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Muslámenes | Noviembre 2017

Al cabo de unos días más en el pequeño caserío de New Brunswick, todos parecen conocerme. Me saludan por la calle y a veces, en la tienda de ultramarinos caducados, la cajera me suelta un «What’s up, Mexican» que yo me esfuerzo en interpretar como amistoso.

Toda esta familiaridad me cansa y me satura. Siento que tendría que volver a Montreal a enfrentar mis demonios, o incluso a México a enfrentar los demonios en general. Algunos efectos del síndrome de abstinencia del Prótax me tienen inquieto. Entre otras cosas, sueño con demasiada frecuencia que estoy en una competencia, una especie de rally delirante en el que tengo que correr por pistas de lodo, masturbarme hasta eyacular dentro de un tubo de ensayo y seguir corriendo. Despierto sudoroso y con la boca seca, la garganta como una corteza de eucalipto, los ojos hinchados. Otros días sueño que me encuentro en la calle a Cormac O’Dwyer, el escritor gringo misógino, de cuya influencia y paranoia procuré alejarme, y me dice muy seriamente «Tienes la cara llena de gloria».

Hago una llamada telefónica al Departamento de Drogas Experimentales de la Universidad de McGill para pedir ayuda. Explico mi caso: adicción al Prótax, tendencias paranoicas que implican episodios históricos de la ciudad en la que vivo, alucinaciones parlantes y viajes intempestivos que me ponen al límite de mis fuerzas. La secretaria que me contesta me dice que no hay nadie en ese momento que pueda ayudarme, pero que hasta donde ella sabe el Prótax es el nombre elegante de un triste placebo. Cuelgo el teléfono desolado.

Por la noche tomo un autobús de regreso a Montreal. Los habitantes del caserío me despiden cantando a coro una canción sobre lagartos con sombrero. La cajera de la tienda de ultramarinos caducados deja escapar una lágrima y comprendo, demasiado tarde, que había fantaseado con casarse conmigo.

Llego a Montreal de madrugada y camino desde la estación de autocares, en Berri-uqam, hasta el edificio que alberga el Consulado General de México. Mi intención es explicarle al cónsul que me he visto envuelto en una peligrosa trama de abuso de sustancias experimentales, a ver si accede a repatriarme. Caminando por las calles oscuras de la ciudad, con el gélido viento en la jeta, imagino el momento de volver por fin a Cuernavaca, de donde soy oriundo. Beberé pulque y cervezas al tiempo, practicaré deportes ridículos como el pádel o el bádminton, asistiré a conciertos de niños cantores en iglesias en ruinas.

Una nevada severa comienza a azotar la ciudad cuando llego ante el Consulado, que desde luego sigue cerrado. Me envuelvo en mi abrigo lo mejor que puedo pero pronto se hace evidente que el invierno Montrealense se inauguró durante mi ausencia y que puede seguir nevando durante varios días. Me acurruco bajo una cornisa y me doblo sobre mí mismo, intentando colocar mi mentón en el hueco de mi axila como he visto hacer a ciertos primates en películas documentales. Mi respiración se va haciendo más frágil y mi pulso cardiaco disminuye hasta la anomalía. Hay una paz oscura en lo que puedo ver dentro de mis párpados. Y es así que, al cabo de un par de horas acurrucado junto a una pared de la calle Peel, en el centro de Montreal, paso a mejor vida.

Foto de Stephane Mignon en @Flickr

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Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984) escribe narrativa y poesía, autor del libro “En medio de extrañas víctimas” (2013, Sexto Piso)

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