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Muslámenes | Mayo 2017

Todo ha sido borroso y pesado en los últimos días. No llevo una cuenta precisa del tiempo. Desde mi conversación con aquel dudoso Rejéan Ducharme en las calles de Parc Extension, no duermo bien ni controlo mi paso del sueño a la vigilia. Un momento estoy despierto, al siguiente estoy dormido, al siguiente estoy despierto pero en otro sitio (una banca de un parque, por ejemplo).

He vuelto al consumo de Protax, el medicamento controlado que compro ilegalmente. Es raro: llevo ya varios meses consumiendo la mentada droga y no podría hacer un inventario de sus efectos, como si éstos se diluyeran en la vida cotidiana o se infiltraran arteramente en sus fundamentos. Sospecho que mi conversación con Ducharme pudo haber sido una alucinación inducida por la droga. Todo el contenido de aquella charla apunta en el mismo sentido de mis alucinaciones previas: delirios conspiratorios con tintes de película de serie B; retorcidas revisiones psicodélico-masoquistas de la historia del Quebec y sus próceres secundarios. Buckminster Fuller, las vestales feministas, los experimentos de Donald E. Cameron en la Universidad de McGill, escritores misóginos o desaparecidos… todos estos elementos parecen vibrar en el mismo tono, como emanaciones persistentes y tercas de mi consumo de Protax. Quisiera dejar la droga, pero es imposible: a veces la consumo sin darme cuenta, como un acto reflejo. Saco del bolsillo el frasco (etiquetado con un nombre que no es el mío: así me lo dio mi dealer) y me meto un par de pastillas a la boca sin notarlo siquiera. Un parpadeo. Horas más tarde me descubro caminando por los callejones de Hochelaga o de Saint-Léonard o de Montréal-Nord: barrios sembrados de usuarios de crack que me preguntan el nombre del alcalde en funciones.

Ahora mismo camino por un estacionamiento no lejos del Gay Village. El estacionamiento de una iglesia, o una iglesia devenida centro comunitario. Reviso mi bolsillo y ahí está el frasco de Protax, con una sola pastilla bailando en el fondo. Pronto tendré que llamar de nuevo a mi proveedor, pienso.

Al fondo del estacionamiento, el muro de la iglesia (de la parte trasera de la iglesia) ofrece una puerta abierta con unas escaleras descendentes. Recuerdo la última frase que me dijo el falso Ducharme (el Ducharme, quizás, alucinado): «…en los sótanos de las iglesias de esta maldita ciudad». Así que entro. Desciendo las escaleras. Se me ofrece un salón muy grande, con una especie de tarima llena de sillas dispuestas en círculo. Personas sentadas, bebiendo café. Un hombre muy alto, muy pálido y muy sonriente sale de la nada y me sorprende dándome un abrazo. «Bienvenido. ¿Es tu primera junta? No te había visto antes». Nadie da abrazos en Montreal, esto es extraño. Un gran letrero en una de las paredes del fondo del salón me explica de una vez por todas en dónde carajos estoy: «Los doce pasos de Adictos Anónimos». Me da un poco de pereza pasar las próximas horas escuchando hablar sobre Dios, pienso. Pero no tengo nada mejor que hacer. La gente me saluda, sonriente. Dejo la mano izquierda en el bolsillo, aferrada al frasco con la última pastilla de Protax. Buenas noches. Mi nombre es Daniel y soy adicto. Soy adicto a una droga experimental que me hace charlar con escritores anónimos sobre estrategias contrarrevolucionarias de la Guerra Fría.

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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