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Muslámenes | Octubre 2016

Camino en torno a la enorme cúpula geodésica. Una placa de información turística me indica que el domo solía tener un techo, destruido durante el incendio de 1976. Ahora es sólo una estructura de metal, con una construcción más convencional adentro que alberga un Museo del Medioambiente. Me parece un destino lamentable y demasiado canadiense para la obra maestra de Buckminster Fuller. El diseño del domo responde a una idea del futuro y a un significado de la modernidad a los que en algún momento renunció Occidente: un futuro en el que la constante puesta en duda de los más triviales enunciados sería no sólo una práctica sistemática, sino ampliamente extendida entre la población.

Miro por encima de la cúpula geodésica. El orbe parece pandearse en las inmediaciones —una abolladura en el espacio-tiempo—. Una voz femenina interrumpe mis reflexiones, que amenazaban con desbarrancarse hacia lo abstracto sin límites:

Tu est en retard —y agrega con aire didáctico y acento dubitativo—: Muy tarde.

Es una mujer alta y rubia, con aire duro y vestida como heroína de cómic punk de los años noventa. Sus muslos parecen los de la Proserpina raptada de Bernini. Un flequillo geométrico le parte la frente apenas por encima de los ojos (parece cortado con una precisión enferma, quizás por un peluquero autista). La mujer se presenta como «Eloïse» y me dice, en el idioma fluctuante que también practica Chloé: —Je veux te montrer the basement.

Su sugerencia se me antoja perversa, pero pronto se cancela esa lectura: la mujer se agacha y le quita la tapa a una coladera que, resulta, ofrece unas escaleras verticales, descendientes. El túnel se pierde hacia abajo en las sombras. Tras un momento de duda, me resigno a dejarme guiar por la vestal trilingüe.

El pasadizo que me descubre conduce al sótano de la esfera de Buckminster Fuller, donde un Museo del Medioambiente sirve de coartada, me explica ella, a una oficina gubernamental secreta, del Ministerio de Asuntos Insospechados. Se trata de una rama del gobierno canadiense que vela por la conservación de la capacidad de asombro. El Equipo de Vestales Buckminsterianas es un organismo a cargo de dicho Ministerio: «Somos a branch del sistema de salud público consacré a la parapsicología de los habitantes de la Région Métropolitaine de Montréal».

Tras ella se extiende una larga fila de escritorios en un espacio que podría haber sido un estacionamiento de numerosas columnas. En cada escritorio hay una vestal frente a una computadora. Algunas pasan entre las mesas agitando papeles, documentos. Unas cuatro vestales discuten dentro de un salón de reuniones sonoramente aislado, de paredes transparentes. Sea lo que sea que discutan, pienso, parece ser algo muy importante. Se lo digo a Eloïse por ver si logro ablandarla, pero ella me mira con desprecio, de reojo, y no me responde. El desaire me fastidia, y pienso que me gustaría ir por una cerveza, así que le pregunto a Eloïse con aire impaciente:

—¿Por qué tapiocas me estás enseñando todo esto?

Foto de Ingo Bernhardt «Sewer» en @Flickr

DANIEL SALDAÑA PARÍS (CIUDAD DE MÉXICO, 1984) ESCRIBE NARRATIVA Y POESÍA. AUTOR DEL LIBRO EN MEDIO DE EXTRAÑAS VÍCTIMAS (2013, SEXTO PISO).

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