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Muslámenes | Junio 2017

En los últimos treinta días he asistido a treinta reuniones de Adictos Anónimos para combatir mi dependencia del Protax, esa sustancia controlada que me hace descontrolarme y alucinar conspiraciones que me tienen en la mira. He ido a reuniones en sótanos de iglesias y centros comunitarios por todo Montreal, al este y al oeste de la montaña.

Higher Power es la reunión de los martes por la tarde, en el sótano de una iglesia católica cerca de la Gran Biblioteca: un amplio espacio bien iluminado, con sillas dispuestas en hilera sobre un templete circular. Se trata de un grupo liderado por mujeres jóvenes, que empezaron su recuperación a una edad temprana luego de tocar fondo en la pubertad. Un aire de bienestar económico no logra esconder las profundas angustias y las titánicas luchas de los miembros del grupo, que han decantado el arte de la oratoria y de la construcción autobiográfica organizada alrededor de un evento definitorio —una espiral descendente, una experiencia personal de la catástrofe—.

Into the Light es la reunión de los miércoles, en un salón de usos múltiples de un gimnasio comunitario. La reunión transcurre justo debajo de la sala de levantamiento de pesas, de modo que los adictos deben lidiar con la estresante presencia de ruidos atronadores que los perturban durante la hora y media que dura el rito. Asisten viejos motociclistas de los años ochenta, exconvictos, ladrones de banco y, como yo, toxicómanos aburridos que se engancharon a psicofármacos experimentales.

Los jueves hay escasez de buenas reuniones. Uno debe tomar el autobús hasta Westmount o Notre-Dame-de-Grace para asistir a alguna reunión anglófona (las francófonas son más accesibles).

Una buena opción es Stepping Stones, en el polvoriento ático de una parroquia del lado Oeste. Los miembros regulares son francmasones que llevan asistiendo al menos dos décadas y han fundado una tradición paralela, en el disenso, marcadamente más religiosa y apocalíptica que otras reuniones.

Los viernes es de rigor allegarse hasta Les Cercles de l’Enfer, una reunión francófona que siempre ofrece altas dosis de drama, frecuentada sobre todo por strippers retiradas, morfinómanos híper tatuados y pandilleros que citan los evangelios con envidiable destreza y abstruso acento suburbano.

Los sábados es buena opción la reunión de Adictos Anónimos en español, creada por la comunidad centroamericana de Montreal que trabaja en las inmediaciones del mercado Jean-Talon. El café es malo, pero la reunión dura casi tres horas y ofrece una variedad de personajes interesantes que incluye caibiles arrepentidos, mareros semirreformados y narcomenudistas enviados por un juez de distrito.

Las historias de migración confluyen con las de violencia de una manera casi armónica.

Los domingos se puede madrugar para Living the Program, la reunión de las 8 am en el viejo puerto. Asisten, además de oficinistas cocainómanos, algunas amas de casa dependientes de los opiáceos que siempre llevan ricas donas de chocolate. Hay también un judío jasídico que nunca dice una sola palabra.

Los lunes en general descanso: me concentro en sentir plenamente el síndrome de abstinencia y en contemplar el teléfono con aire grave, calculando cuánto tiempo tardaría mi díler de Protax en traerme un frasco hasta la puerta de mi casa. Las brumas conspiratorias comienzan a disiparse conforme afuera el clima cambia rápidamente, del calor a las lluvias otoñales y de ahí a las primeras nieves del año, que ejercen un efecto balsámico sobre mi atribulado espíritu.

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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