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Muslámenes | Marzo 2017

Réjean Ducharme pertenece a esa rara estirpe de escritores que Enrique Vila-Matas noveló en Doctor Pasavento y cuya principal pasión es desaparecer, pasar al anonimato. En el caso del escritor quebequense, parece haberlo conseguido con éxito (hasta ahora que lo acabo de encontrar, convertido en un vagabundo, acostado en un sillón en medio de la calle en el barrio de Parc Extension). Ducharme ha desaparecido de un modo más absoluto que Thomas Pynchon, con quien se le ha llegado a comparar, por la sencilla razón de que al francófono no lo busca nadie —o casi nadie—. Se sabe que vive en algún punto del Plateau-Mont-Royal, el barrio burgués y artistoide de Montreal, y que durante un tiempo se dedicó a hacer esculturas en su jardín con basura que recogía de la calle (lo cual, en mi imaginación, lo convierte en una especie de Kurt Schwitters moderno).

Se conocen unos pocos datos sobre su vida. En 1965, un año antes de la aparición de su primera novela (L’Avalée des avalés), Ducharme hizo un viaje en autostop desde Montreal hasta México. Luego vino su consagración como el novelista más importante del Quebec y, como resultado de ésta, su paso a la sombra: «No quiero que mi cara sea conocida. No quiero que se haga el vínculo entre mi novela y yo. No quiero ser conocido». Eran los años más atractivos
de la literatura quebequense, cuando los movimientos separatistas y el apoyo que les diera el general De Gaulle despertaron el interés de los lectores franceses, que vieron en la antigua colonia de ultramar una promesa política y una aventura estética a tono con eso que terminó por llamarse Mayo del 68. Ducharme era el niño prodigio de esa generación, con cinco novelas publicadas en París por la prestigiosa editorial Gallimard antes de cumplir los 33 años. Su desaparición, como suele suceder, avivó el mito.

Pero con el fin de los años 60, el atractivo político y literario del Quebec empezó a difuminarse, y Ducharme se convirtió en un escritor doblemente secreto: escondido a la mirada pública desde el principio y escondido, cada vez más, a los lectores del mundo. La traducción al inglés de L’hiver du force (1973), su libro más celebrado, no consiguió amplificar su reconocimiento más allá de un pequeño círculo de entendidos, y también Francia comenzó a darle poco a poco la espalda. La última vez que Ducharme publicó algo fue en la bisagra del milenio, en 1999. Después de eso, a su invisibilidad se sumó su silencio.

Se conocen solamente tres fotografías de Réjean Ducharme. En una de ellas tiene el sombrero sobre la cara, así que en realidad sólo hay dos fotografías suyas donde se puede ver su rostro. En la más reciente de ambas, tomada por su compañera, Claire Richard, a mediados de los años 80, se le ve caminando en la nieve, acompañado por dos perros pardos, con una chamarra gris que lleva abierta del todo y mirando con gesto enigmático hacia la derecha del cuadro, a algo o alguien que se nos escapa.

Esa misma mirada, estoy seguro, es la que me dirige ahora el viejo de 75 años. Una mirada incómoda y huidiza, que pide no ser relacionada, nunca, con el nombre del autor que abrió una vía intransitada de la literatura francófona.

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso).

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