos un tanto new age que luego convergieron naturalmente en su carrera como DJ finisecular. Ahora lleva un par de años limpio y haciendo música ambient en la soledad de su estudio, sin acercarse a las multitudinarias fiestas que labraron el camino de su debacle. Tiene aspecto de bartender o de skinhead, adornado siempre con parafernalia militar y con unas ojeras de profundos tonos violeta. Sus dientes parecen demasiado uniformes, como si hubiera invertido —es probable que lo hiciera— una buena suma en reconstruirse la dentadura. X tiene un trabajo diurno de alta gama que le permite pagar la cuantiosa pensión alimentaria que le pasa a su ex esposa: es responsable de seguridad digital en un conglomerado bancario. Todavía no entiendo si la coca le dejó secuelas paranoicas similares a las que me dejó el Protax o si, sencillamente, el mundo es un lugar peligroso y oscuro, pero el caso es que X jura que las juntas de Adictos Anónimos están infiltradas por la policía. O, más específicamente, que la policía infiltra dichas juntas entre los meses de agosto y octubre, para luego hacer varias redadas a fines de noviembre y subir las estadísticas de eficiencia policial del año. Según me explica X, los policías no requieren demasiado entrenamiento: muchas veces son consumidores ellos mismos y entablan conversaciones con otros miembros de la fraternidad para ver quién ha recaído recientemente. A los recién recaídos los amenazan con revivir antiguos expedientes y así consiguen la dirección de algún narcomenudista de baja estofa. No incautan demasiado material, pero sí arrestan a tres o cuatro usuarios en algún picadero del barrio de Hochelaga o recogen a algunos vendedores de crack en el gay village para inflar los números. Mientras tanto, los grandes traficantes siguen importando fentanilo desde China —vía la costa Oeste— y los casos de sobredosis inundan, con la llegada del invierno, los albergues públicos o los baños de las bibliotecas de barrio.

X me cuenta estos turbios manejos mientras sorbe su cuarto café expresso, antes de que caminemos a la reunión de Into the Light. Dice que la cafeína apenas alcanza a contrarrestar el efecto sedante de las pastillas que el psiquiatra de su seguro privado le receta. «¿Tú qué te metías?», me pregunta de golpe. «Protax», le respondo. «Y a veces sulfato de morfina. Por el culo». «Ah, entonces debes haber vivido algunas conspiraciones mucho más retorcidas que las que te estoy contando». «Sí —le confieso—, pasé algunos meses perseguido por vestales y científicos locos». Luego X prende un cigarro y me ofrece otro. Me explica que ha dejado el tabaco muchas veces desde que entró al programa, pero que si no se destruye de ningún modo le da una depresión aguda, como si la posibilidad de asumir sin más su privilegio y resignarse a llevar una apacible vida de primer mundo le causara malestar físico.

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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